Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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EPIFANÍA, LOS «REYES "MAGOS"» Del santo Evangelio según San Mateo (Mt 2,1-11): «Jesús nació en Belén de Judá en tiempo del Rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él. [...] Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, [...] encargándoles: Id y averiguad qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos, hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra». Los "magos", ¿leyenda o historia? No sé de qué manga ha salido eso de tres reyes, con sus nombres respectivos, Melchor, Gaspar y Baltasar, y su tratamiento de honor: "sus majestades". Y, por supuesto, ignoro el origen de toda esa parafernalia comercial, cabalgata incluida, que se monta en torno al acontecimiento que narra el Evangelio. Una mañana de Reyes, en la misa que Radio Nacional transmite los domingos y días de precepto, oí un villancico, que decía: "No sé si eran reyes, no sé si eran tres; lo más importante es que fueron a Belén". Yo, en la homilía de la misa de la Epifanía, suelo decir: «Hoy celebramos la fiesta de los tres "reyes magos", que ni fueron tres, ni fueron reyes ni fueron "magos"». La primera vez que ciertas gentes oyeron esto, se escandalizaron sobremanera. Hoy, cunde cada vez más esta idea y cada vez escandaliza menos o nada. A la letrita del villancico citado doy la interpretación siguiente: como ya casi nadie admite eso de los "tres" "reyes", alguna monjita, obligada por el sentido común, se resigna a admitirlo también, pero le queda el rescoldo de la tradición popular. Y, con mini-rabieta interior, piensa: No sé si serían reyes ni si serían tres; lo importante es que fueron a Belén. ¡Que se chinchen los exegetas! Y, rasgueando su guitarra, lo pone en villancico. Y las niñas de su colegio lo cantan, como mensaje transmitido a toda España a través de Radio Nacional. ¡Pues no, señor! Tampoco fueron a Belén. ¿Iban a estar Jesús, María y José en la cuadra de Belén durante los meses que tardarían los "magos" en ponerse en camino? El evangelista dice que se presentaron en Jerusalén, preguntaron lo que preguntaron y, guiados por la estrella, llegaron a «donde estaba el Niño» (Mt 1,9). ¿Dónde estaba el Niño? ¿Ah? Hasta el siglo VII, el número de reyes "magos" oscilaba entre dos y quince. Un afán medieval integrador otorgó a los reyes las tres razas conocidas en la época: a Melchor, la de Jafet (europea); a Gaspar, la de Sem (asiática); a Baltasar, la de Cam (africana; por eso es negro). (Como bien sabéis, Sem, Cam, y Jafet eran los hijos de Noé, el del diluvio). El episodio de los "magos" es uno de los que más han influido en la piedad cristiana. El evangelista Mateo es el único que cuenta dicho episodio y no indica el número de los "magos" ni su raza o nombres. Sólo dice que procedían "de Oriente". Teje una serie de relatos, cuyo argumento está en función de la estrella. Ésta pone en movimiento a los "magos", los cuales irritan a Herodes, el cual elimina a los inocentes, por lo que la familia de Jesús debe emigrar a Egipto, de donde regresa para instalarse en Nazaret (Mt 2,23). Cabe preguntarse si en todos estos relatos pretende su autor plasmar lo ocurrido o justificar más bien cómo Jesús, aun cuando naciera en Belén, vivió de hecho en Nazaret. Vaya usted a saber. Entretenernos en los detalles del relato será tanto como discutir si son galgos o son podencos. Dejémoslo aparcado y dirijámonos a la coherencia de su mensaje. La interpretación de todos los relatos depende del sentido que se dé a la famosa estrella. No faltan autores que siguen empeñados en identificarla con algún cometa o meteorito de la época. Pero, en general, predomina la HIPÓTESIS TEOLÓGICA Lo que el evangelista quiere destacar es el sentido universal que rige todo el mensaje de Jesús. Jesús ofrece la salvación a toda la humanidad. Para apoyar tal supuesto, San Mateo entreteje una serie de acontecimientos que sugieren cómo Jesús ofrece, ya al nacer, una salvación universal. Los "magos" son símbolo del mundo pagano, que vive en la oscuridad (Lc 