Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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SANTÍSIMA TRINIDAD
Del santo Evangelio según San Juan (16, 12-15); «En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mi lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciara». SOCIEDAD EN CLAVE DE UTOPÍA En el VIII Congreso de Teología (1988), el profesor García Nieto desarrolló el tema siguiente: «Proyecto de sociedad en clave de utopía». Lo que digo a continuación es, básicamente, los apuntes que tomé. La sociedad actual del desarrollo y del consumo por el consumo ha producido un sistema que podemos llamar, por su amplia aplicación, del «mercado total», porque confía de tal modo en la libertad económica, que de ella espera un milagro que resuelva todos los problemas sociales. Sin embargo, su resultado no ha sido el esperado porque: No hay trabajo en ella para todos, especialmente no lo hay para la mayoría de los jóvenes. Se producen bolsas permanentes de marginación social de la cuarta parte de la población, aproximadamente, y se da por supuesto que así tiene que ser en el futuro para que el resto viva bien. El desequilibrio ecológico (destrucción de espacios verdes, contaminación y polución, agotamiento creciente de materias primas) resulta casi un producto natural de este tipo de sociedad: es su precio fatal. Aumento de las desigualdades entre los países del Norte y del Sur. Incremento de la frustración y, por consiguiente, de la violencia: secuestros, terrorismo, robos a mano armada; evasión ficticia hacia la droga y el alcoholismo. Para resolver todo esto se hace preciso buscar y ensayar caminos alternativos que supondrían una nueva estructura para la sociedad y un cambio de ciento ochenta grados en nuestros motivos inmediatos, a saber: Un trabajo diferente para los desocupados, de tipo creativo o de utilidad social, de realización artística y de desarrollo cultural, por el que cobraran un «salario social». Un trabajo de menos tiempo, que permitiera emplear el ocio en labores de voluntariado social de atención al minusválido, al enfermo abandonado, etcétera. La estimulación del asociacionismo de cara a realizar nuevas metas sociales, deportivas o culturales. Una educación en la formación del carácter y de la personalidad para desarrollar desde niño motivaciones más constructivas y sociales en el educando. Una estructura social de igualdad real de oportunidades y de participación en las tareas comunes sociales y políticas, fomentando el sistema de participación directa del pueblo en las decisiones importantes para el futuro del país. Promover la estructura de los grupos (económicos, sociales, etc.) de tamaño pequeño, según el dicho del economista Schumacher de que sólo «lo pequeño es hermoso»; porque el pequeño grupo y la pequeña empresa pueden acoplarse mejor a la realidad y tener unas relaciones personales que no sean masivas ni anónimas, como ocurre ahora, las cuales dan lugar a constantes insatisfacciones y conflictos. ¿Qué tiene que ver esto con la Santísima Trinidad? Todo ello es imposible sin la aplicación, a nuestro tiempo, del amor que propugnó el cristianismo. Pero el amor cristiano ha sido falseado. Se ha presentado como compasión, sentimentalismo, romanticismo, frío altruismo, dulzura sensible o debilidad condescendiente; otras veces, por el contrario, como intolerancia por la verdad, fanatismo de una idea, apasionamiento excluyente. El amor cristiano es desconcertante, como la misma figura de Cristo, que puso por delante el primado de la persona, para que nadie utilice a otro como medio, sino que lo respete como alguien que tiene un fin en sí mismo. Con este criterio, deberíamos «inventar» los cristianos nuevas soluciones a los nuevos problemas del mundo actual. El principio básico cristiano sería el mismo siempre, imagen y semejanza de la Santísima Trinidad: tres personas distintas sin "tuyo" ni "mío". (Aquí terminan mis apuntes). Dios, Jesús, Trinidad, comunidad, solidaridad. Jesús tuvo mucho de bohemio. Era una especie de anarquista sereno, coherente, convencido, cargado más de razón que de emotividad; un inconformista profundamente racional y cordial, pero nunca visceral. Lo que predominaba en su inconformismo era su cerebro