ORAR CADA DÍA

84.- El Reino: don y tarea (I)

Palabra de Dios

El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña... Cuando oscureció, el dueño mandó llamar a los jornaleros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo diciendo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor del sol... El amo replicó: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No acordamos como paga un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Reflexión

¡No es justo!, decimos en la primera oportunidad que se nos presenta... ¿De modo que yo, después de pasarme la vida sacrificándome por cumplir como buen cristiano voy a acabar recibiendo el mismo trato que el desalmado de mi vecino...? ¡No puedo creer que tú, el Padre de toda justicia, puedas dar arbitrariamente a cada cual lo que, en puro derecho, no le corresponde! ¿De verdad? ¿Por qué te escandalizas? Mi alianza es gratuita, la puerta de entrada a mi Reino nunca está sellada: para que se abra, basta con amar, ¡y nunca es demasiado tarde para empezar a hacerlo! La recompensa no está en función de tus méritos, sino de mi infinita bondad.

Oración en común (a dos coros)

1. Desde los albores de la humanidad, nunca has dejado, Señor, de invitar a todos los hombres a colaborar en la obra de tu creación. Cada civilización tiene su hora para llenar una etapa de la historia, mientras tú prosigues incansablemente ese diálogo universal con todos los pueblos de la tierra.

2. Tú elegiste, por puro don, al pueblo de Israel para revelarle la profundidad y la universalidad de tu llamada. Tú hiciste una alianza con Abraham y Moisés, trabajadores de la primera hora. Tú llamaste a los profetas, éstos son obreros de todas las horas.

1. Enviaste a tu Hijo. Vino y sigue viniendo hoy, y, a través, de Él no has dejado de llamar a hombres y mujeres: Pedro, Juan y Pablo, Agustín, Francisco de Asís y Teresa de Ávila, Juan de Mata, Juan Bautista de la Concepción... y a tantos otros menos conocidos.

2. En cada hora del tiempo invitas a trabajar a todos en tu viña. Y el único salario que aguarda a cada uno será participar para siempre en la plenitud de tu Reino de amor.

1. Tú llamas a cualquier edad y en cualquier momento, porque nunca es demasiado tarde para decidirse a amar y acelerar así la venida de tu Reino a nuestra tierra.

Silencio y oración personal.

Padre nuestro....

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