Homilía del domingo
I Domingo de Cuaresma. Ciclo B.

El Espíritu empujó a Jesús al desierto

26 de febrero de 2012

El Espíritu empujó a Jesús al desierto

A primeras, el desierto se presenta como poco apetecible. Puede hablarse ya sea en concepto de rigores o ya sea de privaciones, que al caso llevarán hacia los mismos reparos. Y sin embargo el Espíritu, fuente de vida, empujó a Jesús a hacer vida de desierto durante cuarenta días. Al empujón interno se le puede ofrecer resistencia también interna, y hacer forcejeo con el Espíritu. Pero más vale seguir sus impulsos, a riesgo de oponerse a Dios y poner en peligro la propia felicidad, pues el Espíritu sabe lo que conviene en cada momento para cada persona.

Satanás (y sus secuaces) habían hecho del desierto su morada más habitual (así lo decían ya los antiguos monjes, y antes incluso los judíos cf. Lc 8,29), y no precisamente por el calor. Para ellos aquel terreno se convierte en el campo de la batalla más encarnizada contra los que son empujados por el Espíritu. Toda su fuerza se concentra en evitar el progreso espiritual de las personas que buscan a Dios. Disponen de la tentación como arma eficaz: no pueden violentar ni mutilar la libertad humana, pero sí acosarla, hostigarla, engañarla... para que ceda finalmente a sus argucias y el hombre se someta a sus seducciones y se oponga al Espíritu.

El desierto es un lugar solitario y yermo. Es su aridez lo que lo convierte en un espacio de escasa vegetación y, por ello, despoblado. Carece de la organización y los recursos de la vida civilizada, y de todos los encantos que proporciona el campo. En él se vuelven estériles todos los intentos de fecundidad: cualquier esfuerzo de siembra o cultivo será inútil. Pero esta inutilidad en frutos lo convierte en el lugar propicio para el encuentro con Dios, para la fidelidad y la alianza, donde se reconoce la debilidad personal y la fuerza de Dios; la infructuosidad de nuestros desvelos y afanes, y la gratuidad divina. Allí se percibe el trato más delicado del Creador, que en el trance de aquellos rigores, conseguirá para nosotros que maduraremos en fe y esperanza. La vida holgada proporciona con facilidad una idea de Dios acorde a las propias holguras y con peligro grave de detención en el camino de encuentro con Él. La privación hará valorar más lo imprescindible y la pertenencia a Dios será el tesoro más preciado, a veces puesto en duda por el acomodamiento y relajación de la vida cristiana.

El Espíritu empuja al desierto, porque el espíritu humano pide encontrarse con Dios en el desierto. Exige el momento de soledad, de pobreza, de radicalidad, de sacrificio... Y, como el atleta que se fortalece en la prueba, pide combate con el diablo o la tentación (como quiera llamarse). Para ello hay que tener en cuenta algo fundamental: nadie puede ir al desierto por su propia cuenta, tiene que estar “impulsado por el Espíritu”; si no, la derrota será segura, porque toda la fuerza del que combate está en Dios que lucha en él, y el diablo es un astuto embustero.

Jesucristo revive a escala los cuarenta años de peregrinación de su pueblo por el desierto y el acrisolamiento de su condición humana bajo la prueba de la tentación (en todo semejante a nosotros salvo en el pecado). Su libertad se hace más soberana, porque no se entumece en las adversidades del momento. Pasada la prueba, comienza el ministerio público de Jesús que tiene como eje la predicación del Reino, que es inminente: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”.

En tiempos de Noé, la tierra se había convertido en un auténtico erial de Dios, porque los humanos se habían olvidado de él y lo habían arrojado de sus vidas. Quienes no se dejan empujar por el Espíritu, acaban empujándolo a Él fuera. Como símbolo de revivificación, el agua del diluvio devuelve la fecundidad allí donde se había perdido, como el bautismo regenera para una vida que es más que vida, la vida eterna.

En todo ello es el Espíritu, como afirma Pedro en su carta, el que devuelve a la vida. Y ello, porque cuando a Cristo se le impuso la crueldad del desierto más severo y estéril, la muerte, “como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida”. Que ese mismo Espíritu, fuente de vida, nos empuje al desierto para ratificar y consolidar nuestra amistad con Dios, y nos haga vencer toda tentación.

Luis Eduardo Molina Valverde

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