Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

«LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY» (Jn 14,27)

Estamos atravesando los días tradicionalmente dedicados a las (execrables) primeras comuniones. Mi tema de hoy no va a tratar de eso, pero no me sustraigo a dedicarle una referencia, obligada por otra parte. Lo que más a mano y más a gusto tengo para ello es la ya consagrada colaboración de mi amigo Amaro Carretero, conocida (y aplaudida) de otros años. Ahí va:

COMUNIÓN POR LO CIVIL

(Por Amaro Carretero Izquierdo)

Me parece que, en alguna ocasión, os he dicho que mi cuñado Agapito es un tonto l’haba. Bueno, por si acaso no os lo he dicho, os lo digo ahora: mi cuñado Agapito es un tonto l’haba.

Ha venido de Madrid, como casi todos los fines de semana, pero esta vez, además de a pegar la gorra, ha traído una embajada: ha venido a invitarnos a la primera comunión de su hija, su hija Paquita, que, la pobre —si no lo digo, reviento—, es una repipi insoportable y más tonta que su padre. Cuando me ha dicho que su Paquita iba a hacer la primera comunión, me he quedado patidifuso.

—¿Pero cómo, coño, va a hacer tu hija la primera comunión, si ni siquiera la has bautizado? ¿Pero cómo, coño, vas a hacer tal acto, si eres un jodío pagano, más hereje y ateo que el mismísimo Atila?

—¡No tanto, no tanto —replica con modestia—; agnostiquillo, nada más, solamente agnostiquillo. Uno, en su pequeñez…

—Bueno, agnostiquillo, hereje o lo que quieras, pero ¿cómo tenéis vergüenza para pasar a una iglesia tú y tu hija, tu hija y tú?

—¡Quieto parao! ¿Quién te ha dicho que vamos a ir a la iglesia?

Me quedo alelao.

—Hombre…, ya me dirás. ¿Dónde va a recibir la primera comunión tu hija, si no?

—No te aclaras, cuñado, no te aclaras —me dice, conmiserativo, el muy cretino—; mi Paquita va a hacer la primera comunión, sí, pero por lo civil.

A poco, me da un esperrengue. Me aturrullo, me atasco, tartamudeo, me atraganto… Por fin, entre bufidos y babas, logro farfullar:

—¡¡¡Por lo civil!!! ¿Una comunión por lo civil?

—¿De qué te extrañas? —me dice, tan calmoso, que termina de sacarme de quicio—. ¿Es que no te acuerdas de que yo me casé por lo civil?

—Si, pero, pero…

—¡Pues ya está! Lo mismo que yo me casé por lo civil, mi Paquita puede hacer la primera comunión por lo civil.

Yo no puedo articular palabra. Lo miro y no lo veo. Lo oigo, pero no lo escucho. No debe de ser verdad lo que estoy oyendo. Por fuerza, mis sentidos tienen que estar traicionándome. El muy cretino sigue, habla que te habla, sin hacer ni puñetero caso a la descacharración de mi cara.

—¡Hay que ser positivo, tío! Lo verdaderamente importante es que la niña lo pase bien; que sea para ella un día inolvidable, un día en el que ella sea la gran protagonista. Para ello, lo verdaderamente importante es lo precioso que es el vestido, lo elegante y lujoso que es el sitio en donde se va a dar la cuchipanda, las fotos con los papás, con los abuelitos, con los titos… ¡Eso es lo importante! Que la niña sea reina por un día, que se vea agasajada, felicitada, que se vea colmada de regalos…, ¡de dinero!… (mi Paquita podrá recoger cuatrocientas mil pesetas); que se sienta envidiada por sus amiguitos, que se sienta el centro de todas las miradas, ¡el centro de atención de todo el mundo! Y, todo eso, se lo voy a dar yo a mi niña por lo civil, claro, porque, desengáñate, en una primera comunión, lo importante no es ni la iglesia, ni el cura ni, mucho menos, las hostias que el cura les da a los críos…

—Pues, mira, cuñado: porque eres mi cuñado y yo no soy cura, pero, si yo fuera cura y tú no fueras mi cuñado, en este mismo instante, sin dejarlo para luego, te daría un hermoso y grandioso par de hostias. ¡Por lo civil, claro!

* * *

Del santo Evangelio según san Juan (Jn 14,27):

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.

Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde».

Este es el tema predominante en la liturgia de hoy. Otras frases bíblicas complementarias:

— «La justicia y la paz se abrazan» (Salmo 85,11).

— «La paz es obra de la justicia» (Is 32,17).

— «Y tú, niño [Jesús], serás llamado profeta del Altísimo,

a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte

y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,76-79).

