Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

JESÚS PASÓ HACIENDO EL BIEN

Del santo Evangelio según San Mateo (11,2-11)

«Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, mandó a preguntarle por medio de dos de sus discípulos:

—¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Jesús les respondió:

—Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».

El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que, cuando el apóstol Pedro visitó a un militar romano, llamado Cornelio, para explicarle en qué consiste la fe de los cristianos, resumió lo que había sido la vida de Jesús, diciendo que fue un hombre que "pasó haciendo el bien".

(Hech 10,34-38)

«Pedro tomó la palabra:

—Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra rectamente, sea de la nación que sea. El envió su mensaje a los israelitas anunciando la paz que traería Jesús el Mesías, que es Señor de todos. Vosotros sabéis muy bien el acontecimiento que ocupó a todo el país de los judíos, empezando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».

Lc 10,30-35

Dijo Jesús esta parábola:

(Introducción: en la ley judía, estaba prohibido

acercarse a menos de cuarenta metros de un cadáver, para no quedar "impuro").

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarlo y golpearlo, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio lo vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verlo, tuvo compasión y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino. Montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo:

—Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva».

Frase atribuida a Chesterton (cito de memoria): «Me dedico tanto a hacer el bien, que no me queda tiempo para ser bueno». [Reverso ad libitum: «Me dedico tanto a ser bueno, que no tengo tiempo para hacer el bien»].

En la parábola, el sacerdote y el levita, por ser buenos, dejaron de hacer el bien.

Lo mejor que se puede decir de una persona cuando se nos va de este mundo es: fue un "hombre de bien", fue una "buena mujer". O sea, pasó por la vida "haciendo el bien".

Hay personas que, una vez muertas, son recordadas por la carrera que hicieron, por los cargos que tuvieron, por sus riquezas, sus títulos, sus dotes de mando, la importancia o el prestigio de que gozaron. O por otras cosas: sus costumbres, su manera de hablar, su forma de vestir o vaya usted a saber. O sea, que, probablemente, pasaron por la vida buscando su propio bien, siendo ellos/as mismos/as el centro de su vida.

Siempre ha existido (y sigue existiendo) gente que, por "hacer el bien", causa mucho mal. Para un terrorista suicida, el bien consiste en matar, destruyendo su propia vida, pensando, incluso, que así va a conseguir "otra vida" más feliz. El presidente Bush, cuando se puso a tirar bombas en Irak, dijo, con toda tranquilidad, que hacía eso para establecer "el eje del bien". Muchas gentes, fieles al refrán "quien bien te quiere te hará llorar", se pasan la vida haciendo llorar, convencidas de que, así, "hacen el bien".

¿Qué dicen los que han tenido que soportar ese hipotético "bien" teniendo que llorar por ello? ¿Se sienten "beneficiados" con dicho "bien"? ¿O, por el contrario, maldicen la hora en que conocieron a tal "benefactor" (o "benefactora")?

Chesterton otra vez: «El mundo se divide en malos y buenos. Esta división la hacen siempre los ‘buenos’».

Podemos afirmar que hacemos un acto "bueno", si tal acto es aceptado unánimemente por los demás; si el "afectado" o los "afectados" sienten que tal acto "bueno" aporta algo positivo a sus vidas o, por el contrario, las daña; si semejante acto "bueno" les alivia el sufrimiento, incluso les hace felices o, por el contrario, tal acto "bueno" los convierte en unos desgraciados.

La cuestión está, por tanto, no en que cada uno actúe de manera que se quede con la conciencia tranquila o que deje su cargo (si es que lo deja) diciendo que se va con las manos limpias. Eso ha sido dicho por muchos individuos, después de haber hecho mil desaguisados. Lo decisivo, cuando hablamos de "buenas personas", es que cada uno se comporte de manera que sean los otros los que se sientan felices y agradecidos.

La cara es el espejo del alma. El espejo del comportamiento moral no es la propia conciencia, sino el rostro de los que conviven cerca de nosotros. Se comprende la satisfacción inmensa con la que Pedro dijo de Jesús: "pasó haciendo el bien". Había visto con sus propios ojos y oyó con sus propios oídos la alegría de los enfermos sanados, el gozo de los pecadores acogidos y perdonados, el entusiasmo de las gentes que comieron hasta saciarse cuando se encontraron solos en el desamparo... Jesús pasó "haciendo el bien" porque los que se acercaban a él se sentían "bien". Los que se acercaban a Él encontraban acogida, tolerancia, comprensión, bondad, una mirada de humanidad profunda y, por supuesto, un interés incuestionable por sus problemas. Por eso y no por otra cosa, Pedro dijo que "pasó haciendo el bien".

Existen dos puntos de vista a la hora de enjuiciar las conductas. Por una parte, desde las normas o la reglas que hay que cumplir y los deberes que de ahí dimanan. Por otra parte, desde las consecuencias, es decir, los resultados o los bienes que se siguen de un determinado comportamiento.

Desde luego, lo uno no quita lo otro, porque la ética basada en los deberes tiene que estar atenta a las consecuencias que de ello se derivan. Y, al revés, la ética basada en las consecuencias no ha de olvidarse de los deberes más fundamentales de cualquier ser humano. ¡Cuántos problemas, aparentemente insolubles, se resuelven por el solo hecho de armonizar estos dos puntos de vista!

Sin ir más lejos, se ha planteado últimamente el problema de la moralidad o inmoralidad del uso del preservativo en las relaciones sexuales. Su uso, dicen los expertos, evita el contagio del sida. Lo cual quiere decir que, sea cual sea la norma que exista sobre eso, hay que tener en cuenta las consecuencias que se siguen de su cumplimiento. (Si se tuviera esto siempre en cuenta, muchas personas se quitarían de encima no pocos quebraderos de cabeza).

