Misioneros

Llamados Enviados Unidos Confiados Formados Inmersos Testigos Hermanos Alegres

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No te dejes vencer por la rutina. A base de repetir cosas puedes perder pasión y entrega. La rutina te lleva a la pereza y al escepticismo de quien siempre está "de vuelta". Tu tarea de evangelizador te pide empezar siempre de nuevo, mirando al futuro con realismo. Lo tienes en tus manos y el Espíritu te impulsa a hacerlo realidad. Él "te lleva al conocimiento pleno de la verdad" y hace que no te "acostumbres a evangelizar". Lo sabes bien: tu tarea no es sólo conservar lo logrado. Tienes que abrir horizontes y buscar nuevas metas. El momento que vives te lo está pidiendo a gritos. No es posible tanta indiferencia a tu alrededor, cuando el evangelio está destinado también a quienes "pasan de él". ¿No será que los evangelizadores estamos atrapados en la rutina? Es claro que debemos mirar al pasado. Él ha hecho posíble nuestro presente. Pero la mirada al pasado no puede ser nostálgica. Somos responsables de nuestro presente y del futuro que puede nacer de él. El Señor ha puesto en nuestras manos su mensaje y depende mucho de nosotros que logremos hacerlo creíble a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El Espíritu es quien trabaja, pero nos toca a nosotros "facilitar" su tarea y no entorpecerla con nuestras rutinas y perezas. La verdad es que, a veces, parecemos más repetidores cansinos que anunciadores entusiastas y valientes del Señor que nos ha encontrado en nuestra vida, transformándola.

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La rutina reduce también el ámbito de tu misión. A fuerza de estar siempre con las mismas personas, puedes pensar que no hay más gente a quien llegar, y que a ti no se te puede pedir más. Jesús tuvo también el dilema entre las noventa y nueve ovejas del redil y aquella que se le había perdido. Y se decidió por buscarla. Nuestro caso es, incluso, más grave: por cada oveja que tenemos en el redil, hemos perdido la pista de las noventa y nueve restantes. Pero nos justificamos con todo el cuidado que necesita la que ya tenemos. Nuestra salida misionera tiene que dar vida a la parábola de Jesús. En ella aprendemos el estilo de nuestra tarea pastoral. Las necesidades de dentro no nos pueden impedir mirar hacia fuera. ¿Sólo las necesidades de dentro, o hay también comodidad, miedo, falta de convicción, desinterés...? Es todo el grupo de evangelizadores de una parroquia, no sólo el sacerdote, el que tiene que mirar hacia fuera. Si no es así, el conjunto de la pastoral estará orientado a conservar lo que ya se tiene y habrá una actitud general de espera pasiva por si alguno llega; no de salida apasionada para abrir las puertas a muchos.

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Otro entorpecimiento de la salida misionera de la parroquia: el recelo de "los de siempre". Se va creando una especie de "monopolio cerrado" donde es muy difícil que "quien llega" se sienta acogido, considerado y estimulado. Como evangelizador no puedes caer en la trampa de cerrar tu parroquia. Camina por la vida con un estilo abierto. Si no eres capaz de dialogar, de comprender, de respetar ritmos, de encontrar los puntos de coincidencia, de "no apagar el pábilo vacilante ni quebrar la caña cascada"..., tenderás a defenderte, cerrándote tú y cerrando el mensaje del que eres portador. No intentes descubrir en él un arma de contraste, de juicio, de confrontación e, incluso, de hostilidad. No apeles fácilmente a que no puede ser de otra manera, porque al mismo Jesús lo crucificaron. Es verdad que tienes que cuidar la identidad de lo que vives y anuncias, sin "concesiones a la galería". Pero debes ser muy maduro a la hora de conocer, vivir y transmitir esa identidad. Durante veinte siglos de historia también se nos ha pegado mucho polvo del camino. Y conoces bien la dificultad de hacer cualquier tipo de limpieza. Mucha de nuestra gente da más importancia al polvo del camino que a los pies que lo recorrieron, y se hacen duros a cualquier tipo de renovación, llegando a decir que "se les quiere quitar su fe". Es difícil, pero necesaria, la "conversión pastoral". Creciendo en fidelidad evangélica y eclesial, como evangelizador, tienes la responsabilidad de distinguir entre lo fundamental y lo accesorio, no sea que, por confundirlos, estés haciendo el camino de la fe más difícil de lo que es. La dificultad no se debería entonces a la identidad, sino a nuestra torpeza, o a nuestra pereza testimonial e intelectual.

