Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

REVOLUCIÓN DE LA MUJER

Del santo Evangelio según San Juan (Jn 2,1-12).

«Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:

—No les queda vino. Jesús le contestó:

—Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes:

—Haced lo que él diga.

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo:

—Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó:

—Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:

—Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.

Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él».

Este es el trozo del Evangelio que se lee en la misa del día 14 de enero (segundo domingo del "tiempo ordinario").

El capítulo 21 de mi libro Tiempo para pensar está dedicado a este tema, cuya tesis central es la siguiente: Suena la voz de una mujer: «No tienen vino».

Es una voz profética.

Una mujer (no me refiero, precisamente, a María, la madre de Jesús). Una mujer, la mujer.

En su desarrollo, vengo a concluir, aportando algunas pinceladas históricas, que las mujeres/la mujer son/es las/la que han/ha salvado a la Iglesia en sus momentos más críticos.

* * *

La Iglesia, actualmente, está en crisis, le falta vino, se descristianiza. Antes, la recristianización de los hombres se solía hacer, lo mismo que la cristianización, a través de la mujer. La Iglesia tenía en ella una aliada de primera fila. Hoy, está en vías de perderla y ya no puede contar con la mujer, como mujer, para cristianizar ni para recristianizar.

La mujer quiere tener —más o menos difusamente— un papel activo en la construcción del mundo nuevo, y la juventud femenina se encuentra en el polo opuesto de su predecesora de los últimos siglos.

Entre los datos que, procedentes de los diversos medios de comunicación (libros, periódicos, revistas, radio, TV, internet...), registro y conservo, encuentro lo siguiente (Crónica, 28.7.02):

«A finales de junio, y después de tres años de preparación, Gisela Forster y otras seis mujeres —tres alemanas, dos austriacas y una estadounidense— recibieron el sacramento del sacerdocio de manos del obispo argentino Rómulo Antonio Braschi a bordo de un barco sobre el Danubio. En menos de dos semanas recibieron el ultimátum firmado por el presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger [hoy, Benedicto XVI]: o reconocían abiertamente la nulidad de la ordenación, disculpándose "por el daño causado a los creyentes", o serían castigadas con la pena máxima, la excomunión.

Gisela, de 56 años, doctora en Teología y licenciada en Historia del Arte y en Pedagogía, casada con un sacerdote y madre de tres hijos, ha explicado sus razones. Dirige la entrevista Úrsula Moreno.

PREGUNTA.- ¿Por qué insiste en practicar el sacerdocio en la Iglesia católica?

RESPUESTA.- Soy hija de esta Iglesia y creo que nadie debe abandonar su Iglesia cuando ésta no goza de buena salud. Al contrario, hay que emplear toda la fuerza que una tiene en reformarla.

P.- Pero la han amenazado con excomulgarla.

R.- Sí, y es terrible que el cardenal Ratzinger haya amenazado con excomulgarnos cuando no hemos hecho nada que merezca semejante castigo. Sólo hemos asumido una función que hace mucho que practican los hombres, la del sacerdocio. No creemos que esto se deba castigar. Si el Vaticano decide excomulgarnos, tendrá que responder ante Dios.

P.- ¿Se considera discriminada?

R.- Que el cardenal Ratzinger haya recurrido a un ultimátum sólo muestra su debilidad, su incapacidad de diálogo, su miedo a la mujer y, por supuesto, también su actitud discriminatoria. En caso de que lo lleve adelante, y creemos que lo hará, presentaremos un recurso.

P.- ¿Por qué esa obsesión por ser sacerdotisa, pese a contravenir con ello todas las leyes eclesiásticas?

R.- Creo que tengo el talento que hace falta. Soy doctora en Teología, soy comunicativa, sé cómo acercarme a la gente, tengo capacidad de oratoria, amo la música y el arte. Además considero que a los seres humanos nos hace falta una filosofía y una religión que nos permitan entender el mundo. Ser sacerdote o sacerdotisa supone ayudar en la resolución de problemas, hacer el bien desde la base, nunca desde arriba.

P.- ¿Cree, entonces, que es cuestión de tiempo el que la Iglesia acepte a mujeres sacerdotes?

R.- Quizás haya que esperar unos 15 años hasta que la Iglesia católica comprenda que las mujeres pueden contribuir positivamente.

