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Ciclo B

DOMINGO II T. ORDINARIO (ciclo B). 14 de enero de 2018

 

1Sm 3,3-10.19: “Aquí estoy; vengo, porque me has llamado”.

Sal 39,2.4ab.7.8-9.10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

1Co 6,13c-15a.17-20: ¿Es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?

Jn 1,35-42: “Venid y lo veréis”.

 

¿Quién no busca maestro? Hoy los solemos llamar profesionales. El maestro albañil, el maestro carpintero, mecánico, electricista, gestor… nos auxilian donde nuestros conocimientos no son suficientes. En ellos interesa la solución, no tanto el camino para dar con ella. Su maestría está, ante todo, fundamentada en la experiencia, y esto los capacita para enseñar también a quienes quieran participar de su arte, en lo que no se aprende exclusivamente en la teoría, sino en el ejercicio constante. Y ¿quién nos enseña sobre el arte de vivir? En la familia recibimos las primeras y fundamentales enseñanzas entre nuestros familiares (padres, hermanos, abuelos…) quienes, más experimentados que nosotros, nos han enseñado. Muchos maestros y todos aprendices, porque que el que de verdad sabe y nos puede enseñar sobre la vida es Dios. Por eso es vital dar con maestros, que, ante todo, nos enseñen a mirar hacia el Señor.

            Las lecturas de este domingo nos hablan de maestros, maestros sobre Dios. El pequeño Samuel lo tuvo en Elí, el anciano sacerdote, que tras las tres llamadas a Samuel por su nombre en la noche, entendió que era Dios el que pronunciaba el apelaba al pequeño, y a Él lo dirigió. Dos galileos (Andrés y otro no identificado) buscaban maestro de la vida, y encontraron a Juan, el Bautista. Encontraron la voz que clamaba en el desierto: “Preparad el camino del Señor” y que bautizaba en el Jordán con un bautismo de conversión; encontraron un hombre íntegro, manifestado en su vida austera, penitente y piadosa. Pero, cuando su maestro Juan les señaló quién era el Cordero de Dios, cambiaron de maestro: de Juan a Jesús. Tras estar con Él media jornada, descubrieron, no ya a un maestro mejor, sino al Mesías (como le informa Andrés a su hermano Simón): vivieron con Él y comprendieron la maestría hecha vida en su persona.

La maestría de Juan el Bautista es tan limitada como su propia misión: señalar al Mesías y, una vez aprenden esto sus discípulos, él se aparta cediendo el lugar a otro de quien hay que aprender más, pues él ya no tiene nada más importante que enseñar. Era la experiencia de Dios la que lo legitimaba para hablar de Dios. El encuentro con Dios mismos hecho carne, hace que todos los demás maestros sean pequeños en comparación con Jesucristo.

El discípulo de este Maestro de Nazaret está llamado a participar también de este magisterio, sin dejar nunca de ser alumno aprendiz, pues quien tiene experiencia de Dios, quien pasa el tiempo con el Señor, puede y debe enseñar a los demás, principalmente con su vida, dónde está Él. Debe interpretar los acontecimientos, experiencias, encuentros, frustraciones, afectos y todo el rico mundo interior del corazón y la mente, desde las enseñanzas de Jesús de Nazaret, para saber si Dios está o no está ahí.

Otro discípulo del Maestro, Pablo, convertido en maestro para muchos, nos interpela para que vivamos cuidando nuestro cuerpo, evitando dejarnos llevar por lo que no construye la gloria divina en nosotros. Jesucristo resucitado es Maestro de corporeidad gloriosa, de Él debemos aprender a que nuestra carne se deje construir por el Señor en todo aquello que prepara también su gloria, su resurrección, y que no la reduce y la disminuye como objeto de deseo y de pasión seca, ausente de Dios.

¡A ser maestros de Dios!, mientras aprendemos de Él por medio de tantas personas y experiencias mediante las cuales nos enseña. El cristiano que renuncia a aprender y enseñar o se convertirá en un mal maestro o renunciará a una obligación, dificultando que otros se acerquen a Dios donde él tenía que ser guía como el que señala dónde está el Cordero de Dios. 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo B). 7 de enero de 2018

 

Is 42,1-4.6-7: “Sobre él he puesto mi espíritu”.