y su corazón, no sus tripas. El cristianismo primitivo testimoniaba este estilo. El cristianismo posterior ha ido perdiendo aceite a través de los siglos. Convertido en catolicismo, tiene hoy, al menos en España, una gran falta de identidad. Después del Concilio de Trento, nos encontramos con un cristianismo rígido, formalista y centrado en el pecado, sobre todo sexual; hoy, nos encontramos con un cristianismo fofo, sin nervio ni profundidad. En una palabra: tanto ayer como hoy, nos falta vida a los cristianos. Decimos que el Dios cristiano debe ser el centro de nuestra vida de católicos. El Dios cristiano es trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo, "tres personas distintas y un solo Dios verdadero": "una sola naturaleza, con un solo entendimiento y una sola voluntad". Ciertamente, esta definición de Dios es etérea y conceptual. No es extraño que el filósofo Kant asegurase: "Del dogma de la Trinidad, tomado literalmente, nada se puede aprovechar para la práctica". Sin embargo, seis siglos antes, san Bernardo de Claraval confesaba: "Toda mi vida debe referirse a la Trinidad soberana". O, más modernamente, el teólogo ruso Feodorov: "El dogma de la Trinidad es nuestro programa social". Sin ir más lejos, el tantas veces por mí citado Guillermo Rovirosa hacía radicar toda su vida temporal y espiritual en la Vida Trinitaria. Hay, en Inglaterra, un grupo denominado "cristianos por el anarquismo", de creencia cristiano-católica, convencidos del sentido social de la vida, inspirados en el famoso Credo de San Atanasio ("Símbolo Quicumque"). Puede consultarse éste en http://www.pastoral.com.ar/oraymed/arch5.htm). Saben comprender que la primera idea que debemos tener del Dios cristiano es la comunicativa, la representada por esa comunidad divina llamada Trinidad. La Trinidad será antes que la unidad, de modo que la sociedad que ellos quieren construir el reino de Dios será aquella en la cual reine el gran mensaje de este dogma trinitario: que, en lo más profundo de la realidad, encontraremos un solo mensaje, el del modelo de la Trinidad, en el cual "se encuentra la diversidad en la unidad", y "donde la diferencia de funciones no hace sino potenciar la igualdad fundamental". Este mensaje tan importante es el de saber que no hay antagonismos en la realidad profunda, entre lo uno y lo múltiple, lo individual y lo colectivo, lo personal y comunitario, Allí donde se encuentra el Único que es Dios se halla también el nosotros los hombres, porque Dios es una sociedad, una comunidad, una familia. De la comunidad humana, surgirá el mejor desarrollo de la persona. Admirable modelo para cambiar el mundo actual el del capitalismo occidental, que pretende a todo trance, lo primero, el egoísmo, para llegar a la imposible realización de ser los unos para los otros. Pero la suma de egoísmos no crea comunidad, jamás, sino lucha estéril de unos contra otros, como atestigua la historia y la experiencia. Fomenta esa selvática lucha por la competencia que configura a la sociedad occidental, sin exceptuar a nuestra sociedad española. Y así nos luce el pelo. Por eso, los temas de la propiedad privada y de la propiedad colectiva estaban, hace años, mal planteados en los manuales católicos de doctrina social de la Iglesia: el antagonismo que se establecía entre una y otra partía del derecho "sagrado" a la propiedad individual, que, de este modo, se oponía a toda socialización. Y es que el Dios de esos sociólogos no era el "Dios comunitario", el Dios-Trinidad. El mensaje trinitario dice a los creyentes: no tengas miedo a dar, comparte, colabora dignamente y fraternalmente para alcanzar una convivencia material y moral con tus conciudadanos, tus vecinos, tus prójimos. En esta apertura al otro no habrá ninguna oposición al desarrollo de tu personalidad. El creyente debe recordar lo que enseñó San Juan Crisóstomo hace quince siglos: "Dios es Amor y el amor es un "nosotros": exige, ciertamente, el "yo" y el "tú", pero también exige la supresión de "lo mío" y de "lo tuyo", que son palabras heladas". El dogma central del Evangelio un Padre, un Hijo y un Espírituproporciona una buena inspiración para construir la sociedad del futuro, porque en él reside el núcleo fundamental de un