Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

MANDAMIENTO NUEVO: AMOR DEL BUENO

Del santo Evangelio según San Juan (Jn 3l-33).

«Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:

—Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Un mandamiento nuevo:

«Que os améis unos a otros igual que yo os he amado».

Esta es la única ley cristiana —de Cristo— (si es que el amor puede ser una ley), la ley fundamental, la constitución de la comunidad cristiana. Todos los demás mandamientos no tienen por sí mismos vigencia alguna en el Evangelio; sólo en la medida en que coinciden, concretan o explicitan el mandamiento nuevo.

Según el Evangelio, se conoce a un cristiano no porque cumple los mandamientos de Moisés (los "diez Mandamientos") o los de la Iglesia (oír misa, ayuno y abstinencia..., etc.), sino porque ama a sus semejantes al estilo de Jesús.

La señal del cristiano:

«En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros».

Siempre de ha creído que la señal del cristiano es la cruz; pero eso no es evangélico. Lo que Cristo dice, respecto de la cruz, es que el que quiera seguirlo tome su cruz y vaya tras él. No se refería a ninguna de esas procesiones en que los "penitentes" desfilan con una cruz a cuestas, sino a otra cosa. Tampoco se refería Jesús a que su cruz fuera el adorno de los escotes de las señoras o de las orejas de los punkis, el colgante de los retrovisores o el lujoso y costoso regalo de la tía en el día de la primera comunión de su sobrina. Mucho menos se refería —digo yo— a los trofeos y condecoraciones que llevan la figura y el nombre de cruz: la cruz del mérito agrícola, la cruz de Isabel la Católica, la cruz laureada, la cruz gamada...

¿Se puede mandar amar?

¿Mandar que sintamos afecto por alguien? Si el afecto es espontáneo, ¿cómo se nos puede obligar a ello?

Hay distintos tipos de amor y, en castellano, los expresamos, todos, con el mismo verbo: "amar". En cambio, en griego, lengua en que fueron compuestos los Evangelios, existen, para ello, cuatro verbos distintos.

Erao (de donde derivan eros y erótico): significa amar en sentido sexual.

Stergo: expresa el amor familiar, el que brota naturalmente de los lazos de parentesco.

Fileo: Amor de amistad, el afecto entre amigos, que supone reciprocidad.

Agapao: Amor de caridad. Es el amor totalmente sacrificado y desinteresado, capaz de dar y darse sin esperar nada a cambio. De este verbo se deriva la palabra ágape. La caridad, en su entraña más profunda, indica el amor más genuino que existe, hasta el punto de que el amor que Dios nos tiene y el que debemos a Dios es caridad. «Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Caridad» (I Jn 4,8). Desgraciadamente, en el leguaje vulgar, toma el sentido de lástima y su efecto limosnero.

La palabra "caridad" tiene patente cristiana.

Este cuarto tipo de amor no consiste en sentir algo, sino en hacer algo, es decir, el amor de agape no consiste en lo afectivo, sino en lo efectivo.

Amor y amistad

«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos»; «ya no os llamo siervos; os llamo amigos» (Jn 15,13-15)

¿Qué es el amor y qué la amistad? Amor, lo dicho; amistad, desde un punto de vista fenomenológico, es un encuentro interpersonal del "yo" con el "tú" para hacer entre los dos un "nosotros". Esencialmente, la amistad es una donación del "yo", de sí mismo, de lo que la persona tiene de más profundo e insustituible. Sin ese darse el uno, al otro no puede haber amistad.

Pero esta donación del "yo" al "tú" no es fácil:

1. A veces el "yo" no se acepta a sí mismo y se siente acomplejado ante el "tú". Esta inseguridad del "yo" hace muy difícil sus relaciones con los demás.

2. Otras veces, el "yo", sintiéndose cobarde ante los problemas que la realidad le plantea, huye de ella y se refugia en la fantasía, especie de cáncer que consume inútilmente las energías vitales del "yo".

3. O, exagerándose, exige ser aceptado por el otro tal cual es, sin hacer ningún esfuerzo por cambiar. «Genio y figura hasta la sepultura», dice de sí mismo; «lo tomas o lo dejas», le dice al "tú".

4. Finalmente, el "yo" se presenta al otro como es en realidad, con sus aspectos positivos y negativos, consciente, por una parte, de que tiene enormes posibilidades, pero, por otra, sintiéndose incompleto y necesitado de otro para llegar a realizar en gran parte el ideal de vida. O sea, el "yo" necesita del "tú" para llegar a ser él mismo.