A veces, no hay más remedio que permitir o tolerar cosas que están prohibidas por las normas, las costumbres o las leyes, precisamente porque del quebrantamiento de la norma se va a seguir un bien mayor o simplemente un bien que alguien necesita para que su vida se sienta segura o sea una vida plena y feliz. Eso, precisamente, es lo que Jesús hizo tantas veces, por ejemplo, cuando curaba a los enfermos en sábado. Los podía curar en cualquier otro día, puesto que en sábado estaba prohibido por la ley religiosa. Pero los curaba en sábado, para que quedase claro que, antes que el cumplimiento de la norma, está la salud del enfermo. "El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27).

El sacerdote y el levita se atuvieron a la ley y pasaron de largo; el samaritano hizo el bien, sin más.

(Mt 12,4-8)

«Un sábado, iba Jesús por los sembrados; los discípulos sintieron hambre y empezaron a arrancar espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron:

—Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido en sábado.

El les replicó:

—¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes sagrados, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus hombres, sino sólo a los sacerdotes. Y ¿no habéis leído en la Ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa? Pues os digo que, aquí, hay algo más que el templo. Si comprendierais lo que significa "corazón quiero y no sacrificios", no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el hombre es señor del sábado».

La tendencia habitual para formar la conciencia de la gente es (o ha sido durante siglos): "hay que hacer así las cosas, porque así es como está mandado". Es decir, se ha impuesto la "norma" sin prestar la debida atención a sus "consecuencias" (que pueden ser desastrosas). Ahí está el ejemplo, ya citado, del uso del preservativo. La norma eclesiástica lo prohíbe, aun a sabiendas de que eso puede ser causa de la propagación de una enfermedad tan mala como es el sida. Hay muchos otros ejemplos de mandatos o prohibiciones en la moral católica, que se imponen o se mantienen caiga quien caiga, porque así lo dispuso tal concilio o tal papa, basándose en el concepto de "ley natural" (muy cuestionada actualmente).

Cuando hablamos de comportamiento moral, deberíamos tener presente que la moral o la ética, en la estimación que de estas cosas hace el común de la gente, suelen referirse a formas de conducta interpretadas a través del filtro que impone la institución (política, jurídica, religiosa...). Lo que ocurre entonces es que ya no se trata solamente del "mal" en sí, sino del mal interpretado (políticamente, jurídicamente o religiosamente...). En el caso de la interpretación "religiosa", nos encontramos con el "pecado", que no es simplemente el "mal", sino "la cualificación religiosa negativa de un comportamiento humano". Es decir, con criterios no-humanos o sobre-humanos, no verificados por la experiencia. Por eso mismo, hay mucha gente atormentada por ello, mientras, por el contrario, deja con la conciencia tranquila al canalla más redomado.

Entonces... —pensará alguno—, cuando hablamos de la "ética de Cristo", en realidad nos referimos a los mandatos de Cristo; por tanto, a una ética basada en un criterio "sobre-humano".

Cierto, es comprensible tal dificultad. Pero todo depende de cómo entendamos el Evangelio de Jesús. Por supuesto, para los cristianos, el Evangelio es un mensaje revelado por Dios. Así, pues, como es lógico, para los creyentes en Cristo, el Evangelio nos suministra criterios "sobre-humanos". Jesús tuvo en cuenta las "normas" que Dios ha dictado a la humanidad, pero a partir de una condición previa: siempre que tales normas (consideradas "sagradas", "divinas" o "reveladas"), no traigan, como consecuencia de su cumplimiento, más sufrimientos, más desgracias y más desastres a la humanidad. En la Biblia, leemos muchos "mandatos de Dios" que repugnan a la mente humana. Pero Jesús no acepta cualquier criterio sobre-humano (cualquier mandato bíblico), sino que selecciona aquellos que atañen a lo más hondo de la vida. Por eso, decía: «Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo...». Y las gentes decían que nunca habían oído hablar a nadie con tal autoridad (Mt 7,29).

El Evangelio se puede leer como un mensaje que arranca de lo más hondo de la vida y que tiene como finalidad presentar a cualquier persona lo más humano que hay en nosotros.

Según los relatos del Evangelio, a Jesús lo mató la religión y sus representantes oficiales: "Nosotros tenemos una ley, según la cual debe morir" (Jn 19,7). Y lo mataron, precisamente, porque Jesús antepuso la vida y la dignidad de los seres humanos a los muchos deberes que impone la religión.

Vistas así las cosas, el Evangelio no es un mensaje religioso, sino un mensaje para la vida. No porque el Evangelio se desentienda de Dios, sino porque el criterio central del Evangelio de Jesús es que la mediación esencial entre el ser humano y Dios es la vida, la humanización de la vida.

A partir de este planteamiento, la ética de Jesús es, antes que nada, una ética que mira a las consecuencias. Es una ética para la felicidad, para hacer que nos sintamos más dichosos de haber nacido, y para hacer más felices a quienes nos rodean. ¿Qué son, si no, las "bienaventuranzas", sino un programa social de hacer el bien, para ser felices y hacer felices a los demás? Lo que supone el hacernos más sensibles a todo lo que genera felicidad o desgracia, bienestar o sufrimiento.

Todos llevamos, fundida en la sangre misma de nuestra vida, la necesidad de dar y recibir bondad, tolerancia, respeto, comprensión, delicadeza y, sobre todo, cariño y ternura. Así —y sólo así— es como nos situamos en el corazón mismo de la moral de Cristo. Lo que, en definitiva, viene a decir que solamente así podremos pasar por esta vida "haciendo el bien". Exactamente como dijo san Pedro de Jesús.

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