Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

EL BUEN PASTOR

(Aplicación a la parroquia de san Carlos Borromeo de Entrevías)

Del santo Evangelio según San Juan (Jn 10,27-30):

«Dijo Jesús:

—Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano».

Hoy es el domingo llamado del "Buen Pastor. El trozo del Evangelio anteriormente citado es parte del que se lee en las misas de hoy. Yo quiero completarlo con otras frases de Jesús alusivas a lo mismo:

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

«Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí» (Jn 10,14).

«Yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,15).

«Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48).

«Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles: "El pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva" (Jn 6,34-51).

Por estas cosas, unos tramaron la muerte del Señor (Jn 10,31); otros lo abandonaron (Jn 6,66).

Jesús se enfrentaba a la poderosa jerarquía religiosa del templo de Jerusalén, pastores asalariados a los que interesaba muy poco la vida del pueblo. Vivían ‘de’ y no ‘para’ el pueblo.

Jesús definió en aquel día la quintaesencia del pastor. Ser pastor, dirigir, gobernar, es ir por delante de los demás con obras y palabras, vivir para el otro y no a costa del otro, entablar una relación personal con el pueblo, conocer el nombre y la vida de sus gentes, compartir gozos y esperanzas, tristezas y angustias. "La Palabra se hizo hombre" (Jn 1,13), "el Verbo se encarnó" en la vida del pueblo, en la mentalidad del pueblo, en la lucha del pueblo.

«Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, [...] haciéndose uno de tantos» (Fil 2,6-7)

Cuando el evangelio dice que Jesús, al ver que lo buscaba mucha gente, «sintió lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6,34), está haciendo una crítica de los dirigentes del pueblo, tanto desde el punto de vista de la situación política de aquel momento como desde la perspectiva del sistema religioso, ya que, en Israel, lo político y lo religioso siempre estuvieron unidos.

En el evangelio de san Mateo, se habla del "gentío" que seguía a Jesús: "recorría Galilea entera [...] proclamando la buena noticia del Reino" (Mt 4,23-25). El texto griego utiliza la expresión "ochloi polloi", que significa, literalmente, "muchas gentes". Ochlos, en griego, significa la "muchedumbre del pueblo", el "gentío. Los evangelios, con esta expresión, se refieren a la multitud desorganizada de gentes, que vienen para oír a Juan Bautista (Lc 3,7. 10) o a Jesús. En el evangelio de san Juan, los fariseos hablan de "la plebe que no entiende de la Ley y está maldita" (Jn 7,48-49). Vienen al pelo las frases siguientes de Eduardo Galeano (El libro de los abrazos), para describir al "ochlos: «Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos...».

Jesús sentía compasión de aquella "gente" porque "andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor" (Mt 9,36). Y es importante caer en la cuenta de que el evangelio de Mateo pone estas palabras en boca de Jesús precisamente cuando va a comenzar el discurso de la misión, en el que el tema central del mensaje es que "ya llega el Reino de Dios" (Mt 10,7).

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres; me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18).

Todos los que tienen o buscan el poder dicen que quieren servir al pueblo. El modo de servir al pueblo que encarna JESÚS, EL BUEN PASTOR, es el siguiente:

1. Se entrega él mismo por las ovejas (Jn 10,15). Hace tres semanas recordábamos cómo Jesús llevó a término su entrega.

2. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él (Jn 10,14).

3. Entre el pastor y su rebaño no se da una relación de superioridad, sino de amistad: «No os llamo siervos [...]; Vosotros sois mis amigos (Jn 15,14).

4. En su rebaño, nadie debe sentirse excluido: «Tengo además otras ovejas que no son de este redil: también a ésas tengo que conducirlas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10,16).

* * *

«Yo transmití a vosotros lo mismo que yo recibí y que venía del Señor: que el Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía". Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo: "Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía". Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva. Por consiguiente, el que come del pan o bebe de la copa del Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor» (I Cor 11, 23-27).

El culto eucarístico, además de su sentido profundamente religioso (ofrenda del Cordero de Dios al Padre), también contiene un sentido profundamente humano: desde el instante en que comemos juntos el mismo pan, ya podemos llamarnos todos de tú. Jesús lo expresa de este modo: «Ya no os llamo siervos; os llamo amigos» (Jn 15,15); «…entre nosotros, el que quiera mandar más, que sirva mejor y, el que quiera ser el primero, que se haga el último», para que, siendo últimos todos, podamos ser todos primeros» (Mc 10,44).

