Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

MARÍA, MADRE DE DIOS

El día 1 de enero (o sea mañana), la Iglesia celebra la fiesta de María en su calidad de Madre de Dios. La expresión es fuerte. ¿Cómo María, criatura humana, puede ser madre de Dios?

Recordemos lo que nos decía del catecismo de Ripalda (el que yo aprendí).

¿Cuál de las tres divinas personas se hizo hombre?.

R. El Hijo de Dios eterno.

¿Cómo fue de nuevo concebido siendo eterno?

R. Tomando cuerpo y alma racional, no por obra de varón, sino milagrosamente.

Decid el misterio de la Encarnación.

R. Vino el Arcángel San Gabriel a anunciar a Nuestra Señora la Virgen María que el Verbo divino tomaría carne en sus entrañas sin detrimento de su virginal pureza, y luego el Espíritu Santo formó de la sangre purísima de la Virgen un cuerpo de niño perfectísimo, y creando un alma nobilísima. la infundió en aquel cuerpo, y en el mismo instante, el Hijo de Dios se unió a aquel cuerpo y alma racional, quedando, sin dejar de ser Dios, hecho Hombre verdadero.

Esta es la explicación de la encarnación del Salvador, según la teología escolástica.

Advierto que estamos hablando de un MISTERIO, el "misterio de la Encarnación", de cómo pudo ser que el Hijo de Dios se encarnase, o sea, se revistiera de carne, o sea, se hiciera hombre. La profundidad del misterio sólo es conocida por Dios. Nuestra fe se dirige a la profundidad de ese misterio tal como esté en la sabiduría divina, pero nosotros expresamos esa fe mediante una creencia. Una cosa es la fe y otra cosa es la manera de concebirla (la creencia ) y formularla.

Ahora, vamos a ver cómo nos las componemos para dar a entender lo que queremos expresar con nuestra creencia y formulación teológica. Pongamos por ejemplo a una madre que da a luz a un niño Un niño recién nacido es una vida nueva. Todos los niños son iguales, en cuanto que tienen ojos, narices, piernas, manos, respiran, les late el corazón, etc. Mientras la criatura está dentro de la madre, todo lo que la criatura es y tiene lo recibe de la madre, como si fuese una reproducción suya. Pero, en cuanto el niño se ha desprendido del seno materno, la madre ya no le aporta nada de su ser. Lo que el niño recibe, lo recibe de fuera.

Pero la madre sigue siendo su madre. ¿Que el niño se hace electricista? La madre es madre del electricista. ¿Qué al niño lo hacen ministro? La madre del niño es la madre del ministro. Es decir, la madre es madre de todo el ser que nació de ella, no solamente de lo que se desprendió de su cuerpo, sino también de todo lo que la naturaleza y la sociedad le aportaron en forma de crecimiento.

En el misterio de la Encarnación, decimos que, de la sangre purísima de María, el Espíritu Santo formó un cuerpo de niño perfectísimo, y que el Hijo de Dios asumió aquél cuerpo, o sea, lo hizo suyo, lo tomó para sí. El Verbo divino (el Hijo de Dios) ya existía desde la eternidad, pero se humanizó (tomó existencia de hombre, con todas sus consecuencias) en el niño que se formaba en las entrañas de María. Y, cuando María dio a luz, lo que de ella nació fue Jesús-Cristo, hombre y Dios al mismo tiempo.

Fil 2,5-8

«Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz».

El resultado es Jesu-Cristo, que nace, sufre y muere. Por eso decimos que Dios nace de María y que Dios muere en la cruz.

Por eso, a María, la llamamos madre de Dios. Una madre es madre de todo lo que de ella nace.

Luego, este Jesu-Cristo nos asume a nosotros y nos hace miembros suyos: Él es la Cabeza; nosotros, su crecimiento. Por eso, podemos decir a Dios "Padre nuestro" y, a María, "Madre nuestra".

