Ciclo B

Adviento

DOMINGO II DE PASCUA (ciclo B). De la DIVINA MISERICORDIA. 8 de abril de 2018

 

Hch 4,32-35: Se distribuía todo según la necesidad de cada uno.

Sal 117,2-4.16ab-18.22-24: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

1Jn 5,1-6: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios
Jn 20,19-31: “Señor mío y Dios mío”.

 

Culminando la Octava de Pascua en este domingo llamado de la “Divina Misericordia”, el relato de Juan nos remite a dos momentos diferentes distanciados por una semana.

¿Cuándo? Tras el Sabbat judío, el primer día de la semana. Seis días había empleado Dios en su creación y el séptimo día quedó consagrado a su alabanza, a la contemplación de sus misericordias, con conciencia de que el ser humano recibía el encargo del cuidado y promoción de esta creación. El primer día de la nueva semana se inaugura con una nueva creación estrenada por Jesucristo resucitado. Abre las puertas del nuevo tiempo que se asoma a la eternidad. El Maestro se aparece resucitado a sus discípulos el día de su resurrección y ocho días después, de nuevo el domingo, el día que recibirá su impronta en el mismo nombre para designarlo: día del Señor (Dominica, Dies Domini).

¿Dónde? Parece que en el mismo lugar donde transcurrieron sus últimos días (su entrada de triunfo junto a los peregrinos que se acercaban a celebrar la fiesta de la Pascua judía, la cena de despedida con sus discípulos, su entrega, pasión y muerte y su resurrección), en la ciudad sagrada, Jerusalén. Es probable que se encontrasen en la misma estancia donde se desarrolló la Última Cena.  

¿Quiénes? El evangelista Juan habla de los discípulos de Jesús. No se trataría, por tanto, solo de los Doce o los apóstoles, sino un grupo más amplio de seguidores cercanos que incluiría a aquellos. En la primera aparición estaban todos, salvo el apóstol Tomás. En la segunda ya se encontraba Tomás.

¿Cómo? Con las puertas cerradas, por miedo a lo que pudiesen hacerles las autoridades judías, Jesús resucitado se presenta en medio, superando aquella barrera provocada por el miedo.

¿Qué? Les saluda con la habitual salutación judía. Shalom, con el deseo de paz. En los oídos de aquellos discípulos les tendría que sonar muy diferente aquel saludo, acreditado por el que ha vencido la muerte y el pecado. Se lo dirigía el crucificado que ha resucitado. Y el Maestro repite el saludo unido al soplo del Espíritu Santo. El Espíritu viene unido a un extraño poder: perdonar los pecados o retenerlos. Una de las primeras fecundidades del Espíritu de Dios atañe a la misericordia para superar la ofensa con amor, o, desde el mismo amor, provocar el reconocimiento del pecado para una auténtica reconciliación (posible interpretación de la “retención del pecado”). La ausencia de Tomás y su incredulidad suscita preguntas: ¿Por qué no se encontraba con todos los demás? ¿Por qué no da crédito al conjunto de sus compañeros? Parece que el distanciamiento de la Iglesia, de aquella primera comunidad eclesial (origen de la Iglesia), provoca resistencias para creer en el anuncio de la Resurrección del Maestro. Finalmente Tomás, tras ver con sus propios ojos a Jesucristo, confesó con la profesión de fe más contundente del Evangelio: “Señor mío y Dios mío”. Probablemente este relato fuera tomado como interpelación a las comunidades de cristianos primitivos que no habían sido testigos de la vida de Jesucristo ni del encuentro visual con el Resucitado, para que creyesen el mensaje de la Iglesia, depositaria y transmisora de esta verdad central de la fe.

Sirve como interpelación actual a los cristianos de hoy, mucho más distantes de aquellos acontecimientos, pero igualmente escuchantes de la Buena Noticia de la Pascua del Señor. ¿Creemos realmente que Él ha resucitado? Para no pocos la Iglesia de hoy no resulta creíble, y en gran medida su crédito depende de nosotros, cristianos, cuya vida, cuando se aleja de la vida pascual de quienes se han encontrado verdaderamente con el Señor de la Vida, causa descrédito. La vida de los primeros cristianos, convencidos de la realidad de la Resurrección de Cristo, golpeaba el corazón y la mente de quienes los veían. ¿Somos capaces de suscitar por nuestra vida nosotros hoy la pregunta sobre Dios y su misericordia entre quienes vivimos? 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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