— «Dichosos los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Pablo VI, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, en 1972, arreglaba el refrán popular "si quieres la paz, prepara la guerra" así: «Si quieres la paz, trabaja por la justicia». "Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ellos serán saciados" (Mt 5,6).

En nuestra época, a pesar de las frecuentes convenciones de paz, ésta se ve más amenazada que nunca. La caída del Muro de Berlín y el fin de la "guerra fría" no han traído un clima de paz. Al consolidarse el liberalismo económico como única alternativa, ha nacido una conflictividad más peligrosa aún. A pesar de haber logrado conquistas importantes, sobre todo en los países desarrollados, ha generado, a su vez, problemas todavía más graves y no ha resuelto —ni se prevé que resuelva— los problemas del desarrollo global en el mundo.

El liberalismo económico ha creado nuevas formas de explotación tanto en el terreno socio-económico como en el medio-ambiental. Hay un imperio del beneficio sin escrúpulos sobre la distribución equitativa y sobre la satisfacción de las necesidades básicas. Las gentes pobres del Tercer Mundo, que constituyen la inmensa mayoría, y multitudes concienciadas de los países desarrollados contemplan con dolor y exasperación cómo esas necesidades básicas no sólo no son cubiertas, sino que se crecen cada vez más. Como resultado inmediato, se produce una lucha feroz por la supervivencia entre los propios pobres: los miserables contra los pobres.

Los centros de poder económico, lejos de ofrecer remedio, siquiera sea en esperanza, generan explotación, deuda externa creciente e impagable, inflación desmedida, deterioro ecológico... En definitiva, hambre, pobreza, muerte.

Los teólogos de la liberación definen tal situación como violencia institucionalizada o violencia estructural, la más importante raíz de las demás formas de violencia social. Es la violencia que entraña el conflicto entre el Norte rico y el Sur pobre, que se está saldando con un reguero de millones de hambrientos, marginados, excluidos, muertos. Es ésta la más encarnizada y devastadora guerra que vive hoy la humanidad, sin que reciba el nombre de guerra.

«Dichosos los constructores de la paz,

porque, a ésos, Dios los llamará hijos suyos » (Mt 5,9).

¿Qué es la paz?

En la preparación del documento Gaudium et spes, en el último Concilio (Vaticano II), al hablar de la naturaleza de la paz, los primeros redactores se habían limitado a repetir, por pura inercia, la definición de San Agustín: "tranquilidad del orden". Inmediatamente, tanto las aportaciones de los especialistas en Sagrada Escritura como los nuevos planteamientos de algunos obispos del tercer mundo, mucho más exigentes, obligaron a devolver a la redacción aquel borrador tan pobre, porque, al decir «tranquilidad del orden», ¿de qué orden se habla? Generalmente, las cuestiones suscitadas por el tema de la paz versan sobre cómo mantener el orden, no sobre cómo construir el orden; se trata, por tanto, del orden vigente, el orden establecido.

Y ocurre, con demasiada frecuencia, que este orden es injusto, basado en la opresión y la represión, en la "pacífica posesión" de unos y la desposesión de otros. Es un orden que privilegia a quienes están arriba a costa de perpetuar la desdicha de quienes están abajo. Stephen Zweig descubrió que nuestro orden social no descansa en la fraternidad, sino en la brutalidad y en el dominio de unos sobre otros.

En el fondo, más que un orden, es una ordenada administración del desorden inherente a toda injusticia. ¿Qué es primero, el desorden o la injusticia? ¿Qué es primero, el huevo o la gallina? Frase de André Maurois es la siguiente: «Prefiero la injusticia al desorden; el desorden es la injusticia misma» (lo cual se presta a una doble interpretación, como le pasa a la bienaventuranza de "los pacíficos").

El trabajo por la paz no consiste en "acciones pacíficas" (cuyo propósito más inmediato suele ser el apaciguamiento). Una cosa es la paz y, otra, la tranquilidad. Decía Romanones que "tranquilidad" viene de "tranca"; cierro la puerta, echo la tranca y aquí paz y después fútbol. Trabajar por la paz no es una tarea uniforme. Allí donde exista un orden injusto hay que perturbar la «tranquilidad del orden». Así se entiende la paradoja de Jesús: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10,34).

El constructor de la paz no puede permitir que se mantengan por más tiempo esas falsas formas de paz que impiden la instauración de la paz verdadera. Cuando la tranquilidad del orden se ha convertido en la brutal explotación de los más débiles; cuando los desposeídos se hallan reducidos a la impotencia y al silencio, toda invitación a la concordia equivaldría a una legitimación de la injusticia. «Han curado superficialmente la herida de mi pueblo, diciendo «¡Paz, paz!, cuando no había paz» (Jer 6,14; cf. 14,13ss).