1,79). De pronto, descubre una luz (la estrella) que le invita a conectar con "Alguien" (Jesús). Guiado por tal luz (fe), el mundo pagano va en su busca. Ahora bien, la luz de la fe no puede llevarlo directamente a él, dado que el judaísmo conserva su situación de privilegio. Por eso la estrella conduce al paganismo (los "magos") a la ciudad de Jerusalén. Allí se suscita un debate, donde tanto judíos (Herodes) como paganos ("magos") deben dilucidar su postura ante Jesús. La virulenta reacción de Herodes simboliza que el judaísmo rehúsa aceptarlo como Mesías. Sólo entonces tiene el paganismo expedito el camino que le lleve a Jesús. Por eso, de nuevo surge la estrella, que, esta vez, lo conduce hasta el lugar mismo en donde se encuentra el Mesías esperado. Esto, repito, es una hipótesis. ¿Pero carece de lógica? ¡En absoluto! Todo el interés del evangelista es teológico, la historia le preocupa muy poco, casi nada. Todo el afán de San Mateo es presentar a Jesús como cumplimiento de todas las esperanzas mesiánicas, tal como la habían anunciado los profetas: la instauración de un reino donde todos pudieran compartir la paz que fluye de la justicia. Mateo sugiere que Jesús da cumplimiento a tales vaticinios. Toda la humanidad queda invitada a beneficiarse de su presencia liberadora. El punto central de todo el misterio de la Epifanía es la manifestación universal de Dios el vocablo griego "epifanía" significa "manifestación", el signo de su presencia entre todos nosotros. Es, realmente, una Buena Noticia. Este mensaje sigue siendo válido hoy. Cada creyente logrará comprender que también él recibe de Jesús una llamada a integrarse en su actividad liberadora. Todos nosotros estamos llamados. ¿Quiénes somos nosotros? Para los judíos, que habían nacionalizado a Dios (permítaseme la expresión), el "nosotros" era el pueblo de Israel. Los demás pueblos componían el paganismo o gentilidad. Los evangelistas Mateo y Lucas presentan una clara apertura a la universalidad. San Lucas la pone en boca del anciano Simeón: Cristo es "salvación para todas las naciones, luz para todas las gentes" (Lc 2,32). San Mateo la plasma en el relato de la estrella: aparece en el lejano Oriente y los "magos" la siguen. Los "magos", en el contexto histórico, no eran prestidigitadores, sino astrólogos, o sea estudiosos de las estrellas, para vaticinar acontecimientos futuros o interpretar los presentes. Los expertos dicen que los "magos" de Oriente eran intelectuales persas seguidores de la filosofía de Zoroastro, personajes que solían ocupar a veces cargos públicos. En el contexto bíblico, representan a los pueblos gentiles, a los que también Dios anuncia su salvación. Dios es para todos, no tiene preferencias por una raza. Los judíos quisieron apropiarse a Dios: lo encerraron en su pueblo, en su religión y en su Templo (hoy, queremos encerrarlo en una religión, en una Iglesia, en una cultura). ¡Qué trabajo costó a Pedro, buen judío, reconocer que "está claro que Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y procede honradamente, sea de la nación que sea" (Hech. 10,34). Para Dios no hay extranjeros: «ya no hay más judío ni griego, esclavo o libre, hombre o mujer, pues vosotros hacéis todos uno mediante el Mesías Jesús» (Gal. 3,28-29). Blancos o negros, Norte o Sur. Todos caben en su casa, todos son sus hijos. Todos son uno en su Hijo. Los "magos" adoraron al Niño y le ofrecieron, no la sangre de ovejas y novillos, sino sus dones, oro, incienso y mirra, muy distintos de las ofrendas de la cultura judaica. En el librito titulado Misal de la comunidad, se lee como introducción a la misa de la Epifanía: «Nuestra vida está llena de epifanías (revelaciones). Pero no se trata de visiones, de apariciones sensacionalistas, sino de estrellas, luces, resplandores, es decir manifestaciones indirectas de Dios, que pasan a través de lo común, de lo ordinario y aun de lo vulgar de nuestra existencia. »A veces, tienen el carácter de un encuentro personal; alguien que nos infunde nueva confianza y esperanza. De él podemos decir que nos ha iluminado. Alguien que nos presta