Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

EUCARISTÍA: UNA COMIDA COMPARTIDA

Hoy es el día del "Corpus", que, junto al Jueves Santo, es eucarístico por antonomasia.

He aquí tres textos del NT eminentemente eucarísticos.

Del santo Evangelio según san Juan (Jn 6,35 ss).

Jesús da de comer a cinco mil y, a continuación, dice:

«Yo soy el pan de la vida. [...] El que coma pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva.

Los dirigentes judíos se pusieron a discutir acaloradamente:

—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

—Pues sí, os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él. A mí me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo gracias al Padre; pues también quien me come vivirá gracias a mí. Aquí está el pan que ha bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, que comieron, pero murieron: quien coma pan de éste vivirá para siempre».

Del santo Evangelio según San Marcos (14,22-24).

«Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

—Tomad, esto es mi cuerpo.

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.

Y les dijo:

—Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos».

De la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (11,23-26).

«Lo mismo que yo recibí y que venía del Señor os transmití a vosotros: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva».

Las tres secuencias se desarrollan en un contexto de comida. Antes de aplicar a la Eucaristía elementos materiales y rituales (ceremonias, procesiones, inciensos, carrozas…), deberíamos hacer un análisis antropológico y sociológico de la comida, con el fin de establecer unos criterios que dirijan nuestra mente y nuestro corazón a lo verdaderamente significativo: la calidad de las relaciones humanas y el compartir fraterno, y que sea esto lo que predomine con claridad sobre los elementos materiales y el rito.

Jesús invita a comer, no a adorar y, mucho menos, a folclorizar.

La comida como proyecto en defensa del hombre

«Los letrados y fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: —¿Por qué come con publicanos y pecadores?» (Mc 2,16) El hecho de reunir Jesús a publicanos y pecadores en torno a la mesa lo coloca al mismo nivel que los que no cumplen las reglas de la pureza legal: se vuelve impuro por compartir la mesa con los impuros. Esto escandaliza a los fariseos, pues compartir la mesa con impuros equivale a cuestionar el sistema de pureza, esencial para ellos, en la vida del pueblo de Dios. Al comprometerse con publicanos y pecadores, demuestra Jesús que la vida no se protege sólo en el ámbito de la pureza, sino también en el de la solidaridad de Dios con los que viven al margen de esa pureza.

La comida de los "locos"

«Fue a casa y se juntó de nuevo tanta gente que no le dejaban ni comer» (Mc 3,20). Cuando Jesús y sus discípulos se disponen a comer, es tal la afluencia de gente en la casa que les resulta imposible hacerlo. Esta situación genera un conflicto con los familiares de Jesús, que piensan que aquello es una «locura». Sus adversarios, conocedores de la connotación social del término «loco» (poseído del demonio) aprovechan el lance para desacreditar todas las prácticas de Jesús y su entrega a los demás.

La comida como señal de vida en plenitud

Jesús resucita a la hija de Jairo y cura a la hemorroisa (Mc 5,21-43). La escena culmina con una referencia a la comida: «Les insistió en que nadie se enterase, y les dijo que dieran de comer a la niña». Jesús ha entrado en contacto con una mujer que padece hemorragias y con una niña muerta. ¡Horror, Yahvé ha sido excluido! (Lev 15,25-31; Num 19,11-13) En medio de esa situación de muerte social, el propósito de la acción de Jesús es la vida, que alcanza su expresión plena en la comida.

La comida compartida

Jesús da de comer a cinco mil (Cfr. supra Jn 6). Ve al pueblo que camina sin rumbo, "como rebaño sin pastor". Se apiada de la muchedumbre que lo sigue. La referencia a la comida se repite a lo largo de toda la secuencia. Los discípulos, aunque se ponen de parte de la gente, no comprenden que su fe los comprometa a dar de comer al pueblo. Son estimulados a resolver la situación, no a base de comprar comida, sino, según la lógica del Reino, a compartir la que hay. Tal solución del problema del hambre culmina en el hecho de que no sólo quedan saciados todos, sino que, incluso, sobra alimento.

