Ciclo A

DOMINGO XXVIII T.ORDINARIO (ciclo A). 15 de octubre de 2017

 

Is 25,6-10a: Celebremos y gocemos con su salvación.

Sal 22,1-6: Habitaré en la casa del Señor, por años sin término.

Fp 4,12-14. 19-20: Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Mt 22,1-14: Los convidados no quisieron ir.

 

Todo estaba dispuesto: el palacio real, la mesa, la comida, el novio. Faltaban los convidados y estos no quisieron ir. No quisieron y punto. Por muy preparado que estuviera el banquete, por muy importante que fuera la boda del hijo del rey, encontraron otros motivos más apetecibles para ocupar su tiempo. El evangelista habla de “convidados”, dando a entender que ellos ya habían sido invitados previamente y conocían la celebración. Los criados les avisan de que ya está todo dispuesto. Serían los más allegados al monarca. Por acercar el episodio a una escena actual, es cierto que, cuando se hacen los preparativos de una boda se mira bien a quién se invita. Habrá algunos convidados de compromiso, pero la mayor parte son personas con las que realmente se quiere compartir el acontecimiento. Un rechazo de la invitación con una justificación entendida como “menor” suele interpretarse como un desplante a los novios. Se rechaza participar, porque quien es invitado minimiza la importancia del evento, poniendo al descubierto una falta de aprecio real por quien invita. ¿En qué quedaría la boda delicadamente dispuesta sin los amigos íntimos, sin los hermanos, sin los padres?

 

¿Y si fuese alguno de los novios el que no acudiese? Se comprendería el enfado de los padres. Podrá ausentarse cualquier de los invitados, y, aun así, seguirá perviviendo la boda, pero nunca faltando uno de los novios.  

 

Un banquete es mucho más que comer: la comida es más esmerada, la bebida de más solera, los invitados escogidos, la conversación entretenida y no frívola. Todo ello movido por algún acontecimiento excepcional, que no es, ciertamente, cotidiano. En cada festín se come porque se vive y merece la pena seguir viviendo, se celebra la vida. Para la tradición judía, que cuidaban los contemporáneos de Jesús, la comida era el momento especial del día. Mirando con esperanza hacia la fraternidad de todos los pueblos, donde se excluyese la guerra y todo resquicio de violencia e injusticia, era comprensible que esta fraternidad se describiera con una mesa común para comer y conversar con alegría. Conscientes de que en aquel momento no podría llevarse a cabo esa bellísima escena, se expresaba como un anhelo que Dios haría realidad, al final de los tiempos. Lo recoge también el salmo 22, habitualmente conocido como el del “Buen pastor”. Esta denominación olvida la mitad de sus estrofas, donde el pastor se convierte en anfitrión, que se sienta a la mesa, como un igual, con los que antes aparecía como pastor guía del rebaño.

 

La parábola que proclama Jesús une al banquete la causa de este: una boda. Es una boda real, del más alto rango, se casa el hijo del rey, que está llamado también a regir su pueblo. La simbología de las nupcias para expresar la alianza de Dios con los hombres, que aparece tanto en los profetas y es la interpretación fundamental del libro del Cantar de los cantares, induce a pensar que el novio, Cristo, se va a desposar con una novia a la que no se menciona. Ella sería la humanidad o, representada en los convidados. Si faltan ellos, no puede haber boda. Han de acoger el amor del Esposo que va a dar su vida por ella, para que tenga vida. Y esto hay que celebrarlo. Los convidados principales a este evento son los israelitas. Sin embargo el pueblo no quiere participar, pues prefiere otros quehaceres. No han descubierto la importancia del rey y lo que significa esa boda y su banquete. Algunos, incluso, agreden y matan a los enviados (una alusión a la violencia contra los profetas y el mismo Cristo). El rey acaba con ellos y quema la ciudad. Destruye el lugar de las distracciones, donde se encuentran sustitutos de celebración, donde no hay nada que celebrar, porque son un sucedáneo de lo que realmente proporciona alegría y gozo, la invitación del rey.

 

Entonces el banquete queda abierto para todos los viandantes que se encuentren los criados por los caminos. La expresión “buenos y malos” parece que pretende indicar la apertura de esta nueva invitación, que acoge a “todos”, más que una definición moral. Aunque el abanico de convidados al que se abre esta segunda invitación es amplísimo: “todos los que encontraron por los caminos, buenos y malos”, no obvia el protocolo de la boda, que pide un atuendo adecuado para la ocasión. Es la disposición mínima exigida a quien acepta la invitación: vestirse un traje de fiesta. La vestimenta es expresión externa de lo que se vive internamente y, también, es símbolo de lo que uno mismo es. El silencio del invitado sin traje festivo confirma su indiferencia a lo que se celebraba y su falta de respeto al mismo anfitrión. La única condición requerida a todo invitado es compartir lo celebrado con alegría, deleite e interés, que implica una preparación y disposición para ello.

 

Las palabras que reciben los filipenses de parte de san Pablo expresan la oportunidad del traje festivo ante cualquier clase de acontecimiento de abundancia o carestía, hambre o hartura, porque es invitado y partícipe del banquete de bodas de su Señor, por el cual todo lo demás lo estimó basura y sabía que Él lo asistiría en toda necesidad. Se vistió el traje de fiesta para no quitárselo jamás, porque tenía motivos de sobra para la celebración. Él sí quiso ser invitado y dispuso su vida para aprovechar el banquete al máximo y festejarlo eternamente en la gloria con el Esposo y los hermanos. Y punto. Pero sepamos, que ese punto lo ponemos nosotros. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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