Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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GLORIA A DIOS EN EL CIELO. PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES, A QUIENES ÉL AMA. Del santo Evangelio según san Lucas (Lc 2, 8-14) «En las cercanías había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie, velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor: la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se asustaron mucho. El ángel les dijo: Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor. Y os doy esta señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, que él quiere tanto». Las tres señales: un niño, un pesebre, unos pañales. No pueden ser más pobres y sencillas. No hay signos de poder o riqueza. Cuando nació el niño que «lleva al hombro el principado y es su nombre "Maravilla de Consejero... Príncipe de la Paz"» (Is 9,6), no había sitio para él en parte alguna; la madre, la verdadera María, alumbró en una cuadra sin techo, con olor a animales; el acontecimiento pasó inadvertido al mundo; los regalos fueron vulgares y pastoriles; ocho días después fue circuncidado en rito sangriento y «le pusieron por nombre Jesús» (Mt 1,25). Un niño: pequeñez, humildad y ternura. Una vida nueva, a estrenar, para que vengan a injertarse en ella tantas vidas acabadas, quemadas, amargadas... Un pesebre: Pobreza y marginación. Unos pañales: El "niño" está necesitado de defensa y calor. Y se deja ayudar: «Lo que hacéis con los demás, conmigo lo hacéis» (Mt 25). El primer anuncio que se hace al mundo con la llegada de Cristo es la paz: "paz a los hombres, a quienes él quiere tanto". Y, cuando se despide, lo hace con la paz: «"Paz" es mi despedida; paz os deseo, la mía; pero no os la deseo como la desea el mundo» (Jn 14,27). ¿Qué paz proclaman lo ángeles? ¿De qué paz habla Cristo? ¿Cómo la desea Él y cómo la desea el mundo? Igual que hacía con la palabra «amor», para desentrañar el sentido que le daba Jesús, haré con la palabra «paz». Perdonadme que me ponga un poco técnico. ¿Habéis oído hablar de Salomé y de Irene? Ambos nombres significan «paz»: el primero, en hebreo ("shalom") y, el segundo, en griego ("eirene"). Ambas palabras («shalom»/«eirene») pretenden significar lo que hoy entendemos como paz. Pero dos palabras nunca significan exactamente lo mismo en dos idiomas distintos. La «shalom» hebrea presenta matices que la diferencian de la «eirene» griega, de la «peace» inglesa y de la «paz» española. Los escritos del NT fueron redactados en griego. Pero, aunque las palabras sean griegas, ¿cuál era la forma de pensar de sus autores? A veces, un escritor, aunque exponga sus ideas en una lengua (p.e. griega), puede muy bien estar pensando en otra (p.e. hebrea). Yo, en esto, tengo alguna experiencia, porque, en algún tiempo, he tenido que expresarme, lingüísticamente, en alemán, pero mi pensamiento era en español. El contenido de los conceptos debe buscarse no en la lengua en que se escribe, sino en la lengua en que se piensa. Siendo así, surge la cuestión: cuando los autores de los evangelios aluden a la paz, ¿hablan de «eirene» o hablan de «shalom»? En sus orígenes, el pueblo hebreo se expresa en categorías casi exclusivamente comunitarias, como si, en lugar de decir "yo", "tú", "el", dijeran "nosotros", "vosotros", "ellos". Pero no en el sentido del plural mayestático, como cuando habla el Papa o el Rey, que, siendo personas individuales, se expresan en plural ("Nos decretamos ", y es uno solo el que decreta). (Nuestro Rey dice «la Reina y yo», pero es un rey atípico). El pueblo hebreo se siente el pueblo elegido y, por eso, se expresa como comunidad. Por eso, la «shalom» bíblica significa no sólo la ausencia de guerras, sino, además, una vivencia colectiva feliz, expresada como a) bienestar «Alzando los ojos, se fijó en el viajero que estaba en la plaza de la