buen programa social: que lo uno y lo múltiple son complementarios. SOLIDARIDAD La palabra «solidaridad» ha ido evolucionando a lo largo de estos dos últimos siglos de su historia: empezó significando la solidez de una construcción; se extendió a la solidez del derecho y la justicia. De aquí pasó a expresar realidades sociológicas (formas de ser y de actuar de los individuos dentro de los grupos), hasta llegar a referirse a uno de los «valores» y a una de las «actitudes» más nobles de la convivencia humana. Éste es el sentido que tiene actualmente, el cual ha desplazado a la caridad, cuyo nobilísimo sentido se ha desvirtuado. Sociológicamente hablando, se puede hablar de dos modalidades: solidaridad cerrada, propia de los grupos más cerrados y de las sociedades más primitivas, solidaridad abierta, perteneciente a las sociedades más avanzadas y a los grupos más abiertos. La solidaridad "cerrada" Es la expresión del espíritu que anima la vida de un grupo, manifestada en el grado de su cohesión interna y la forma de relación de los individuos dentro de él. Esta solidaridad se apoya y se justifica por la pertenencia al grupo. Tiene su expresión social en las formas de cooperación entre los individuos que lo componen. Además, el grupo genera otras formas de solidaridad hacia fuera, pero sin la fuerza justificadora y sin la amplitud y la profundidad que tiene la solidaridad hacia dentro. La solidaridad de cooperación conduce, normalmente, al corporativismo, el cual, por una parte, es muy solidario hacia dentro del grupo, pero, por otra, muy poco solidario, por no decir insolidario, hacia el resto de la sociedad. La solidaridad "abierta" Primer elemento: universalidad. Se sitúa en el ámbito universal de lo humano y trata de expresar la igual condición de todos. Su contexto significativo no se reduce a un grupo, a una creencia, a una situación concreta, sino que abarca la condición humana en su sentido total: en amplitud y en profundidad. Pablo VI, en la encíclica Populorum progressio, utilizó este concepto, aunque la palabra usada fue «progreso». Se refiere a «todo el hombre (totalidad de profundidad) y a todos los hombres (totalidad de amplitud) por igual». Segundo elemento: igualdad, el reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano. La organización de la sociedad de acuerdo con ese criterio constituye el contenido imprescindible de la solidaridad auténtica. Lo cual significa que no puede existir la solidaridad si no se da al mismo tiempo la justicia. La sociedad solidaria es, por definición, una sociedad justa, en la medida en que realiza la solidaridad, y solidaria, en la medida en que se realiza la justicia. Tercer elemento: asimetría. Lo característico de la solidaridad está en contar con las asimetrías o desigualdades naturales de la vida humana, para darles una respuesta también asimétrica: los «menos favorecidos» (por la naturaleza y por la vida) han de ser los «más favorecidos» (por la sociedad). Esto es evangélico cien por cien. Hay situaciones humanas de desigualdad inevitable que desequilibran la simetría: enfermedades, accidentes, minusvalías, ancianidad, etc. Además, existen las desigualdades injustas, las cuales originan, a su vez, otro tipo de asimetrías entre las personas, entre los grupos y entre las naciones. Lo característico de la solidaridad es asumir la «asimetría» de las relaciones humanas y transformar esa inevitable, y a veces necesaria, asimetría en un bien de todos los sujetos humanos y, de modo especial, de aquellos que sufren las consecuencias negativas. En suma, la solidaridad abierta es, ante todo, un valor moral que postula el ideal de una sociedad en la que las asimetrías no sean ni motivo de explotación ni objeto de mera tolerancia, sino razón para movilizar las conciencias hacia el «otro» y para organizar una vida social en igualdad de condiciones para todos. Únicamente sobre este concepto de solidaridad abierta puede apoyarse un proyecto adecuado para transformar la realidad social y, de este modo, propiciar una vida más humana. Si nuestra fe en la Santísima Trinidad no nos abre caminos parecidos a los que sugieren estas reflexiones, habrá que dar la razón a Kant. |
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