Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

PROFETAS EN SU PROPIA TIERRA

Del Evangelio de San Lucas (Lc 4,21-30)

(Continuación del de la semana anterior)

«Todos se declaraban en contra, extrañados de que mencionase sólo las palabras sobre la gracia. Decían:

—Pero ¿no es éste el hijo de José?

El les dijo:

[...]

—Os aseguro que a ningún profeta lo aceptan en su tierra. Además, no os quepa duda de que en tiempo de Elías, cuando no llovió en tres años y medio y hubo una gran hambre en todo el país, había muchas viudas en Israel; y, sin embargo, a ninguna de ellas enviaron a Elías; lo enviaron a una viuda de Sarepta en el territorio de Sidón. Y en tiempo del profeta Eliseo había muchos leprosos en Israel y, sin embargo, a ninguno de ellos curó; sólo a Naamán el sirio.

Al oír esto todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del cerro donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó».

Jesús, por iniciativa propia, leyó un texto clásico de la expectación mesiánica, pero omitió el final. El texto original de Isaías dice, literalmente: «para anunciar el año de gracia del Señor y el día de la venganza» (Is 61,2). Pero Jesús se calló lo de la venganza y se aplicó a sí mismo el pasaje del profeta Isaías: él es el Mesías liberador, se abre la era de la salvación, de la reconciliación, del perdón. Pero universal, para todos, sin excluir a los paganos.

—¿Para los paganos también? ¡Ah, eso, no!

La reacción fue unánime.

—Pero… ¿qué se habrá creído este "desgraciao"?

Actitud propia del que, en lugar de reflexionar, quiere matar al mensajero.

Jesús les echaría en cara más de una vez el haber apedreado e, incluso, matado a los profetas, cuando éstos les comunicaban los mensajes del Señor.

LOS PROFETAS

Etimológicamente, la palabra "profeta" viene del verbo griego profemi, que significa "predecir" y "hablar en nombre de otro". Bíblicamente, hablar en nombre de Dios.

En los mensajes de los profetas, pueden apreciarse cuatro aspectos:

el profeta instruye al creyente y a la comunidad en los valores más importantes para la vida;

interpreta la presencia de Dios, que siempre viene al encuentro del hombre, pero no siempre es reconocido;

denuncia, desenmascara el mal y el error; acusa, amenaza e invita a la conversión;

el profeta anuncia la salvación, encamina al pueblo hacia el futuro.

El profeta se ve en posesión de una fuerza especial que le da autoridad, cuya fuente no es otra que la palabra de Dios; esa fuerza le hará enfrentarse, denunciar, sin miedo, y aun a riesgo de persecuciones y castigos, a cualquier poder y autoridad, aunque sea el religioso (la Ley, el culto, los valores tradicionales...), lo cual no puede dejar de irritar a los poderosos.

Con relativa frecuencia ocurre que quienes practican la religión se creen que, por eso, son personas honradas, se figuran que están cerca de Dios y no se inquietan demasiado por lo que ocurre en la sociedad, aunque haya gente que sufre, gente alienada, gente oprimida, gente explotada... Esto ocurre ahora. Y ha ocurrido en todos los tiempos. Los profetas no se cansan de repetir, de mil maneras distintas, que, donde no hay justicia, no hay verdadero culto a Dios, es decir, donde no se busca sinceramente la justicia, no vale el intento de buscar a Dios mediante el culto, la piedad y las ceremonias religiosas.

Por ejemplo, Amós: no se puede pretender dar culto a Dios cuando se oprime a los indigentes y se maltrata a los pobres. El profeta llega a decir que Dios detesta las fiestas y las celebraciones litúrgicas, porque no fluyen como el agua el derecho y la justicia. He aquí las palabras de Amós:

«De qué os servirá el día del Señor, si es tenebroso y sin luz?...

Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas;

por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis,

no lo aceptaré ni miraré vuestras víctimas cebadas.

Retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de la cítara;

que afluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,18-24).

Como si hoy un profeta nos dijera a nosotros: «Detesto y rehúso vuestras semanas santas, vuestras peregrinaciones al Rocío y vuestras fiestas patronales».