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Tu tarea de evangelizador te pide mirar el campo de tu misión más allá del campanario de tu propia iglesia. Aunque tú no salgas del ámbito de la "vida organizada" de tu comunidad, el reclamo de los que no participan, o lo hacen escasamente, lo debes sentir como propio. Todo lo que haces hacia dentro (vida sacramental y de oración, catequesis, liturgia, Cáritas, grupos de formación, catecumenados...) es para que, creciendo tu comunidad en fidelidad al evangelio, se haga más creíble en el anuncio y ofrecimiento del mensaje de Jesús "hacia fuera" hacia todos aquellos que nunca creyeron, a los que abandonaron la fe, o la tienen tan débil que no influye para nada en la orientación de su vida. Debes acoger y promover en tu comunidad evangelizadores que tengan como preocupación fundamental el anuncio del evangelio en los ambientes donde se ha instalado más la increencia, la indiferencia e, incluso, la hostilidad. Normalmente estos evangelizadores pertenecen a movimientos eclesiales que han nacido para dar respuesta a una realidad que no puedes ignorar, aunque tengas mucha actividad en la parroquia: la descristianización de nuestra sociedad, tan grande, que a nuestros países tradicionalmente cristianos se les puede llamar, hoy, "países de misión". Una situación nueva, a la que no podemos responder solamente con una buena "organización parroquial". Es preciso que avives la conciencia de tu envío a todos, especialmente a aquellos a quienes el evangelio les pueda sonar a nuevo. Son indispensables evangelizadores dispuestos y preparados para esta "misión de frontera". Tú mismo puedes ser uno de ellos. Y si no lo eres, preocúpate de que existan, alégrate de que los haya y considéralos siempre como compañeros imprescindibles en la tarea de "anunciar el evangelio a todas las gentes".

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Junto a esta tarea misionera dentro de nuestra propia tierra, hay otra dimensión de la misión de la Iglesia a la que, como evangelizador, no puedes ser indiferente: el anuncio del evangelio en lugares del mundo donde aún no ha sido predicado, o la ayuda pastoral a Iglesias con especiales dificultades para desarrollar su misión. Los misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosos/as y seglares) son la expresión de la preocupación universal de nuestra Iglesia diocesana. Ni ellos están allí como "francotiradores", ni nosotros somos extraños a su envío. Ellos y nosotros intentamos ser fieles al mandato de Jesús de anunciar el evangelio por toda la tierra. La falta de conciencia misionera significaría un fallo fundamental de nuestra propia evangelización. Y nuestra poca disponibilidad a compartir los bienes de la salvación (personales y materiales) con.las Iglesias hermanas del Tercer Mundo sería un egoísmo personal y comunitario, empobrecedor de la misma vida cristiana de nuestras comunidades. La admiración por la tarea de los misioneros/as es una fuente de esperanza. Su entrega, hasta dar la propia vida por la salvación de los hermanos, es testimonio de la fuerza salvadora del evangelio, estímulo de seguimiento e impulso a una evangelización más abierta, decidida y explícita. Tanto ellos como nosotros anunciamos al mismo Jesús, "el único nombre en el que el hombre puede salvarse". Una misma fuerza interior y una misma llamada al testimonio y al martirio. Importa poco que las dificultades sean diferentes. Lo que importa es compartir el mismo entusiasmo en la entrega.

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No hay misión sin Pasión por el hombre. La salvación que ofreces es también fruto de la pasión de un Dios que "tanto amó al mundo que le envió a su Hijo único para salvarlo". El amor al mundo y al hombre forma parte de la identidad del evangelizador. Sólo intentarás salvar lo que amas: los rostros concretos en los que mundo y hombre te reclaman en el día a día de tu trabajo. Recuerda que "Dios no odia nada de lo que ha creado", y que no hay personas ni situaciones perdidas para siempre. Aprende a partir de lo bueno que toda persona tiene. Sé acogedor de todas las realizaciones positivas, aunque no las hayas hecho tú. Trabaja codo a codo con toda persona e institución que defienda y promueva una causa noble. En el mundo y en los hombres hay "semillas de la Palabra", que germinan donde menos te lo esperas. No te duela que "también otros expulsen dernonios". Reconoce la bondad fundamental del corazón humano, y no perderás el lugar donde tu anuncio del evangelio está llamado a tener resonancias. Respeta los ritmos del crecimiento humano y creyente; comparte con madurez las dificultades del hombre para creer; no descalifiques a quien aún no ha abierto su corazón al don de la fe. Planta, siembra y riega, pero no dejes nunca de orar para que Dios dé el crecimiento a la semilla. Conoce la tierra de tu sementera, para que puedas acertar en el contenido y los modos de tu cultivo. Nuestros labradores lo saben hacer con sus plantaciones y sembrados. Aprende de ellos a conocer la tierra que trabajas. Es una tarea a la que se llama inculturación de la fe. Y te pide conocer y amar a los hombres y mujeres a quienes se la propones, para que labrador, semilla y tierra se puedan aunar en la espera de una cosecha abundante.

