Ciclo A

Exposición del Santísimo

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  • San Pedro Apóstol

  Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30

  • Santa María la Mayor

  Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30

  • Las Mínimas

  Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00

Acercate a la Oración

jesus 7502413 1280«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»  

Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer... 

 Todos los VIERNES a las 20:00 horas.

 En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.

DOMINGO IV DEL T. ORDINARIO (ciclo A). 1 de febrero de 2026

Sof 2, 3; 3, 12-13: Buscad al Señor, los humildes de la tierra.

Sal 145: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

1 Co 1, 26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo.

Mateo 5, 1-12a: Vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

La medicina apoya, complementa, corrige, ajusta. Por sí misma no restablece la salud, sino que ayuda al organismo a regularse y volver a la normalidad tras un desarreglo. Un recurso innecesario para el sano, por lo que, mejor que tener que acudir a ella (apropiado cuando no hay más remedio), es cuidar la salud con una vida sana. Para ello es preciso atenerse una disciplina donde se incluya una buena alimentación, ejercicio físico y mental, unos hábitos saludables, un ritmo de vida lejos del estrés.

El símil entre la salud corporal y la espiritual es antiguo. Existen medicamentos para aquello que ha provocado daño en el corazón, pero lo deseable es proteger nuestra salud. La disciplina como ajuste de nuestras decisiones a aquello que nos es necesaria, porque protege nuestra salud. ¿Es preferible la salud a la enfermedad? Suponemos que sí, especialmente cuando nos encontramos mal y contrastamos en la propia carne un estado y otro. Será bueno, entonces, buscar aquello que nos preserva y custodia para estar sanos, sabiendo que tendremos que poner cauce y límite a nuestras apetencias y deseos, que habrá que hacer ciertos sacrificios, pero que todo ello merece la pena.

La humildad nos sitúa en la disciplina de Dios. No es un remedio contra la soberbia, sino que es salud para nuestro espíritu, y puede tomarse como parámetro para evaluar nuestra vida espiritual. Por una parte, nos lleva a reconocernos de tierra y a contemplar a Dios como el Todopoderoso y Creador. Por otra, nos facilita considerar a las otras personas hechos de la misma masa, no viéndonos superiores, ni inferiores, sino compartiendo una misma dignidad, unos mismos límites y fragilidades. Solo desde una posición humilde podemos acercarnos a Dios; de otro modo bloqueamos el acceso a Él, de Él a nosotros. Por eso, Dios prefiere a los humildes, a los que son conscientes de su condición, los que se dejan amar por Él.

Esta humildad no se conquista a fuerza de voluntad, sino dejándonos seducir por Cristo, el humilde, el que, a pesar de ser Dios, ha tomado nuestro barro en su persona. Lo que pronuncia en las bienaventuranzas concreta la realidad de la persona que vive la humildad. Se pronuncia el Señor a sí mismo, porque en Él las encontramos cumplidas todas ellas. No son recetas o medicamentos para luchar contra el mal, sino que nos muestran la salud del que ha querido que Dios sea la salud en su corazón. No era amigo el Señor de generalidades, sino que las bienaventuranzas invitan a detenerse en cada una para profundizar en su significado, entender de qué modo afectan personalmente, cómo vivirlas. Lo que, irremediablemente, nos llevará a Cristo. Solo el encuentro con Él, la vida en Él nos sana y nos sostiene en salud.

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