Todo esto es aceptado solamente por los creyentes en el misterio. Hay mucha gente que, siendo admiradora de Jesús, dice que no le cabe en la cabeza el que pueda ser Dios y hombre al mismo tiempo.

Los cristianos celebramos en esta fiesta la asombrosa cercanía de lo humano y lo divino, tal como se dio en María.

(Pero, ojo, también nosotros podemos llegar a ser «madre de Jesu-Cristo». Lo dijo el mismo Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc. 8,21). Ahí es nada.

La tradición católica siempre ha valorado la misión de María, en quien Dios se fijó a la hora de asumir forma humana. Ello la convierte sin duda en la criatura más sublime. No obstante, a veces, los católicos se dejan fascinar tanto por el dulce encanto de María, que la colocan en un pedestal superior al de Jesús. Lo cual es una aberración teológica. María es grande, pero por Jesús. No es que Dios se fijara en ella por ser grande. Al contrario, María es grande porque en ella se fijó Dios al decidir encarnarse. Toda su dignidad estriba, pues, en ser madre del Dios encarnado (Jesu-Cristo).

Lc 1,47-49:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

porque se ha fijado en su humilde esclava.

Desde ahora, me felicitarán todas las generaciones,

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí».

En el contexto evangélico, se supone a María integrada en el programa mesiánico. De hecho, toda mujer judía anhelaba entrar en la familia del futuro Mesías. Ello explica que la maternidad fuera considerada una bendición de Yahvé (Ps 127,3: «La herencia de Yahveh son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas»).

Dios eligió a María como madre del Mesías esperado. Tal privilegio debía en principio entusiasmar. Sin embargo, los planes divinos se presentan como desconcertantes, dado que el nacimiento del Mesías no se regirá por las leyes genéticas. Será la fuerza del "Espíritu" la que, fecundará a María. El evangelista plasma esta idea teológica, poniendo en labios de María la siguiente pregunta: «¿Cómo se llevará esto a cabo si no mantengo relaciones con varón?» (Lc 1,34). El ángel le despeja la incógnita, garantizándole que Dios tomará toda la iniciativa. Ella deberá responder con una confianza total. Así ocurrió y María quedó convertida en madre del hombre-Dios.

María de Nazaret es la mujer excepcional ("favorecida" la llamó el ángel), cuya grandeza celebra con alegría toda la cristiandad. ("Dichosa me llamarán todas las generaciones": Lc 1,48).

La tradición cristiana siempre ha resaltado la maternidad de María, cuyo singular alumbramiento la convirtió en madre de Dios. Tal convicción se convirtió pronto en dogma de fe (Concilio de Éfeso, a. 431). Tal dogma concentra todos los privilegios de María en su maternidad. ¿Por qué los creyentes destacan cualquiera otra cualidad de María, por encima de su condición de madre, por ejemplo su virginidad?.

Urge revisar ciertas actitudes, tan dominadas por el sentimentalismo, que desfigura su imagen hasta el punto de convertirla en una figura muy poco humana por exceso de imaginación folklórica. ¿Por qué María ha pasado a la tradición católica encerrada en el estereotipo de "LA VIRGEN"? Desde el mismo momento en que María es identificada con "La Virgen", se ha hecho de ella una representación idolátrica con infinitas variaciones locales y folclóricas. Hay extendidas por toda España infinidad de "vírgenes", imágenes a las que se atribuye la representación de María bajo connotaciones populares y folklóricas (la virgen de tal, la virgen de cual, la virgen de esto, la virgen de lo otro). Este hecho es típicamente español, por lo que España ha venido en llamarse "tierra de María Santísima". A mí, tal proliferación de vírgenes me suena, en el mejor de los casos, a ignorancia; en el peor de los casos, a idolatría. Me hace recordar el Salmo 135: «Los ídolos de las naciones, plata y oro, obra de manos de hombre; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, ni un soplo siquiera hay en su boca. Como ellos serán cuantos en ellos ponen su confianza».