Sal 28,1-4.9-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hch 10,34-38: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

Mc1,7-11: Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

 

Lo vio Isaías en profecía, el que había de nacer como príncipe, siervo sufriente, consuelo de Israel, luz de los pueblos. Lo vio el arcángel Gabriel en anuncio. Lo vieron María y José, admirados ante la maravilla de un Dios hecho carne en una concepción virginal. También lo vieron los pastores en torno a Belén tras el anuncio de los ángeles, y lo vieron niño en todo, hasta en debilidad, indefensión e indigencia hasta dependen en todo de los humanos. Lo vieron Simeón y Ana, ancianos, piadosos y sabios, anhelantes del Mesías. Lo vieron los Magos de Oriente, y le ofrecieron presentes y lo adoraron.

Y tú, ¿qué has visto? ¿Ha acompañado a tantos que vieron al Hijo de Dios hecho carne recién nacido? O, ¿dónde encontraron tus ojos motivos para detenerse y hallar encanto en todo lo que venimos preparando y hemos celebrado? ¿Qué has visto de la espera expectante acentuada en el Adviento y la disposición para la celebración del misterio del Dios encarnado? ¿Qué has visto en su nacimiento de la humildad del Dios todopoderoso hecho carne para nuestra salvación? ¿Has visto a María como Madre de Dios y a José como el santo piadoso que asume la paternidad adoptiva del Hijo de Dios? ¿Has visto a la familia de Nazaret? ¿Y a todos los pueblos de cualquier época y lugar adorando al Niño representados en los magos de Oriente? ¿Has visto algo de todo esto?

También lo vio Lo ha visto Juan el Bautista, acercándose hasta el Jordán para recibir el agua del bautismo. Con este acontecimiento, con Jesucristo ya adulto, se clausura el tiempo de Navidad. Pero no para dar por finalizada una etapa e iniciar otra nueva, sino para seguir recorriendo con nuestros sentidos el itinerario del Señor, para no dejar de contemplarlo y escuchar y ver cuanto nos dice Dios Padre por medio de su Palabra hecha carne.

Lo que vio Juan el Bautista y nosotros vemos y escuchamos en la letra del Evangelio es el gozne entre la vida llamada “oculta” de Jesús y su manifestación pública. Juan tomaba el agua como símbolo de una conversión interior. Jesucristo no se acerca para aparecer como uno de tantos, sino para recibir el Espíritu Santo que lo acredite y disponga para la misión que va a desarrollar. Es el Espíritu cuyas huellas distinguimos en su concepción (por obra del Espíritu Santo); en su crecimiento en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres; el que se derrama tras el agua sobre Él para que lo humano de Cristo sea configurado por Dios. Aquí se manifiesta la Trinidad y el Padre nos revela a su Hijo para que lo veamos, lo contemplemos y conozcamos que eso mismo quiere hacer con nosotros: Hijos obedientes a su voluntad para la gloria.

El Espíritu que le da al agua un poder especial para, a través de ella, hacer hijos de Dios, haga nuestras realidades, tan cotidianas como el agua, de vigor divino y cumplamos con nuestra misión… hasta que el Señor vuelva. 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA. DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD. 31 de diciembre de 2017

 

Eclo 3,2-6.12-14: Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas.

Sal 127: Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3,12-21: El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Lc 2,22-40: Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño.

 

El Padre eterno abrió sus brazos y, sin dejar de abrazar a su Hijo, hizo que otros padres lo acurrucaran nacido en la carne en Belén, María y José. Y pasando de brazos a brazos, llegó hasta los de un anciano, Simeón, que esperaba con piadosa expectación el nacimiento del Mesías, porque el Espíritu Santo le había revelado que no moriría hasta verlo. La Palabra hecha carne, tenía Padre celeste desde la eternidad, madre en la carne y padre adoptivo. Podría entenderse que ya tenía familia suficiente, pero aún quiso Dios darle abuelos. Y es que, tal vez, una familia andará con alguna carencia, si no están presentes, de algún modo, los ancianos.

Nada dicen las Escrituras de los abuelos maternos de Jesús, de los paternos, solo sabemos el nombre del padre de José. Llegarían escritos posteriores que quisieron hablar de Ana y Joaquín como padres de María. Pero en la lectura del evangelio de hoy, aunque sea de modo fugaz, el Niño es sostenido en los brazos del anciano Simeón y alabado por la anciana Ana. Donde no habían aparecido aún abuelos, Dios Padre los puso. Sucede en el templo, precisamente en el templo, la morada de Dios entre su pueblo, suplantado ya por la carne humana de su Hijo, nuevo templo.  

