Tiempo para pensar

Por José Navarro Chaparro

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OCTAVO MANDAMIENTO

Éx 23,1-7

«No proferirás narraciones falsas.

No te aliarás con un hombre malvado para ser un testigo malicioso...

ni serás parcial contra un hombre pobre en un juicio». [...]

«No pervertirás la justicia que se le debe a ese pobre en el juicio.

Guárdate bien de hacer una acusación falsa,

no engañes al inocente y recto y no absuelvas al malvado».

LA VERDAD

«La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros; hemos contemplado su gloria, la que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

«Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32)

«Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,18).

Le dijo Pilato:

—¿Qué es la verdad?»

Eso: qué es la verdad.

Hay muchos que, como Pilato, dudan de que sea posible alcanzar la verdad de las cosas; por tanto, decir la verdad o mentir no tiene mucho sentido, porque, no pudiendo conocer toda la verdad, mentimos siempre que decimos algo.

Exageran, obviamente, porque es verdad que hay una verdad absoluta, que quizá es inalcanzable, pero también hay una verdad relativa y suficiente, la cual sí puede conocerse.

Hay dos clases de verdad: Verdad objetiva (la que está fuera de nosotros) y verdad subjetiva (la que está dentro de nosotros, en forma de convencimiento, bien porque así la percibimos cuando nos llega, bien porque así la exponemos cuando sale de nosotros).

La verdad objetiva es fundamental para la ciencia y la comunicación; hay que buscarla y a ella se llega en comunidad. Cuatro ojos ven más que dos, dice el refrán. Por eso, debemos colaborar con los demás en la búsqueda de la verdad.

"Tu verdad, no; la verdad

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela"

(Antonio Machado).

La subjetividad puede deformar —y con frecuencia sucede— la verdad objetiva. En un partido de fútbol hay sesenta mil espectadores. La misma jugada, para treinta mil, ha sido penalti; para los otros treinta mil, no lo ha sido. Las principales causas de la deformación de la verdad son el apasionamiento, la ignorancia y la emotividad.

"Al pan, pan y, al vino, vino", decimos. Pero...

Un español hace reproche a los franceses, a causa de su idioma: "está bien que, para decir "vino", digan "vin"; que, para decir "pan", digan "pain"..., pero que, para decir "queso", digan "fromage"... ¡¡ Y están viendo que es un queso!!

El que pueda entender, que entienda.

Verdad subjetiva: SINCERIDAD: Calidad de sin-cera.

Para la convivencia y relación humanas, la verdad subjetiva es la esencial.

La sinceridad es una virtud que caracteriza a las personas por la actitud coherente que mantienen en todo momento, basada en la veracidad de sus palabras y acciones. Veracidad es la verdad subjetiva, o sea tal como es conocida y sentida por el sujeto; algo así como la honradez. La persona honrada es el que se atiene a su conciencia: podrá estar objetivamente equivocada, pero si piensa, habla y obra según sus convicciones profundas, es honrada y sincera.

Dicen que "sinceridad" proviene de la frase "sin cera". Cuando las estatuas de mármol griegas y romanas presentaban grietas o imperfecciones, la tapaban o disimulaban con cera. La estatua perfecta era la que no contenía cera, era una estatua sin-cera, sin tapujos ni disimulos.

Dichosos los limpios de corazón (corazón "sin cera").

La hipocresía es la antítesis de la honradez (dedicaremos a ella un artículo).

También se puede ver la sinceridad en nuestras actitudes. Cuando aparentamos lo que no somos, (normalmente, según el propósito que persigamos: trabajo, amistad, negocios, círculo social...), tenemos la tendencia a mostrar una personalidad ficticia: inteligentes, simpáticos, educados, de buenas costumbres... (Refrán: "dime de que presumes... y te diré de qué careces").

Decir la verdad es una parte de la sinceridad, pero también actuar conforme a la verdad, es requisito indispensable.

El mostrarnos como somos en realidad nos hace congruentes entre lo que decimos, hacemos y pensamos; esto se logra con el conocimiento y la aceptación de nuestras cualidades y limitaciones.

Ser sincero, exige responsabilidad en lo que decimos, evitando dar rienda suelta a la imaginación o haciendo suposiciones.

También, para ser sincero, se requiere "tacto", lo cual no significa encubrir la verdad o ser ambiguos al decir las cosas. Cuando debemos decir a una persona algo que pueda incomodarla, tenemos que ser conscientes de que el propósito es ayudar, no herir ni despecharnos en razón de que nos "cae gorda"; eso tiene otro nombre, que no es, precisamente, el de sinceridad. En estas ocasiones, lo que se hace es lanzar la verdad con la punta envenenada. La verdad, como el agua, es una cosa muy buena, pero, sometida a presión, puede resultar un arma mortífera. Decía Jardiel Poncela que la sinceridad es el pasaporte de la mala educación.

Además, hay que buscar el momento y lugar oportunos.

La sinceridad, a veces, requiere valor, porque puede resultar el peligro de perder una amistad o el buen concepto que se tiene de nuestra persona. En el lugar en donde yo trabajaba (en Alemania), había un turco que tenía fama de "chivato". Nos habíamos hecho amigos, pues hablaba español y era católico maronita. Basándome en esto, me atreví un día a hablar con él, confidencialmente y con la mejor voluntad, para hacerlo sabedor de los rumores que se cernían en torno suyo. Dejó de hablarme y de tener trato conmigo.

Ser sincero no consiste en decir todo a todos y siempre. El discernimiento será nuestra herramienta fundamental para dar sentido a esta virtud. Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.

La sinceridad debería ser gobernada por la caridad y por la prudencia. A veces, se lanza las "verdades del barquero", con la intención de ofender. Con aires de ser "francos" o "sinceros", insultamos con facilidad o decimos los errores que cometen los demás.

Y viene a cuento, a propósito del "tacto", la contestación que daba el genial humorista Álvaro de Laiglesia a un ficticio consultante:

—Cuando yo dije a usted que a esa señorita había que tratarla con mucho tacto, me refería a otra clase de tacto. Así que aguántese el bofetón.

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