Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

EL HIJO PRÓDIGO

(Confesión, contrición, atrición)

Del santo Evangelio según san Lucas (Lc 15,11-32):

«Dijo Jesús de Nazaret esta parábola:

Un hombre tenia dos hijos; el menor dijo a su padre:

—Padre, dame la parte de la fortuna que me toca.

El padre les repartió los bienes. No mucho después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna —"entre prostitutas y flautistas", dice san Jerónimo es sus glosas—, viviendo como un perdido. Cuando se lo había gastado todo vino un hambre terrible en aquella tierra y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se puso al servicio de uno de los naturales de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le daba de comer. Recapacitando, entonces, se dijo:

—Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre. Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: "Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuvo: trátame corno a uno de tus jornaleros".

Entonces se puso en camino para casa de su padre: su padre lo vio de lejos y se enterneció; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó:

—Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuvo.

Pero el padre mandó a los criados:

—Sacad enseguida el mejor traje v vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traed el ternero cebado v matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío se había muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y se le ha encontrado.

Y empezaron el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y el baile; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. Este le contestó:

—Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el ternero cebado, porque ha recobrado a su hijo sano y salvo.

Él se indignó y se negó a entrar; pero el padre salió e intentó persuadirlo. El hijo replicó:

—Mira: a mí, en tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya, jamás me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado.

El padre le respondió:

—Hijo mío, ¡si tú estas siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuvo se había muerto y ha vuelto a vivir, se había perdido y se le ha encontrado».

* * *

Dijo Jesús Gil esta otra parábola:

El muchacho N. N. N., abandonó a su padre, huyó de su casa, se dirigió al puerto, cargó bultos, se coló de polizón en un barco mercante, visitó distintos países, aprendió geografía, comercio, astucia, corrupción, intrigas. Reunió un pequeño capital, compró mercaderías, las vendió, obtuvo un crédito, halló un socio, lo engañó, constituyó una sociedad, arruinó a los ahorristas, construyó edificios... y no envió ni una postal a su padre, ya viejo, pero todavía orgulloso y dinámico.

Una noche, sin haberse buscado, se encontraron en un bar de Hong-Kong. El padre, un poco incómodo, tratando de ocultar su remordimiento detrás de unos modales bruscos, hizo al hijo un reproche:

—No quisiste estudiar.

—¿Para qué? —dijo su hijo, más orgulloso que su progenitor—, ¿para qué me hubiera servido? No sé escribir, pero pago secretarias preparadas que lo hacen por mí, asesores económicos que me descifran los formularios de los impuestos, los impresos de la aduana y las condiciones de las casas aseguradoras; abogados que me evitan el cometer tonterías y que, si de todas maneras las cometo, saben sacarme del embrollo. ¿Qué objeto habría tenido el estudiar?

El padre se miró ostentosamente una cintita que llevaba prendida en su chaqueta, como para decir a su hijo que también existen satisfacciones morales.

—Gracias a tus indiscutibles méritos —expresó su hijo—, tú eres caballero de San Eusebio. Yo, gracias a mi analfabetismo, soy comendador, gran oficial, gran cruz y estrella al mérito de media docena de órdenes caballerescas.

—¿Y cómo las conquistaste?

—Comprándolas en efectivo, papá.

(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

* * *

Sobre el hijo pródigo Nº 1:

Estamos en plena Cuaresma, tiempo de conversión. Hoy, el evangelio del día nos narra la parábola del "hijo pródigo". Los predicadores de estos días se ponen muy emotivos, describiendo la ternura del padre, que abre sus brazos al hijo que vuelve arrepentido. Esta parábola es muy usada para ablandar los corazones y movernos a la conversión.

Yo voy a apartarme de esta consideraciones tradicionales sobre el arrepentimiento del hijo pródigo. A la parábola, ni le quito ni le pongo, pero dudo mucho de que la opción fundamental de la vida de ese muchacho haya cambiado. Su vuelta al padre no está inspirada por el amor, imprescindible para el arrepentimiento, sino por el hambre: «Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de come».

La actitud del padre sí es amorosa.

Este asunto me da pie para hablar de dos cosas:

1. La contrición (lat. "contritio"): «Arrepentimiento y dolor por haber ofendido a Dios».

2. La atrición (lat. "attritio"): «Arrepentimiento y dolor por haber ofendido a Dios».

Ambas, según el DRAE, significan lo mismo: "arrepentimiento y dolor de haber ofendido a Dios". Pero, según la moral católica, se diferencian en lo siguiente: el arrepentimiento de la contrición es el pesar y el dolor de haber ofendido a Dios, producido por el amor; la atrición es el pesar de haber ofendido a Dios, producido por miedo al castigo, vergüenza, las consecuencias del pecado cometido..., etc.

Los teólogos denominan, a la primera, contrición perfecta; a la segunda, contrición imperfecta o simplemente atrición.

Ejemplo de contrición perfecta:

«No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tú muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar por que te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera».

