Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

OPCIÓN FUNDAMENTAL, CONVERSIÓN Y BAUTISMO

Del santo Evangelio según san Mateo (Mt 3,1-12)

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:

—Convertíos, porque el Reino de Dios se acerca.

Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo:

Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.

[...]

Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

—Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.

[...]

Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

OPCIÓN FUNDAMENTAL, CONVERSIÓN y BAUTISMO, en el Evangelio, están íntimamente relacionadas. (Evangelio: "Buena noticia de liberación": otros, los que piensan más en el cielo que en la tierra —teología transcendente—, traducen "de salvación"). En el fondo, es lo mismo, pero, en la práctica, ambos vocablos adquieren distintas connotaciones.

OPCIÓN FUNDAMENTAL

Nuestra madre nos echa al mundo totalmente desnudos y con unos condicionamientos genéticos (color, estatura, temperamento, carácter, salud, inteligencia, etc.), que son la simiente de lo que seremos a lo largo de la vida. Esos condicionamientos o predisposiciones han de desplegarse después en medio de unas circunstancias sociales determinadas: cultura, trabajo, clima, etc. La madre echa al mundo a un "ser humano". Pero este "ser humano" tendrá que "personalizarse", es decir, habrá de adquirir, progresivamente, categoría de persona (ser inteligente y libre), con un estilo, una mentalidad, unas aspiraciones, etc., que no han salido de la madre, sino que se han adquirido en un ambiente social determinado. El resultado es lo que se llama "personalidad". Ortega y Gasset diría: "Yo soy yo y mi circunstancia". A partir de aquí, nuestra vida personal va desarrollándose individual y socialmente, va creciendo, va asumiendo más conscientemente su ser y actuar, con la mirada puesta en algo que le atrae, lo orienta y da sentido a su vivir. Es decir: va configurando la OPCIÓN FUNDAMENTAL de su vida.

Un ejemplo casero: un hombre hecho y derecho (o sea, realizado como persona) ha visto en una mujer unos valores tan atractivos, que centra toda su atención en ella, la elige entre el resto de las mujeres del mundo, piensa con ilusión que es "la mujer de su vida" y trata de conquistarla. Y la conquista. Y configura su vida para ella, por ella y con ella. Ha optado FUNDAMENTALMENTE por esta mujer. (Y lo que digo del hombre lo aplico también, viceversa, a la mujer). (Cfr. Tiempo para pensar, cap. 11).

Cuando uno conoce a Cristo —"Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’, si no es por la gracia del Espíritu Santo"( I Cor 12,3 )— y se enamora de él, de su doctrina y de su obra (como le ocurrió a Guillermo Rovirosa, leyendo el Evangelio en la cárcel), ¿qué ha descubierto en Cristo?

a) Su persona, que "estando en igualdad con Dios, no se avergonzó de hacerse hombre, pasando por uno de tantos" (Fil 2).

b) Su doctrina: las Bienaventuranzas (Mt 5).

c) Su obra, el Reino de Dios, una sociedad nueva: "buscad, lo primero, el Reino de Dios..." (Mt 6,33)

Cuando esto ocurre, uno hace su opción fundamental: encauzar todo cuanto es, sabe, tiene y hace (casado y sin casar; con hijos y sin hijos; sano y enfermo, con carrera y sin carrera, en su casa y en la calle, en la oficina y en la fábrica...) en tratar de convencer al mundo de que Cristo tiene razón. Quienes se comprometen a ello constituyen lo que se llama "cristianos", grupo de discípulos de Cristo, que, amándose entre ellos como Cristo los ama (Jn 13,34) y guardando entre ellos la unidad parecida a la que hay entre el Padre y Él (Jn 17,23), son la luz del mundo, sal de la tierra (Mt 5,13-14) y levadura de una nueva sociedad (Mt 13,33), que Jesús denomina "Reino de Dios", en el que impere la justicia (Mt 6,33). Esto, forzosamente, tiene que ser una minoría, no una masa informe. Es una comunidad profética, como un grano de mostaza al principio y como un arbolito modesto y acogedor después (Mc 4,31). Una UTOPÍA (algo no realizado TODAVÍA en ningún sitio (u-topos).

Mt 19,16-24

«Se acercó un joven [a Jesús] y le dijo:

—Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»

Él le dijo:

—Si quieres conseguir la vida eterna, guarda los mandamientos.

—¿Cuáles?

—No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El joven:

—Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?

