Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. [...] A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre...» (Mc 16,15 ss). «La humanidad entera otea con impaciencia ("dolores de parto"), aguardando a que se manifieste lo que es ser hijos de Dios» (Rom 8,19). En la séptima bienaventuranza, a los constructores de la paz se ofrece, como recompensa, el que Dios los llamará hijos suyos. San Pablo, curándose en salud, prevé que puede decir alguien: "¿que se me da a mí con que Dios me llame hijo suyo?" Y proclama su esperanza en que, cuando se manifieste lo que es ser, de verdad, hijos de Dios, la humanidad entera gozará, como la madre que abraza al hijo que nace tras fuertes dolores de parto.
Hoy, día de la Ascensión del Señor, la Iglesia celebra el "día de los medios de comunicación", inspirada en las escenas evangélicas que ofrece la liturgia. Medios de comunicación social: Convencionalmente, son: Prensa, Radio, TV e Internet. Excurso: La prensa, en el siglo XIX, fue denominada "el cuarto poder". Los poderes, oficialmente, de derecho, son tres: legislativo, ejecutivo y judicial. Pero, de hecho ("fácticamente", como se dice ahora), son más y acaso más poderosos e influyentes: el dinero, la prensa, la Iglesia, el ejército... (aunque estos dos últimos están en franca decadencia).
DIGO YO: la manipulación social es la nueva esclavitud del hombre. Manipular: Literalmente, operar con las manos, manosear, sobar. Figuradamente, intervenir, con medios hábiles y a veces arteros, en la política, en la sociedad, en el mercado, etc., para servir los intereses propios o ajenos. No hay, pues, sólo una manipulación. El significado del vocablo desborda lo mecánico y físico para incluir también lo antropológico y social. Lo específico de la manipulación antropológica y social es, por parte del manipulador, su carácter encubierto; por parte del manipulado, la falta de conciencia crítica. El hombre manipulado no percibe el ataque. Los estímulos de la manipulación permanecen ocultos a la conciencia. El hombre manipulado se cree libre, pero sus decisiones son tomadas por instancias ajenas a su voluntad. Cuando se adquiere conciencia de la manipulación, ésta desaparece, deja de ser manipulación y se convierte en violencia física o moral, sufrida por unos, asumida por otros, conscientemente en ambos casos. En una sociedad tan contradictoria como la que vivimos, hay mucho de manipulación, pero hay también mucho de esclavitud consentida y saboreada. Adentrémonos un momento en el Evangelio: "Jesús fue predicando por aquellas sinagogas, por toda Galilea y expulsando los demonios" (1,39). A ver, ¿dónde están los poseídos del demonio? Todos, curados. Lo que hay que hacer es salvar a la gente de lo que le impide ser persona (que eso es lo del demonio). Esto se llama liberación. Y, por eso, a Cristo se le llama "liberador". La primera y más urgente liberación es la de la esclavitud interior, que es la que, definitivamente, hace al hombre esclavo. Las esclavitudes aceptadas, las esclavitudes canonizadas, son las peores, porque, cuando yo me doy cuenta de que tengo una cadena puesta, pues..., bueno, estoy atado, pero me doy cuenta de que eso no es justo el que es tonto y lo sabe no es tonto del to, decía mi abuelo; pero, cuando no me doy cuenta de que tengo una cadena..., entonces es mucho peor, porque no haré ningún esfuerzo para quitarla; y si, además, me creo que la cadena es una bendición, estoy completamente perdido. Muchos demonios hay en nuestro tiempo, muchísimos. Uno de ellos es el consumo: el afán de tener, el afán de comprar, el afán de tener más que el vecino. El consumo: que la felicidad está en tener mucho, cuanto más, mejor; si puedo tener tres casas, mejor que tener dos y dos mejor que una; si puedo tener dos coches, mejor que uno. Y lo que sea. Tener, tener, tener... Ese es el gran demonio de nuestra época.. La verdadera crítica y denuncia de manipulación comienza por la liberación de sí mismo de toda esclavitud, primero por