La comida en la estructura eucaristía-mesa-compañerismo

La cena pascual con los discípulos. La hemos visto más arriba (Mc 14,12-25). Primero, Jesús, el Maestro, manda preparar el banquete pascual. Luego, Jesús aparece como el amigo y el compañero, formando una comunidad de mesa con sus discípulos, incluso con el traidor (Mc 14,17-21). La traición empalma con el Sal 41,10: «Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar». Este texto expresa la antigua idea de que, al compartir pan con alguien en una mesa común, se establece un compromiso mutuo. Romper este compromiso es considerado como un gran crimen, pues supone violar una comunión íntima. Eso es lo que provoca el profundo dolor de Jesús (Mc 14,20): «el que ha mojado en la mima fuente que yo». El traidor es, justamente, el hombre con quien Jesús ha mantenido una intensa relación de amistad, de afecto y de ideales: un comensal de la propia mesa.

El culto eucarístico, además de su sentido profundamente religioso (ofrenda del Cordero de Dios al Padre), también contiene un sentido profundamente humano: desde el instante en que comemos juntos el mismo pan, ya podemos llamarnos todos de tú. Jesús lo expresa de este modo: «Ya no os llamo siervos; os llamo amigos» (Jn 15,15); «…entre nosotros, el que quiera mandar más, que sirva mejor y, el que quiera ser el primero, que se haga el último», para que, siendo últimos todos, podamos ser todos primeros» (Mc 10,44).

Compañero es el que comparte el mismo pan ("compañero" = "com-panero"; del latín cum pane). Los que han comido juntos ya pueden llamarse "de tú".

Lo que más se recalca en el Nuevo Testamento, al tratar de la eucaristía, es que ésta es una comida; Jesús dice «tomad y comed», no "tomad y adorad". Y es una comida compartida con los hermanos en la fe; "fracción del pan" la llamaban los primeros cristianos.

La comida eucarística ha de interpretarse en el sentido de lo que fueron las comidas de Jesús con sus discípulos: comidas que expresaban solidaridad con las gentes de cualquier calaña. La comida compartida expresa un simbolismo concreto: compartir la misma vida.

La eucaristía es la actualización de la presencia de Cristo en medio de la comunidad. Lo que llamamos "pan", "vino", "mesa", "comunión"... es inconcebible sin la comunidad.

En esta comida eucarística, se ha de distinguir bien que lo que se come es el cuerpo del Señor y que el alimento consiguiente se transforma en justicia, amor y unidad y produce el crecimiento de la persona. El complemento, como el de cualquier comida, será la expulsión de los residuos excrementicios: la afición por el dinero, el poder y el sobresalir. Cuando no se tienen debidamente en cuenta estas cosas, por más que la celebración de la eucaristía resulte ser una misa «muy hermosa» y «muy solemne», no es ni podrá ser nunca la eucaristía que Cristo ha instituido. Las pompas litúrgicas encubren más que muestran la realidad eucarística.

En esto de la eucaristía, ocurren cosas pintorescas: una comida a la que asiste mucha gente que no come; un banquete al que muchos van a regañadientes, como el que tiene que cumplir con una obligación molesta, rutinaria o por convencionalismo social; una comida en la que los participantes no se conocen ni se tratan y, si tienen rencillas o divisiones entre ellos, las rencillas y divisiones siguen como si tal cosa, como si los asistentes jamás hubieran comido juntos; y para colmo de lo increíble, durante la comida se dice, como la cosa más natural del mundo, que los participantes están asistiendo al banquete del amor y de la hermandad. Realmente, es un banquete muy extraño.

En las predicaciones y la espiritualidad tradicional, se recomienda con empeño la devoción eucarística y las visitas al sagrario. Hoy, día del Corpus, se nos ofrece la oportunidad de convencernos de que la mejor custodia, el mejor sagrario, es una comunidad viva, que se quiere y se entiende. No en vano se subtitula este día "Día del amor fraterno".

Ese tipo de comunidad es la que hace creíble la utopía del Reino de Dios.