«LA PAZ ES OBRA DE LA JUSTICIA» (Is 32,17)

Al ritmo que marca la lectura del librito de Rafael Prieto, La Mano Amiga de Dios, voy desgranando las connotaciones de injusticia:

Injusticia es instinto de poder. Nos conduce a una tremenda y constante competición para dominar y prevalecer sobre los demás. Utilizamos las armas de la cultura, del dinero, de las influencias. Nos convierte en hombres orgullosos, desconfiados, corrompidos.

Injusticia es instinto de tener. Nos lleva a una lucha despiadada por conseguir lo que ambicionamos, y por defenderlo una vez conseguido, sin estar nunca satisfechos y seguros. Se utiliza la astucia, la violencia, el engaño. El hombre se hace frío y duro, sin entrañas.

Injusticia es instinto de placer. Sólo busca su satisfacción, caiga quien caiga. Convierte a las personas en puros objetos. Destruye a la persona, la instrumentaliza.

Injusticia es estructura competitiva. Sólo hacía falta que, a la fiera que llevamos dentro, la pongamos en un ambiente hostil. Nuestra sociedad es hostil: sus principios, sus leyes, sus mecanismos, sus técnicas, sus medios. Para poder sobrevivir hay que competir, sea en los bloques militares, sea en los grupos económicos, sea en el mercado de la vida, sea en los partidos políticos. La educación y la cultura son competitivas. Nos preparan para competir, no para colaborar. «¡Ay de los vencidos!», decían los romanos.

Injusticia es cultura violenta. La que nos llega a través de las pantallas y los medios de comunicación. Nos extasían las películas de guerra, de pistoleros, de matones, de mafiosos, de todo tipo de bandidos. Hasta el deporte es violento.

Injusticia es ambiente consumista. La prevalencia del tener sobre el ser, de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, que nos lleva a todo tipo de atropellos. El hombre consumista lo avasalla todo y pone en peligro la misma naturaleza. No es un cultivador, sino un depredador. Su ansia de tener le lleva a apoderarse de todo, a destruir y contaminar las mismas fuentes de la vida. No hay bicho más peligroso que el hombre consumista.

Injusticia es la injusticia —valga la redundancia— y todo tipo de egoísmo, que dan origen a las desigualdades, opresiones, subdesarrollo. «¡Atención, hombre, hermano mío! La violencia número uno es la miseria» (H. Cámara). Cada atropello de los derechos del hombre es una declaración de guerra.

Injusticia son los fanatismos ideológicos. Son ideas convertidas en ídolos. La ideología, sea religiosa, política, militar..., divide a los hombres en sectas, partidos, bloques y los enfrenta hasta el exterminio. De aquí han surgido los odios, las masacres, las guerras «justas» o «guerras santas». No vivimos del Evangelio; vivimos de una ideología. «Las ideologías son manifestaciones enfermizas, neurosis masivas y colectivas» (B. Häring). Los prejuicios son difíciles de curar. Son como demonios, a los que hay que expulsar.

La gravedad de estas cuestiones aumenta si consideramos que muchos de los que así piensan y así actúan se denominan cristianos e incluso apelan a los principios cristianos. El Evangelio rechaza la violencia, a la vez que exige justicia; pero muchos, haciendo profesión de cristianos, se arman hasta los dientes, desoyendo todo llamamiento a la justicia. Citan las bienaventuranzas, pero las interpretan a su gusto y conveniencia: p.e. "bienaventurados los pacíficos", los que no se meten en nada, los que no perturban la tranquilidad, aferrándose a la clásica definición de paz como «tranquilidad del orden». Y no saben (o no quieren admitir) que el mayor desorden consiste en anteponer el orden (la tranquilidad) a la justicia.

La PAZ hay que interpretarla en coherencia con el espíritu bíblico. En hebreo, "paz" se dice shalom, término demasiado rico para que lo traduzcamos simplemente por tranquilidad o carencia de guerra. Shalom significa una paz tan verdadera y rica, que sólo puede expresarse mediante la suma de nuestros conceptos de "paz" y de "justicia"; significa la prosperidad, las buenas relaciones humanas, el derecho y la justicia. Esta es la paz que Jesús da, que Jesús deja, muy distinta de la que el mundo ofrece.

Cuando, en la misa, "damos la paz" al que tenemos al lado, sea quien sea (porque se dan casos de dar una paz "selectiva"), queremos decirle (o debemos querer decirle): "te deseo prosperidad, alegría, felicidad"… Eso es, felicidad.

La bienaventuranza séptima equivale, pues, a "dichosos los que trabajan por la felicidad de los hombres". ¿Por qué? «Porque, a ésos, los llamará Dios hijos suyos».

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]