Ciclo C

Adviento 2019

 

 

DOMINGO XVII T. ORDINARIO (ciclo C). 28 de julio de 2019

 

Gn 18,1-10: El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?

Sal 137: Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.

Col 2,12-14: A vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados, os vivificó con Él.

Lc 11,1-13: ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

 

“Creo en la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados y la vida eterna. Amén”. Así termina el llamado “Credo de los apóstoles” de origen latino, del cual se cuenta que sus doce artículos fueron definidos cada uno por un apóstol antes de marchar a evangelizar por el mundo, para contar con una fórmula de fe idéntica y darla a conocer en su misión. Lo que tras esta historia encontramos, más allá de detalles con sabor legendario, es una fe de origen apostólico. Y aquí se profesa la “comunión de los santos”.

            Esta comunión alude a la corporeidad originaria con que está constituida la Iglesia y de la que forma parte todo cristiano como sociedad, como comunidad, como familia. Donde va uno, de algún modo, van todos los demás. Es decir, nada de lo que hace un bautizado es indiferente al resto de la Iglesia ni aun de la sociedad. Influimos, para bien, regular o mal en el Cuerpo de Cristo, porque somos parte de él. Y existe igualmente una solidaridad entre todos los hombres, de modo que unos a otros podemos facilitarnos no solo la vida, sino la vida eterna, o bien entorpecer el camino hacia ella.

            El único salvador es Cristo, sin duda. Su influencia, absolutamente decisiva, corresponde a Aquel por quien han sido creadas todas las cosas y hacia el cual van todas las cosas. Por eso con su vida y con el acontecimiento crucial de su muerte y resurrección ha podido ser causa de salvación para todos. Bien lo sabía san Pablo, como lo refleja la lectura de la Carta a los Colosenses de la liturgia de hoy.

            El bueno de Abrahán se atrevió a la mediación hasta el regateo con Dios. Este Dios deja que el anciano Abrahán aparezca como el misericordioso, el más interesado en la salvación de una ciudad tremendamente corrompida. El precioso diálogo con Dios indica la importancia de la intercesión de unos por otros. La historia de la humanidad revela el bien causado cuando una persona ha emprendido una iniciativa humanizadora y el mal provocado cuando ha sido lo contrario. En el caso de los amigos de Dios, como Abrahán, su poder creativo es grande, su capacidad mediadora para los demás es causa de muchos bienes.

            Aquí puede integrarse la insistencia de Jesús por la petición al Padre. Pedirle es reconocer su paternidad, por la consciencia de la necesidad que tienen de Él sus hijos, infecundos sin su ayuda. La misma oración que Jesús nos regaló para dirigirnos al Padre (aquí en la versión de Lucas) es una colección de peticiones. Cuanta más confianza en Dios, más petición, más capacidad de intercesión. Esta capacidad se encuentra también en los difuntos y en los santos, quienes, en amistad constante con el Señor, trabajan para nuestra llegada, como ellos, a la vida eterna junto a Dios y sus hijos. Porque Él quiere la salvación de todos y la implicación activa de todos (hay cantidad de formas y medios) para esta misma salvación del Cuerpo de Cristo. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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