Ejemplo de contrición imperfecta o atrición:

«cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Dice la doctrina católica: la contrición perfecta (el arrepentimiento motivado por el amor) perdona el pecado, sin más; la contrición imperfecta o atrición (el arrepentimiento motivado por la necesidad, el miedo o la vergüenza) no perdona por sí mismo, sino que, para obtener el perdón de Dios, se precisa la absolución sacramental dada por el sacerdote. Y, si el pecado es venial, se perdona por una de estas nueve cosas, según el Catecismo de Ripalda:

Por oír misa con devoción.

Por comulgar dignamente.

Por oír la palabra de Dios.

Por bendición episcopal.

Por decir el Padrenuestro.

Por confesión general

Por agua bendita.

Por pan bendito.

Por golpes de pecho.

Todo esto, dicho y hecho con devoción.

(No me hago responsable ni me solidarizo con tal doctrina. Afortunadamente, esto yace en el olvido).

En la contrición, la opción fundamental por Dios permanece intacta.

En la atrición, la opción fundamental se ha volcado en las criaturas: placer, dinero, poder, fama...

Lo propio de la contrición es la honradez (sinceridad).

Lo propio de la atrición es la hipocresía. Por ejemplo: yo estoy cabreado con mi cuñado, se lo cuento al cura, sigo sin hablarme con él, pero ya puedo comulgar; me gustan los dineros con rabia y mi corazón está puesto en el banco, me confieso de haberme distraído un poco al rezar, me acerco a comulgar y ya he cumplido con Pascua; etc. Esto, aunque un tanto caricaturesco, puede aplicarse a muchísimas de las confesiones presuntamente sacramentales que se hacen por los más diversos motivos (devoción, cumplimiento de algo, obligación impuesta...), sin arrepentirse de nada y sin enmendarse de nada.

La idea del pecado y la confesión están en crisis. La estructura de nuestras confesiones resulta anacrónica. Y hasta ridícula. Y es conceptuada como un acto mágico de perdón por arte de birlibirloque. Y tras el modo excesivamente individualista de entender el perdón, late una "caricatura de Dios" (vengador u justiciero), como si Dios fuese un policía dispuesto a lanzarnos al infierno por haber faltado a misa o comido un chorizo en un día de abstinencia.

El tipo de confesión individual vigente tiene una configuración detallista y cicatera. No siempre ha sido así. Es así desde el Concilio de Trento. Antes era mucho más abierta y social. En los principios, era comunitaria, como debería ser en lo sucesivo; el Reino de Dios es comunión (común unión). Lo privadísimo, trátese a solas con Dios. Pero lo público debe ser conocido por todos. El explotador, si se convierte, debe manifestarse arrepentido ante la comunidad. No vale cometer injusticias públicamente y acercarse luego a contárselas al cura, para ganar el jubileo, y seguir igual después.

Si existe un sacramento de la penitencia, es porque se corresponde con una situación humana fundamental: la culpa es una de ellas. Cuando la culpa pone cruelmente al descubierto la fragilidad esencial de la libertad humana, Dios anuncia la alegría del perdón; algo tan grande e importante que pide ser celebrado en comunidad.

Nuestros oscuros y angustiosos confesionarios no invitan a la alegría. Conviene decirlo abiertamente: cuando un sacramento, que es por esencia don alegre y gracia liberadora, es vivido con tristeza y como carga, es que falla algo fundamental.

Es necesario y urgente un cambio. Y hay que plantearlo en un doble sentido:

Primero, con respecto al que se confiesa. Qué imagen de Dios cultiva, qué vivencia de la gracia tiene, qué sentido confiere al pecado y a su perdón. Todo cristiano debe contestarse a estas preguntas antes de la celebración del sacramento de la penitencia. Cualquier sacramento, privado de su experiencia básica, no sirve para nada.

Segundo, en cuanto a su envoltorio litúrgico. Mientras la confesión se viva como una carga, no puede ser celebrada como un sacramento, como uno de los signos más densos y generosos del amor salvador de Dios. Y, así, el fenómeno del actual abandono de la confesión puede interpretarse como un paréntesis popular hasta encontrar una nueva forma digna de celebrar el perdón.

La pastoral del miedo ha sido una de las causas de la descristianización. Del miedo a tantas prohibiciones se ha pasado a la pérdida del sentido del pecado, al abandono de la religión.

Pero... lo que había antes, ¿era eso virtud?; ¿era eso vivir la experiencia cristiana de la gracia?; ¿era eso sentirse hijos de Dios, acogidos, amados y perdonados por él? Un abandono tan rápido y masivo indica claramente que lo que se ha producido es una huida del temor. Quedémonos con la esperanza de una visión nueva —una "buena noticia" muy necesaria y urgente para la conciencia colectiva— que explique mejor el pecado del hombre y el perdón de Dios.

* * *

Sobre el hijo pródigo Nº 2:

Decía Jesús de Nazaret, después de exponer una parábola: "El que pueda entender, que entienda". Pues eso.

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