Ciclo B

DOMINGO V T. ORDINARIO (ciclo B). 4 de febrero de 2018

 

Job 7,1-4.6-7: Recuerda que mi vida es un soplo.

Sal 146,1-6: Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

1Co 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Mc 1,29-39: Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

De madera, de resina, de cristal, de aluminio, hierro, bronce o incluso de piedra, una puerta hace posible el paso a otro lugar o permite salir del recinto. La muralla del famoso poema de Nicolás Guillén, formada por las manos de todos los hombres  se abría para dejar pasar y permanecía cerrada para impedir la entrada. A bueno, bienvenida; a lo perverso, resistencia.

            Las puertas de Job, abiertas de par en par para que entrase la vida, se le cerraron de golpe con una cadena de desgracias que acabaron con sus bienes y con su familia. Él mismo sufrió una molesta enfermedad. Se quedó a oscuras en el cuarto de su tragedia, su soledad y su sufrimiento. ¿Hacia dónde dirigirse? Miro a un lado y no vio nada, al otro y tampoco… Y sin embargo, por una misteriosa fidelidad del hombre creyente, a pesar de su situación, de su desánimo y profunda decepción con la vida, aún seguía dirigiéndose a Dios, con fe, como sosteniendo un hilito que aún le motivaba a no dejarse vencer por una amargura desesperada del corazón.

            ¿Qué razones le daremos al corazón cuando se le hiere con fuerza hasta destrozarlo? A veces son otros, en ocasiones uno mismo, en otros momentos ambos… Pero todo lo sufre el mismo, el mismo cuajo de sensibilidades acurrucado en el pecho. Cuando se siente agredido, fácilmente cierra la puerta de acceso hasta él y se queda en penumbra y soledad. Entonces, qué difícil acertar en la invitación a que vuelva abrirse para la luz, para la salud.

Lo hemos dicho, lo hemos repetido invitados por el salmista con experiencia de corazón restablecido y renovado: “El Señor sana los corazones destrozados”. Él tiene poder sobre las estrellas. Ellas, las que eran contempladas desde la tierra como con poder sobre la vida de las personas, se sometían a la soberanía de Dios, conocedor de su nombre. “Su sabiduría no tiene medida”: Él sabe. “Humilla hasta el polvo a los malvados”: Devuelve a la realidad de la tierra, al humus, a los que se elevaron a sí mismos a alturas inapropiadas.

Y, por si fuera poco, llamó a nuestra puerta, la de nuestro mundo, la de nuestra tierra. ¿Qué esperaba encontrar allí el que es todo Luz y Verdad y Sabiduría? Se encontró un corazón, el humano, con ansias de Dios y búsqueda de la puerta donde encontrarlo. El evangelista Marcos nos acerca a una de las jornadas de Jesús y nos indica hacia Él para que nos asomemos y veamos y nuestro corazón sea seducido. Con qué ternura lleva la salud a la suegra de Pedro, cómo se ofrece a sanar a tantos y a liberarlos del mal, qué importancia en su vida la relación con el Padre, para el que reserva momentos de silencio y soledad, y su interés por hacerse presente en otros lugares.

            Todo esto solo lo intuyó en sombras Job, como una estrella lejanísima, y a nosotros nos ha brillado cercanísima para iluminar todo nuestro espacio. Ya no hace falta buscar ninguna puerta, porque todo lo que esperábamos encontrar, y más aún, ha venido a nuestro hogar en Jesucristo.

Cuando se vive esto, ¿cómo no ayudar a descubrir y abrirle la puerta más íntima a tantos corazones que desean, que buscan, que necesitan salud? Ay de nosotros si no nos abrimos a Cristo; ay de nosotros si no testimoniamos las maravillas que hace en el corazón humano. Solo el amor entrañable de Dios cura la herida, ilumina la oscuridad, sostiene y la desgracia y hace que lo débil sea fuerte y pueda fortalecer.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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