Jesús le dijo:

—Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.

Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

—Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de Dios [= difícilmente hará opción fundamental por Cristo]. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de Dios [en el grupo de Jesús]».

Ese joven no optó fundamentalmente por Jesús; optó por sus posesiones.

Cuando Jesús dice: «el que no está conmigo está contra mí» (Mt 12,30); cuando en la misa decimos; «por Cristo, con Él y en Él»... Se nos está reclamando una opción fundamental. Se trata, sencillamente, de fidelidad, de lealtad, de entrega, no una actitud sentimental. Es la opción por Cristo, por los valores del Reino de Dios y contra los valores diabólicos. La sociedad (el mundo) se basa en los valores diabólicos: dinero, poder y fama; la opción por el Reino de Dios —que no es de este mundo (Jn 18,36)— es la opción por la justicia, el amor y la unidad. La puerta por la que se entra en él es el espíritu de pobreza y, su desarrollo, el resto de las bienaventuranzas.

CONVERSIÓN

Para el cristiano —insisto: para el cristiano (el que ha hecho la opción fundamental), es un proceso de continua renovación de sus criterios y actitudes, con el fin de hacerlos cada vez más coherentes con los proclamados y practicados por Jesús. Comprende a la persona entera y no sólo en los aspectos religiosos de su existencia. Sus relaciones humanas, sus actitudes ante los demás, sus criterios de actuación, han de hallarse en permanente estado de limpieza —siempre, en «estado de revista», se decía en la mili— y progresivo perfeccionamiento.

En otros tiempos, la proclamación de Juan el Bautista (y luego la de Jesús (Mc 1,15)) «convertíos, que el Reino de Dios se acerca» era traducida así: «Haced penitencia, porque el Reino de Dios se acerca». Originalmente, la palabra "penitencia" significaba lo que tiene que significar: conversión (metanoia en griego). Pero la palabra "penitencia" se ha corrompido; le ha pasado lo mismo que, por ejemplo, a la palabra "caridad", que, de significar amor del bueno, ha devenido en limosna. La penitencia nació con el significado noble y comprometedor que damos a "conversión", pero, por la rutina de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas, se usa con el significado de pequeñeces y tonterías: rezar tres avemarías después de confesar, ponerse un cilicio, comer garbanzos viudos los viernes, arrastrar unas cadenas en la procesión y cosas así.

La conversión puede ser individual o social.

A) CONVERSIÓN INDIVIDUAL

Aplicada al individuo, expresa un cambio no sólo en su modo de pensar, sino, sobre todo, en el conjunto de su ser y actuar: en la aceptación de sí mismo, en la orientación de su vida, en el planteamiento de sus relaciones con los demás, en el modo de llevar a cabo sus tareas. San Pablo nos habla del HOMBRE NUEVO (Ef 2,15; 4,24: Col 3,10). El creyente CRISTIANO va convirtiendo el modo de su vida hacia la persona del Señor Jesús, influido por el testimonio de los hermanos (Act 9,35 «Todos los habitantes de Lida y Sarón lo vieron [a Pedro], y se convirtieron al Señor»). «El Reino de Dios es semejante a la levadura...» (Mt 13,33).

La conversión cristiana lleva consigo el valorar al ser humano y a la historia como los valora Cristo. En consecuencia, nos obliga a desprendernos de cuantas falsificaciones, reducciones o ignorancias nos esclavizan y engañan. Esto es fundamental para comprendernos a nosotros mismos, a los demás y al conjunto de la creación.

Esta conversión requiere un lento proceso y un continuado esfuerzo de respuesta, a lo largo del cual vamos haciéndonos más auténticamente cristianos. Todo este proceso es lo que se llama, con propiedad, PENITENCIA, a través del cual se abandonan paulatinamente las actitudes del «hombre viejo y se adquiere el proceder de Jesús: «Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él» (I Jn 2,6).

B) CONVERSIÓN SOCIAL

Lo que se dice del «hombre nuevo», se refiere también, a fortiori, a la «humanidad nueva». En términos caseros, la SOCIEDAD NUEVA.

La sociedad es el marco necesario de la conversión real. Formamos parte de una sociedad compleja; no habrá renovación social duradera sin el presupuesto fundamental del cambio de cada uno, pero la conversión personal tampoco será real si no comporta una responsabilidad y concreción históricas, que impliquen y orienten necesariamente hacia un proceso de conversión social (AG 13).