Compañero es el que comparte el mismo pan ("compañero" = com-panero; del latín cum pane). Los que han comido juntos ya pueden llamarse "de tú".

Lo que más se recalca en el Nuevo Testamento, al tratar de la eucaristía, es que ésta es una comida; Jesús dice «tomad y comed», no "tomad y adorad". Y es una comida compartida con los hermanos en la fe; "fracción del pan" la llamaban los primeros cristianos.

En esta comida, se ha de distinguir bien que lo que se come es el cuerpo del Señor y que el alimento consiguiente se transforma en justicia, amor y unidad y produce el crecimiento de la persona. El complemento, como el de cualquier comida, será la expulsión de los residuos excrementicios: la afición por el dinero, el poder y el sobresalir. Cuando no se tienen debidamente en cuenta estas cosas, por más que la celebración de la eucaristía resulte ser una misa «muy hermosa» y «muy solemne», no es ni podrá ser nunca la eucaristía que Cristo ha instituido. Las pompas litúrgicas encubren más que muestran la realidad eucarística.

En esto de la eucaristía, ocurren cosas pintorescas: una comida a la que asiste mucha gente que no come; un banquete al que muchos van a regañadientes, como el que tiene que cumplir con una obligación molesta, rutinaria o por convencionalismo social; una comida en la que los participantes no se conocen ni se tratan y, si tienen rencillas o divisiones entre ellos, las rencillas y divisiones siguen como si tal cosa, como si los asistentes jamás hubieran comido juntos; y para colmo de lo increíble, durante la comida se dice, como la cosa más natural del mundo, que los participantes están asistiendo al banquete del amor y de la hermandad. Realmente, es un banquete muy extraño.

La comida eucarística ha de interpretarse en el sentido de lo que fueron las comidas de Jesús con sus discípulos: comidas que expresaban solidaridad con las gentes de cualquier calaña. La comida compartida expresa un simbolismo concreto: compartir la misma vida.

Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:

—¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?

Jesús lo oyó y dijo:

—No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,10-13).

La doctrina católica acerca de la eucaristía se expresa en conceptos de la filosofía escolástica y dice: en el sacramento eucarístico, se produce la "transubstanciación", o sea la conversión de las sustancias del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo.

Según esta misma filosofía escolástica, las cosas está compuestas de sustancia y de accidentes. Sustancia es el ser, la esencia, la naturaleza de las cosas, lo que las cosas son en sí. Los accidentes son las apariencias de esas mismas cosas: color, tamaño, olor, sabor..., la FORMA en que la cosa aparece para ser vista y apreciada; por ejemplo, el pan puede revestir la forma de rosquillas, oblea, "baguette", "pistola"...

Recordemos: en la Cena del Señor, Jesús, "tomando el pan"..., "tomando el vino"..., dijo "Tomad y comed", "tomad y bebed"... «ESTO ES MI CUERPO, ESTO ES MI SANGRE...»

La sustancia ha cambiado: ya no es pan, sino el cuerpo de Cristo. Pero los accidentes (olor, color, sabor, alimento, etc.) permanecen. En la Cena del Señor, se usó lo que había; pan de trigo y vino de uvas, que es lo que la agricultura de aquella región da. Jesús, acomodándose a tradición de la pascua judía, utilizó pan sin sal. Atribuir valor esencial a lo puramente accidental es farisaico. ¿Era necesario que el pan fuera de trigo y el vino de uva? Si Jesús hubiera celebrado su "cena" en China, en donde ni el trigo ni el vino forman parte de la cultura popular, ¿no habría valido?

En la liturgia actual, el pan eucarístico reviste la FORMA de oblea. Es una "forma consagrada" (dedicada en exclusiva) al sacrificio eucarístico. ¿Por qué en forma de oblea? Por comodidad, higiene, rapidez en la preparación... En forma de rosquilla, el efecto sería el mismo y estaría más cerca del "ochlos".

Pero, dada la inercia humana, dicha forma se ha estereotipado (convertido en un estereotipo).

