Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

PENTECOSTÉS

(Comunicación humana)

De los Hechos de los Apóstoles. 2,1-11.

«Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban:

—¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».

Símbolos bíblicos:

BABEL (Gén 11,9): Antiguo Testamento, confusión de lenguas de todo el mundo.

PENTECOSTÉS (Act 2,1-11): Nuevo Testamento, entendimiento entre los pueblos.

Con frecuencia, utilizando las mismas palabras del mismo diccionario, no nos entendemos, porque damos a cada misma palabra unas connotaciones distintas, según nuestra educación, estado de ánimo, categoría social, etc. La palabra amor, por ejemplo, para unos significa el afecto y el sentimiento de entrega sacrificada y desinteresada, mientras, para otros, significa "guarrerías españolas", como las denomina Chiquito de la Calzada; la palabra justicia, para unos, es el ajustamiento al proyecto de Dios sobre la Creación, mientras, para otros, es el cumplimiento de una aspiración personal o la venganza; la palabra política, para unos, es el sentido de responsabilidad para la promoción de la dignidad y bienestar de los ciudadanos, mientras, para otros, significa la lucha encarnizada por la conquista del poder. BABEL.

Cuatro ciegos no tenían ni la más remota idea de lo que era un elefante. Cierto rey de buen corazón los reunió y les dijo:

—Oh, ciegos de nacimiento, yo os daré la oportunidad de que podáis conocer lo que es un elefante.

Dicho y hecho. Ordenó el rey a sus servidores que trajeran un elefante y, a los ciegos, que lo examinaran con sus propias manos. Se acercaron los cuatro; uno tocó una pata y pensó:

—El elefante es como un árbol.

Otro le tocó la trompa y dedujo:

—El elefante es como una serpiente.

Otro le tocó el rabo:

—El elefante es como una maroma.

El último le tocó el costado y dictaminó:

—El elefante es como una pared.

Se entabló la conversación entre los ciegos y, en ella, se acusaban unos a otros de estar equivocados. Según la tertulia avanzaba, se convertía en querella.

Dialogaban (discutían) a cara de perro, produciendo eso que se llama crispación.

El rey, al oír las voces, acudió y, acallándolos, les sentenció:

—El cuerpo del elefante es único. Son vuestras distintas percepciones del mismo las que han provocado cuatro errores divergentes e irreconciliables entre sí.

Las cosas, las ideas, las personas, se nos ofrecen codificadas. Para captarlas, necesitamos un decodificador; si no, las vemos borrosas. Jesús se inventaba parábolas para hacerse entender y decía: «el que pueda entender, que entienda» y que su mensaje está oculto a los sabios y entendidos y se descubre a la gente sencilla.

La sencillez es la clave para expresarse e interpretar la comunicación.

Cuando cada pensamiento, cada palabra, cada actitud... emana del amor, hay entendimiento, acercamiento, amistad. PENTECOSTÉS.

«Como elegidos de Dios, vestios de ternura entrañable, de bondad, de humildad, de dulzura y de comprensión [...]. Y, por encima de todo esto, el amor, que es el cinturón de la unidad consumada» (Col 3,12-14).

Los que, de vez en cuando, vamos misa, decimos: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida". San Pablo nos advierte: «Nadie puede decir "Jesús es el Cristo" si no es por influencia del Espíritu Santo». Los dones (regalos, gracia) que nuestra teología atribuye al Espíritu Santo son: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, piedad, fortaleza, temor de Dios. Los frutos del Espíritu, según san Pablo, son: "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí". Y apostilla el Apóstol: "contra tales cosas no hay ley" (Gál 5,22-23).

Los escolásticos, agarrados a Santo Tomás, hacen un trenzado coherente y hermoso entre dones, frutos y virtudes (teologales: fe, esperanza y caridad; cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza), estableciendo unas ingeniosas —quizá forzadas— correspondencias entre ellas.

Hay personas encantadoras, hombres y mujeres, que parecen irradiar alegría, paz, afabilidad... Suelen ser personas corrientes, con las que da gusto estar y convivir. Su compañía es positiva, relajante; al despedirnos de ellos/as, nos sentimos mejores y más felices.

