Ciclo C

Adviento 2019

 

 

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN. JORNADA DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES. Domingo 2 de junio de 2019

Hch 1,1-11: Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. 

Sal 46,2-3.6-7.8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Ef 1,17-23: Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo.

Lc 24, 46-53: Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.

 

Las cosas se ven distintas desde arriba. Ante todo las alturas ofrecen panorámica: de espacio y también de tiempo. Quien ya lleva un trecho caminado en ascenso lo puede constatar. Pero, para eso, hace falta reconocer la altura auténtica, pues existen no pocos sucedáneos engañosos. ¿En qué consiste esa elevación que proporciona una visibilidad mayor y mejor? ¿Dónde se halla ese conocimiento de la realidad en su conjunto?

            Lucas nos repite el episodio de la partida de Jesús a los cielos: al final de su evangelio y al principio de libro de los Hechos. La elevación de Cristo en el Calvario no fue la altura definitiva que habría de alcanzar; tenía que ascender más, hasta sentarse a la derecha de Dios Padre. Parece la respuesta recíproca a la Cruz: el Hijo se elevó hasta la entrega total de su vida y el Padre lo elevó hasta su sede. En este punto, de nuevo, se nos presenta cierto galimatías trinitario: el Hijo vuelve al lugar del que nunca se había ido. Esta vuelta es diferente, porque es la humanidad de Jesucristo glorificada en la resurrección la que se sienta por primera vez junto al Padre. La imaginación puede jugar malas pasadas, y, peor aún, una teología sin finura.

El hecho de la Ascensión cumple con la dinámica impresa al mundo desde su creación. Todo ha sido creado por Cristo y hacia Cristo, hasta que todo lo tenga a Él por cabeza. De este modo ha de interpretarse la historia del cosmos, también la humana, por supuesto la de la Iglesia. Otro hecho enigmático: Jesucristo glorioso se marcha junto al Padre, pero sigue aún presente. Su presencia es velada: en la Palabra, en la Eucaristía, en cada cristiano, en la misma creación. Es el Espíritu quien capacita para descubrirlo ahí, tras cada una de esas realidades que están llamadas a ser cuerpo glorioso suyo, aunque con diferente entidad. Es decir: algunas tienen una participación en grado sumo de la corporeidad gloriosa del Señor, como la Eucaristía; otras están en proceso, como las criaturas del mundo. La sucesión de fiestas de estas semanas son elocuentes: Ascensión, Pentecostés, Trinidad, Cuerpo de Cristo. La liturgia no da puntada sin hilo.

A la Ascensión de Jesús hombre resucitado a los cielos, sucede Pentecostés. El Espíritu Santo cualifica a la criatura a esta misma participación en la gloria, a alcanzar su altura límite. De haber sido solo criaturas, la misma naturaleza humana habría puesto la frontera en lo humano; pero al ser concebidos para ser hijos de Dios, el destino definitivo rebasa con mucho lo natural. Es el Espíritu el que hace vibrar lo humano (y todo lo creado) para situarlo en sintonía con Dios para que todo culmine en aquello para lo que fue configurado: ser cuerpo de Cristo. La evidencia de un Jesús resucitado omnipresente mermaría en mucho la libertad de elección e infantilizaría al hombre, incapaz de escoger ante lo evidente. En cambio el Espíritu Santo obra con sutilidad no impositiva… hasta que todo tenga a Cristo por cabeza.

De la Ascensión nos hablan Marcos y Lucas, de modo implícito también Mateo, pero Juan no. Lucas es el único que indica el periodo temporal desde la resurrección hasta este momento, cuarenta días, seguramente con significado simbólico. Son una cuarentena de días pascuales, el reverso de las tentaciones, no por opuesta, sino porque se hace patente la victoria definitiva de Dios sobre el mal.

Y a nosotros, ¿qué nos queda de todo esto? La meta, el horizonte y el camino. La única elevación provechosa (las demás dañan) es la que vivió el Hijo con el Padre en el Espíritu Santo. Es decir: la de ser hijo obediente, sin otra referencia fundamental que la del Padre. El horizonte es la consumación de nuestra propia genética humano-divina. Y el Camino es Cristo. Allá donde ha ido Él hemos de ir también nosotros. Que no nos cautiven otras alturas; que nos conmueva ayudar a otros a su ascenso. Las resistencias al progreso hacia lo divino, que son muchas, han de encontrarse con la oposición de los cristianos a una “normalización” de la situación y las estructuras. Cristo hace todo nuevo; Cristo, en nosotros y con nosotros hará todo nuevo, en la medida en que seamos de Él y trabajemos para Él, para la salvación de toda carne humana.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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