P.- Imagino que será consciente de que le esperan momentos muy delicados.

R.- Sí, a mí y a mis seis compañeras. Después del paso que hemos dado tenemos que prepararnos para una dura batalla a nivel mundial que puede durar incluso un par de años. Una lucha entre juristas canónicos, asociaciones de mujeres, creyentes, sacerdotes, obispos y demás. Las siete mujeres que nos hemos ordenado seremos castigadas y humilladas. Pero seguiremos exigiendo igualdad de derechos entre hombre y mujer. Esperamos que al cabo de esos dos años habrá algunos obispos que se muestren dispuestos a dialogar. Entre los obispos y cardenales hay gente juiciosa. Tal vez haya quien exija un cisma, pero no les haremos ese favor. Permaneceremos dentro de la Iglesia católica pase lo que pase.

P.- Habla de obispos, de cardenales... ¿Qué hay de los creyentes? ¿Está la gente dispuesta a ver mujeres en el púlpito?

R.- La sociedad hace tiempo que está preparada, quiere a las mujeres y las necesita. La Iglesia oficial de Roma cree todavía que puede resolver los problemas sin nosotras, ahora precisamente, cuando le llueven los problemas por todos los frentes. Son pocos los sacerdotes y tienen demasiado trabajo.

P.- Hay quien opina que la ordenación de mujeres y la supresión del celibato ayudarían a erradicar los escándalos sexuales.

R.- Indudablemente, la moral sexual de la Iglesia está agotada. Ahora han salido a la luz algunos de los muchos casos de abusos sexuales por parte de religiosos. En mi entorno personal conozco a varios jóvenes que sufrieron abusos y no se atreven a contarlo. Los curas que rompen con el celibato (como mi marido), y deciden contraer matrimonio, acaban en la calle sin trabajo. La Iglesia, como organismo, no podrá seguir ocultando sus problemas. Nosotras, las mujeres, contribuiremos a este desarrollo, haciendo públicas nuestras posiciones.

P.- ¿Cree que su caso servirá de precedente y que le seguirán otros?

R.- Confío en que nuestro paso, que ha sido muy valiente, sirva para sentar las bases de una Iglesia católica más respetuosa con las mujeres. De este modo, espero que sirvamos de ejemplo para muchas otras, también en España.»

Reflexión personal:

A pesar de las excelencias históricamente cantadas en la Iglesia sobre la mujer, que culminan en la Mulieris dignitatem, la promoción de ésta, en la Iglesia, no será real hasta que se cumpla la utopía de San Pablo: (Gál 3,28) "ya no hay más judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús".

¿Por qué son los hombres solamente quienes pueden desempeñar los diversos ministerios de la Iglesia como "cuerpo de Cristo"?

No podemos olvidar que la utopía cristiana empezó por aquí. Recordemos que, en el mundo judío, las mujeres no tenían apenas derechos propios. No podían siquiera servir de testigos en acción judicial alguna. Sin embargo, en los evangelios, se ve que la suprema calidad de discípulos, en los primerísimos momentos, fue la de ser testigos de la resurrección. ¿Y quiénes fueron los primeros que vieron a Cristo resucitado? Las mujeres, precisamente; antes, incluso, que Pedro, el principal de los apóstoles.

Posteriormente, vemos que San Pablo, en los saludos que envía a sus compañeros cristianos que residen en Roma (Rom 16,1-16), mezcla mujeres con hombres y a todos los pone en el mismo nivel diaconal e incluso apostólico.

La teología, actualmente, no pone obstáculos a la recepción de ministerios por parte de las mujeres. Las razones que se aducen en contra son de tipo sociológico. Es verdad que, de momento, la cultura ambiente no está totalmente preparada para otorgar a la mujer el papel que le corresponde como ser humano de la misma calidad que el hombre, pero cada vez está más cercano el día en que la Iglesia pueda adherirse plenamente a uno de los derechos humanos hoy todavía más conculcados: el de la igualdad jurídica y social de la mujer con respecto al varón.