ciudad, y el anciano le dijo: ¿A dónde vas y de dónde vienes? Y el otro le respondió: Estamos de paso, venimos de Belén de Judá y vamos hasta los confines de la montaña de Efraím, de donde soy. Fui a Belén de Judá y ahora vuelvo a mi casa, pero nadie me ha ofrecido su casa. Y eso que tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y pan y vino para mí, para tu sierva y para el joven que acompaña a tu siervo. No nos falta de nada. El viejo le dijo: La paz sea contigo; yo proveeré a todas tus necesidades; pero no pases la noche en la plaza. Le llevó, pues, a su casa y echó pienso a los asnos. Y ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron» (Jue 19,17-21). b) serenidad: «Nada faltó para que mis pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos. No, no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo; no comparten la pena de los hombres, con los humanos no son atribulados» (Sal 7,2-5). c) salud corporal: «nada intacto en mi carne por tu enojo, nada sano en mis huesos debido a mi pecado» (Sal 38,4 ), d) sosiego espiritual: «tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo. En paz, todo a una, yo me acuesto y me duermo, pues tú solo, Yahveh, me asientas en seguro» (Sal 4,8-9). e) comprensión interhumana: «Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan» (Sal 85,11) Después, por influjo de los profetas, el ideal de la «shalom» fue vinculándose a la idea de salvación: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios!» (Is 54,7). El pueblo lograría sentirse a salvo sólo cuando instaurara un régimen sociopolítico y religioso en el que se alcanzaran todos los objetivos de la «shalom»: justicia y paz. Tal meta jamás se había alcanzado. ¿Podría alcanzarse alguna vez? Ahí es donde los profetas ofrecen al pueblo una esperanza nueva. Así, la «shalom» bíblica llegó a adquirir una clara connotación mesiánica, o sea, se significaba con él que el bienestar y la felicidad serían patrimonio de todos los fieles cuando el Mesías instaurase su Reino. A fin de que todo ello se hiciera pronta realidad, la palabra «shalom» llegó a convertirse en fórmula de saludo y despedida, con la que cada judío consignaba su expectación mesiánica: «El Señor te bendiga y te guarde; ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y haga descender sobre ti su paz» (Num 6,23). Ahora puede comprenderse el sentido de las Bienaventuranzas. La séptima pone la guinda: «a los constructores de la paz [de esta paz] Dios los llamará hijos suyos». ¿Os hacéis cargo de la profundidad de la frase de Jesús «la paz os dejo, mi paz os doy»? ¿Podéis comprender el mensaje que nos traen los ángeles en la noche de Navidad: «paz en la tierra a los hombres, a quienes él quiere tanto?». Pero resulta que ese vocablo («shalom») ha llegado hasta nosotros con traducción griega: «eirene». «Eirene» indica una situación colectiva en la que no haya guerra. Lo «eirenikos» (pacifico) se contrapone a lo «polemikos» (belicoso). Por eso, en algún tiempo, en lugar de decir "dichosos los constructores de la paz", se decía "bienaventurados los pacíficos". Y la gente entendía: "irán al cielo los que no se meten en nada". Eso, en lugar de paz, es sólo tranquilidad. La paz que no se identifique con la justicia será sólo tranquilidad. Decía Romanones: "tranquilidad viene de tranca". Se cierra la puerta, se echa la tranca y aquí paz y después fútbol (la segunda parte de esta frase es de Andrés Aberasturi). Las convenciones de paz de los grandes del mundo recuerdan a veces a los falsos profetas de Israel a quienes Ezequiel llama visionarios falsos, que regalaban los oídos de su pueblo pregonando paz, cuando lo que se cernía por doquier era la guerra. Dice el profeta Ezequiel (Ez 13,9-10): «Extenderé mi mano contra los profetas de visiones vanas y presagios mentirosos, [...] Porque, en efecto, extravían a mi pueblo diciendo: «¡Paz!», cuando