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El mensaje que anuncias va dirigido a la vida entera de quien lo acepta. Toda ella se va transformando, y se crea una comunidad de discípulos. Te encontrarás, sin embargo, con mucha gente que entiende su pertenencia a la Iglesia sólo como posibilidad de tener a su disposicion unos "servicios religiosos" a la par de otros servicios que la sociedad moderna nos ofrece para satisfacer nuestras diferentes necesidades. Para muchos, la parroquia es sólo eso: una "agencia de servicios religiosos" a la que recurren en determinados momentos de su vida, más por razones sociales que para compartir, celebrar y profundizar en su fe. Ahí tienes a los primeros destinatarios de tu tarea de evangelizador. Acoger y acompañar: ayudar a descubrir y vivir el sentido de lo que se celebra, integrando el culto en la vivencia cristiana. Mucha de tu tarea la desarrollas en torno a la celebración de los sacramentos. Ayudas a prepararlos para dar la mínima coherencia a las celebraciones de la fe. Tu meta es que se ensamble la fe con la vida. Con paciencia, con actitud de propuesta y no de imposición, partiendo de tu propio testimonio. Tienes ahí un amplio campo de actividad misionera. Llevas razón al quejarte del trato puramente social que sufren algunos sacramentos. Pon ahí un esfuerzo auténticamente misionero. Estimúlate, para no caer tú mismo en la rutina de su preparación. Descubre ahí una ocasión para anunciar el mensaje de Jesús, la alegría de su seguimiento y el gozo de vivir toda la vida como él la vivió. Tu tarea pastoral te pone en contacto con mucha gente; todos deben percibir la importancia de lo que llevas en tus manos y en tu corazón. El mejor testimonio será que tú mismo crezcas en tu compromiso cristiano y que no desfigures la realidad de los sacramentos cuando eres tú quien los recibe como alimento permanente de tu vida de fe.

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Reconoce sin nostalgias las dificultades que nuestro mundo presenta a la transmisión y acogida de la fe, sobre todo, en las generaciones jóvenes. Muchos y muy grandes son los cambios ocurridos, que afectan también a la vida cristiana. Tu propuesta de fe no es para que la historia marche hacia atrás. Al contrario, ofreces sentido para un progreso y desarrollo profundamente humanos. Tu envergadura personal es imprescindible en este momento de evangelización. Transmites un mensaje profundamente humanizador. Como hombre y mujer estás empeñado en la construcción de una sociedad nueva, y no evangelizas al margen de ese empeño. El evangelio te ayudará a descubrir, apoyar y defender la grandeza de las aspiraciones humanas. Y, desde el evangelio, tendrás también la lucidez para detectar todo aquello que se opone a un crecimiento humano integral. El evangelio te hará sensible a las contradicciones que le nacen al crecimiento, cuando se intenta borrar de él la pregunta por el sentido; cuando desaparecen los valores que lo ponen al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. La marcha de nuestra sociedad sin un "norte" que dirija su camino empieza a preocupar a mucha gente, también no creyente. La injusticia, las desigualdades de todo tipo, las bolsas de pobreza en el primer mundo, la insolidaridad entre personas y pueblos, la brecha creciente entre el Norte y el Sur... es tan grave, que no puede dejar de preocupar a toda mirada humana sobre la realidad. En la búsqueda de valores éticos imprescindibles, para que esta sociedad nuestra no se nos vaya al traste, haces tu propuesta del Dios revelado en Jesucristo. Y la haces no para competir con nadie, sino desde el convencimiento de que en Jesús se nos ha abierto no sólo el misterio de Dios, sino el misterio del hombre y del mundo. Con la evangelización estás ayudando a que el hombre y el mundo descubran el sentido de su futuro.

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Que toda la gente pueda percibir la envergadura de tu propuesta. Incluso quienes no la acepten, podrán reconocer tu aportación al diseño de un futuro mejor para todos. No tengas miedo. Es verdad que "llevarnos un gran tesoro en vasijas de barro". Lo importante es que conozcas y ames el tesoro del que eres portador. Tu amor profundo y sincero a Dios es la mejor garantía de nueva evangelización, de nuevos métodos y del nuevo ardor con que acertarás a hacer la propuesta a los demás. Ya ves que es una propuesta de vida personal y social. Te das cuenta de todo lo que hay en juego. Percibes que no se trata simplemente de restaurar expresiones culturales o populares de la fe como se vivieron en otros tiempos. Aciertas a comprender que todas esas expresiones externas, si no calan en la vida, sirven muy poco. Comprendes que la religiosidad popular alimenta la fe sencilla de mucha gente y, por eso, te empeñas en purificarla de adherencias poco evangélicas y en no hacer de ella una simple manifestación cultural o, incluso, sólo folclórica, al margen de la fe que la inspira. Pero entiendes también mejor que la evangelización de la cultura consiste en la penetración del evangelio en el corazón mismo del hombre, en sus centros de interés, en el ámbito de sus decisiones y comportamientos, en aquel nivel del que proceden los estilos de vida personales y sociales, que configuran todas las manifestaciones de su vida. Tu tarea de evangelizador no consiste en barnizar por fuera una cultura que se va haciendo pagana; estás llamado, más bien, a introducir en los dinamismos que la generan la fuerza siempre nueva del evangelio. Has sido enviado para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia.