¿Y qué necesidad tendría el Niño Dios de los mayores? Sencillamente la misma que nosotros. Simeón y Ana se presentan como representantes de Israel creyente y contemplativos que esperan en la promesa de su Señor. Son memoria viva de la historia de la salvación del pueblo judío, que solo encuentra motivos para alabar a Dios, estando atentos a su palabra, a sus signos, a su manifestación en la historia humana. Han hecho que permanezca fresca la esperanza y son capaces de reconocer al Salvador, desde el que interpretan la intervención protectora y providencial de Dios. De este modo enseñan a María y a José la trascendencia de este nacimiento, haciendo ver que no solo abrirá una nueva senda para Israel, sino para todos los pueblos. Enseñan la universalidad de este Niño. Su experiencia creyente los hace testigos privilegiados de lo que ha sucedido en Belén. Simeón y Ana rezuman sabiduría; su dedicación a Dios les había hecho participar del conocimiento del mismo Señor. Enseñan mucho, porque han aprendido mucho. Ellos son la experiencia, mientras que el Niño la inexperiencia; en ellos se acaba la vida, y en el Niño comienza. Y, sin embargo, comparten debilidad, limitaciones y el riesgo de no ser tenidos en cuenta, con la consecuente privación de dos de las predilecciones de Dios: los niños y los ancianos.

Mirando ahora hacia nuestros abuelos, hay que considerar que su referencia es vital para la familia, y toda familia que no la tenga adolecerá de alguna falta (por no decir muchas). En cierto modo y resumiendo, son dos los males posibles y muy actuales cuando ellos no ocupan el lugar que les corresponde en la familia: cuando se les olvida (pérdida del vínculo con la memoria familiar, con la propia historia y tradición), cuando se acude tanto a ellos que sustituyen a los padres y quedan estos auto-desplazados de sus responsabilidades.  El cristianismo trajo una inversión en el orden de prioridad tradicional de la familia: padre, madre e hijo, para dejarlo en hijo, madre y padre. Y los abuelos son garantes de que esto sea así, si ejercen y se les deja ejercer ciertamente como abuelos. No fue ocioso que el Niño Jesús pasase de los brazos de sus padres a los del anciano Simeón. 

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. MISA DE MEDIANOCHE. 25 diciembre 2017

 

Is 9, 1-3.5-6: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.

Salmo 95: Hoy nos ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor.

Ti 2, 11-14: Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

Lc 2,1-14: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.

 

¿Por qué esta noche es diferente a todas las otras noches?

- Asómate y mira. ¿Qué ves?

- Un Augusto ordenando que todo el imperio se registre en un censo. Tantos súbditos, tantos impuestos. Qué antiguo y qué actual el valor de la gente medido a peso de moneda, para que más tengan los poderosos.

¿Y qué más ves? A José y a María, caminando hacia Belén obligados por un decreto imperial. Las órdenes del César afectan a los pequeños a lo grande, hasta causar enormes incomodidades. Los pobres de ayer como los de hoy, tan atados a los caprichos de los césares. Por eso, ¿por qué esta noche es diferente a las otras noches?

- Y en Belén, ¿qué ves?

- A un niño nacido, recostado en un pesebre por no hacérsele sitio en la posada. A unos padres primerizos admirados por el misterio del Dios encarnado y nacido en condiciones tan humildes. Veo también a unos pastores junto a su rebaño, unos durmiendo, otros velando, mientras los ángeles se les acercan esclareciendo la noche con la gloria de Dios para anunciarles el nacimiento del Hijo de Dios en Belén y dar gloria a Dios.

- ¿Qué más cosas ves?

- A un profeta Isaías, anunciando luz por el nacimiento de un niño enviado por Dios para instaurar un nuevo orden. Al apóstol Pablo contándole a Tito que ha llegado la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres y que hace posible el cambio de vida, para dejar los deseos de este mundo y llevar una vida sobria, honrada y religiosa. Pero, ¿adónde llegan las profecías de los antiguos y la fuerza de la vivencia apostólica? Lo que dijeron, lo que vivieron, parece que se enfrentaron con otras palabras y otras experiencias y se acallaron entre un ruidoso tumulto.  

- ¿Y ves algo más? Observo el recuerdo repetido de aquellos acontecimientos de esperanza año tras año, sostenido por generaciones y generaciones hasta nosotros y que apenas llega a tocar la mente y el corazón incluso entre los creyentes. Por eso pregunto, me pregunto, te pregunto: ¿Qué motivos hay para celebrar lo que sucedió y ya no es, con apenas huella eficaz entre nosotros. ¿Por qué esta noche es diferente a todas las otras noches?

- ¿Alguna respuesta? Solo vosotros podéis responderos a esta pregunta. ¿Por qué crees tú que esta noche es diferente a las otras noches?

