Ciclo B

Adviento

DOMINGO XXIV T.ORDINARIO (ciclo B). 16 de septiembre de 2018

 

Is 50,5-9a: Tengo cerca a mi defensor.

Sal 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
St 2,14-18): ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?

Mc 8,27-35: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

 

Nos costó un poco, pero conseguimos aventajar a Jesús y anticiparnos a Él en el camino. Hemos aprendido a hacerlo previsible. Antes de que nos hable ya tenemos la repuesta para cada una de sus interpelaciones: si nos dice que lo sigamos, le contestamos con que ya lo hacemos… hasta donde podemos; si nos pregunta por nuestros pecados, le aclaramos que nada grave, solo lo que todos (somos humanos); si nos pide que le hablemos de nuestra relación con Dios, informamos que muy bien, sacamos de cuando en cuando un rato para Él; si nos interroga sobre el perdón de los enemigos, el trabajo por la justicia, nuestra entrega a total Él, le respondemos que no exagere. Tal vez, aun humano como nosotros, el Maestro no se ha enterado del todo de lo que significa ser humano y su dificultad para mantenerse en pie entre las convulsiones de la vida.

O quizás, más bien, no hemos alcanzado siquiera a plantearnos nosotros lo que significa ser hijos de Dios llamados a la santidad, precisamente en esa humanidad consagrada por su Espíritu. Por eso creemos que no nos entiende y que debemos enseñarle; aunque sabe tanto, que parece saber poco (como nosotros, aunque nosotros un poquito más).

            Simón Pedro respondió bien y antes que los demás a la pregunta de Jesús: “¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Lo definió como “el Mesías”, es decir, el enviado por Dios esperado desde antiguo para liberar a su pueblo. Pero aún no lo conocía bien. ¿Qué entendería por Mesías? ¿Y liberador de qué?  No era necesario que lo supiese todo, era discípulo y aún quedaba mucho camino hasta que su enseñanza con el Maestro culminase. Normal que no concibiera en sus planes la pasión. Y por mucho que se tenga trato con Jesucristo, ¿quién no va a sentir un sobrecogimiento interno cuando asome por cualquier esquina la cruz? Lo reprensible en Pedro no es la incomprensión de un final del Calvario para el Mesías, es que de alumno quiso pasar a maestro y adelantar a Jesús haciéndole ver que se equivocaba.

Se escandalizó de la cruz del Señor, precisamente de la cruz, la clave de bóveda de la encarnación y de la gloria. Los criterios de Pedro siguen cundiendo hoy entre los creyentes. Nos fastidia que Cristo nos adelante, especialmente cuando ya pensábamos que le sacábamos suficiente ventaja para predecir sus movimientos y estorbarle al intentar sobrepasarnos. Porque cuando nos adelanta, si estamos un poco atentos, lo primero que asoma al rebasarnos es la cruz. Eso nos da miedo. Es legítimo temer la cruz, pero con actitud de discípulo, esperando, aun temblando, que el Maestro nos enseñe y, sobre todo, nos acompañe muy de cerca.

            ¿Quién es para nosotros realmente Cristo? Seguro que destacamos en Él alguna de las facetas que más nos asombran. No está mal si no descuidamos las demás. E incluso a lo mejor podemos encontrar alguna pista en aquello que menos consideramos de Él o más nos cuesta, porque tal vez es donde más tenemos aún que aprender. Cuánto tiene que ralentizar sus pasos y detenerse a esperarnos. Lo hace sin reproche, no le importa, solo quiere que estemos con Él para aprender quién es, cuánto lo ama su Padre, quiénes somos, cuánto nos ama Dios y cuánto debemos amarnos unos a otros. Todo ello, curiosamente, tiene su clave en la cruz, escándalo para los hombres y sabiduría divina. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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