ORAR CADA DÍA

23.- El escaparate

Ayer, al caer la tarde, recorría la calle principal. Quería dar un paseo. Detrás de cada vitrina: ofertas, rebajas, compras de ocasión, regalos, liquidaciones por traspaso, publicidad, luces y colores... Y gente, mucha gente tratando de saciar esa sed de tener cosas. No importa que después se queden olvidadas en un rincón porque no nos hacen falta, o, tal vez porque no sabemos para qué las compramos. ¿Por qué, Señor, nos empeñamos en buscar la felicidad donde sabemos que no está? ¿Por qué nos obsesionamos con llenar nuestra vida de cosas, si sabemos que al poco tiempo nos dejan vacíos?

Palabra de Dios (Mt. 6, 25-30)

Por eso os digo: no os angustiéis por vuestra vida, qué vais a comer; ni por vuestro cuerpo, qué vais a vestir. Por la vida es más que alimento y el cuerpo más que el vestido. Mirad las aves del cielo; no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Y del vestido, ¿por qué os preocupáis? Mirad cómo crecen los lirios del campo, ni se fatigan ni hilan; pero yo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo que hoy es y mañana se la echa al fuego, ¿no hará más por vosotros, hombres de poca fe?

Salmo 48 (a dos coros)

-"El hombre no comprende en la prosperidad;
es como los animales que perecen".
Por dos veces la repite el salmo, Señor,
para recordarnos que las cosas son vanidad.

*Y no sé yo, Señor, si aceptamos tu vieja sabiduría,
cuando hoy corremos, como locos,
tras las cosas, el prestigio, el poder y la fama...Como si vivir fuera, tan sólo, tener y acumular o gozarse en las fáciles alabanzas de los otros.

-Tú nos adviertes, Señor,
que no hay hombre que pueda pagar su rescate
ni que sobreviva a lo que ha logrado poseer.
Que nadie se lo podrá lleva a la fosa.

*"El hombre opulento e inconsciente
es como animal que perece".

Parábola (para reflexionar durante el día)

No podía dar crédito a mis ojos cuando vi el nombre de la
tienda: LA TIENDA DE LA VERDAD. Así que allí vendían verdad.

La correctísima dependienta me preguntó qué clase de verdad deseaba yo comprar: verdad parcial o verdad plena. Respondí que, por supuesto, verdad plena. No quería fraudes. Lo que deseaba era mi verdad desnuda,
clara y absoluta.

La dependienta me condujo a otra sección del establecimiento en la que se vendía la verdad plena. El vendedor que trabajaba en aquella sección me miró
compasivamente y me señaló la etiqueta en la figuraba el
precio. "El precio es muy elevado, señor", me dijo. "¿Cuál es?" le pregunté yo, decidido a adquirir la verdad plena a cualquier precio. "Si usted se la lleva", me dijo, "el precio consiste en no tener ya descanso durante el resto de su
vida". Salí de la tienda entristecido. Había pensado que podría adquirir la verdad plana a bajo precio. Aún no estoy lista para la Verdad. De vez en cuando ansío la paz y el descanso. Todavía necesito engañarme un poco a mí mismo con mis justificaciones y mis racionalizaciones. Sigo buscando aún el refugio de mis creencias incontestables.

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