ORAR CADA DÍA

25.- Cada día, nueva vida

Si te sorprendes porque cada día
emerge de nuevo la luz;
si te sientes dichoso porque tus ojos ven,
porque late tu corazón
y tus manos saben percibir, revivirás.

Si sabes sentirte vivo;
si crees que hoy es el primer día
en que comienza el resto de tu vida, revivirás.

Si observas a tus semejantes y cuanto les rodea;
si aún sabes reír;
si aún te puedes alegrar
por las sencillas y pequeñas flores
que encuentres en el camino de tu vida, revivirás.

¡Tómate tiempo para ser feliz!
¿Acaso ignoras que sobre la Tierra
eres un milagro vivo y real,
único y singular, incomparable?

¿Por qué no te sorprendes, por qué no te maravillas
por ti mismo y por cuanto te rodea?

¿Tan lógico y natural se te antoja el hecho
de estar vivo, de poder vivir?
¿No encuentras nada de particular
en el tiempo que se te regala
para que puedas ser dichoso,
para que puedas reír y bailar?

¿Por qué perder el tiempo
tras la insensata búsqueda del dinero?
¿Por qué acumular preocupaciones
pensando en lo que mañana,
o pasado mañana sucederá?

Acepta lo que este día te ofrece:
su luz, el aire y la vida,
su risa, el llanto y el juego, su milagro.

Señor, danos un poco de sol.
Danos una sonrisa para este día.
Danos los ojos de un niño.
Señor, danos a todos la alegría de vivir.

Palabra de Dios (Mt. 11,25)

En aquel tiempo, Jesús dijo: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. Sí, Padre, porque así lo has querido...

Salmo al comenzar la mañana ( a dos coros)

Al tocar mis ojos la luz del día, Señor,
mi corazón se levanta hacia ti en busca de tu mirada.
Escucha las palabras de quien siente la vida de nuevo.

A ti abro mi ser, mis ganas de vivir, mi despertar.
En tus manos pongo mis miedos y mis ilusiones;
de mañana, en tus ojos pongo
la sinceridad de mi búsqueda;
de mañana, en tu camino quiero dirigir mis pasos.
Oye, Señor, mi voz, tú que eres bueno,
y alienta mi vida que busca en ti luz y calor.

A ti me acojo, Señor,
al comenzar el día: protégeme.
En ti pongo mi confianza
como un niño en su madre: ayúdame.
A ti abro mis proyectos
y los planes de este día: acompáñame
A ti ofrezco lo que soy y lo que tengo, acógelo.

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