Margarita Rivière, autora del libro Lo que quieren las mujeres, dice:

«Ellos son fuertes; ellas, débiles. Ellos saben; ellas ignoran. Ellos mandan; ellas obedecen. Ellos son amos; ellas, esclavas. Ellos trabajan; ellas paren. Ellos luchan; ellas languidecen. Ellos piensan; ellas se entretienen. Ellos compiten; ellas colaboran. Ellos organizan la vida; ellas la llevan a cabo. Ellos tienen la razón; ellas, el sentimiento. Ellos hacen la guerra; ellas, los hijos que la harán. Ellos son el centro del universo; ellas, la periferia. Ellos están en la calle; ellas, en casa. Ellos preparan el futuro; ellas, el presente. Ellos son lo global; ellas, lo local. Ellos hacen justicia; ellas enredan. Ellos ganan siempre; ellas están acostumbradas a perder. Ellos son arriesgados y valientes; ellas, timoratas y cobardes. Ellos están tan seguros de sí mismos que hasta pueden ser feos; ellas necesitan ser bellas para sobrevivir. Ellos son amados; ellas aman. Ellos hacen lo que quieren con su vida; ellas les entregan la suya. Ellos representan lo público; ellas, lo privado. Ellos tienen la verdad; ellas, el engaño...»

La tesis del libro citado es: ha llegado la hora de las mujeres. Aún hay desigualdades; en ocasiones se producen pasos atrás; existen los malos tratos, pero la revolución es imparable; ellas son las que van a tirar del carro del futuro. La escritora se fija en treinta actitudes personales de otras tantas mujeres para ella paradigmáticas y a cada una le ha puesto una historia y un nombre. Cada una de esas actitudes personales le sugirió un valor. Estos son los valores de la revolución: fe, pasión, profesionalidad, rebeldía, lucidez, inteligencia, mestizaje, tenacidad, testimonio, independencia, experiencia, autonomía, realismo, pacto, memoria, provocación, convicción, perplejidad, voluntad, genio, sinceridad, prudencia, instinto, humor, pragmatismo, imaginación, acción, raíces y curiosidad.

Valgan como ejemplo de los testimonios aducidos los que corresponden a personajes de la talla de Doris Lessing, Laura Esquivel, Simone Veil, Susan Sontag, Graça Machel, Katherine Graham, Carmen Martín Gaite, Arundhati Roy, Emma Bonino, Salima Ghezali...

No es preciso ir tan lejos. En nuestro entorno, brotan los ejemplos como setas.

DOS MENTALIDADES EN PARANGÓN

(¿En cuál te incluyes?)

Una

· En Grecia, hace ya más de dos mil años, pedían la igualdad de derechos para hombres y mujeres.

· La política es una tarea de todos. Mal se hará si la mujer no colabora.

· El ser humano no agota su vida en el trabajo de reproducción como los animales. El reducir a la mujer a ese papel es hacerle un daño irreparable.

· Un sistema sencillo para contribuir a la emancipación de la mujer sería suprimir toda serie de revistas y emisiones de radio exclusivamente sentimentales y femeninas.

· La presencia de la mujer soltera en la sociedad puede ser una de las características de nuestros tiempos. Las niñas no han de ser educadas para el matrimonio exclusivamente.

· En una mujer se puede dar perfectamente una personalidad fuerte con una amabilidad innata. El trabajo fuera del hogar es el gran medio de liberación de la mujer.

· La violación sexual de la mujer es la degradación más grande del hombre.

· Ha habido en la historia mujeres que han gobernado naciones enteras.

Otra

· Bendito sea Dios, Señor de todos los mundos, por no haberme hecho mujer (oración judía).

· La política es cosa de hombres, la mujer a sus faenas y a su casa y que no se meta donde no la llaman. La mujer y la sartén en la cocina están bien.

· Trabajo de mujer es prestar su cuerpo para exhibir modelos, presentar anuncios.

· A juzgar por las revistas del corazón, el mundo de la mujer se reduce a problemas sentimentales y derivados del hogar.

· Se da por descartado que la mujer soltera es una mujer sin amor.

· La pasividad, la belleza, el sentimentalismo constituyen la esencia de lo femenino.

· La fidelidad en la vida de pareja tiene que guardarla la mujer solamente.

· Está muy feo el que la mujer pretenda los mismos derechos que el hombre, ¡a dónde vamos a llegar!

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