Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES
De los Hechos de los Apóstoles (5,27-30): «El sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre. Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Difícil tema éste: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Porque, siendo verdad que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, ¿cómo podemos saber que obedecemos a Dios? ¿Qué criterio nos lo asegura? En el Padre nuestro se pide: "hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo" ¿Cómo saber que hacemos la voluntad de Dios? Cierto día, en una de esas tertulias de opinión que se desarrollan en la tele, había un cura que, sobre este tema, no decía más que tópicos (estar por la vida, la familia, la libertad religiosa...), asomando la oreja de su ideología política. Y osaba calificar sus palabras de proféticas; sus inconformidades, de denuncia profética. ("Profético" significa "en nombre de Dios").
¿Cuál era, para el cura aludido, la "doctrina sana", la "buena noticia"? ¿En nombre de qué dios hablaba y denunciaba? ¿En qué consiste la "doctrina sana"?
Ortega y Gasset, con su peculiar perspicacia, anunció: "¡Dios a la vista.!". Pero, ¿es reconocible este Dios que viene por los que hasta ahora han (hemos) acaparado tal palabra? Dios, a la vista, no es ninguno de estos dioses que han (hemos) traído al mundo la mayoría de los creyentes. En otro tiempo, todo estaba definido más claramente: buenos y malos, creyentes y ateos, católicos y protestantes, americanos y rusos, los que iban a misa y los que no iban a misa. Todo estaba "atado y bien atado", clasificado y bien clasificado. Pero, hoy, me parece que todo está liado y bien liado. Y de este lío no se libra ni dios (con perdón). Bajo la palabra "dios", cada cual tenemos nuestra idea, a cual más distinta o rara. A mí me dice uno: «Yo creo en Dios». Y yo, que conozco a ese, pienso para mis adentros: "¿En qué dios creerá éste?" (porque, por el modo como se explica, ese dios no es DIOS, digo yo). Otro día, me dice otro: «Yo soy ateo»; y me dan ganas de decirle: «Yo también debo de ser ateo, porque en ese dios en el que tú no crees yo tampoco creo. El obispo Casaldáliga dice, poco más o menos: «donde tú dices "dios", yo digo libertad, justicia, amor. Y donde yo digo "DIOS", ¡cualquiera sabe lo que dices tú!» Antes, en los catecismos de Astete y Ripalda, se nos daba esta definición de Dios: "Un señor infinitamente bueno, sabio, poderoso, principio y fin de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos". ¡Como si lo hubieran visto! Los ateos y los agnósticos parecen haber encontrado la seguridad en su increencia.Cómo deshacer el lío sobre Dios. Excursus: Un señor despotrica contra Dios, la Iglesia, los curas y sus alrededores. Dicho señor tiene un bar muy santo donde pone: se «celebran bautizos, comuniones y bodas». Imagínese que un día las parroquias de los alrededores deciden desmontar todo ese tinglado de primeras comuniones, bautizos y bodas. ¿Se imagina la que montaría el dueño del piadoso restaurante? Esgrimiría los sagrados derechos de los niños a ser bautizados, etc., y su sagrado derecho a... que no le hundan el negocio. Mucha gente tiene apoyado su chiringuito en la vieja religión: los fabricantes de hábitos religiosos de diversos tipos; los vendedores de imágenes, medallas y otros objetos sacros; los arquitectos de templos suntuosos; los escaparates de disfraces de primera comunión; los novios que se casan en la iglesia, por las flores, la música, por lo que dirá su mamá o porque sí; los padres y madres que llevan a su hijo a una comunión que ellos no practican; los organizadores de peregri-turismos... Todos éstos y otros que no recuerdo tienen apoyado su interés económico (su chiringuito) en los muros de un viejo templo. Si un día, con valiente fidelidad al Evangelio, la Iglesia decide derribarla... ¡La que se va a armar!... Imaginaos una legión de almas piadosas y almas ateas, conservadoras y liberales, carcas y progres, protestando porque la Iglesia dejara de ser lo que ellos quieren que sea. A lo que íbamos: ¿De qué "dios" hablamos? Hay dos clases de dios(es): 1. dios. 2. DIOS. Unos creen en el 1; otros, en el 2; otros, en ninguno. Unos le rezan a Dio; otros le rezan a Alá; y otros se quedan callaos, que es su forma de rezá.
