Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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JESUCRISTO Del santo Evangelio según san Marcos (Mc 8,27-29): « Jesús y sus discípulos salieron hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Por el camino, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas. Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Contestó Pedro: Tú eres el Cristo». El nombre "Jesucristo", originalmente, no es un nombre propio de persona. Es, más bien, una confesión de fe equivalente a «Jesús es el Cristo» (Jesús, el hijo de María, es asumido tomado para sí por el Hijo de Dios, que, en hebreo, se dice "Mesías" y, en griego, "Cristo", significando, en ambos casos, "enviado", "ungido" de Dios). Que Jesús es el hijo de María, hoy, no lo niega nadie. Pero que Jesús es el Cristo, o sea el Hijo de Dios, fundido en una sola personalidad con el hijo de María (Jesu-Cristo), no se puede decir si no se tiene fe. Dice San Pablo: "Nadie puede Jesús decir «Jesús es el Cristo» si no es por la gracia del Espíritu santo" (I Cor 12,3). La cristología consiste en la explicación de esa frase y el sentido en que dicho predicado (Cristo, Mesías) es aplicado a Jesús. En la historia de la religión de Israel la palabra "mesías" designa a un ser enviado por Dios para restaurar la unidad de Israel, rota a causa del despotismo de sus reyes. Después, el mundo cristiano descubrió en Jesús un sentido nuevo, transcendente. Las comunidades cristianas primitivas de lengua y cultura griega, para las que el término "Cristo" no decía nada (o muy poco), prefirieron la fórmula "Jesús es el Hijo de Dios". En cualquiera de ambas frases ("Jesús es el Cristo" o "Jesús es el Hijo de Dios") se encuentra resumida toda la fe cristiana. Los teólogos dividen la cristología en dos aspectos, ascendente y descendente. Cristología ascendente es la que destaca más el aspecto divino de Jesucristo ("Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado..."); teología descendente es la que destaca más su aspecto humano (nace pobre, habla en parábolas, come con pecadores...). El evangelista San Juan y el apóstol San Pablo se fijan más en el aspecto divino; los tres sinópticos, o sea San Mateo, San Marcos y San Lucas se fijan más en los rasgos humanos. Cada uno de estos dos aspectos tiene sus adictos: unos prefieren el uno, otros prefieren el otro. Yo, en esta reflexión, hago un acto de fe: Jesús, el hijo de María, es el Cristo, Hijo de Dios. A partir de aquí, voy a fijarme en los aspectos humanos, ya que, en los sermones, en la liturgia y en la religiosidad al uso, aparecen menos, tal vez porque comprometen más. Mientras redacto estas cosas, aparecen en mi mente, como telón de fondo, todas las aplicaciones que la gente da a la palabra "cristo" (el "cristo" de esto, el "cristo" de lo otro, el "cristo" de aquí, el "cristo" de allí..., de la columna, de los faroles, de Medinaceli, de Urda...). Y se me ocurre lo siguiente: Pregunta: ¿Tiene manos Cristo (el de verdad)? Respuesta: ¡Claro que tiene manos! Reflexión: ¡A que no es igual decir "las manos de Cristo" que "el cristo de las manos"! Pregunta: ¿Tiene ojos Cristo (el de verdad)? Respuesta: ¡Claro que tiene ojos! Reflexión: ¡A que no es igual decir "los ojos de Cristo" que "el cristo de los ojos"! Pregunta: ¿Tiene narices Cristo (el de verdad)? Respuesta: ¡Claro que tiene narices! Reflexión: ¡A que no es igual decir "las narices de Cristo" que "el cristo de las narices"! Salmo 115,4-8: «Plata y oro son sus ídolos, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza». Este artículo, en la puerta domingo de ramos de la mal llamada "Semana Santa" sólo Dios es santo, será hablar de Cristo, no como lo veo en la teología escolástica, ni en las imágenes que sacan en procesión, sino como se me ofrece en el Evangelio. Quién era Jesús Es muy poco lo que sabemos con certeza histórica sobre Jesús de Nazaret. A pesar de que aquella pregunta "¿Quién decís que soy yo?" haya venido repitiéndose con insistencia a lo largo del tiempo con las respuestas más variadas, que, por otra parte, siempre han mostrado la misma actualidad que refleja el evangelista San Marcos. Los primeros en preguntarse cómo sería el Jesús histórico fueron sus seguidores. Y cada una de aquellas comunidades, de las