Pero... Con nuestra conducta, muchas veces «ninguneamos» a los otros, o, como ya decía Quevedo, los reducimos a la categoría de «don nadie». En la vida ordinaria (en los transportes públicos, en los campos de deportes, en los locales comerciales... y hasta en el templo), reducimos a "nadie" a quienes nos rodean. Esta indiferencia hacia los demás es una simple consecuencia del hacinamiento de las grandes ciudades. No nos queda tiempo para mirar a los otros. Los vemos igual que a las cosas que están ahí, pero no los miramos. Para mirar, hay que estar abiertos al otro y hay que esperar su respuesta cuando él nos devuelva la mirada o la fije en nosotros, como hacen Pedro y Juan, cuando encuentran al paralítico en la entrada del templo.

«Este, al ver a Pedro y Juan que iban a entrar en el templo, les pidió una limosna. Pedro fijó en él la mirada juntamente con Juan y le dijo:

Míranos.

El les miró con fijeza, esperando recibir algo de ellos» (Hech 3,3-5).

La mayoría de las gentes viven (vivimos) a la carrera, sin mirar ni ser mirados, y, además, falta calma y profundidad para ello.

Y mucho más grave aún es la actitud de aquellos que, si «ningunean» a los otros, no es por falta de tiempo a causa del trajín vertiginoso de la vida moderna, sino porque llevan dentro de sí una absoluta indiferencia hacia los demás, como si no existieran. No hay nada más envilecedor para la persona que sentirse absolutamente ignorado por los otros. Ya pueden gritar y agitarse y llamar la atención. Los otros continuarán impasibles en su marcha como si no nos vieran o, peor todavía, como si fuéramos inexistentes, nada o nadie.

Tres casos anecdóticos:

1. Al principio de estar yo en Alemania, iba por la calle con un voluminoso y pesado paquete de libros, mal atado con cuerdas. En mitad del camino, la cuerda se rompió y los libros quedaron esturreados por el suelo. Junto a mí, pasaron decenas de transeúntes, todos me vieron, pero ninguno me hizo caso. La sensación de impotencia y soledad experimentada, para mí se quede.

2. Mi oficio en la fábrica en que trabajaba era de peón: ayudar a descargar los camiones de madera, tirar los desperdicios al vertedero... Iba, un día, empujando una vagoneta llena de restos de madera y, al cruzar unos raíles de tren que se adentraban en la fábrica, la vagoneta perdió el equilibrio y volcó, desparramando por el suelo su contenido. En este momento pasaba un montacargas, al que pedí ayuda; por toda respuesta, me contestó:

—No tengo tiempo.

A poquito, sonó la sirena anunciando el fin de la jornada y los obreros (en número de cinco mil) fueron abandonando sus faenas. Por mi lado, pasaron cientos. Nadie me hizo caso. ¡Pero!... pasó un grupo de españoles. No sabían quién era yo ni me conocían de nada. Simplemente, eran españoles. Me ayudaron a levantar el volquete y a colocar la carga. ¡Cómo añoro el estilo de los españoles de entonces (año 1967), educados en hermosos valores humanos, que, por desgracia, desde que somos europeos, están siendo ahogados por el individualismo capitalista: "el que venga atrás, que arree".

3. A las siete menos cuarto de la mañana, la multitud acude al trabajo, a pie, en moto, en coche..., con la hora pegada al c..., en febril inquietud por llegar a tiempo. En un paso de peatones, un hombre es atropellado por un coche, que no se detiene. El hombre, herido, queda tendido en la calzada y por su lado pasan cientos de gentes, a pie, en moto, en coche..., sin que nadie le haga caso ni siquiera se fije en él. Sólo una española, jugándose el tipo, arrastra al herido hasta la acera y le presta los primeros auxilios.

«Hoy, que con los hombres voy,

viendo a Jesús padecer,

interrogándome estoy:

¿Somos los hombres de hoy

aquellos hombres* de ayer?»

(Gabriel y Galán)

Otras veces el "yo" se fija en el "tú", pero no lo hace por amor, sino por la utilidad que le puede reportar, por el jugo que puede sacarle. Es lo que decía cáusticamente Sartre, al prevenirnos contra la ilusión de la amistad. Cuando vemos acercarse al otro sonriente, hemos de pensar enseguida en qué es lo que espera obtener de nosotros. Es —viene a decir— un vampiro existencial en potencia; todos buscan su propio interés.

«Te encontrarás mañana, si dejas de ser niño,

amigos que protesten de su amistad leal;

tendrás acaso muchos que fingirán cariño

y hasta daránte pruebas de afecto fraternal.