Quizás porque esta noche, el extraordinario acontecimiento que celebramos esta noche, tiene la capacidad de que agucemos la mirada para contemplar cuanto nos rodea como obra maestra de la misericordia de nuestro Dios, todo preparado para que su Hijo se hiciera hijito humano, uno de tantos. Tal vez ese Niño nacido de María tiene poder, más que el César Augusto, para arrebatarle al corazón una entrega en absoluta libertad, una consagración que se esfuerza por renovarse cada día. Posiblemente también, porque desde entonces sabe a poco llamarnos compañeros, ciudadanos o paisanos y encontramos otro modo de llamarnos que “hermanos”.  Y, seguramente, porque Dios nos hace capaces de las cumbres divinas, sin otro camino que recorrer que nuestra propia humanidad tan indigente y tan necesitada como la del Niño de Belén: ante el cual ya no es posible decir: yo no puedo, yo no sé, yo no valgo… porque tampoco lo pudo, tampoco lo supo y tampoco lo valió Él, tan pequeño como nosotros; sino que solo tuvo poder, sabiduría y valor en Dios, su Dios y nuestro Dios. Porque esta noche es un eco de la Noche de todas las noches cuando el Niño Dios venció a la muerte y al pecado resucitando de la muerte.

Porque solo esta noche será ineficaz en mí y en ti y en todos cualesquiera en la medida en que seguimos envejecidos, amarrados a nuestras cosas, a nuestras ranciedades, ajenos a la frescura renovadora que nos trae la Navidad. Por ello, y con nosotros y, a veces, a pesar de nosotros, esta Noche seguirá siendo distinta a las demás noches. 

DOMINGO IV ADVIENTO (ciclo B). 24 de diciembre de 2017

 

2Sm 7,1-5.8b-12.14a.16: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?

Sal 88,2-3.4-5.27.29: Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Rm 16,25-27: Revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos.
Lc 1,26-38: Y su reino no tendrá fin.

 

Con un recinto cerrado de cierta consistencia y techado, y, al menos, una ranura por donde entrar y salir, tenemos el esquema básico de una casa, repetido desde que se tiene constancia de estas edificaciones hasta ahora, desde las construcciones más sencillas y rudimentarias, hasta las complejidades de las obras modernas. El edificio se quedará solo con una utilidad funcional como refugio y guarida, a no ser que dé un salto cualitativo que convierta el espacio en hogar. Para ello hace falta acondicionar el interior y hacerlo acogedor, entrañable, íntimo: familiar.

Una casa entre los humanos no prometía especiales oportunidades. Por mucho esmero, el hombre hace a lo humano y su casa habría de ser muy de tierra. Pero con todo a Dios le gustó e hizo morada entre ellos, haciéndose al uso de quien le daba hospedaje. En cabaña de nómada con Abrahán; en choza de esclavo, cuando la esclavitud de Egipto; en tienda peregrina, cuando Israel caminaba por el desierto hacia la Tierra prometida. Se acercó a vivir allá en lo que había y donde se le permitía. Cuando se logró la unidad política y religiosa, la paz y la prosperidad en la tierra conquistada, el rey David quiso construir para Dios un templo, al modo como el monarca tenía también su casa. David se anticipó en proyecto a lo que su hijo Salomón realizó en obra. El templo se convirtió para Israel en el lugar más sagrado de la tierra, la referencia de la presencia de Dios. Aunque acotarle a Dios terreno en el espacio de un templo, corre el riesgo de pretender domesticarlo y dejarlo retenido para que no moleste. El edificio sagrado tendrá calidez de hogar en la medida en que tenga vida orante, creyente, comprometida con su fe en aquellos que se acercan a encontrarse con Dios. Es en cada uno de ellos donde comienza verdaderamente el hogar.

            Un Dios vivo busca vida también donde habitar. El templo físico es solo una pasarela que ayuda a convertir la casa en hogar. Su obra predilecta, el ser humano, fue creado con estructura de templo y sigue siendo configurado, como acondicionado, para convertirse en hogar del mismo Dios. La libertad personal es la puerta de acceso al interior de ese templo modelado con tanta delicadeza y esmero por las manos del Señor.