María de Nazaret debe ser desmitificada a la luz del evangelio. Urge el redescubrir el perfil existencial de la madre de Jesús. Sólo así quedará integrada de verdad en la dinámica existencial de su hijo, tal como lo sugiere el cuarto evangelio: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5).

Apunto cuatro claves para desmitificarla:

La clave de la fe. La fe no es un sentimentalismo efímero. La fe cristiana consiste en creer a pie juntillas que Cristo tiene razón cuando anuncia que hay que cambiar la mente y el corazón para construir una sociedad nueva, para gloria de Dios y felicidad del mundo. Todo en María habla de una actitud de escucha y de una acogida confiada de la Palabra que luego medita en su interior. Como ejemplo típico, la escena de la anunciación (Lc 1,26-38). «Y dijo María: "Hágase en mí según lo que me dices"».

La clave profético-liberadora. Viene reflejada en el «Magníficat» (Lc 1,46-55). Es éste un canto de una fuerza extraordinaria, que expresa, por una parte, las convicciones profundas de María y, por otra, las luchas y expectativas del creyente de hoy. En él se expresa, de una parte, la denuncia más radical y profética del poder y del dinero, es decir, de los poderes fácticos que están a la base de las sociedades de ayer y de hoy; y, de otra, el anuncio del destino y de la fuerza de los pobres de cara al Reino de Dios.

Lc 1,49-53

Él es santo y su misericordia llega a sus fieles

generación tras generación.

Su brazo interviene con fuerza,

desbarata los planes de los arrogantes,

derriba del trono a los poderosos

y exalta a los humildes,

a los hambrientos colma de bienes

y a los ricos los despide de vacío».

La clave del modelo de discípulo. Ella es madre de Jesús, pero es también, a la vez, su «hermana» porque acoge la voluntad de Dios y la lleva a cumplimiento (Mc 3, 33-35: «El les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y, mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice:

—Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

La clave de la esperanza. Sobre ella sobreviene la Palabra y el Espíritu de Dios y da a luz a Cristo, el hombre nuevo, el que estrena vida y nos la ofrece para que nos injertemos en ella. Desde aquí arranca el dinamismo de un amor creativo que mira con esperanza la utopía de un mundo nuevo de fraternidad y de gracia.

Desde todas estas claves, pienso que María de Nazaret, la mujer privilegiada, es un modelo único e irrenunciable para la Iglesia de hoy en el camino del seguimiento de Jesús.

Aplicando la escena en la que Jesús hace la encuesta a sus discípulos "¿quién dicen las gentes que soy yo"?, preguntamos:

¿Quién dicen las gentes que es María? Unos dicen que es la "virgen de las cruces", otros dicen que es la "virgen de las nieves"; otros, que la virgen del pilar"…

Vosotros, amables lectores, ¿quién decís que es María? ¿A quién representa la imagen que se venera en muchos pueblos? ¿Representa a la humilde doncella de Nazaret, la madre de Jesu-Cristo, o representa al pueblo que, según dicen, descubrió tal imagen?

Si respondéis que María es la madre del Cristo que dio su vida; si decís que es la misma que al pie de la cruz veía cómo se desangraba su hijo; si decís que es la misma que gastaba su vista haciendo a su hijo una túnica de ganchillo; si decís que es la misma nazarena que compartía corazón y sonrisa con las mozas de su aldea..., ¿en qué se parece la efigie que veneráis a esa criatura humilde y sencilla en que Dios se ha fijado para hacerla madre suya? ¿Y cuál es vuestro compromiso corredentor asociado al de María para la construcción de esa familia nueva, de ese estilo de vida en el que, de modo normal y no extraordinario, se pueda vivir en justicia, amor y unidad, ese estilo de vida que Jesús denominaba Reino de Dios, único hogar en que María se siente madre?

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