Ciclo B

Adviento

DOMINGO XXVIII T.ORDINARIO (B). 14 de octubre de 2018

 

Sab 7,7-11: Me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso.

Sal 89: Sácianos de tu misericordia, Señor.

Heb 4,12-13: Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Mc 10,17-30: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”.

 

Las palabras de Jesús obtuvieron como respuesta un ceño fruncido y un adiós. ¿Definitivo? Al menos por el momento.

Estaba motivado; se acercó corriendo a Jesús y le preguntó sobre lo que buscaba: “heredar la vida eterna”. Los padres dejan a sus hijos un subsidio tras su muerte, la herencia; así de previsores y generosos, siguen ejerciendo la paternidad en ese bonito regalo póstumo. Lo que reunieron los padres para sus descendientes se consumirá con el tiempo y desaparecerá si no desaparece antes el hijo, cuyos días también tienen límite. Dios Padre ofrece herencia con mayor cuantía: la vida eterna y todo hijo suyo que quiera puede recibir lo prometido. El único requisito puesto por el Padre es cumplir su voluntad. Así lo hizo aquel judío cabal que se acercó a Jesús; había cumplido con los mandamientos con un esmerado interés desde la infancia. ¿Qué buscaba al allegarse al Maestro? Quizás que aprobase su estilo de vida y le motivase a seguir cumpliendo como hasta el momento; o, tal vez mejor, sentiría algún tipo de insatisfacción que le pedía algo más sin saber qué. Buscó a Jesús teniendo muchos otros maestros a los que dirigirse ¿por mera novedad o porque esperaría mucho de quien muchas expectativas había despertado?

            Considerando que se tratase de una verdadera inquietud no acallada a pesar de una vida esforzada por cumplir con los mandamientos, el Maestro le ofreció una respuesta. Pero no la esperaba. Llenar un bolsillo requiere menos esfuerzo que llenar un corazón. Si mucho tenía ya el corazón de aquel hombre, más aún esperaba y Jesús se lo procuró. Pero no quiso. Se jugaba la diferencia del mucho al todo. En el mucho aún cabe más de otra cosa, en el todo no hay posibilidad para nada más. Aquí se despacha la verdadera sabiduría y aquí también, con frecuencia reiterada, resbalamos muchos que aspiramos a la vida eterna desde el mucho, sin arriesgarnos al todo.

            La cavidad de su interioridad, bastante llena de cosas buenas, reservaba un espacio para aquello que le impedía la determinación por el todo, su dinero, con la seguridad que reporta, con el prestigio y las posibilidades que oferta. Y tanta tendría que ser para sí la importancia de sus bienes que de forma inmediata se reveló con un ceño fruncido, sin que diera siquiera un pequeño espacio para la duda a las palabras de Jesús. Sus palabras escuecen especialmente donde más fea es la herida.  

 

            No era poco que tuviera unas expectativas tan elevadas: la vida eterna; no era poco que desde pequeño se estuviera esforzando por cumplir los mandamientos; no era poco que los cumpliese; no era poco que tuviese inquietud por ser mejor y buscase corriendo al Maestro para pedirle consejo. No era poco, pero no lo era todo. Y esa es la diferencia entre ser cumplidor de los mandamientos o seguir a Jesucristo, tener un corazón honesto o enamorado del Señor, buscar ser bueno o ser santo, ser sabio de sabiduría mundana o de sabiduría divina, vivir honradamente o dar la vida por Dios. Es la diferencia entre un corazón abierto a la plenitud de la alegría y a la Palabra de Cristo o un ceño fruncido, una cerrazón en la mediocridad y un adiós. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana "Conversión Misionera, Personal y Pastoral" 2018-2019


La Voz de Papa Francisco

Xtantos

Vida