no hay paz». De hecho, la historia del ser humano es una sucesión de pasiones, luchas e intrigas, alternando con etapas de tranquilidad. Es evidente que, de ser preguntados, casi todos firmaríamos el «no» a la guerra y el «sí» a la paz. Sin embargo, las guerras no cesan de ir en aumento, tanto en cantidad como en refinamiento destructivo. Vivimos angustiados por el temor a una conflagración mundial que haga saltar a pedazos nuestro planeta. Elementos para ello, haylos de sobra. ¿Tan difícil resulta poner fin a las guerras y vivir de una vez en paz («eirene»)? Este problema no se resolverá mientras no se derrumben los muros que la estupidez humana no cesa de levantar. El laborista inglés Aneurin Bevan, ministro de sanidad en el gobierno británico en los tiempos del laborista Atlee, dijo: "Es trágico que la especie humana corra el riesgo de destruirse deliberadamente. Pero sería atrozmente grotesco que esta calamidad fuese provocada por error". Es decir, si la pérdida del control de un solo hombre, de uno de aquellos que dirigen el lanzamiento de los proyectiles intercontinentales, desencadenase la guerra. Estamos bajo la amenaza de que un dedo impaciente, creyendo hacer bien, tome la iniciativa de oprimir ese determinado botón que ponga en funcionamiento la máquina de guerra. La mayor parte de los "grandes" del mundo, sometidos a un examen psiquiátrico, no sé cómo saldrían parados, pero el certificado médico que se exige para conducir un coche no se pide para guiar el destino de los pueblos. Pitigrilli, con el sentido de buen humor que lo caracteriza, cuenta las dos anécdotas siguientes: Una: Guillermo el Conquistador, después de haber sojuzgado a los ingleses, fue a su propio ducado, en Normandía, a hacer un poco de "relaxation". Para no perder la costumbre, litigaba con el rey de Francia, Felipe I, sobre la propiedad de una pequeña propiedad, valga la redundancia: el Vexin. Enfermó en Rouen y engordó. El rey de Francia, que tenía fama de bromista pesado, preguntó si estaba "encinto". Llegó esto a oídos de Guillermo, quien le hizo contestar que apenas "saliera de cuidado" iría a festejar el "puerperio" en la Catedral de Notre Dame, con diez mil lanceros en función de cirios. Y, apenas pudo montar a caballo, marchó sobre París, devastando todo lo que encontró a su a paso. Otra: El 30 de abril de 1827, el cónsul de Francia en Argelia, sin pensar que con los árabes conviene hacer discursos ceremoniosos y llenos de adornos y circunloquios, se permitió algunas frases un tanto ligeras, que son normales delante de un aperitivo en Montmartre, pero lo son un poco menos bajo las palmeras de Argelia. El bey, que se llamaba Hussein, le dio, por toda respuesta, un coup déventail (un abanicazo) en el rostro. Como réplica, Francia mandó sus naves sin estar preparada para la guerra, y empleó setenta años en conquistar aquella Argelia. Y termina diciendo Pitigrilli: "Una vez, los hombres justos no tenían otro dedo que el dedo de Dios. Hoy, hay que tenerle miedo al dedo de un imbécil". Desde una perspectiva de fe, se ve con claridad que toda posible solución exige analizar antes el complejo entramado de la estupidez y del egoísmo humanos. Pero ¿cómo poner fin a este tipo de conductas? Todo creyente sabe que tal meta nunca se ha podido alcanzar con el simple esfuerzo humano. Dios brinda su ayuda a través de así lo creemos y afirmamos los cristianos esa singular presencia humana de lo divino que es Jesucristo, que da cumplimiento a la paz mesiánica anunciada por los profetas: la paz como justicia encarnada; la paz como concordia activada; la paz como amor vivenciado. Mi felicitación de Navidad para cada uno de mis lectores u oyentes: «El Señor te bendiga y te guarde; ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y haga descender sobre ti su paz» (Num 6,23). |
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