Ciclo B

Adviento

DOMINGO XIv T.ORDINARIO (ciclo B). 8 de julio de 2018

 

Ez 2,2-5: Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

Sal 122: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

2Co 12,7-10: muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Mc 6,1-6: Se extrañó de su falta de fe.

La protección y custodia de lo más valioso mueve a la reserva de un espacio dedicado a guardarlo con una frontera suficientemente eficaz. Los muros que delimitan nuestros hogares trazan el límite entre lo público y lo privado, lo íntimo y lo abierto, lo familiar y lo genérico. No obstante, no es clausura absoluta, sino que se permiten orificios hacia el exterior por donde llega la luz y el aire de fuera y, más importante aún, por donde se puede entrar y salir. La puerta proporciona un grado de fragilidad en el bastión que es la casa, pero es el riesgo para que aquel ámbito familiar no se agote en sí mismo y esté abierto a riquezas externas. Si no hubiese necesidad de este intercambio, tampoco lo habría de puertas.

                Una puerta excesivamente abierta puede responder a un aprecio pobre de lo que se tiene dentro. Si el exceso se comente en su cierre, tal vez no se esté valorando lo que puedan aportar los ajenos. Llevando el asunto hacia sus extremos encontramos una valoración inapropiada hacia lo propio o lo ajeno, que provoca un desprecio por lo familiar o lo externo a la familia. Es uno de los retos con los cuales ha de enfrentarse la pregunta sobre la identidad personal o comunitaria. ¿En qué medida somos nosotros mismos si nos llega tanto de fuera? ¿De qué modo crecer y no empobrecernos si no es desde la apertura a tanto como nos traen otros?

                Nazaret pertenecía al mundo rural galileo del interior que no gozaba del cosmopolitismo cotidiano de ciudades cercanas mucho mayores y abiertas a otras culturas. Su propia ubicación y dimensión ponía muralla a su población. Había que salir de Nazaret y recorrer unos cuantos quilómetros para encontrarse con la diversidad. Y sin embargo, contra todo pronóstico veterotestamentario, en Nazaret se había abierto una puerta extraordinaria hacia la mayor fuente de intercambio y enriquecimiento, con el mismo cielo. La familia de José el carpintero de Nazatet custodiaba esa posibilidad de tránsito y transacción con lo divino en Jesús, el hijo de María. Las palabras y los signos que hizo entre ellos no bastaron para mitigar los prejuicios sostenidos férreamente por los paisanos nazarenos: “de lo que conocemos, de lo que hemos visto, de aquello con lo que tenemos cotidianidad no podemos encontrar nada admirable ni sorprendente” (parece que pensaban). Obviaron uno de los movimientos más maravillosos de Dios: que obra prodigios en lo más cotidiano y ordinario. Así el Hijo de Dios se hizo “uno de tantos”. Sin embargo, el Maestro no pudo actuar allí por su falta de fe. Cerrados en su estrechez vital se habían cerrado a Dios, lo que impedía dejarle actuar. Donde se obstruye la acción de Dios el hogar, irremediablemente, se empobrece. Todo porque no quisieron interpretar los nuevos acontecimientos que el Señor les había traído.

                Lo que encontraba Pablo en su interior no debería parecerle muy admirable. El hogar irrenunciable y más definitivo es cada persona para sí misma. Él miro hacia dentro de su hogar y no se alegró de todo lo que vio. Habla de una espina, seguramente una dificultad o problema de gravedad que le preocupaba seriamente. Habiendo cerrazón en torno a la preocupación cabe esperar o una magnificación del problema, que arrastra consigo un ingente consumo de fuerzas (muchas veces lamentos y quejas estériles) o bien una despreocupación asombrosa (como si no pasara nada). La puerta de Pablo abierta hacia Dios le traía luz para, sin dejar de reconocer una situación dolorosa, confiar en el poder divino sobre su carne. La apertura a Dios equilibra nuestra percepción de la realidad asumiendo lo que hay con una perspectiva y una actitud esperanzadas. Precisamente lo que rechazaron los paisanos del Maestro y lo que rechazaremos nosotros si no buscamos esos cauces de encuentro con el Señor en nuestras propias experiencias y movimientos internos, en las relaciones con los demás, en los acontecimientos diarios, en la Palabra y los sacramentos. Cuántas puertas; aprovechadas o no, depende de nosotros. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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