Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

AMOR Y DINERO

Del santo Evangelio según san Lucas (Lc 7,36-50):

«Un fariseo rogó a Jesús que comiera con él. Entrando en la casa del fariseo, se recostó a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí:

—Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.

Jesús le respondió;

—Simón, tengo algo que decirte.

El dijo:

—Di, maestro.

—Un acreedor tenía dos deudores, uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?

Respondió Simón:

—Supongo que aquel a quien perdonó más.

El le dijo:

—Has juzgado bien.

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:

—¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.

Y dijo a ella:

—Tus pecados quedan perdonados.

Los comensales empezaron a decirse para sí:

—¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?

Pero él dijo a la mujer:

—Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Esto es lo que cuenta san Lucas y lo que aparece en la liturgia de este domingo.

San Mateo, san Marcos y san Juan, con ligeras diferencias entre sí, lo cuentan de esta manera:

Leo en san Marcos (Mc 14,3-9):

«Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. Había algunos que se decían entre sí indignados:

—¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres.

Y refunfuñaban contra ella. Mas Jesús dijo:

—Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro, dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya».

La diferencia fundamental entre la lectura de san Lucas y la de los otros tres evangelistas es que, en san Lucas, se destaca la referencia al amor y, en los otros tres, la referencia es al dinero.

En las homilías de hoy, se oirán cosas a este tenor: cuando Jesús alaba el amor de aquella mujer, no se refiere únicamente al amor puro y santo, sino a todo gesto de amor, aun cuando de hecho vaya mezclado con pecados e imperfecciones. Un pecador que ama está más cerca del perdón que un falso «justo» que renuncia orgullosamente a todo gesto de amor. El amor alcanza el perdón, porque el pecado ha sido la negación del amor. Esta justificación postula siempre la fe, sin que pueda identificarse con el mero cumplimiento de preceptos rituales. Tener fe es creer en Jesucristo como revelación del amor del Padre a los hombres. Reconocer el propio pecado es aceptar el amor de Dios como norma de vida.

Hermosa moraleja, ciertamente.

Pero yo me voy a las consideraciones económicas y sociales que se desprenden de las otras tres lecturas. Vayamos por partes:

«... recostado a la mesa en casa de Simón el leproso, ...»

"Recostado a la mesa": esto significa que era un banquete, una comida buena. Cuando la comida era corriente, se sentaban; pero cuando era una comida especial, se ponían de medio jenguengue, tumbados en una especie de sofá, con el codo izquierdo apoyado sobre la mesa y, con el derecho —la mesa era bajita— cogían de la mesa y comían. O sea, estaban dando un banquete al Señor.

«... llegó una mujer llevando un frasco de perfume de nardo auténtico muy caro; quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza».

Era como una ampolla de vidrio grande, como la de las inyecciones, y se rompía. Por eso, lo quiebra y le echa el contenido por la cabeza.

«Algunos comentaban indignados:

—¿A qué viene ese derroche de perfume? Podía haberse vendido por trescientos denarios y habérselo dado a los pobres».

Trescientos denarios era el jornal de trescientos días, casi el jornal de un año. ¡Un dineral!

Jesús replicó:

—A los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; en cambio, a mí no me vais a tener siempre».

De esta frase de Jesús, «a los pobres los tenéis siempre con vosotros», se ha hecho una interpretación burguesa. Yo recuerdo haber visto en algunas casas burguesas, colgado en la pared (conscientemente, como objeto decorativo, pero, subconscientemente, como tranquilizador de una mala conciencia) un azulejo con la siguiente inscripción: «siempre habrá pobres y ricos». Interpretación sacada de contexto, pues es una concepción estática del orden y de la creación, consagrando divisiones de clases e imponiendo los «papeles» y funciones más ingratos a las capas marginadas de la sociedad, como si esto fuera de origen natural o divino.

En relación a la otra frase, la de los fariseos:

—¿A qué viene ese derroche de perfume? Podía haberse vendido por trescientos denarios y habérselo dado a los pobres».

El dinero representa el valor de cambio de las cosas. Esa es la mentalidad de la sociedad del dinero.

Pero, además del valor de cambio, las cosas tienen otro valor mucho más noble: el valor de uso.