que los evangelistas fueron una especie de portavoces, se fijó en detalles distintos: Para Marcos, fue el gran liberador, con hechos más que con palabras; así, relata sus acciones, curaciones, milagros. Mateo, que escribe para los judeocristianos, ve en Jesús al Mesías. Para Lucas, el evangelista de los gentiles, Jesús es el liberador de los pobres y marginados, diciendo que todos somos, por igual, hijos de Dios. Juan lo presenta como el hijo eterno de Dios, el Cristo profetizado y esperado. Para la comunidad cristiana, Jesús es el hijo de Dios. En síntesis, los textos evangélicos nos hablan de su aprecio por la naturaleza, de sus dotes de observación, de la entereza de su carácter, de su audacia y prudencia, de su dignidad y sencillez. Predicó lo que manda el sentido común. Aquello de "cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos", que constituye la regla de oro de la caridad y que, por otra parte, habían enunciado ya otros, cientos de años antes. La originalidad de Jesús consistió en el marco de amor sin límite que puso a la vida de las personas, habiéndolo vivido él primero, con todas sus consecuencias. Esta fue su grandeza humana y originalidad. Jesús fue un hombre enteramente libre Frente a los que estamos programados por conveniencias sociales, por la civilización convencional, Jesús se nos muestra en los evangelios como un hombre libre e independiente. Llamó la atención por saltarse a la torera las normas inútiles del orden establecido; por despreciar las escalas sociales y las etiquetas; por ser un provocador en toda la extensión de la palabra. Si se mostró libre ante la ley fue porque, para él, el hombre es más importante que la ley y porque hacer el bien a los demás está por encima de cualquier otra norma. El hombre, para Jesús, es lo más importante que hay sobre la tierra; por eso, su criterio de actuación no fue la ley, sino las necesidades del hombre. El núcleo de su mensaje fue la libertad y la liberación. Y así lo enseñaba a sus discípulos. Se sintió libre ante los escribas. Estos eran los encargados de hacer cumplir la ley, especialmente la religiosa. Pero, como leemos en Marcos, para Jesús los ritos y leyes litúrgicas carecen de sentido, si se olvida que deben estar al servicio del hombre. Por eso, no se sintió obligado a aceptar por las buenas, ni las tradiciones de su pueblo, ni sus leyes y ritos sagrados, ni siquiera el orden establecido. Se manifestó como un hombre libre frente a los poderosos. Con valentía les demostró que no necesitaba nada de ellos (y debió de dolerles lo suyo). Se sintió libre hasta con sus mismos discípulos. Sólo les mandó que se amaran entre ellos (Jn 13,34) y que se reunieran de vez en cuando para celebrar la cena en recuerdo suyo (Lc 22,19). Las normas estrechas han obstaculizado durante mucho tiempo demasiadas cosas, incluido el desarrollo humano y el religioso. Jesús no valoró las normas, sino la libertad de la conciencia. Jesús fue un hombre de asombrosa seguridad Desde el primer momento, supo lo que quería. Compartió la mesa con pecadores, algo que jamás hubiera hecho ningún judío piadoso. Contrapuso a la ley antigua su propio mensaje que, según él, contenía la voluntad de Dios. Y aunque se da cuenta de que su comportamiento no es muy "ortodoxo", sigue adelante. El tiene una conciencia muy clara de que lo importante no es ni triunfar ni morir. Lo verdaderamente importante es hacer la voluntad del Padre para regenerar al hombre, y esto es lo que hizo, sin depender de personas, de cosas o de situaciones. Jesús fue un hombre para los demás Nunca ha existido nadie que haya estado tan a favor del hombre, de "todos" los hombres, en especial de los marginados. Hasta tuvo que aguantar la acusación de que andaba con "malas compañías". Marcos dice abiertamente que se movió en círculos sospechosos, entre gente de mala reputación. No se sintió superior a nadie; por eso, los sencillos y los pobres se sintieron tan a gusto a su lado. A diferencia del Bautista (Mt 3,10), Jesús no anunció el Reino de Dios como juicio, sino como gracia para todos. Dice Erik Fromm que Jesús fue el héroe del amor; aunque fue un líder entre aquellas gentes, nunca tuvo poderío y jamás utilizó la violencia, jamás pretendió dominar a nadie ni poseer nada. Fue un héroe del ser, del dar, del