ESTEREOTIPO: "Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable" (DRAE). El manto azul de la Virgen, la vara de San José..., etc., son estereotipos, agarrados como una lapa a la mentalidad vulgar. La Virgen, con un mandil en la cocina, y San José, con un mono de albañil, serían los mismos, acaso mejor aceptados en ciertos ambientes más humanos y menos convencionales.

La sociedad está plagada de estereotipos y convencionalismos, burgueses en su mayoría.

El pan de la eucaristía, en forma de oblea, es un estereotipo. No cabe en la mollera de la gente (de cierta gente) el que pueda tener otra forma distinta.

Cuando los primeros cristianos celebraban la eucaristía (la "fracción del pan", Act 2,42; 20,7), no se había inventado todavía una forma especial de presentar los ACCIDENTES del pan y del vino. Utilizaban pan corriente.

La forma de vestirse para comer es otro problema: ¿Cómo hay que vestirse para comer? Las mentes "estereotipadas" comparan los aparejos litúrgicos con otros aparejos convencionales para ejercer ciertas funciones: la toga de los abogados, el uniforme militar, el traje de los toreros... ¿Estaría bien que un abogado se presentase en el juicio en pantalones vaqueros? Y digo yo: ¿por qué no? Los americanos no usan ropa especial en los juicios. Sin embargo, los ingleses hasta se ponen pelucas artificiales. Estereotipos.

Contaba Rovirosa que, en cierta ocasión, fue invitado a una comida elegante, de esas de esmoquin, pajarita, etc. Él se presentó como vestía de ordinario: de electricista (lo recuerdo con un cuello de camisa vuelto limpísimo...). Observó que algunos comensales se sentían incómodos y cuchicheaban. Rovirosa, de fuerte personalidad y seguridad en sí mismo, dio la explicación:

—El invitado es Guillermo Rovirosa, servidor de ustedes, limpio y aseado. Si el invitado ha sido un traje de lana, yo conservo el de mi boda y puedo traerlo para que me sustituya.

No cabe duda de que, tensión, la hubo, pero la cosa no pasó de ahí.

Yo he celebrado, muchas veces, misa en "vaqueros", con un vaso de plástico como cáliz y pan corriente para consagrar. En el capítulo 47 de mi libro Tiempo para pensar, ("Solo cuando es compartido es cristiano nuestro pan"), dedico un apartado a "las misas en los barracones de Alemania", y digo esto:

«La misa se celebraba en una mesita plegable de camping, el cáliz era un vaso de plástico y, el pan, un trozo de pan corriente. Yo estaba vestido con la ropa del trabajo. Éramos ocho o diez, sentados en taburetes, en las cajas de botellas y en las colchonetas de las literas.

La misa duraría un par de horas. Todos rezábamos, todos expresábamos nuestro sentir en relación con el mensaje del Evangelio. Hablábamos de la esperanza de una sociedad nueva en la que no hubiera ni luto ni llanto ni dolor (Apoc 21,4). Todo ello, claro está, con el lenguaje tosco y contundente del hombre trabajador y cristiano, que tiene hambre y sed de justicia».

El espíritu que nos animaba era el que predomina en la HOAC: Fidelidad a Cristo, a la Iglesia (asamblea de los que, bajo un solo Señor y una sola fe, nos sentamos a la misma mesa para partir y compartir el mismo pan, bien en forma de oblea, bien en forma de rosquilla) y a la clase obrera (a los pobres, al "ochlos", al conjunto de los no privilegiados).

¿Que la liturgia oficial prescribe otras formas? «No se ha hecho el hombre para el sábado [la ley], sino el sábado [la ley] para el hombre». (Mc 2,27).

Enrique, Pepe, Javier, parroquia de san Carlos Borromeo de Entrevías, yo estoy, coincido, comulgo... con vosotros. Cuando me llegaron las primeras noticias de lo que os ocurría, pensé: "me parece que se han precipitado y que, aunque tengan toda la razón cristiana, no está el horno para bollos". Pero, después, según voy oyendo y leyendo los comentarios favorables, las adhesiones de mentes y voluntades, en cantidad inmensa, pienso que vuestra acción es profética. Para el "ochlos", es una BUENA NOTICIA. «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino» (Lc 12,32).

«En vista de esto, como elegidos de Dios, vestios de ternura entrañable, de bondad, de humildad, de dulzura y de comprensión [...]. Y, por encima de todo esto, el amor, que es el cinturón de la unidad consumada» (Col 3,12-14).

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