Ciclo B

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE JESUCRISTO. CORPUS CHRISTI (ciclo B). Domingo 3 de junio de 2018

 

Ex 24,3-8: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

Sal 115: Alzaré al copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Heb 9,11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Mc 14,12-16.22-26: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.

 

La sangre ha de verterse hacia dentro, hacia el interior del cuerpo, si no quiere dejar al organismo seco de vida. Lo sabían los antiguos: la sangre es el alimento vital de animales y hombres. Donde vaya el cuerpo ha de ir también su sangre. Si se derrama hacia fuera, deja de cumplir con su oficio y la vida se malogra desperdiciada. Lo sabían los antiguos y aprendieron a tapar y curar la herida para que la sangre no saliera del cuerpo; y también aprendieron, tristemente, a derramarla: para arrebatar la vida a cualquiera, hiriendo su carne. Así sucedió cuando el terrible fratricidio de los primeros hermanos. ¿Por qué habría de alzarse una sangre hermana contra otra? Sin más motivos que la envidia, el afán de dominio, el odio… el ejemplo se multiplicó y la tierra se irrigó de muchas sangres despojadas de su cuerpo.

Aprendieron también aquellos hombres de antes a que podría haber una sangre derramada con utilidad. El sacrificio de animales ofrecía para ellos el encuentro con Dios, el Señor de toda vida y el ser humano, receptor de esa vida. La sangre, precisamente el torrente de vida necesario, era regalo divino y a él podía destinarse en un acto religioso de profunda fe. La sangre se empleó como elemento purificador, de expiación, de alianza. Los hombres elegidos entre el pueblo, los sacerdotes, eran los encargados de acoger el animal ofrecido y verter su vida para legitimar el vínculo del creyente con Dios. Sangre de animales, nunca humana. Fuera de estas prácticas religiosas, tocar siquiera la sangre de cualquier animal o persona llevaba a la impureza; nadie podía mancharse las manos de aquella sustancia de vida, porque era, de algún modo, sagrada, en cuanto que en ella se transmitía la vida regalada por Dios.

A la hora de mejorar la relación con Dios, conocido ya con el nombre de Padre, hubo que estrechar lazos con una nueva alianza. También intervino la sangre, pero no cualquiera, sino la de su Hijo hecho carne y sangre humanas. El cambio fue abismal. El sacrificio animal se transformó en el compromiso personal para que la sangre propia recibida de Dios sirviera para su alabanza y su servicio, para ofrecerse a la reconciliación de toda sangre, para que la misma vitalidad recibida del Altísimo fuera fecunda para la vida humana respetando y preocupándose por toda carne, por todo cuerpo, por toda sangre. El prodigioso cambio fue posible en Jesucristo cuya vida consistió en una entrega generosa buscando el sacrificio de su propia existencia por amor al Padre, en favor de los humanos a los cuales amó como hermanos. Por eso en aquella Cena de despedida, vinculó la suerte de su sangre  y de su carne al pan y al vino ofrecidos y tomados en memoria suya, en memoria del cuerpo de Cristo entregado, crucificado, resucitado; en memoria de la historia del Hijo de Dios encarnado y hecho donación para la salvación de los hombres.

No se nutre la sangre de lo que uno come y bebe. ¿Qué calidad tendrá la sangre que coma y beba del Señor en la Eucaristía? ¿A dónde llevará una sangre alimentada con tanta calidad y fuerza de vida? A reproducir lo propio que hizo el Maestro, dar la vida por amor a Dios y amando a aquellos en los que no puede dejar de reconocerse el mismo don divino, la misma sangre fraterna, a los que no podemos llamar rivales sino hermanos.

Así se entiende que Caritas haya escogido un cuádruple corazón que forma una cruz. Es el que recibe y distribuye la sangre. Es el órgano que da de comer a todo el cuerpo y le lleva lo que se respiró y se comió. La calidad de la sangre, asociada a la calidad de  lo comido, lleva a todo el organismo a la salud o a la enfermedad. La caridad requiera la más alta calidad y su alimento no es otro que el cuerpo y la sangre de Cristo, por el que nos hacemos más sangre de su sangre y carne de su carne, cuerpo del Señor, miembros de la Iglesia; sangre ofrecida, desgastada y hasta derramada para proclamar y vivir las misericordias del Señor y servir, misericordiosos, a toda sangre humana.  

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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