Ciclo B

DOMINGO I DE CUARESMA (ciclo B). 18 de febrero de 2018

 

Gn 9,8-15: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. 

Sal 24,4-9: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

1Pe 3,18-22: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. 

Mc 1,12-15: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

 

Aún quedan muchas iglesias donde, a la entrada, puedes encontrarte una pila con agua bendita. Los dedos tocan el agua y corazón y la mente recuerdan el bautismo. Ese gesto es memoria de este sacramento. El agua corriente se convierte en un poderoso evocador de la historia de la salvación cuando es capaz de suscitar una interpretación profunda y espiritual de la historia.

                De esta forma lo expresa la liturgia del bautismo, singularmente en la bendición del agua de la fuente o la pila bautismal. Un elemento tan cotidiano y necesario para la vida aparece en momentos singulares de la historia humana global y, en particular, de la historia del pueblo de Israel. La creación del mundo a partir de las aguas, el diluvio universal, el paso por el mar rojo, la Jerusalén futura anunciada con torrentes de agua purificadora… Todos estos episodios alcanzan un significado vinculado a la acción salvadora de Dios. Y aún más, porque con la humanación de Jesucristo, su entrega en la Cruz y su resurrección, aquellos episodios son entendidos como un anuncio de la salvación íntegra y definitiva que se abre con el bautismo. Este sacramento que hace participar, por medio del agua, de la misma resurrección de Cristo, capacitando para ella.

                La primera y segunda lectura están relacionadas desde esta dinámica. El acontecimiento del diluvio universal significó muerte a la vida vieja y corrupta para la regeneración de la humanidad, ante la cual Dios se compromete a garantizar su salud por siempre. La primera Carta de Pedro entiende aquí una prefiguración del bautismo por la muerte de Cristo. Es el Señor el que lleva a la comprensión íntima y misteriosa de los acontecimientos, donde Dios conduce a la prosperidad humana en términos absolutos, hacia su plenitud.

                Aquellos que en los primeros siglos del cristianismo querían ser cristianos (según unos de los primeros testimonios de finales del siglo IV que nos hablan de la costumbre en la Iglesia del norte de Italia), se preparaban para el bautismo durante la cuaresma. Al inicio de esta daban sus nombres y eran inscritos en un libro. Cada día recibían la instrucción del obispo, que les hablaba sobre los principales artículos de la fe. Una vez bautizados en la Vigilia Pascual (también confirmados y habiendo participado de la Eucaristía tomando la comunión), recibirían en los días sucesivos la explicación de los misterios o sacramentos recibidos. Las lecturas de este primer domingo de Cuaresma nos señalan hacia el bautismo. Nosotros, ya bautizados, recordamos este sacramento y ratificamos nuestro compromiso con la vida, tomando consciencia de la vigilancia constante que requiere nuestra fe: pendientes de que Dios extirpe de nosotros toda raíz de maldad y toda semilla de pecado presente en nuestras vidas, y esforzándonos por vivir con mayor intensidad nuestra fe, nuestra filiación divina, nuestra fraternidad eclesial… cuyo cuño renovaremos en la celebración de la Vigilia Pascual.

                Tras el bautismo de Jesús el Espíritu escoge para Él el desierto. Nada más lejano a la frescura del agua recibida, pues es un páramo de soledad y árido, con dificultades para la vida. Es, sin embargo, ahí precisamente donde el Espíritu Santo obrará visiblemente la fuerza de Dios en Jesucristo, haciéndolo fecundo para vencer toda tentación y robustecerlo para la misión, porque, después de esta estancia en el desierto y tras enterarse del arresto del precursor, Juan, comenzará a predicar la llegada del Reino de Dios y pedirá la conversión.

                El mismo Espíritu Santo recibido de un modo especial en el bautismo, nos mueve a que ejerzamos nuestra responsabilidad como hijos de Dios y ajustemos la vida a la voluntad del Señor. Un momento muy oportuno, y así nos lo ofrecer la liturgia, es la Cuaresma, recuerdo del amor de Dios incondicional y no suficientemente aprovechado por nosotros. Que el agua purificadora y renovadora del bautismo que aparece en la liturgia de hoy y que nos recuerda el sacramento recibido nos refresque la memoria del regalo tan grande recibido y nos esmeremos en cuidar nuestra vida cristiana en espera de la venida del Señor. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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