            Si bien es el ajeno el que tiene que llamar a la puerta de una casa pidiendo permiso para entrar, Dios mismo, co-constructor y señor de la casa humana, llama con absoluto respeto, para ser acogido y hospedado. La existencia cristiana consiste en una preparación adecuada para disponer un hogar apropiado y digno de nuestro Señor. Y el Señor se hace a cada uno de estos hogares para llenarlo de alegría, paz y caridad. El contento y entusiasmo con el que cada cual afronta la jornada tiene mucho que ver con lo que vive en su hogar. El Adviento nos ha ofrecido un espacio para intensificar estos preparativos, y alertarnos de que continuamos esperando la venida gloriosa del Señor para llevarnos al hogar definitivo.

            Llamó a la puerta del hogar de Nazaret, de María Virgen, para que su Hijo se hiciese morador perpetuo de la carne humana y hacer posible que toda carne alcanzase gloria divina. María no solo lo cobijó, sino que, al modo como las madres preparaban la ropa de sus hijos tejiéndola ellas mismas, así también ella tejió la carne del Verbo de Dios en las entrañas de su propio hogar.

            ¿Habremos hecho nosotros lo propio para acoger a “Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno”? La alegría, la paz, el entusiasmo que se palpe en nuestro corazón será un buen criterio para conocer si ha sido así y seguir preparándonos a su llegada. También la capacidad que tenemos para hospedar a otros, especialmente cuando requieren perdón, comprensión y una acogida más esmerada. Mientras hacemos hogar, celebraremos el misterio de la Natividad de nuestro Señor. 

DOMINGO III ADVIENTO (ciclo B). GAUDETE. 17 de diciembre de 2016

 

Is 61,1-2a.10-11: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.

Salmo: Lc 1,46-48.49-50.53-54: Me alegro con mi Dios.

1Te 5,16-24: Estad siempre alegres.

Jn 1,6-8.19-28: No era él la luz, sino testigo de la luz. 

A la Luz hay los mejores cuidados. No pretendas imitarla, no rivalices con ella, no le des la espalda, no la sustituyas por otras… Solo disfruta de la claridad que ha traído a tu vida, de cómo acaricia sobre cuanto toca y lo colorea, de cómo nos trae conocimiento de lo que existe, de cómo esclarece todas las cosas. La luz con que Dios abre la obra creadora es reflejo de la Luz de su Hijo eterno. Al que anunciaba Juan el Bautista.

Aquella Luz aclaraba la existencia del Bautista. Él quedó aclarado y pudo aclarar a los demás. Primero sobre lo que no era: él no era la Luz, tampoco el Mesías, ni Elías ni el Profeta. Así supo para sí y aclaró a los otros lo que era: testigo de la Luz. El que había habituado su ojo a la claridad, podía hablar por experiencia propia de ello. Y aquí claridad significa autenticidad.

El ungido por Dios del que habla el profeta Isaías puede indicar al Mesías esperado derramando luz para consuelo de quienes sufren y de los que no saben. Puede indicar hacia sí mismo, profeta, y en él también hacia nosotros, que por la Luz que nos ha nacido en la carne humana podemos ser portadores de su alegría. Si es que antes nos alegramos nosotros de haberla conocido. La conoció el profeta Isaías y se alegró, dejándonos testimonio de ella, la conoció el Bautista y se alegró, y nos dejó sus palabras como testigo, la conoció María de Nazaret y exultó de júbilo agradecido al Padre, y nos dejó su “hágase” expresado en su oración del Magnificat (“proclama mi alma la grandeza del Señor…”).

Para saber lo que no somos y no aspirar a lo que no se nos ha prometido, ¿qué otro camino hay que hacerse cercano a la Luz? No somos el Mesías (y no podemos llevar la salvación a nadie, ni siquiera a nosotros mismos), no traemos una novedad tan grande como para marcar un hito, un punto de inflexión, proezas inauditas; no somos Elías ni el Profeta, dos concreciones de ese mesianismo en personajes que esperaban para el cumplimiento perfecto de la Ley y la Palabra de Dios. La negación exige un sacrificio, que nos lleva a renunciar a aspiraciones y proyectos en los que esperábamos irradiar luz propia, para dejar que sea la Luz del Verbo de Dios la que luzca y, que seamos configurados conforme a su claridad, para reflejar la belleza del color que nos trae personalmente y de modo diferente a cada uno. Pero ese sacrificio es tan fecundo… Porque nos encamina a conocer lo que no somos y lo que somos, hijos amados de Dios, y a testimoniar con alegría y generosamente la luz que Él ha puesto en nosotros, como un traje de gala triunfal, y que da color a todo nuestro mundo. El que convirtió el agua del Bautista en agua de vida eterna por el Espíritu Santo, nos hará también a nosotros contempladores de la Luz eterna para una alegría completa y sin fin. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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