Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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EL QUE NO TENGA PECADO TIRE LA PRIMERA PIEDRA Del santo Evangelio según San Juan (Jn 8,111): En los tiempos de Jesús, la mujer casada era propiedad del marido, que podía hacer de ella un uso casi arbitrario. "Marido" se decía "ba`al", palabra hebrea que significa "señor", "amo", "propietario". La esposa era considerada adúltera por cualquier tipo de relación sexual extramatrimonial, y el libro del Levítico (Lev 20,10) condenaba el adulterio con la pena de muerte, que se ejecutaba mediante apedreamiento (Ez 16,40). Así estaban las cosas cuando ocurrió lo que narra el Evangelio. Desde el año treinta de nuestra era, los romanos habían quitado al sanedrín judío el derecho a ejecutar la pena de muerte. Fariseos y letrados quieren meter a Jesús en un aprieto: si perdona y defiende a la mujer, se pone en contra de la Ley de Moisés; si manda que la apedreen, se declara contra de los romanos. Jesús irá a la raíz del problema y dejará que cada uno actúe en consecuencia. A ver, el que no tenga pecado, que tire la primera piedra. * * * Ficción: Y una viejecita allí presente cogió un piedra para tirársela a la pecadora. Y Jesús le dijo: Pero, madre, ya estás otra vez metiéndote en mis cosas. * * * La idea de pecado está en crisis La mentalidad tradicional define el pecado como "transgresión voluntaria de leyes y preceptos religiosos" (DRAE). En la actualidad, está desapareciendo el concepto de pecado, porque, por una parte, se ha debilitado la obligatoriedad de la ley externa y, por otra, las personas pesan cada vez menos como "seres humanos" y más como datos en el mecanismo económico. Nuestra libertad está condicionada por las circunstancias de ambiente y de educación, y manipulada mediante los poderosos medios de una sociedad regida por el dinero. La palabra "pecado" debería desaparecer, no suena con dignidad en la cultura actual. Y debería ser sustituida por otra que exprese mejor su sentido dentro de esta cultura. Pecado es la persistencia tenaz en la injusticia, un impedimento para que el ser humano pueda realizarse como persona, bien en sí mismo, bien en la sociedad. En la opinión común y, por desgracia, también en la predicación ordinaria de los curas, se repite que el pecado es, ante todo, un mal que se le hace a Dios. Pero lo que la Sagrada Escritura dice, según nos recuerda Santo Tomás de Aquino, es que "Dios es ofendido por nosotros sólo porque obramos contra nuestro bien" (S. c. gent. 3,122). Dice el profeta Jeremías (Jer 7,19): «¿A mí me exasperan ésos? oráculo de Yahveh, ¿no es a sí mismos, para vergüenza de sus rostros?» Para Santo Tomás de Aquino, el bien humano no está arbitrariamente determinado por deseos puramente subjetivos, ni por deseos instintivos, ni por la voluntad arbitraria de Dios. Está determinado por la naturaleza humana entendida como persona (y no como animal) y por las normas que, basadas en esta naturaleza, fomentan el desarrollo y bienestar óptimos de la persona. Pecar es impedir que alguien pueda desarrollarse como persona; pecar es romper la relación personal con nuestros semejantes. El pecado no debe concebirse «como una transgresión de una ley», puesto que consiste realmente en «una ruptura de relación». Y esta relación siempre se refiere a otro ser humano. Hay que superar la concepción del pecado individual, ya que todo pecado, si lo es, tiene alguna relación con el otro, o con nuestra apertura al otro. En una palabra: el pecado tiene siempre una dimensión social. Cuando nosotros hablamos de nuestra relación con Dios en el pecado, no podemos querer significar la relación con una representación psicológica (y, por tanto, falsa) de Dios, sino la relación con lo divino, que no tiene otro medio de manifestarse que la relación humana (1Jn 4:20): «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve». La culpa, problema de todo hombre Se cree, en general, que la culpa es un concepto introducido en el mundo por la religión, es decir, si Dios no existiera, desaparecería el sentimiento de la culpa, porque