Lo peor es que muchos hacen una ensalada con los dos tipos. El dios Nº 1 es un dios tranquilizante y apartado de la realidad. Lo que ese dios pide son novenas para conseguir la gracia que se desee alcanzar; pide una serie de oraciones rezadas como frase de un amigo mío "las patatas al pegotón" (no han acabado unos cuando ya empiezan los otros); pide «cumplir» unos mandamientos; pide llevar a los niños a bautizar cuando no se enteran de nada; pide llevar a los niños a hacer «la comunión», para comer, beber y recibir regalos; pide enterrar al abuelo con cura; pide casarse por la Iglesia, para lucimiento del vestido... Ese dios pide resignación ante las injusticias, pide que los ricos sigan siendo ricos para que puedan dar limosna a los pobres, y los pobres sigan siendo pobres, porque, si no, ¿a quién iban a dar limosna los ricos? (No me lo invento, eso se ha predicado y yo mismo he oído de una persona de comunión diaria, textualmente: «¡Esto es una vergüenza! ¡Si ya no hay pobres!»). Dioses de este tipo hay para todos los gustos: dioses con los que puede uno evadirse y hacer sus negocios sin remordimiento de conciencia; dioses para robar, para poder estafar tranquilamente, para poder aumentar el número de parados, para invadir Irak en nombre de dios... El dios de Bush Richard Land, obispo baptista, escribe:
El predicador de Texas Tony Evans, uno de los asesores espirituales de Bush, recuerda: "Las enseñanzas de la Biblia fueron un motivo para su decisión de presentarse a las elecciones. Él siente que Dios le habla". El Dios Nº 2 (o sea, DIOS) es el que Jesús nos anunció, y en nombre del Cual hablaba: Etc. Esto es una muestra de lo que Cristo ha contado sobre su Padre. Para enterarse bien, hay que leer el Evangelio, entero ("enterar" viene de "entero"). El Evangelio de Jesús es el criterio seguro para hacer "la voluntad de Dios", para "obedecer a Dios antes que a los hombres". ¿Por qué el Evangelio no ha conseguido cambiar a la humanidad? ¿Por qué somos aún tan salvajes (tan... monos)? ¿Por qué en pleno siglo XXI hay un señor que, en nombre de Dios, manda fabricar misiles e invadir países «para salvar la civilización occidental y ¡cristiana!...»? ¿Por qué tantas estafas «cristianas», tantos enriquecimientos «cristianos», tantos odios «cristianos»...? En esta civilización occidental, que ciertas ideologías políticas reclaman como cristiana, no se conoce el Evangelio ni por el forro. El ser humano (hombre o mujer) que emana de Cristo es un ser (hombre o mujer) nuevo, un ser (hombre o mujer) tan avanzado, tan avanzado.., que podríamos denominarlo el «Ser humano comunitario». Una humanidad que ha superado las guerras, los odios, las puñeterías, la pejigueras, las envidias, las zancadillas, las chulerías, las peleas, las oposiciones, las desigualdades, las mentiras, los cuentos chinos (de fabricación nacional), las falsificaciones, las desconfianzas, las hipocresías, los desprecios, los desplantes, los desmanes, los desfalcos, los despilfarros los desconsuelos, los destacamentos, los déspotas, las destrucciones... Esa nueva humanidad tendrá tiempo de sobra para amarse, quererse y hacerse feliz en todas sus modalidades. El evangelio, para el creyente, es, esencialmente, esa utopía básica, no para guiarnos a un cielo hecho de escapismos y evasiones, sino a unos «nuevos cielos y nueva tierra en que habite la justicia» (II Pet 3,13), como esperaba San Pedro, el primer Papa de la historia. ¿Que eso es imposible?.., ¿que nunca llegará? Eso mismo dijo una vez un mono cuando otro mono le dijo: «Ya verás cómo algún día llegaremos a pensar y a inventar lavadoras automáticas». Comprendemos que el camino es largo, ¡larguísimo! La Iglesia de Jesús, como está formada por descendientes del mono (con perdón), no acaba de encajar (meter en caja) su mensaje y, al menor descuido, volvemos a andarnos por las ramas, a tomar gusto al dinero, al lujo, al poder, al «usté no sabe con quién está hablando» y al «prohibido el paso, propiedad privada». La Iglesia que anunció Jesús y de la que aseguró a Pedro que «las puertas del infierno no prevalecerían contra ella» (Mt 16,18) no es la iglesia poderosa y burocrática. Es la comunidad profética de justicia, amor y unidad. La Iglesia funcionaria pierde prestigio día tras día, se está acabando. Y entre todos tenemos que ayudar a que se termine. Para oficinas, están los ayuntamientos y los juzgados. Eso de ver la Iglesia como una agencia de servicios o un local de ceremonias nos impide aclaramos sobre el lío de Dios. Necesitamos profetas que nos griten y nos conmuevan. Necesitamos profetas que nos pongan delante de los ojos todo lo que de cruel y de injusto hay en nosotros y en nuestra sociedad, que nos descubran el engaño y la ceguera de que somos víctimas; que planten cara a los poderes dictatoriales, sean personas, instituciones o estructuras; que defiendan a los oprimidos, que se pongan de parte de las víctimas, que pongan voz a los que no la tienen. Estos años de atrás a mi edad, de todas las cosas hace ya más de treinta años, en la ciudad holandesa de Utrecht se celebró la sesión del Comité Central del Consejo Ecuménico de las Iglesias. La mayoría de las confesiones cristianas estuvieron allí presentes. Un grupo de jóvenes contestatarios sorprendió a los teólogos organizadores con una pacífica pancarta, que decía: "Necesitamos profetas y no diplomáticos". Profetas que nos descubran un mundo nuevo, que nos convenzan de que Cristo, el de verdad, tiene razón: «Cambiad de criterios y de actitudes, creed mi mensaje, pues el Reinado de Dios se acerca» (Mc 1,15). La fe cristiana consiste es esto. ¿Dónde están los profetas? «Guardaos de los falsos profetas, [...] Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,15-16). La función de la comunidad cristiana ("Reino de Dios", "vid y sarmientos", "cuerpo místico"...) es, esencialmente, profética, anunciadora de la justicia, el amor y la unidad y denunciadora de las estructuras de poder, tener y sobresalir. Su estilo evangélico, el de la pacífica pero eficaz levadura. Por aquí..., por aquí se asoma DIOS "¡Dios a la vista!", por aquí se empieza a intuir la obediencia a Dios antes que a los hombres. |
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