Ciclo A

DOMINGO XII T.ORDINARIO (ciclo A). 25 de junio de 2017

 

Jr 20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Sal 68: Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Rm 5,12-15: La gracia de Dios y el don otorgado por la gracia… se han desbordado sobre todos.

Mt 10,26-33: No les tengáis miedo.

 

Tan preciosa, tan radiante, tan llena de posibilidades… la vida es un regalo de tanta valía que hay que preservarla de cualquier amenaza. El miedo es una defensa espontánea para cuanto pueda provocar deterioro, herida o destrucción en la vida. Nos precave ante las amenazas para evitarlas. Primeramente se teme por la vida de uno mismo, pero, cuando se ama, también por la de las personas queridas; cuando se ama aún más, al modo de Cristo, por cualquier vida, conocida o no.

Tan legítimo es tener miedo como defender la vida, ¿por qué viene Cristo a prohibirnos que temamos? ¿Es que no podemos tener miedo al dolor, a la enfermedad, al sufrimiento, a que nuestros proyectos se frustren, a que nos abandonen los nuestros, a que nuestra historia carezca de sentido, a perder la vida? Creo que el Maestro no niega nada de ello, sino que ofrece motivos para que, aunque haya sufrimiento, dolor, enfrentamientos, traición, decepciones… nada de ello aboque a una muerte prematura, como desesperanza causada por la convicción de que la vida ya se ha frustrado por esos acontecimientos. Especialmente insiste en evitar temer el daño que se le pueda hacer a nuestro cuerpo, lo que nos recuerda las situaciones de peligro antiguas y actuales, donde ser discípulo de Cristo ha supuesto cárcel, tortura o muerte. En una reinterpretación actualizada para nuestro ambiente, también, podríamos entenderlo como evitar, contra corriente, una veneración inapropiada de cuerpo donde se pretende la perenne juventud inmarcesible, lo estéticamente impecable, el aval social y que, por contrapartida, genera el rechazo y desprecio de aquellos cuerpos ajenos a estas pautas de convención.

La experiencia que nos expresa el profeta Jeremías es la soledad de un creyente que se ve traicionado y amenazado por los de alrededor, incluso por aquellos con los que compartía amistad. Ante todo esto, prevalece la confianza en Dios que le proporciona motivos y fuerza para seguir esperando en su Señor, y reconocer que Él tiene una palabra más poderosa que los peligros de alrededor, que lo hará triunfar sobre ellos.

Jesucristo, en el pasaje del evangelio de este domingo, argumenta con mayor convicción para no tener miedo. No hay que tener miedo a la verdad: “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto”, porque la vedad esclarece, libera, mientras que la mentira, que oculta, provoca tensión y nerviosismo. La verdad que tendríamos que estar deseosos de conocer es aquella sobre nosotros mismos: quiénes somos, y quién es Dios para nosotros. Tapar, tergiversar y engañar sobre lo que somos es provocar mucho daño. Que no temamos la verdad. En segundo lugar pide no tener miedo del daño al cuerpo. Parece que este fragmento del evangelio proceda en su redacción de un momento en que la comunidad cristiana está pasando por una situación dolorosa de persecución. El peligro contra la vida exige una respuesta: no es el miedo, porque desde el temor se puede actuar de modo inconsecuente, sino la confianza y la esperanza en Dios, el Señor de la Vida. Cristo apela a la Vida eterna, la vida íntegra por la que alcanza sentido pleno esta vida. Lo que sí hay que temer es renunciar a vivir en plenitud, acomodándose al pecado y desbaratar la vida malgastándola en el mal: la mentira, la idolatría del cuerpo y todo cuanto parece ofrecer éxito en la vida. Ante este peligro nos protege una sana conciencia, una vida espiritual cuidada, el ejercicio de la caridad, amando a los menos amados, que causa, cada vez más, aborrecimiento de todo lo que aparte de Dios y una fe progresiva en la misericordia y la bondad del Señor. De los cuidados paternos nos habla Jesús con esa imagen tan delicada de los gorriones y del cabello de nuestra cabeza.

Por tanto, que el miedo no supere nuestra esperanza en el Señor, y que el temor a pecar, al vacío de la vida, nos ponga en guardia para dejar que Dios llene de sentido nuestra existencia y vivamos con libertad y gozosos en el Señor… hasta que vuelva. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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