la toma de conciencia y acto seguido por la puesta en práctica de la libertad. «A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre...» (Mc 16,15). El problema del capitalismo avanzado instalado hoy en Occidente es el de la superproducción. Se produce mucho más de lo que corresponde a las necesidades reales de la sociedad. Y es preciso dar salida a la producción para que no se rompa el equilibrio económico capitalista. Así, el capitalismo se ha visto obligado a educar al hombre de manera que éste se sienta obligado a poseer la última mercancía que ha salido al mercado, la última novedad. Se le educa incluso a dar a los productos consumidos una duración cada vez menor; aparecen los artículos desechables, de «usar y tirar». La publicidad, con su agresividad competitiva característica, es uno de los elementos de defensa y sostenimiento del capitalismo. Su papel es el de la (des)educación de las masas, el sometimiento del hombre a los imperativos del consumo, la creación de necesidades artificiales, la manipulación del hombre en definitiva. El comprador no acude a los productos de consumo sólo para satisfacer unas necesidades directas, sino para reforzar la imagen que se ha creado sobre su personalidad y poder presentarse ante la sociedad como una figura importante. Cuando un hombre o una mujer se compran un automóvil, no intentan solamente procurarse un medio de transporte rápido y cómodo; buscan satisfacer una cierta idea del mundo que ellos llevan en el fondo de su personalidad, la imagen que se han forjado de su propia persona en función del conformismo social. Les produce regusto el que los demás lo vean, lo admiren y lo envidien. Y, de paso, dan en los bigotes al cuñado. Todos saben (sabemos) de las necesidades artificiales creadas por la publicidad. Pero ésta continúa siendo un arma enormemente efectiva. Manipulación y medios de comunicación social Los medios de comunicación social son, hoy día, la fuente principal de creación de la opinión pública. Y la opinión pública y su creación dinámica son como la conciencia colectiva de la sociedad. El influjo de la opinión pública sobre los particulares es, evidentemente, decisivo, máxime en una sociedad masificada como la nuestra. Por ello, la mayor eficacia de la manipulación social actual dimana de los centros de producción y control de la información y de la comunicación. Los medios de comunicación sirven para que se destaquen ciertos problemas o individuos, al darles mayor publicidad o relieve. Incluso los comentarios desfavorables a un individuo pueden servir para darle prestigio y notoriedad. Un terrorista o una señora de vida turbia pueden sacar mucho provecho de esta publicidad. También sirven los medios de comunicación para apartar la atención de otros asuntos. Los gobiernos, por ejemplo, prefieren que las malas noticias salgan a la luz pública cuando los medios de comunicación dirigen su atención a otros asuntos. El resultado de la manipulación social a través de los medios de comunicación social es sabido: la participación en la sociedad y en la marcha de la historia se reparte tan desigualmente que, mientras unos se reservan las decisiones y el control, otros quedan reducidos a la única posibilidad de someterse, masiva, pasiva e inconscientemente, a las consignas dadas desde el poder de la comunicación social. Juicio cristiano de la manipulación social Manipulación no significa una mera influencia o ejercicio de poder como tales, sino una forma específica, de ejercer la influencia y el poder. Es el ejercicio del poder sin legitimación, sin autoridad. La manipulación social es la más grosera de las formas de esclavización del hombre, tanto porque trata precisamente de desposeerlo de lo que le es más propio y característico (su inteligencia, su libertad y su conciencia) cuanto porque, de hecho, no abarca a individuos aislados sino al conjunto social. Estamos, sin duda, ante un caso claro de inmoralidad social. Las raíces de esta inmoralidad o pecado social no