Más duro que Amós es Isaías:

«¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor.

Detesto vuestras solemnidades y fiestas; se me han vuelto una carga que no soporto más.

Cuando extendéis las manos, cierro los ojos;

aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé.

Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.

Cesad de obrar el mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido;

defended al huérfano, proteged a la viuda.

Entonces, venid, y litigaremos, dice el Señor» (Is 1,11-18).

Traducidos estos mensajes a nuestra situación actual: "¿Qué me importa el número de vuestras misas?, dice el Señor. Estoy harto de procesiones, romerías y fiestas similares... Novenas, triduos y quinarios no los aguanto; vuestras fiestas más solemnes las detesto... Tambores, trompetas, cohetes por motivos religiosos...". Frente a eso, lo que Dios quiere: "Cesad de obrar el mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended a los parados, proteged a los pensionistas, luchad por los pueblos del Tercer Mundo. Entonces venid, y litigaremos, dice el Señor".

Especialmente significativo es el capítulo 58 de Isaías. El ayuno, es decir, el culto que agrada al Señor, consiste en:

«Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos,

dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos;

partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo,

vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne..». (Is 58,6-9).

Este es el ayuno que Dios quiere; no el ayuno consistente en comer mariscos y pescados caros, sino el consistente en pagar el salario justo a la muchacha de servicio, en declarar honestamente a Hacienda todo lo que hay que declarar, en ayudar más generosamente a la campaña contra el hambre, etc.

Muchos de los profetas acabaron sus días asesinados a manos de sus paisanos. Jesús se lamenta de ello: "Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas..." (Mt 23,37). Como si la muerte violenta de los profetas llegara a formar parte de su misión profética. Jesús murió de muerte violenta como efecto de un enfrentamiento profético. Pero a Jesús no lo mataron los ateos. A Jesús lo mató la gente más religiosa y observante que había en aquel tiempo.

Los profetas en el Nuevo Testamento.

Cuando los israelitas fueron deportados a Babilonia, se pierde el espíritu profético, el cual se recupera al llegar Jesús. Jesús es el profeta por excelencia, anunciado por las Escrituras (Jn 1,21; 6,14; 7,40); la gente así lo consideraba:

—¿Quién es éste?

—Es el profeta de Nazaret (Mt 21,11).

Jesús, divisando los "signos de los tiempos" (Mt 16,2s), se enfrenta a los valores tradicionales en la forma en que lo hacían los profetas (Lc 11,52; Mt 15,17; Jn 8,39; Jn 2,16) y sufre el rechazo de los suyos, como los antiguos profetas (Mt 13,13; 23,37; Lc 4,24).

* * *

Jesús está investido de una triple prerrogativa: sacerdote, profeta y rey. El heredero directo de dichas prerrogativas es el grupo de Jesús, la comunidad cristiana, eso que Jesús llama "Iglesia" —"Iglesia" significa (y es) la comunidad cristiana reunida en asamblea—, lo que el Apóstol Pedro describe como

"estirpe elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz [...] y que ahora sois el Pueblo de Dios". (I Petr 2,9-10).

Cuando un niño/a recibe el sacramento del bautismo, el ministro oficiante lo unge en la cabeza con el llamado "crisma" (bálsamo consagrado por el obispo, el Jueves Santo, para ungir a los que se bautizan y confirman, así como a los obispos y sacerdotes cuando son consagrados u ordenados) y le dice: «para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey».

La Iglesia es, pues, profética. Es, como Cristo, la anunciadora de la "buena noticia a los pobres". Todo cristiano participa de la misión profética (Act 19,6). Esa misión se llama "evangelizar". La evangelización consiste, más detalladamente, en el anuncio del Reino de Dios como cercano, reino de la justicia, del amor y de la unidad. Es el anuncio de una utopía —utopía = algo no estrenado aún en ningún sitio—, de un proyecto divino (designio del Señor, voluntad de Dios), en el que hay que creer a pie juntillas. En esto consiste, esencialmente, la fe cristiana.