Y ¿quiénes hacen comunidad? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,19-21). El banquete del hijo: Id por los caminos y a todos los que encontréis, malos y buenos, convidadlos a la boda (con una sola condición: presentarse con el vestido nuevo, el de la renovación o conversión) (Mt 22,1-14).

El Concilio Vaticano II surgió para devolver a la Iglesia los rasgos más simples y puros de su origen, el de las primeras comunidades. San Pedro, en su primera carta (la primera encíclica) nos recuerda: "vosotros sois sacerdocio real" (I Petr 2,9).

SIGNOS PASCUALES (O SEA, DEL SEÑOR RESUCITADO):

Jesús, para hacerse reconocer por los suyos, utiliza muchos signos, «dándoles muchas pruebas de que vivía» (Hech 1,3), sobre todo las comidas amistosas y fraternales que acompañan a las apariciones. Una vez es el desayuno: pan y peces (Jn 21, 9); otras veces, la comida de mediodía: «mientras estaba comiendo con ellos», inmediatamente antes de la Ascensión (Hech 1,4), «estando a la mesa los once» (Mc 16,14); otras veces, la cena: «atardece, el día ya ha declinado.., se puso a la mesa con ellos» (Lc 24, 29-30)…

Todas estas comidas pascuales tienen un fuerte sabor eucarístico. Es un ambiente cálido, amistoso y agradecido. Jesús renueva el gesto de bendecir y partir el pan, y ésa es la señal, definitiva. «Ninguno de los discípulos se atrevían a preguntarle: ¿quién eres tú? Ya sabían que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da» (Jn 21, 12-13).

Todos estos signos pascuales deben ser ofrecidos por nosotros, para que el mundo crea. La Eucaristía no es solo una celebración litúrgica y mucho menos una obligación que cumplir, sino el signo del compartir la vida, los bienes y el trabajo.

Nuestra eucaristía es, debe ser, una experiencia de Cristo resucitado, que vive y nos hace vivir, que nos convierte en sembradores de vida y testigos de resurrección.

Los cristianos aprendieron de Jesús a partir el pan.

Siguiendo esta tradición ininterrumpidamente, nuestras comunidades cristianas siguen celebrando la fracción del pan. Este gesto hace presente la Pascua de Cristo, pero además nos compromete en medio del mundo.

Nota: Lo que en el Nuevo Testamento se denomina la "fracción del pan" es lo que vulgarmente llamamos la "misa" (que no sé por qué se llama así). La gente dice "ir a misa", "oír misa"...; incluso la horripilante expresión "escuchar misa". Lo bonito, lo cristiano es decir "celebrar la eucaristía".

La dichosa "misa" implica innumerables connotaciones feas y masificadoras. En mi libro Tiempo para pensar (cap. 28) me ocupo de ello. Hoy, quiero fijarme solamente en los aspectos positivos que connota la manifestación de Cristo al compartir el pan.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a compartir (el dinero, el tiempo y los talentos, los ideales y la fe).

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a convivir. Este es el pan de la solidaridad, de la unidad, del amor. «Todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1 Cor 10,17).

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a servir (lavar los pies a los hermanos, curar a los heridos del camino, cuidar y acompañar a los enfermos, trabajar y luchar por la justicia). Si después de comulgar seguimos siendo cómodos e insolidarios, si sólo seguimos preocupándonos de nuestros problemas e intereses, si ni siquiera vemos al hermano necesitado, tendremos que preguntarnos si nuestras comuniones no sirven más de escándalo que de provecho.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a comprometerse. Toda comunidad que come del pan partido debe convertirse en fermento de una nueva sociedad. No se puede comulgar y quedar ensimismado y pasivo. La eucaristía nos lanza al mundo para que demos testimonio del evangelio, para que alentemos en él el Espíritu de Jesús.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a entregarse. La fracción del pan es provocadora. No se puede partir el pan y quedar ilesos. La eucaristía siempre nos debe tocar: o el corazón o las manos o el bolsillo. Porque eucaristía y amor son la misma cosa.

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