Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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CRISTO RESUCITADO Según el Nuevo Testamento, Jesús, «por línea carnal, nació de la estirpe de David y, por línea del Espíritu santificador es constituido Hijo de Dios en plena fuerza por su resurrección de la muerte» (Rom 1,4). «La promesa que Dios hizo a nuestros padres la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús» (Act 13,33). Ningún texto del Nuevo Testamento describe la resurrección de Jesús. No puede hablarse con propiedad de testigos directos e inmediatos de la misma, porque nadie la presenció. A la resurrección de Jesús, por tanto, no se accede directamente. La resurrección se sitúa fuera del ámbito de lo empíricamente verificable. Por consiguiente, no puede comprobarse objetivamente ni demostrarse históricamente. Ahora bien, lo que sí puede comprobarse es el cambio producido en el comportamiento de los discípulos después de la muerte de Jesús. Estos lo habían seguido, formando parte de su movimiento. Tras el juicio y la crucifixión, huyen precipitadamente y vuelven a su tierra natal, Galilea. No pasa mucho tiempo y regresan a Jerusalén, donde forman una comunidad, confiesan su fe en la resurrección de Jesús, el Cristo, y llevan a cabo una intensa acción misionera. Algo tuvo que suceder para que, en tan poco tiempo, se operase un cambio total de su estado de ánimo, que los capacitara para una nueva actividad. Ese "algo" es el núcleo histórico de la fe pascual. ¿Dónde empieza ese "algo"? Introducción: Los evangelios son la expresión de una profunda vivencia de fe, de un conocimiento personal de Jesús. Por una parte, está Jesús, su persona, su actividad, etc. Por otra, están los que lo cuentan (los evangelistas). Éstos son cuatro, los cuales proponen el mensaje del Señor tal como ellos lo ven, desde una perspectiva personal diferente, pero los datos fundamentales que nos transmiten corresponden a su vida y doctrina. Ellos no inventan nada, sino que, del cúmulo de cosas que se recordaban de Él, hacen la selección más conveniente para dar a conocer y desarrollar la misión de Jesús-Mesías (el "Reino de Dios") a la comunidad concreta que cada uno tiene delante. Entre las cosas que los evangelistas eligen, yo encuentro tres en perfecta coherencia: l. Una mujer, María, como mujer, avisa de la falta de vino en una boda (Jn 2,1-12). A continuación, sugiere: «Haced lo que él [su hijo] os diga». Como mujer, es buena observadora, advierte la falta de vino y lo avisa; como mujer de fe cristiana, confía en Cristo y así lo aconseja a los demás. 2. El evangelista San Lucas nos da cuenta del grupo que acompañaba a Jesús. Dice, textualmente (Lc 8,1-3): «Caminaba de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, proclamando la buena noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres a las que él había curado: María Magdalena [ ], Juana [ ], Susana, y otras muchas que le ayudaban con sus bienes». 3. Quienes dan a conocer a Jesús resucitado son "las mujeres" (Cfr. Más adelante las citas bíblicas correspondientes). En la selección evangélica del acontecimiento en la boda de Caná y del acompañamiento de Jesús en sus actividades apostólicas, destacan las mujeres como protagonistas y subyace, como en todo el Evangelio ("buena noticia"), una clara intención: contribuir, con datos concretos, a «buscar, lo primero, el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Esto es el centro; todo lo demás, o gira en torno de esto o no es evangélico. ¿Fue Jesús un feminista? El término "feminista" responde a connotaciones culturales modernas que no existían en tiempo de Jesús. Hoy, el término feminismo va cargado de resonancias ideológicas y políticas. Asignar a Jesús preocupaciones propias de la sociedad actual es pecar contra la historia. La sociedad actual está en carne viva respecto del tema de la igualdad hombre-mujer. En el proceder de Jesús, la novedad hay que buscarla no por la ideología ni por la política, sino por el compromiso real de la liberación humana. El proceder de Jesús era como un desafío para el puritanismo obtuso de la ortodoxia judía. ¿Cómo tenía la osadía de incluir a mujeres en su círculo íntimo? El escándalo que ello podía provocar respondía más a razones sociales que a morbosidades sexuales (la sexualidad como tabú es más propia de nuestra época que de la época de Jesús). Jesús va rompiendo moldes por donde pasa, para liberar a las personas de ataduras convencionales absurdas. En todas las ocasiones, aflora un Jesús profundamente humano que se deja querer por quien, aun siendo mujer, busca su cercanía. Tal actitud tuvo (y tiene) que resultar absurda para una sociedad cuajada de prejuicios. Y aquí viene el tercer dato concreto aportado por los evangelistas: el encuentro de las mujeres con Jesucristo resucitado. Las distintas tradiciones evangélicas coinciden en presentar a las mujeres como las primeras personas que se encontraron con Jesús resucitado. Los sinópticos narran esta experiencia con distintos matices a cuál más rico. Según Mateo, cuando las mujeres visitan el sepulcro el primer día de la semana, un ángel les comunica que el Crucificado ha resucitado y les pide que vayan a anunciar la noticia a los discípulos: (Mt 28,2-8): «De pronto la tierra tembló violentamente, porque el ángel del Señor bajó del cielo y se acercó, corrió la losa y se sentó encima. Tenia aspecto de relámpago y su vestido era blanco como la nieve. Los centinelas temblaron de miedo y se quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: Vosotras no temáis. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado; no está aquí, ha resucitado, como tenia dicho. Venid a ver el sitio donde yacía, y después id aprisa a decir a sus discípulos que ha resucitado de la muerte y que va delante de ellos a Galilea; allí lo verán. Esto es todo». Inmediatamente después es Jesús resucitado quien les sale al encuentro y les hace la misma petición: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28,9-10). El matiz de Marcos es que el ángel manda a las mujeres que lo comuniquen «a sus discípulos y a Pedro» (Mc 16,7). Dice Marcos, al final de su evangelio (Mc 16,9-20): «Jesús resucitó en la madrugada del primer día de la semana y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a decírselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando, pero ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, se negaron a creer». Es ella, precisamente, la que comunica la noticia a los discípulos que habían compartido su vida con él. La reacción de éstos ante el anuncio de María Magdalena es de incredulidad. El testimonio de las mujeres carecía de valor entonces. ¡Cuánto más en un asunto de tanta trascendencia! También el evangelio de Juan presenta la aparición de Jesús a María Magdalena como la primera (Jn 20,11-18): «Fuera, junto al sepulcro, estaba Maria, llorando. Se asomó al sepulcro sin, dejar de llorar, y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Le preguntaron: Por qué lloras, mujer? Les contestó: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no se daba cuenta de que era él. Jesús le preguntó: Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? Tomándolo por el hortelano, le dijo ella: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, que yo lo recogeré. Jesús le dijo: María. Ella se volvió y exclamó en su lengua: Rabbonní (que equivale a "Maestro")». La principal discípula y seguidora de Jesús se convierte en la persona que se encuentra con el Resucitado antes que los discípulos varones. El primer dato a tener en cuenta en este relato es que, al hallar el sepulcro vacío, Pedro y Juan se retiran (Jn 20,10), mientras que María Magdalena (según un sermón francés del siglo XII descubierto por el poeta Rainer Maria Rilke) «busca por doquier a su único, al único objeto de su amor, al único e inalterable apoyo de su corazón exánime». En ese encuentro, hay una matiz íntimo que no aparece en el evangelio de Marcos. Jesús llama a María por su nombre. Ella lo reconoce al instante y le llama «Rabbonní», que es la forma de dirigirse los discípulos más cercanos al maestro. El breve diálogo que se entabla entre ambos brota de la confianza que había caracterizado sus relaciones anteriores. Como observa Schillebeeckx, entre María y Jesús sigue dándose la misma «comunicación vital» que mantuvieran en vida. Más aun: María experimenta a Jesús como Viviente. Pero ahí no termina todo. Por indicación de Jesús «Anda, ve a decir a mis hermanos: "subo a mi Padre, que es vuestro Padre, a mi Dios, que es vuestro Dios"» María comunica a los discípulos su experiencia del Resucitado: «He visto a Jesús» (Jn 20,18). Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: - haber seguido a Jesús desde Galilea (Lc 8,2-3); - haber visto a Jesús resucitado (Jn 20,18); - haber sido enviada por él a anunciar la resurrección a sus hermanos (Jn 20,17). El evangelio de Lucas es especialmente relevante a este respecto, ya que mantiene una línea de continuidad en lo que se refiere a la actitud de las mujeres en tres momentos fundamentales: durante la vida pública de Jesús, ante la cruz y en la resurrección. En relación con la presencia y la participación de las mujeres en el movimiento de Jesús, leemos en Lucas (Lc 8,2-3, antes citado): «Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María Magdalena, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras que le servían con sus bienes». Las mujeres siguen a Jesús también camino del Gólgota: «Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y lamentaban por él» (Lc 23,27). Las mismas mujeres que lo habían acompañado desde Galilea asisten con José de Arimatea al entierro (Lc 23,55). El primer día de la semana, cuando van al sepulcro con aromas, «Encontraron corrida la losa, entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de aquello, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes; despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que esta vivo? No está aquí, ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: "El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de gente pecadora y ser crucificado, pero al tercer día resucitará". Recordaron entonces sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. Eran María Magdalena, Juana v María la de Santiago; también las demás que habían ido con ellas les decían lo mismo a los apóstoles, pero ellos lo tomaron por un delirio y se negaban a creerlas» (Lc 24,2-12). También, en el final del evangelio de Marcos (Mc 16,11), cuando las mujeres dan la noticia «a los Once y a todos los demás», éstos consideran su testimonio como desatino. «Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro» (Lc 24,12). El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo. San Hipólito de Roma le reconoce la condición de apostola apostolorum ("apóstola" de los apóstoles). San Gregorio Magno la llama «nueva Eva» en cuanto que anuncia la vida. San León Magno la califica de persona Ecclesiae gerens (gerente = la que lleva, conduce, a la Iglesia). A partir de San Pablo, Maria Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe, según Lorenzen, «a la situación jurídica, unida a una Iglesia bajo el dominio masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante puesto que Jesús dio a las mujeres». Dice Suzanne Tunc: «¡Ellas (las mujeres) son el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, e incluso el eslabón esencial para nuestra fe en Cristo resucitado!». Los apóstoles aparecen en las tradiciones evangélicas como testigos secundarios de la resurrección. Acceden a ella a través de la experiencia y del testimonio de las mujeres. La diferencia entre la actitud de las mujeres y la de los discípulos varones salta a la vista, según los relatos evangélicos: éstos la vivieron entre el desconcierto y el inicial descreimiento; las mujeres la viven como el tránsito de una visión a otra dentro de la fidelidad a un proceso de visión, conocimiento y amor. [Yo, pecador... Si notáis que muchas de las cosas que digo en este artículo pueden leerse en Hacia la comunidad de J. J. Tamayo (6/146 ss)., no penséis que es por plagio, sino, como ahora se dice, por transtextualización]. |
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