En cambio, hay otros/as, cuya presencia da repelús. Su compañía nos exaspera, nos pone de los nervios. Odiosos, antipáticos, ásperos, intolerantes... Nunca mienten, ¡pero cómo hiere su manera de decir la verdad, con la punta envenenada!

Unos y otros pueden tener fama (olor) de santidad. Pero ¡que diferencia entre tener fama de santo y serlo de verdad!

Aún recuerdo aquellos chismes de cuentas engarzadas (diez, por un lado, para contabilizar unidades, cinco por otro, para contabilizar decenas), ábacos minúsculos, que nos prendíamos en la sobaquera, para, a lo largo del día, llevar la cuenta de los actos de virtud practicados y de los defectos controlados. ¡Qué horror! Tratando de ser perfectos, nos volvíamos intransigentes, antipáticos y... neuróticos (yo, al menos; se cree el ladrón que todos son de su condición). Nuestra (mi) amabilidad, por ejemplo, era artificial, estudiada, estereotipada, mecánica. Pretendíamos ser santos a base de esfuerzo personal. Puro fariseísmo.

Vi el cielo abierto cuando me explicaron que la santidad consiste, simplemente en la honradez sencilla, en la limpia coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Hay una santidad laica, ésta, y una santidad cristiana: la misma, pero teniendo a Cristo como referente, no para imitarlo, sino para ir tras él, colaborando en su obra del Reinado de Dios, justicia, unidad, amor.

"Spiritus ubi vult spirat". «El espíritu (viento) sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8), «sea de la nación que sea» (Act 10,34), sea de la ideología que sea, sea del partido que sea, sea de la familia que sea. «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que le teme y practica la justicia» (Act 10,35).

O sea, todos/as (bautizados y no bautizados, católicos y no católicos, de derechas y de izquierdas, blancos y negros, buenos y malos...) recibimos el influjo del Espíritu (gracia), pero no todos/as estamos abiertos a él: unos, por indiferencia; otros, por rechazo. Jesús hablaba del "pecado contra el Espíritu Santo" (Mt 12,31; Mc 3,29; Lc 12,10), cuyo sentido es el siguiente: "Yo sé que tengo que perdonar, entenderme, comprender..., siento un impulso interior que me invita a ello, pero no me da la gana". Es un ejemplo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera, tan elemental y sencilla, que nadie la toma en serio: sólo los hombres y mujeres que poseen paz interior, pueden ponerla en la sociedad.

Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo, se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo. Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta.

La reacción de los primeros cristianos, a continuación de la venida del Espíritu Santo, fue ésta: «En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía; todos eran muy bien vistos y nadie pasaba necesidad, porque todo se distribuía según lo que cada uno necesitaba» (Act 2,44; 4,32-35).

SABER ESCUCHAR

Dice Rovirosa, en su librito La virtud de escuchar: «En el ocaso de mi vida, traspasados ya los setenta, me percato de algo que explica en gran parte mi fracaso en mis relaciones humanas: nunca he escuchado verdaderamente a nadie. Es posible que yo, en esto, sea un caso monstruoso, pero me parece que no; el mal es universal. Cuando hablo con otras personas sobre esto, todos confiesan lo mismo que yo. Esto es la tristísima realidad».

No es lo mismo oír que escuchar. No es lo mismo escuchar de cualquier manera que escuchar verdaderamente.

En una novelilla de Agatha Christie, no recuerdo cuál, uno de los personajes dice: "Yo soy un buen escuchador; sé decir, incluso, de vez en cuando, ajá, ajá".

En las "revistas de mi peluquero", ¿qué es lo que más interés despierta (lo que con más gusto se escucha)? Lo que tiene morbo o da "leña". Y no digamos la tele(basura).

Hay que fomentar el trabajo de compulsar personalmente ideas y reflexionarlas. La actividad a la que con más interés y dedicación me he entregado a lo largo de mi vida apostólica y en los sitios en que he podido hacerlo (y en edad para ello) ha sido, precisamente, ésta, aprendida y practicada en la HOAC: enseñar a escuchar, a dialogar, a responder a lo que se pregunta y no derivar a otra cosa... A la larga —mi experiencia es testigo—, produce mejores resultados que gastar energías en hacer que la gente se confiese y vaya a misa.