LOS PROFETAS, HOY

La Iglesia de Cristo, en su primer momento histórico, fue una Iglesia carismática y profética. Esta es la clave para comprender a todos aquellos mártires, que se jugaban la vida por el Reino de Dios.

Después, durante largos y oscuros siglos, ha vivido como una institución de ley, orden, disciplina, uniformidad doctrinal y moral, fundamentalmente negativa de la cultura y predominantemente jerárquica.

Un Papa genial, Juan XXIII, gran profeta, abrió las ventanas (Concilio Vaticano II) para que se airease el olor a vetusto y, durante algunos años, aparecieron retoños florecientes, anunciadores de una primavera eclesial.

Pero pronto volvieron a surgir los vaticinadores de calamidades ("falsos profetas"), ya previstos por Juan XXIII en los comienzos del Concilio. Y, en frase de Karl Rahner poco antes de su muerte, en 1984, "de una primavera conciliar pasamos a una Iglesia invernal".

Para que la voz eclesial suene profética, ha de ser radicalmente evangélica. Pero la corresponsabilidad eclesial de todos ha degenerado en sumisión a la Jerarquía, y la dimensión profética y carismática queda ahogada y absorbida por la burocracia institucional, conservadora a ultranza.

Los profetas no son bien vistos hoy, como no lo fueron nunca. Aparecen como figuras contraculturales que cuestionan los valores y «dioses» (alineaciones) que se enseñorean de la sociedad, así como toda manipulación de la religión y del culto a Dios.

Bien es verdad que no toda la Iglesia está de la misma forma afectada por este conservadurismo, que afecta más a la Jerarquía que a la base; a los sacerdotes, más que a los laicos. Hoy, la voz de la Jerarquía ("de los obispos", en expresión popular) no suena con autoridad y la Iglesia toda, como institución, ocupa uno de los últimos lugares en la estimación popular, según reflejan los sondeos estadísticos.

La voz profética de Jesús es un aldabonazo a la conciencia que pretende ser cristiana: "Cambiad de modo de pensar y de obrar y vamos, entre todos los que creemos en el Evangelio, a construir el Reino de Dios, un mundo sin alienaciones, en donde cada uno y todos juntos podamos ser libres de miedos externos y miedos internos, libres de ataduras externas y de ataduras internas, dueños, cada uno, de su persona, de su pensamiento, de su criterio, de su voluntad, de su trabajo, de su habilidad, de su arte.

Esto sería lo equivalente a "dar vista a los ciegos", "hacer hablar a los mudos", "liberar de demonios internos"... «Os lo aseguro, quien cree en mí hará obras como las que yo hago y aún mayores» (Jn 14,12).

Los profetas son necesarios para que la comunidad cristiana esté viva y no se quede anclada en un pasado que puede convertirse en una tradición inerte.

Estos años de atrás —a mi edad, de todas las cosas hace ya más de treinta años—, en la ciudad holandesa de Utrecht se celebró la sesión del Comité Central del Consejo Ecuménico de Iglesias. La mayoría de las confesiones cristianas estuvieron allí presentes. Un grupo de jóvenes contestatarios sorprendió a los teólogos organizadores con una pacífica pancarta, que decía: "Necesitamos profetas y no diplomáticos".

Necesitamos profetas que nos griten y nos conmuevan. Necesitamos oráculos inspirados que nos pongan delante de los ojos todo lo que de cruel, de injusto, de borreguil... hay en nosotros y en nuestra sociedad, que nos descubran el engaño y la ceguera de que somos víctimas; que planten cara a los poderes dictatoriales, sean personas, instituciones o estructuras; que defiendan a los oprimidos, que se pongan de parte de las víctimas, que pongan voz a los que no la tienen.

Necesitamos profetas de esperanza, que nos descubran otras posibilidades y otras metas, que nos hagan creer en la capacidad de renovación; profetas que nos descubran un mundo nuevo, que nos convenzan de que Cristo, el de verdad, tiene razón: «Cambiad de criterios y de actitudes, creed mi mensaje, pues el Reinado de Dios se acerca» (Mc 1,15).

Necesitamos profetas que crean en la utopía de Jesús.

La fe cristiana consiste es esto.

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