atención y se fija en nosotros según somos, no como un número más o como un instrumento a utilizar. Alguien que nos escucha con hondura y de verdad, no para respondernos ni darnos soluciones prefabricadas. Alguien que se identifica con nosotros, con nuestros sentimientos, que nos quiere. ¿No decimos entonces que nos ilumina y que es una epifanía para nosotros? »Son epifanías las pruebas, las purificaciones, la oscuridad. Pero sobre todo son luz y epifanía los individuos o los grupos que nos orientan y nos marcan el camino que hemos de seguir, individual y socialmente, especialmente los que dan su vida al servicio de los demás. Su sangre derramada delata una estela que nos hace ver la vida bajo perspectivas nuevas. »En fin, la Iglesia es [debería ser] epifanía, "ciudad iluminada colocada sobre el monte" (Mt 5,14), puesta ahí por Cristo para interpretarnos esa luz indirecta de los signos de los tiempos». Vivimos en tinieblas: nuestras dudas, nuestros errores, nuestros desconocimientos, nuestras pasiones, nuestros vicios. Pero, si Dios se manifiesta, todo se ilumina; será como una estrella en la noche, como un sol de mediodía. «Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,78), cantaba el viejo Zacarías. «Luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2,32), repetía el viejo Simeón. «Estrella resplandeciente de la mañana» (Ap 22,16), dice el Apocalipsis. «Yo soy la luz del mundo» (Jn 9,5), decía Jesús de sí mismo, para curar a todos los ciegos. «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,5). «Vosotros sois la luz del mundo. Brille vuestra luz en las tinieblas, para que los demás, viendo vuestra buenas obras, aplaudan a Dios, que está en el cielo» (Mt 5,14-16), nos dice Jesús a los que hemos optado por ser discípulos suyos. ¿Y DE LOS REGALOS, QUÉ? ¡Ah!, ¿es que hay que regalar algo en "Reyes"? ¡Pues es verdad! Visión personal. Yo tengo un amigo que, económicamente, las pasó canutas en cierta temporada de su vida. Cuando llegó Navidad, le pregunté: ¿Qué quieres que te regale? Me respondió: Que pongan medias suelas a estos zapatos. Los llevé al zapatero y se los devolví con suelas nuevas. En los escaparates, se expone la palabra «Regalo»: "regale una corbata", "regale una pipa" "un perfume"... Estos día ha caído en mis manos un suplemento de revista dedicado a regalos convencionales. Trae, aproximadamente, mil quinientas sugerencias, a cual más inútil o superflua (digo yo). Todo, impersonal, para salir del paso. De ordinario, los regalos que se hacen en ciertas fechas Navidad, Reyes, día del padre... se hacen por automatismo. No se adopta el método de preguntar lealmente: «¿Qué quieres?», porque sabemos que se nos respondería: «Te ruego que no te molestes». Entre la cartilla que abren lo abuelos al recién nacido y las hipócritas coronas de flores que se mandan al muerto, están los regalos "instructivos", "útiles" y "resistentes" para los niños, los cuales quieren objetos superfluos y cosas para romper. A los adultos, que agradecerían las cosas "útiles", se les regala cosas superfluas y molestas: la lámpara, el cenicero, el reloj de escritorio... En los primeros meses de mi estancia en Alemania, asistí a una escuela de idiomas, cuyo libro de texto contenía una serie de anécdotas amenas, que estimulaban a la traducción. Cuento una de ellas: Un gran ginecólogo de Berlín, director de la clínica de obstetricia de la Universidad, debiendo obsequio a la hija de un colega, pensó desembarazarse de uno de los infinitos regalos enviados por compañeros y proveedores y le mandó una cajita de platería recibida algunos meses antes. La joven, con sus deditos inocentes y temblorosos, abrió la soberbia cajita. Alineados sobre un fondo de terciopelo había cuchillos, tenedores, cucharas y cucharitas de plata, con el mango afiligranado de oro. En el reverso de la tapa, grabadas sobre una placa de metal, se leía lo siguiente: «Todas las comadronas de Berlín, con su recuerdo y agradecimiento». Al gran ginecólogo le había pasado inadvertido este insignificante detalle. |
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