El valor de uso de un bien está determinado por sus condiciones naturales, es la aptitud que posee un objeto para satisfacer una necesidad. El valor de cambio consiste en las condiciones que posee una persona, animal o cosa para ser vendido favorablemente. Un ejemplo es el del agua, que posee un valor de uso importantísimo (ya que es fundamental para el sustento humano), pero posee un valor de cambio muy bajo. Por el contrario el oro, objeto de muy baja utilidad práctica, posee un valor de cambio muy alto.

Una cosa es lo que algo vale y, otra, lo que cuesta.

El valor de cambio obscurece el valor de uso. La concepción de la personalidad, del arte, de la cultura, etc., como mercancía, no considera las diferencias entre los bienes dados para la satisfacción física, y los culturales, dados para la satisfacción del gusto, del deseo, de la imaginación y del placer estético.

La gran miseria de la sociedad del dinero es que todo se mide por su coste y no por su valor, todo se reduce a mercancía: la personalidad, el arte, la cultura...

Lo caro no es lo costoso en dinero, sino lo estimado por su valor . "Carísimo amigo", decimos, para significar "estimadísimo amigo, afectuosísimo amigo". De caro viene "cariño". Un beso a una persona querida, en dinero, es gratuito, pero, en estimación, es valiosísimo. El beso de una prostituta cuesta mucho dinero, pero, en estimación, no vale nada. No debe confundirse el dinero que se paga por algo con lo que ese algo vale. Por el agua se paga poco, pero vale mucho; por el oro se paga mucho, pero vale poco.

Propio es del necio confundir valor y precio.

En la sociedad de Jesús, las cosas no se miden por el precio, porque el dinero no es un valor. Se miden por la utilidad. Esto es muy difícil de entender en la sociedad del dinero (del consumo).

Es frecuente oír esta expresión anticlerical (parecida a la de los fariseos): «La Iglesia debería vender todos sus monumentos, que valen un dineral, y, con ello, hacer obras de caridad».

Decidme, limosneros: ¿Tendría que vender la Iglesia ese templo chiquitito visigodo del siglo VII que hay de Dueñas (Palencia)? ¿Cuánto dinero costaría? ¿Quién podría comprarlo? ¿A dónde fueron a parar los cinco mil millones que los japoneses pagaron por un cuadro de Van Gog? ¿Cuántos pobres comieron de ello? ¿O es que es solamente la Iglesia quien tiene que hacer "obras de caridad"? Si los templos estuvieran hechos de pan y queso, sería una injusticia dedicarlos a lo que no fuera dar de comer a los hambrientos. Pero están hechos de piedra y su valor no es material, sino cultural. Son patrimonio cultural, esté en manos en que esté.

El diablo proponía a Jesús convertir la piedras en pan (Mt 4,3). Y Jesús contestó:

—No solo de pan vive el hombre, sino de otros bienes superiores, espirituales, culturales...

A un poeta le enseñas una flor y hace un poema. A un borrico le enseñas una flor y se la come. No se hace la miel para la boca del asno.

A un feligrés mío, ya mayor, lo llevamos un día a ver la catedral de Toledo. Al entrar, le preguntamos:

—¿Qué le parece?

Y respondió:

—Aquí, una tinajilla de vino...

Esos criterios me recuerdan al "tío Luterio" de mi pueblo. Cuando ya viejo y solo, sin pensión de la Seguridad Social (allá por lo años 20), necesitaba comer, como todo ser humano, hubo de convertir en pan todos sus enseres, convirtiéndolos en mercancía. Luego, con el buen humor que lo caracterizaba y que nunca perdió, decía:

—Hoy, he comido silla.

—Hoy, he comido arca.

—Hoy, he comido Corazón de Jesús (un cuadro).

—...

Se invoca el clamor de los pobres y se señala a la Iglesia como responsable. Pero el objeto de ese clamor no es la institución eclesiástica, sino la sociedad injusta en que estamos inmersos.

Para Jesús, el paternalismo con los pobres no es solución alguna. La limosna no soluciona los problemas sociales. Puede ser un alivio momentáneo ante una necesidad, pero no puede constituirse en sistema de social. Por ahí no va la táctica de Jesús. Eso viene a decir Juan XIII en su Mater et Magistra. La función específica de la Iglesia no es "Cáritas", sino la promoción de «unos cielos nuevos y una tierra nueva en que habite la justicia» (II Petr 3,13) y, escatológicamente, «donde no haya llanto ni luto ni dolor» (Apoc 21,4).