Estos elementos, necesarios para una auténtica convivencia constructiva, no se realizan en un día, y hemos de hacer el máximo esfuerzo por crearlos tenazmente y sin desmayo. Sólo así nos liberará la cultura; sólo así surgirán hombres y mujeres con ideas convencidas —libres, por tanto—, que sepan construir conscientemente el futuro. Encauzado éste hacia el Reino de Dios, miel sobre hojuelas.

Algunas causas de la falta de entendimiento entre los pueblos

Los prejuicios:

Prejuicio es una opinión preconcebida y arbitraria sobre una persona o un grupo. Se basa en estereotipos: rigidez en los criterios. En algunas sociedades, los judíos, las mujeres, los negros, los gitanos, los homosexuales, los extranjeros... están marcados por un estereotipo negativo y, por consiguiente, están sujetos a la marginación y la exclusión de ciertos derechos.

El estereotipo, esencialmente, es irracional, o sea es «porque sí», sin más. La formación social de estereotipos está muy arraigada en la mente humana y es una amenaza para la convivencia y el bienestar de las personas. En la práctica, los prejuicios de una sociedad resultan enormemente difíciles de erradicar, aun cuando las leyes promuevan la integración de los diferentes grupos.

El nacionalismo:

Se caracteriza, ante todo, por el sentimiento de comunidad de una nación, derivado de unos orígenes, religión, lengua e intereses comunes.

La idea de nación es muy difícil de captar, por demasiado sutil. En cualquier caso, una cosa es la nación y otra cosa es el nacionalismo. Generalmente, la terminación ismo implica la condición de "forofo". Yo puedo considerarme manchego, y eso es algo saludable, como si formara parte de mis señas de identidad. Pero, en cuanto empiece a proclamar el mancheguismo y considere como enemigo al alcarreño, desde ese mismo momento me coloco la etiqueta nacionalista y comienzo a marginar, a excluir, a clasificar, etc., a los que yo considere que no reúnen los requisitos indispensables para ser manchegos.

La religión:

El fanatismo tiene origen religioso (fanum = templo). Recordemos la rivalidad entre Judea y Samaría a causa del templo (Jn 4,9). La falta de entendimiento se constata en ciertos ambientes religiosos —omito el hablar de las grandes religiones—. Ahí está, por ejemplo, la virgen de esto, la virgen de lo otro, la virgen de aquí, la virgen de allí... como símbolo de la desunión entre las gentes de diferentes pueblos, regiones o... barrios. Lo que debería ser motivo de concordia y comunión, ejemplo de respeto y convivencia, se convierte, por mor del fanatismo, en anatemas y rivalidad. También en nombre de la Virgen se desprecia al que no es "de los nuestros". Oí en un sermón, hace algunos años, lo siguiente: "¡El Rocío, eso es Pentecostés!" Y se me cayeron los palos del gallinero.

La economía (distribución de los bienes). egoísmo

Economía: Oikos (casa) nemo (administrar, distribuir).

Marx hacía derivar de la economía todos los condicionamientos humanos, todos los planteamientos históricos y todos los modos culturales.

Yo tuve un perro, pastor alemán, con el que me llevaba a partir un piñón; jugábamos juntos, ladrábamos juntos y, juntos, compartíamos nuestras cuitas. Pero, mientras él comía, yo no podía acercarme a él. Si lo intentaba, se dirigía a mí como una fiera, haciendo ese ruido gutural que hacen los perros para espantar a los intrusos. Daba miedo, la verdad.

«En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía; todos eran muy bien vistos y nadie pasaba necesidad, porque todo se distribuía según lo que cada uno necesitaba» (Act 2,44; 4,32-35).

Estoy de acuerdo en que aquella economía, en los tiempos actuales, con los criterios económicos actuales, sería ruinosa. Mejor dicho, sería muy difícil de aplicar. Pero, en el marco del espíritu de pobreza evangélico, en el marco evangélico de la utopía de Jesús, en el marco evangélico de la fe cristiana...

Se conservan las palabras, pero se pudre el contenido. Si en lo que ha entrado en la Historia con la denominación de "civilización cristiana occidental", se hubiera creído en el Espíritu Santo y practicado el Evangelio, en lugar de aliarse con el diablo del dinero, del poder y del prestigio, otro gallo cantaría.

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]