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En tu tarea de evangelizador no estás solo. Muchos te precedieron y muchos te acompañan. Dirige una mirada especial a quien se nos presenta como evangelio vivo: María, la Virgen-Madre. Tu tarea evangelizadora te acerca sorprendentemente al misterio de su maternidad. Concebir, engendrar y dar a luz a Jesús es tarea de madre; por eso, tu misión tiene un carácter materno. Concibes la Palabra en la escucha obediente, acogiendo en tu seno la semilla de Dios. La engendras en un prolongado misterio de crecimiento interior, en el que vas adquiriendo "la forma de Cristo". La das a luz con el testimonio sencillo de tu vida y con la proclamación gozosa de "lo que el Poderoso ha hecho por ti". Que tu devoción a la Virgen no sea sólo recuerdo, sino estilo. Aprende de ella a saborear el plan salvador de Dios. Proclama con ella la grandeza del Señor y alégrate en Dios tu Salvador. Con ella eres testigo de las obras grandes realizadas a favor de los pobres y sencillos y sientes con gozo que Dios realiza asi su promesa. Imprime a toda tu tarea el estilo cercano y comprensivo de la madre. De tus manos brotará el vino abundante y generoso de la salvación que alegra. Y podrás estar, en pie, junto a la cruz de los que más necesitan ser salvados, metiendo en su historia resurrección y vida. Aprende de María a conservar en tu corazón la Palabra de salvación, pronunciada definitivamente por el Dios que "quiere que todos los hombres se salven".

OBJETIVOS:

1. Crear en el evangelizador actitudes y estilo que le hagan pensar y realizar la misión más allá del ámbito de su propia parroquia, grupo o movimiento. Por el hecho de ser evangelizador se es misionero.

2. Responsabilizarlo de la misión de toda la Iglesia, abriéndolo a la preocupación por la predicación del evangelio en los países de misión, y a los más alejados en el propio ambiente.

3. Que sienta la necesidad de un "equipamiento" personal y pastoral actualizado y abierto, para no hacer de la misión una "superposición" extraña a la vida de la gente y sin conexión con sus problemas y posibilidades, dando una impronta misionera al conjunto de la acción que se realiza.

PARA LA REFLEXIÓN:

1. ¿Caigo con frecuencia en la rutina? ¿Me sé ya las cosas y las repito como un papagayo? ¿Tengo la sensibilidad necesaria para estar constantemente pensando en las necesidades de los destinatarios? ¿Estoy encerrado en mi parroquia, asociación o movimiento, sin importarme lo que ocurra fuera? ¿Confundo mi propia fidelidad con la cerrazón hacia los demás? ¿Voy aprendiendo a distinguir lo que es fundamental de lo que es accesorio, tanto en mi vivencia personal como en la presentación de la fe?

2. ¿Introduzco en mi tarea una preocupación seria por las misiones y los misioneros? ¿Considero esta preocupación de todos como parte de mi propia tarea? ¿Propongo la opción misionera como posibilidad de servicio eclesial? ¿Estimulo el conocimiento y el compromiso con los problemas específicos de las Iglesias del Tercer Mundo?

3. El espíritu misionero me hace profundamente atento al corazón del hombre y a sus necesidades, ¿valoro lo bueno que toda persona tiene, y lo considero como "semilla de Dios", plantada en el interior de las personas? ¿Tengo en cuenta la totalidad de la persona humana, cuando anuncio el evangelio? ¿Me ayudan las dificultades del momento para crecer en envergadura personal y para darle a mi propuesta pastoral la hondura y seriedad correspondientes a las exigencias del momento? ¿Cómo me ayuda mi devoción seria y sencilla a la Virgen en mi tarea evangelizadora?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que nos enviaste a predicar el Evangelio a todos los hombres, concédenos un corazón abierto y universal: que no se nos haga rutinario, que no se nos quede parado, o latiendo al ritmo de tiempos que ya pasaron. Enséñanos a abrir las puertas de nuestras vidas y de nuestras instituciones, para que pueda acercarse, sin miedo, todo el que se sienta llamado. Danos amplitud de horizontes en nuestra tarea y en nuestra disponibilidad: que no quedemos atrapados por nuestras estrecheces y por nuestra cortedad de miras. Que en las dificultades para la misión que nos plantea nuestro momento histórico, descubramos desafíos para nuestra fidelidad y nuestra entrega.

AMEN.

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