han de ser buscadas de manera simplista únicamente en la mala voluntad de los que ejercen el poder: también depende de las estructuras sociales mismas de la complicidad y consentimiento de las propias gentes manipuladas. La manipulación social ha de ser considerada claramente como una inmoralidad o pecado social. El cristiano ha de luchar contra este pecado. Ello supone el tener conciencia de que se trata de algo que desborda el ámbito de la individualidad o las buenas intenciones. Supone la toma de conciencia de que es todo un sistema el que produce y reproduce esta inmoralidad. Y supone, sobre todo, una clara actitud crítica para evitar que su actitud rebelde o revolucionaria sea «reabsorbida» o recuperada hábilmente por el sistema manipulador. El cristiano y todo hombre lúcido ha de considerar que muchas de las actitudes, valores y mentalidades en curso en nuestra sociedad nos resultan «normales» y ajenas a todo escándalo sólo por fuerza de la costumbre, la indoctrinación o la manipulación social. LIBERACIÓN POR LA CULTURA En España se lee poco. Y lo poco que se lee, se hace deprisa y corriendo, sin orden ni concierto. Mezclamos, como decía Sancho Panza, habas con capachos. No se nos acostumbró a juzgar acerca de lo que leemos, ni antes ni después de hacerlo, sino a guiarnos por el solo sentimiento: leo esto porque me gusta, y dejo de leerlo porque no me gusta. La razón objetiva y serena cuenta muy poco. A ello se añade la televisión: como sacos vacíos, vamos recibiendo, asimilando, acumulando... lo que nos echa, elaborado normalmente por intereses ajenos. Sin embargo, tenemos la sensación de ser libres, porque nos creemos espontáneos, porque seguimos ciegamente nuestras reacciones, y con eso tenemos la sensación de vivir la libertad. Pero esta espontaneidad no es libertad, es sólo impresión de ser libres, manteniéndonos esclavos de las influencias impuestas desde misteriosos centros de poder fáctico. Esto es lo que siembra la confusión dentro de nosotros mismos y la ausencia de personalidad en que vivimos. La vida se realza con la cultura. Donde la cultura decae, la vida humana se adormece, el sentido social del hombre se apaga y no se desarrolla ni el hombre ni la sociedad. Sólo cuando tenemos un amplio caudal de relaciones entre los hechos y las cosas, es cuando podemos abarcar y dominar, con nuestra consideración y reflexión, estos hechos y estas cosas. Si no, serán ellos los que nos dominen, aunque experimentemos engañosamente la ilusión de vivir la libertad. En nuestro mundo occidental, es muy frecuente esta engañosa ilusión de vivir la libertad y los grupos de poder saben explotarla en su favor. Anuncios, prensa, radio TV, campañas hábilmente orquestadas, "slogans"... nos bombardean con pocas ideas, pero machaconamente repetidas, y producen este resultado aparentemente brillante de libertad, pero descorazonador en la realidad. Nos desborda la "tormenta de ideas" que caen en profusa y confusa amalgama en nuestra mente, sin posibilidad de sopesarlas, reflexionarlas y vivirlas para poder elegir con conocimiento vital de causas. El trabajo de compulsar personalmente ideas y reflexionarlas, hay que fomentarlo cada vez más. La actividad a la que con más interés y dedicación me he entregado a lo largo de mi vida apostólica y en los sitios en que he podido hacerlo (y en edad para ello) ha sido, precisamente, ésta, aprendida y practicada en la HOAC. A la larga mi experiencia es testigo, produce mejores resultados que gastar energías en hacer que la gente se confiese y vaya a misa. Estos elementos, necesarios para una auténtica convivencia constructiva, no se realizan en un día, y hemos de hacer el máximo esfuerzo por crearlos tenazmente y sin desmayo. Sólo así nos liberará la cultura; sólo así surgirán hombres y mujeres con ideas convencidas libres, por tanto, que sepan construir conscientemente el futuro. Encauzado éste hacia el Reino de Dios, miel sobre hojuelas. |
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