En esta conversión social todos debemos asumir las respectivas responsabilidades. Lo cual no significa encontrar inmediatamente el camino para llevar a cabo esa mejor realización de nuestro mundo. Hay quienes no ven porque no se comprometen. Por eso, quienes están más generosamente dispuestos a abrirse para ir cambiando a mejor las realidades de esta vida, disciernen más pronto y más fácilmente lo que hay que hacer, cómo y con quiénes.

Este quehacer en nuestra sociedad nos urge a estar abiertos mutuamente a todas las personas de buena voluntad, creyentes o no, que intentamos colaborar en la mejor edificación de este mundo (GS 21).

La Iglesia es —DEBERÍA SER— la comunidad convertida, «levadura» de una nueva sociedad.

BAUTISMO

Es el sacramento (signo eficaz) de la fe. La fe (cristiana) implica, esencialmente, el fiarse de Cristo con todas sus consecuencias, comprometerse con Él y seguirle. El Bautismo es la respuesta del hombre convertido a Cristo. La conversión bautismal encara al inicialmente creyente con la opción fundamental de la fe y su realización práctica. Opción que se dirige hacia los valores básicos del Evangelio, resumidos en el amor universal, la unidad y la justicia. Si el bautismo no produce esto, es un rito vacío.

El bautismo es el sacramento del "hombre nuevo". Es como un alumbramiento, un «volver a nacer» (Jn 3,3). El "hombre nuevo" tiene una misión: por una parte, dar la buena noticia (evangelio) de la condenación de este mundo (tinglado social) y, por otra, anunciar que la ocasión para comenzar a edificar el mundo nuevo ya está presente.

El bautismo, de suyo, es revolucionario.

Tareas específicas del bautizado son: vivir las obras de la luz en medio de las tinieblas, luchar contra las obras y estructuras de la injusticia, enfrentarse rebeldemente a la estructura de pecado del mundo, buscar afanosamente la solidaridad entre los hombres y grupos sociales que llevan en sus manos el futuro de una historia nueva.

Actitud bautismal es jugarse todo a una carta: vender todo para comprar el campo que esconde el tesoro (Mt 13,44), arriesgar la vida para retenerla (Mt 16,25); dejar las redes, para emprender el trabajo de la liberación (Mc 1,17).

Cuando se bautiza un niño, el sacerdote, dirigiéndose a los padres y padrinos de la criatura, les dice:

«Queridos padres y padrinos: en el sacramento del Bautismo, este niño que habéis presentado a la Iglesia va a recibir, por el agua y el Espíritu Santo, una nueva vida. Vosotros, por vuestra parte, debéis esforzaros en educarlo en la fe, de tal manera que esta vida crezca en él de día en día. Así, pues, si estáis dispuestos a aceptar esta obligación, recordando vuestro propio Bautismo...

—¿Renunciáis a Satanás, esto es: al pecado, como negación de Dios; al mal, como signo del pecado en el mundo; al error, como ofuscación de la verdad; a la violencia, como contraria a la caridad; al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

R/ Sí, renuncio.

—¿Renunciáis a sus obras, que son: vuestras envidias y odios; vuestras perezas e indiferencias; vuestras cobardías y complejos; vuestras tristezas y desconfianzas; vuestros materialismos y sensualidades; vuestras injusticias y favoritismos; vuestras faltas de fe, de esperanza y de caridad?

R/ Sí, renuncio.

—¿Renunciáis a todas sus seducciones, como pueden ser: el creeros los mejores; el veros superiores; el estar muy seguros de vosotros mismos; el creer que ya estáis convertidos del todo; el quedaros en los métodos y reglamentos y no ir a Dios?

R/ Sí, renuncio.

—¿Renunciáis a cualquier tipo de abuso, discriminación, fariseísmo, hipocresía, cinismo, orgullo, egoísmo personal desprecio?

R/ Si, renuncio.

—¿Renunciáis a inhibiros ante las injusticias y necesidades de las personas e instituciones, por cobardía, pereza, comodidad, ventajas personales?

R/ Sí, renuncio.

—¿Renunciáis a los criterios y comportamientos materialistas que consideran: el dinero como la aspiración suprema de la vida, el placer ente todo, el negocio como valor absoluto, el propio bien por encima del bien común?

R/ Sí, renuncio.

Siempre dicen que sí, claro. Y yo creo que con sinceridad.

Pero...

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