Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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| SEGUIMIENTO DE CRISTO,
CLAVE DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA Del santo Evangelio según San Lucas (Lc 9,18-24: «Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y, dirigiéndose a todos, dijo: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. (Mc 8,36) A ver, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?» Para los comentarios acerca de la pregunta de Jesús "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", remito al amable lector al artículo del día 01/04/07, titulada "JESUCRISTO". (Ver Listado de artículos publicados en este cruso) Jesús: Vosotros, después de esta experiencia que hemos tenido juntos, ¿quién decís que soy? «Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías». Ya está, ya lo han conocido, trabajillo les ha costado. Pero, por fin, se han dado cuenta: "Tú eres el Mesías"; eres aquel rey prometido del AT que tenía que cambiar todas las cosas. No eres un profeta común, no eres un vulgar predicador, no eres un curandero...: eres el Mesías, nada menos, o sea, el que da cumplimiento a todas las promesas del AT. Esto es lo que pretendía Jesús. Su grupo tiene que continuar el reinado mesiánico, es decir, la extensión del Reino del Mesías, la nueva humanidad. «El les prohibió terminantemente decírselo a nadie». ¿Por qué? Porque "Mesías" era interpretado en sentido nacionalista, violento, guerrero, triunfalista. Cuando las gentes oían la palabra "Mesías", pensaban: "Este es el caudillo que viene aquí a librar al pueblo y a armar el follón, echando a los romanos..." Esto es lo que Jesús no quería. Por eso, calladitos todos. "Y empezó a instruirlos:" «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Las tres categorías que aquí cita (senadores, sumos sacerdotes y letrados) son las que componían el Gran Consejo ("sanedrín"), la suprema autoridad. Senadores, los seglares ricos, el poder económico. Sumos sacerdotes, la autoridad religiosa. Ambos constituían el partido saduceo. Los letrados eran los intelectuales, los maestros, los doctores, casi todos del partido fariseo; tenían tal influjo en el pueblo, que habían conseguido que el partido saduceo, siendo el partido del dinero y del poder político, no podía tomar una decisión sin que los letrados estuvieran de acuerdo. Las tres categorías, unidas en el Gran Consejo, van a rechazar al Mesías (no a Jesús, sino al Mesías); al que tenía que venir a cumplir toda la gran promesa del pueblo judío. A ése, la estructura del poder lo rechaza. A la estructura del poder no le conviene la promesa de Dios, porque la promesa de Dios les echará abajo su poder. Todo lo que Jesús representa es una abominación para el poder político y para el poder religioso. La cruz es la intransigencia total. Todos los valores representados por los que crucifican a Jesús son pura abominación: poder, dinero y opresión religiosa. «Lo rechazarán, será ejecutado y al tercer día resucitará». Jesús ya tiene su programa. Sabe que su reinado mesiánico empieza después de su muerte. Para eso, no se precisa mucha visión profética; basta con ver como van las cosas. Lo otro (lo de resucitar al tercer día), lo sabe Jesús por otra cosa. Él anuncia aquí que su misión mesiánica comprende la muerte, pero que no acaba con la muerte, sino que empieza con la muerte: «al tercer día resucitará». «Y les dijo: El que quiera venirse conmigo...» Hay que empezar otra vez. Hay que apuntarse otra vez: "el que quiera venirse conmigo..." Cuando Jesús llama a alguien, le dice simplemente: "Sígueme": Mc 2,14 (Lc 5,27): «Al pasar, vio a Leví, sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo: "Sígueme ». Mt 19,21 (Mc 10,21): «Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes...; después, ven y sígueme"». Jn 1,43: «Jesús encontró a Felipe, y le dijo: "Sígueme"». Jn 21,19: Anunció a Pedro con qué muerte iba a glorificar a Dios.« Después añadió: "¡Sígueme!"». Mt 8,22: «Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen». Mt 4,22: «Los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron». Mt 8,22 (Lc 9,59.61): «Jesús le dijo: "Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos"». Mt 10,38: «El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí». Mt 16,24 (Mc 8,34, Lc 9,23) «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Jn 12,26: «El que quiera ponerse a mi servicio, que me siga, y donde esté yo allí estará también mi servidor. A quien me sirva, mi Padre lo honrará»._ La llamada de Jesús se pone en relación con una tarea: la entrega al servicio del hombre. Y esa llamada marca un destino: el mismo que asumió y siguió Jesús. Esto es lo que constituye el núcleo esencial, la clave, de la espiritualidad cristiana. «Yo soy la luz del mundo. El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Muchas personas viven una vida pretendidamente cristiana como un conjunto de creencias, obligaciones y prácticas sin conexión ni unidad. Quien así vive, carece de una espiritualidad sana. Muchos dicen que el centro de la espiritualidad cristiana es la perfección del creyente. Pero esa idea no aparece en el evangelio. Lo que en el Evangelio aparece, con toda claridad, es que Jesús exige a los creyentes, fundamentalmente, no la imitación, sino el seguimiento. Es creyente el que sigue a Jesús y en la medida en que lo sigue. El seguimiento de Jesús es una idea típicamente evangélica. El verbo "seguir" (ákolouzein), en el Evangelio, se emplea casi siempre para hablar del seguimiento de Jesús y sólo raras veces para referirse a otras cosas. Aparece 25 veces en el evangelio de S. Mateo; 18 en el de S. Marcos; 17 en el de S. Lucas y 19 en el de S. Juan. Apenas en el resto del NT. El verbo "imitar" (mímeomai) no