
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Is 49,3.5-6: Te hago luz de las naciones.
Sal 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
1Co 1,1-3: A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Jn 1, 29-34: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
No parece que Juan el Bautista fuera hombre de muchas palabras. Habló lo que tenía que hablar y calló cuando debía permanecer en silencio; arte no pequeño. Lo que dijo lo hizo en función de su misión, también lo que silenció y, así, nos reconoció con palabra convencida al Cordero de Dios en Jesús que se acercaba a él, según el relato de Juan. Entendió en Él aquel a quien se referían los profetas, el Mesías hijo de Dios; aquel que quitaría el pecado del mundo; el enviado de Dios sobre quien desciende el Espíritu Santo. Benditos quienes hablan de Dios, al modo como Dios les pide hablar.
Ojalá y en nuestras conversaciones tuviese más protagonismo Dios, para dejarnos mover por Él para decir y para decir más sobre Él. Parece existir una especie de pudor injustificado. Sin embargo, cuánto nos ayudaría a descentrarnos de aquellas cosas que hacemos girar a nuestro alrededor y ni nutren ni ayudan ni causan provecho. La literatura apócrifa sobre santa Teresa de Jesús nos ha dejado en algunos de sus conventos la consigna en la entrada: “O hablar de Dios o no hablar, que en la casa de Teresa esta ciencia se profesa”. Hablamos poco de Dios, porque nuestras palabras no arrancan de su Espíritu en nosotros.
En san Pablo era un movimiento espontáneo. Basta con fijarse en cada una de sus cartas, como en este encabezamiento a la comunidad de Corinto. Reserva para ellos la denominación de “santos”, recordando así su vínculo con el Señor, que santifica cuanto habita. Desgraciadamente, la sequía de palabras de Dios y sobre Dios se manifiesta también en las familias cristianas y a los pequeños se le insiste en ser buenos, portarse bien, ayudar a los demás, pero es más extraño escuchar sobre la alabanza al Señor, su grandeza, su belleza, su misericordia con nosotros… El lema de esta jornada “Tu vida, tu misión”, nos lleva a pensar que lo que se cultiva en el corazón de los cristianos, pequeños o adultos, es lo que se va a compartir. Y donde falta escuchar sobre Dios, producirá también limitaciones a la hora de hablar de Él.
Dispuestos a hablar de tantas cosas de nuestra actualidad política, social, cultural… más dispuestos aún tendríamos que estar a hablar de nuestro Señor, el que quita el pecado del mundo, como habló el Bautista de Él para nosotros. Una de las consecuencias primeras será la experiencia de paz y gozo interno. Esto no implica renuncia a estar al tanto de lo que sucede y tener una capacidad crítica de análisis y actuación, si llega el caso, pero cuando prevalece la Palabra de Dios, los acontecimientos se interpretan desde otra perspectiva, sabiendo que Dios guía la historia y ya ha vencido sobre el pecado y la muerte.
Necesitamos que nos hablen más de Dios y tenemos el deber de hablar más de Él y dejar que nuestras conversaciones estén impregnadas de su presencia.