compartir. Jesús fue un hombre tolerante Por no imponer, ni si siquiera impuso la oración a sus discípulos. Tuvieron ellos que pedirle que les enseñase a orar. Si su actitud resultó un tanto escandalosa, fue porque no se puso sin más a convertir pecadores. El ofreció el Reino de Dios a los pobres y a los que no tienen poder. Anunció la liberación a los oprimidos. Ofreció el perdón aun sin estar seguro del cambio de conducta del perdonado, sin imponer una conversión inmediata. Lo ofreció como un regalo. Al paralítico le anunció el perdón de sus pecados antes de hacerle levantar de su camilla. No exigió nada a la Magdalena, de la que sólo se permitió comentar que amaba mucho. Lo mismo ocurrió con la mujer adúltera a la que querían apedrear en cumplimiento de la ley. Su perdón nunca fue humillante. Y es que, para Jesús, el pecado no es tanto una ofensa a Dios o imperfección moral personal cuanto una ofensa a los hombres, un sufrimiento infligido a alguien. Se atrevió a decir a los pecadores que Dios los amaba como eran. Siempre apareció como el compañero sencillo, amable, amigo de todos. Auténticamente humano, conoció la afectividad natural y se conmovió ante la desgracia. Hasta se atrevió a llamar dichosos a los que lloran; y fue capaz de poner en el último lugar a los que se afanan por ser los primeros. Partidario de la no violencia, predicó incluso el amor a los enemigos. Jesús fue un subversivo Cierto. Pero la verdad es que lo fue de tipo pacífico. Él declaró la guerra sólo a la piedad fingida, a la hipocresía, a la beatería, a los que oprimían al débil, a los que explotaban a los pobres; declaró una guerra sin cuartel a la venganza, a la violencia y al crimen. El mero hecho de mostrarse compasivo con las mujeres y aceptar su compañía y su conversación, en la época y en la sociedad que le tocó vivir, constituyó no sólo inconformismo, sino, sencillamente, escándalo. Es más, colocó a los publicanos y a las prostitutas por delante de los fariseos y los letrados para construir el Reino de Dios. Llamó la atención el que, sin ser sacerdote, criticara tan duramente a los de su tiempo y que, sin ser fariseo, los condenara sin paliativos. Y es que rechazaba violentamente a todos los que reducían la religión a una serie de prácticas externas. Si su mensaje es considerado como revolucionario, lo fue en el sentido de que quiso transformar radicalmente las condiciones de vida. Y fue tal su radicalidad que, aunque no aprobaba ni los métodos ni los fines del radicalismo revolucionario de los zelotas, la verdad es que fue condenado por subversivo político. Para él, los poderes extraños, de los que el hombre debe ser liberado, eran las fuerzas del mal: el dinero, el poder y la fama, que son los orígenes del odio, la injusticia, la violencia, la mentira. Atacó con dureza el templo como lugar de sacrificios, llegando a pronosticar que no quedaría de él piedra sobre piedra, y reivindicó, para el culto, "el espíritu y la verdad". La palabra "obediencia", como sujeción a un orden preestablecido, no fue nunca empleada por Jesús. Para Jesús, obedecer no es tanto cumplir unas normas, cuanto una decisión firme en favor de lo que Dios exige en cada circunstancia concreta de la vida. Obedecer, para él, es abrir los ojos a la situación que se presenta y arriesgarse a responder a Dios. Él decía que su comida y su bebida eran cumplir la voluntad del Padre. Para el prestigioso teólogo H. Küng, Jesús no fue ni sacerdote ni revolucionario político ni monje ni asceta ni moralista piadoso; fue un provocador que permaneció hasta la muerte con los pies bien puestos en el suelo, claramente definido en torno a dos polos: Dios y el pueblo, del que formaba parte y a quien quería liberar de todos sus opresores. Toda la predicación de Jesús puede resumirse en esta frase: «el reino de Dios está cerca». Lo cual significaba que las instituciones judías, en concreto la Ley y el Templo habían cumplido su misión. Los dirigentes religiosos del pueblo debieron de ver con toda su evidencia las consecuencias del este anuncio. En este punto se inició el conflicto que desembocaría en la muerte de Jesús. (He omitido las citas bíblicas intercaladas, porque tendrían que ser muchísimas y harían muy premiosa la lectura). |
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