aparece ni una sola vez en los evangelios. La espiritualidad tradicional nos tiene acostumbrados a hablar de la imitación de Cristo [Kempis] y esa imitación nos ha sido presentada como ideal para las almas fervorosas. Imitar es copiar un modelo, mientras que seguir es asumir un destino. La imitación puede darse en el caso de un modelo inmóvil, estático y fijo, mientras que el seguimiento supone siempre la presencia de un agente principal que se mueve y avanza, de tal manera que, precisamente por eso, es posible el seguimiento. El seguimiento lleva consigo la idea de acción, actividad y tarea a realizar, mientras que la imitación, no. Parafraseando inversamente a Chesterton, mucha gente se dedica tanto a ser buena, que se olvida de hacer el bien. (La frase original de Chesterton cito de memoria es: "me dedico tanto a hacer el bien, que me falta tiempo para ser bueno"). En la imitación, el centro de interés está en el propio sujeto, mientras que en el seguimiento ese centro está situado en el destino que se persigue. La imagen cabal de la imitación es el espejo; la imagen ejemplar del seguimiento es el camino. Y bien sabemos que mientras el espejo es el exponente de la vanidad, el camino es el símbolo de la tarea, de la misión, del compromiso. «... que reniegue de si mismo, cargue con su cruz y me siga». "Renegar de si mismo". Se han dado muchas interpretaciones. Renegar de la patria, renegar de la religión..., equivale a: "yo, con esa nación, con esa religión, no tengo nada que ver". Renegar de sí mismo es: yo no quiero nada para mí, renuncio a toda ambición personal, mi medro personal no me interesa. Esto, en definitiva y con otras palabras, es la primera bienaventuranza ("dichosos los que eligen ser pobres"): "yo renuncio", "yo, voluntariamente, renuncio al rango, a la posición, al dinero...". "Cargar con la cruz". Es la última bienaventuranza ("dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad"). Cargar con la cruz es aceptar que el sistema nos considere como criminales (la cruz era el suplicio de los criminales). Con esta metáfora, pretende decir Jesús: Tenéis que aceptar que el sistema os odie, que, si es preciso, os mate. «¡Ay si todos hablan bien de vosotros!» (Lc 6,26). «Si pertenecierais al mundo, el mundo os amaría como cosa suya» (Jn 15,19). «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). "Si no os tragáis estas dos cosas (renunciar a toda ventaja personal y estar dispuestos a ser perseguidos por el sistema) sigue diciendo Jesús , no podéis seguirme. Cuando hayáis aceptado estas dos cosas, me seguís. Si no, no". El mismo programa de siempre, no tiene otro. El que no reniega de sí mismo acabará renegando de Jesús, esto es inevitable. El que lleva dentro sus ambiciones acabará por renegar de Jesús. Jesús da las razones: esta exigencia, que parece tan fuerte, es una exigencia normal: «Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá». "Salvarla", ponerla al seguro. Aquí, no se trata de la salvación final, sino de instalarse. «En cambio, el que pierda su vida por mi y por la buena noticia [el Evangelio], la salvará». ¿Qué pretendían los discípulos: la guerra santa, ir a jugarse la vida a Jerusalén...? No, no. Los discípulos no están dispuestos a arriesgar su vida. Lo que ellos quieren es instalarse. «Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, para decirle: Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte. El les dijo: ¿Qué queréis que os conceda? Ellos le respondieron: Que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda el día de tu triunfo. [...] Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir entre vosotros, sirva a los demás, y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos» (Mc 10,35-45). La tentación de los discípulos no es la del zelota, sino la del burgués. «A ver, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?» Aquí, "ganar el mundo entero", no implica el sentido de conquista, sino de negocio. El verbo griego usado es kerdaino, "ganar en negocio", el lenguaje de los comerciantes ("ganar"- "perder"). "Ganar el mundo entero" es hacerse dueño del dinero, de la posición, del poder..., tener todas las ventajas del mundo. Seguramente, hace alusión al salmo 49: «El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja» (Ps 49,21). La postura de Jesús es radical: él no acepta la validez del sistema. La solución a la injusticia no se conseguirá nunca con la inactividad, pero tampoco con la reforma gradual o violenta de las instituciones existentes. La raíz de los males de la humanidad está en los fundamentos mismos de las instituciones que ha creado: en el afán de dinero, el deseo de prestigio y la sed de poder, en las tres ambiciones de «tener», «subir», «mandar», que despiertan en los hombres la rivalidad, el odio y la violencia. Por eso rechaza Jesús todas las instituciones de Israel: templo, monarquía y sacerdocio. Él se propone crear una sociedad diferente, donde el hombre pueda ser libre y feliz (Mt 5,3-10: «dichosos»). Para ello hay que renunciar voluntariamente a los tres falsos valores: al dinero (afán de ser ricos), al brillo (ambición de figurar), al poder (deseo de dominar). En vez de acaparar, compartir lo que se tiene; en vez de encumbramiento, igualdad; en vez de dominio, solidaridad y servicio humilde y voluntario; en vez de rivalidad, odio y violencia, hermandad, amor y vida. Esta utopía es la que configura la fe cristiana, no le demos más vueltas. Todo lo demás es ruido. * * * Adiós, hasta después de vacaciones (vacaciones de jubilado, naturalmente). Pendiente siempre, por supuesto, de la Providencia divina, a la que no debemos poner límite, como decía Juan XIII, pero, como decía Adenauer, ya no tengo ochenta años. Mua. |
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