no habría mandamientos y cada uno podría hacer lo que quisiese. ¡Craso error! Lo relativo al pecado (a la injusticia) afecta al hombre por ser hombre, no por ser creyente; el más convencido ateo tiene que luchar igual que el más fervoroso creyente contra los limites de su libertad, contra la fuerza de su instinto y contra la enigmática y terrible dualidad de su ser. La diferencia está, únicamente, en el modo en que cada uno afronta el problema. Nuestra teología enseña que el hombre es imagen de Dios y continuador de la creación. Los discursos electoralistas se adornan con la idea de la dignidad del ser humano, pero, en el fondo, este "ser humano" es pensado, definido y contabilizado como herramienta de trabajo, como elemento integrador de la producción económica, como dato sociológico. A la hora de la verdad, cada ser humano importa cada vez menos en la estructura global del "mundo. Entonces... Si decimos que el pecado no consiste en quebrantar una ley, sino en malograr la realización del ser humano, y el ser humano nos importa un pimiento, ¿qué es, pues, el pecado? En la cultura occidental (religiosa y no religiosa) Dios es concebido como terrible y culpabilizador, parecido al Dios vengativo del AT o al ser ominoso de las tribus primitivas. Para poder recuperar el sentido del pecado y, con ello, el sentido de la responsabilidad humana, es menester, lo primero, "liberar" a Dios y al hombre de las representaciones mezquinas que nos hacemos de ellos. Para poder sentirse pecador, es decir culpable, es condición imprescindible el poder sentirse libre. Sólo la persona libre puede sentirse culpable. Pero, hoy, hay muy pocos seres libres. La mayoría estamos manejados por unos hilos misteriosos que nos hacen bailar, a todos, el mismo baile, al mismo compás y al mismo son. Se cuenta de Diógenes el Cínico que iba por entre la muchedumbre abigarrada en un día de mercado, con un farol encendido en la mano. Alguien le preguntó: ¿Qué te trae por aquí, Diógenes? Busco un hombre. ¿No tienes bastantes con los que hay aquí?. A lo que respondió Diógenes: Aquí, lo que hay es mucha gente, pero, hombres, muy pocos. La contradicción de la libertad «¿Pero qué clase de hombre debo de ser yo para poder haber hecho tal cosa?» (Scheler). Uno de los grandes enigmas de la persona: ¿cómo es posible hacer el mal? El hombre constata una y otra vez que en lugar de hacer el bien hace el mal. E incluso cuando hace el bien, la propia experiencia o la psicología le enseña que su decisión no es del todo limpia y transparente: siempre hay motivos oscuros, impulsos que nos gobiernan sin que lo sepamos. El pagano Ovidio "veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor" y el cristiano san Pablo "no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero es lo que hago" (Rom 7,19) representan una experiencia universal.
Mt 21,28-32: «Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
Dios como liberador de la culpa Una cosa es pecar contra Dios y, otra, pecar en presencia de Dios. Ya hemos dicho que no se peca contra Dios, pero, si pecamos, lo hacemos en su presencia. Al creyente, esta presencia le confiere una enorme seriedad, pero también le abre una posibilidad radicalmente nueva. Si el creyente se siente ante un dios implacable, que, con su mirada omnipotente, lo clava contra su culpa, sin escapatoria posible, nada existe en el mundo con mayor capacidad culpabilizadora. Si, por el contrario, la mirada de Dios es experimentada como la de una presencia que nos acompaña con su amor, siempre dispuesta a la comprensión y a la ayuda, resulta difícil pensar nada más luminoso, curativo y liberador. Salmo 139,1-3: «Yahveh, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas». ¿Cuál es la actitud real de Dios ante el pecado del hombre? No es fácil averiguarlo. Paul Ricoeur dijo una cosa que debería ser clave para leer todo lo que sobre este punto dice la Sagrada Escritura: «Sin duda, queda todavía mucho camino hasta que comprendamos o adivinemos que la cólera de Dios es solamente la tristeza de su amor». |
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