Volvamos al Evangelio.

Ya han decidido matar a Jesús y esta mujer (que lo quiere muchísimo, naturalmente), emocionada por todo lo que está pasando, quiere mostrarle todo su cariño y, para eso, derrama sobre Él todo el perfume que lleva. Está muy bien lo que hace. ¡Muy bien! Jesús le atribuye un simbolismo transcendente: «Me ha ungido para la sepultura». Ole.

¿Para que sirve un perfume? Para perfumar (valor de uso). ¿A quién hay que perfumar? En aquellos tiempos, eso se hacía con los muertos, para embalsamarlos. A Jesús se lo hace en vivo. ¿Por ser un sacerdote dignísimo, profeta y rey...? No, sino, simplemente, porque lo quiere muchísimo.

«Podría haberse vendido el perfume por trescientos denarios».

Si Dios no lo remedia, estas dos categorías —comprar y vender, vender y comprar—están apoderándose, como un cáncer, del lenguaje, aspiraciones, sentimientos, alma, corazón y vida de todas las gentes, todas; globalizan gestiones y constituyen un pensamiento único, una única conciencia, en la que confluye toda actividad y todo criterio. La vitalidad de todo esto se mide por la cantidad de dinero que se maneja en beneficio propio (y el que venga atrás, que arree), sea cualquiera la actividad que se ejerza. No se hace pan para dar de comer, sino para venderlo y ganar dinero; no se estudia medicina para curar enfermos, sino para ganar dinero; no se ejerce la abogacía para defender la justicia, sino para ganar dinero; no se presta un servicio para ayudar, sino para ganar dinero. No se admira la perfección de un cuadro por el arte volcado en él, sino por el dinero que se cobra al venderlo. Etc. Sálvese quien pueda.

Pero es más triste aún otra cosa.

EL HOMBRE MERCANCÍA

En esta "sociedad de consumo", neoliberal, etc., el hombre se siente a sí mismo no como un valor de utilidad, portador de valores humanos (personalidad, conocimientos, habilidades, simpatía...), sino como una cosa para ser empleada con éxito en el mercado. Está enajenado de sus potencias. Su finalidad es venderse con buen éxito en el mercado. El sentimiento de su identidad no nace de su actividad como individuo viviente y pensante, sino de su papel socioeconómico. Si preguntamos a un hombre: "¿quién eres?", responde: «Soy un albañil», «soy un empleado», «soy un médico», o «soy un hombre casado», «soy el padre de dos niños»...

Tal como sea su respuesta, así será como se siente a sí mismo: no como un hombre con amor, miedo, convicciones, dudas, sino como una abstracción, enajenada de su naturaleza real, que desempeña cierta función en el sistema social. Su sentido del valor depende de su éxito, de si puede venderse favorablemente, de si puede hacer de sí mismo más de lo que era cuando empezó, de si es un éxito. Su cuerpo, su mente y su alma son su capital, y su tarea en la vida es invertirlo favorablemente; sacar rendimiento económico de sí mismo. Cualidades humanas como la amistad, la cortesía, la bondad, se transforman en mercancías, en activos de la personalidad, conducentes a un precio más elevado en el mercado de personalidades. Si el individuo fracasa en hacer una inversión favorable de sí mismo (que no gana mucho dinero), se siente fracasado; si lo logra, es un éxito. Evidentemente, su sentido de su propio valor depende siempre de factores extraños a él mismo, de la veleidosa valoración del mercado, que decide acerca de su valor como decide acerca del de las mercancías. Las empresas desechan (si pueden) o no admiten a un trabajador de alrededor de cincuenta años, con una rica experiencia y profundos conocimientos (valor de utilidad), como se desecha o no se admite una mercancía buena, pero pasada de moda; no puede venderse provechosamente, no vale nada en cuanto a valor en cambio, aunque puede ser considerable su valor de uso.

La sociedad de consumo desprecia los valores, si éstos no pueden ser convertidos ("invertidos") en dinero. ¡Qué asco!

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]