[...]

Huye del falso amigo que se enmascara,

más que del enemigo que da la cara;

y no uses de violencia para alejarlos,

pero sí de prudencia para tratarlos.

 

Son muchos los venales y los arteros

y pocos los leales y los sinceros.

Yo no quiero contarte los que he encontrado

porque ibas a quedarte maravillado!

 

Si tú encuentras alguno fiel y sincero,

has de quererlo tanto como te quiero,

porque ese amigo

será siempre un hermano para contigo».

(Otra vez Gabriel y Galán)

Los intereses que el hombre busca en sus semejantes pueden ser muy variados:

— Unos tratan de utilizar al otro no por lo que es, sino por lo que tiene, sobre todo si lo que tiene es mucho dinero o algo que puede interesarnos. En nuestra actual sociedad economizada, lo único que cuenta para muchos es el dinero.

— Otras veces se utiliza a los demás desde el poder. Alguien en particular o un grupo social determinado tratan de manipular a otros para convertirlos en simples peones de su estrategia. En ese clima de domesticación social todo el que tiene una brizna de poder trata de hacer lo mismo en su propio territorio. "Ni pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió", dice el proverbio. Anécdota, para mí muy humillante, pero muy significativa: En mis tiempos de niñez, aquel extraordinario maestro (como había muchos), tenía que atender a más de cien alumnos, él solo, para varios cursos y muchas asignaturas. Tenía de tal manera organizado su magisterio que los que ya habían aprendido una cosa la enseñaban a otros más pequeños. A mí, para enseñarme a leer, me señaló un mentor áspero, exigente y malo. A las primeras de cambio, por cualquier falta que no recuerdo, me espetó: "Vas a estar aquí leyendo hasta que te se seque el culo" (sic). Aquello se me quedó clavado. Cuando, pasado el tiempo, me tocó a mí ser el mentor de otro... Recuerdo a aquel muchachillo endeble y enfermizo... Apenas abrió el libro, mi primera advertencia fue: "Vas a estar aquí leyendo hasta que te se seque el culo". Aquel niño se echó a llorar, yo me emocioné, el maestro lo advirtió, a mí me castigó... Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Jamás he vuelto a incurrir en algún error equivalente.

— Finalmente, se puede utilizar a los otros por el placer. No es necesario advertir que, hablando del placer por el que uno/a busca a otro/a, habitualmente connota sexualidad. El placer sexual, lo mismo que el tener o el poder, tiene un sentido, pero el "tú" no puede en ningún caso convertirse en instrumento de placer para el "yo". El "yo" y el "tú" pueden llegar a amarse entrañablemente y sentir así el placer del éxtasis y la comunión, pero sin que uno sirva de instrumento al otro. Nunca, por ningún motivo el "tú" puede convertirse en objeto para el "yo". La amistad exige ver en el otro siempre un sujeto con el que se comparte todo.

Agresividad

El fenómeno de la agresividad, tanto inconsciente como pretendida, en el mundo moderno, es verdaderamente preocupante, está haciendo dificilísimas las relaciones humanas, incluso dentro del hogar. La agresividad llega a veces a términos insospechados de refinamiento. Hay casos escalofriantes en que los ataques al otro se preparan fríamente y se expresan mediante una fingida amabilidad, palabras hipócritamente afectuosas, retintín de la pronunciación...; lo cual produce mucho más dolor que una explosión de ira sobre la marcha.

Hoy, ser amigo de verdad cuesta mucho.

«Amaos como yo os he amado; vosotros sois mis amigos» (Jesús)

La actitud cristiana es la del amor y la amistad. El otro aparece no como algo, sino como alguien, no rival o enemigo, sino amigo. Sólo a base de amor y amistad puede crearse un auténtico nosotros. La conciencia cristiana está comprometida con el descubrimiento y la creación del «nosotros». Somos conscientes de sus enormes posibilidades revolucionarias.

Desgraciadamente, no estamos preparados para esta gran aventura y nos sentimos abrumados ante las dificultades que el «nosotros» nos plantea. Lo cual no debe desalentarnos. Lo más grande y bonito que podemos hacer es realizar el «nosotros» en todos los niveles y en todos los campos.

El salto del «nosotros» a la sociedad es un salto cualitativo. ¿Consistirá en ello el Reino de Dios, Reino de justicia, amor y unidad? La acción esencial del cristiano es acelerar su realización: grano de mostaza, levadura, rendimiento al ciento por uno...

La fe cristiana consiste en esto.

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]