Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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EL CULTO Y LA VIDA Del Evangelio según San Juan (Jn 4,5-42) «Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar; [...] allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. [...] Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. [...] La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mi, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. [...] La mujer le dice: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. [...] los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». "Ni en este monte ni en Jerusalén" Samaria, la provincia del centro, estaba habitada por una población que no era puramente judía; desde los tiempos de la invasión asiria (721 a.C.), se habían instalado allí colonos de otras naciones, y las razas y creencias se habían mezclado. Cuando comenzó la reconstrucción del templo después del exilio de Babilonia, Esdras no permitió a los Samaritanos colaborar en ella, por no considerarlos verdaderos israelitas (Esd 4,13). Los samaritanos, entonces, erigieron su propio templo. En tiempo de Jesús, la enemistad entre samaritanos y Judíos era muy grande, siendo peligroso para un judío viajar a través de Samaria. Exactamente igual que hoy. Los judíos, por su parte, tenían a los samaritanos por herejes y paganos y no querían trato con ellos (Jn 4,9). ¿Sabéis cómo se dice "templo" en latín? Fanum, de donde procede la palabra "fano", que es como antiguamente se llamaba a lo que hoy denominamos "templo". De "fano" proviene el adjetivo "fanático": partidario exaltado e intolerante de una creencia. Y, de ahí, la palabra "fanatismo". Da vergüenza tener que reconocer que el fanatismo se origina, etimológicamente, por la riña entre templos, es decir, en la práctica y a lo largo de la historia, por motivos religiosos. Al hablar de "religión", no aludo a la obra de Cristo. Lo de Jesús no es una religión. Lo de Jesús es una iglesia: asamblea de todos aquellos que, teniendo fe el él, "dan culto al Padre en espíritu y en verdad" y lo siguen, comprometidos en la construcción de su obra: el Reinado de Dios. Todo lo de Jesús es religioso (relación con el Padre "en espíritu y en verdad"), pero no todo lo religioso es de Jesús. No podemos hablar de una "religión cristiana", aunque, en la interpretación de la historia, se hable de "cristianismo", hasta el punto de atribuirle las notas de una civilización. Lo propio de la civilización mal llamada cristiana es lo occidental, en contraposición a lo oriental (lo de los indios, lo de los chinos y lo de los árabes). Vivimos en la civilización occidental, con unas costumbres, una cultura, una economía, unas formas religiosas folclóricas y espectaculares distintas de las de los indios, chinos y árabes, pero que no es cristiana, porque, de hecho, no se distingue por las notas distintivas que Jesús señaló para sus seguidores: la justicia (Mt 6,33), el amor (Jn 13,35) y la unidad (Jn 17,21). Sin embargo, sí podemos hablar de religión católica, que, además, es fundamentalista. Un rey, Alfonso X, denominado "el Sabio", profundamente cristiano, fue el promotor de la integración de las tres culturas cohabitantes en España, cristianos, moros y judíos. Otros reyes, llamados "católicos", que eran fundamentalistas, fueron los que expulsaron de España a los moros y a los judíos por razones religiosas y, por razones religiosas, establecieron la Inquisición.
Una de las grandes ocasiones encontradas por el hombre para encubrir su falta de seriedad ante la vida ha sido siempre la religión y el culto. El culto (en el caso de los católicos, el ir a misa, las procesiones y cosas así) ha amparado a veces el egoísmo, la opresión, el abuso de las personas, la explotación del trabajador, la falta de responsabilidad social. Para muchas gentes, los verdaderos problemas quedan relegados, y se pone todo el interés en discutir (a veces sañudamente) sobre si hay que celebrar un determinado culto en Samaria o Jerusalén, en San Pedro o en Santa María. El culto verdadero no está en las formas ni en los sitios, sino en la vida. El culto que no refleja las actitudes ante la vida y las situaciones humanas es un culto falso. Rom 12,1: «Os exhorto, pues, hermanos, por el cariño de Dios, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico. Y no os acomodéis a este mundo, sino idos transformando mediante una nueva mentalidad, para que seáis capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente, lo perfecto». El culto a Dios sin justicia, es falso A los profetas les tiene sin cuidado «el culto en cuanto tal». Al Dios verdadero le sobra toda suerte de culto y adoración mientras no exista la justicia. Ésta es la tónica de todos los libros proféticos de la Sagrada Escritura. Valgan como ejemplo:
El culto cristiano: una revolución cultural. Al principio, la comunidad cristiana de Jerusalén aparece como un grupo judío, apenas diferenciado. Pronto, la proclamación de Cristo y la Santa Cena (eucaristía) se convierten en el centro del culto cristiano. Lo cual implica una revolución cultural de enorme trascendencia: el culto no puede ser de ninguna manera una ceremonia por la cual se intenta influir en la divinidad por medios mágicos, rituales, legales o morales. El culto es (debe ser) una manifestación de ese Reino de Dios que "se acerca", que trae la liberación prometida. Esto es un elemento revolucionario del culto cristiano. Pero hay, además, otro elemento revolucionario. La "santa cena" (eucaristía) se celebraba, al principio, en el contexto de una verdadera comida. Esto significa que el culto se sitúa en un ambiente profano ("profano" = fuera del templo). Lo que debe comunicarse en la Santa Cena (la participación en el acto salvífico de Cristo: anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...) se ha de realizar en todas las realidades terrenas y profanas, incluso en el acto físico de comer y beber. «Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común: vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario frecuentaban el templo en grupos; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón, siendo bien vistos se todo el pueblo» (Act 2,44-47). El significado fundamental de la eucaristía consiste en eso: compartir la misma vida que llevó Jesús y compartir la misma vida con los demás en la comunidad creyente (comunión). Esta experiencia eucarística es lo que llevó a la primera comunidad cristiana a poner los bienes en común, de acuerdo con la más cristiana solidaridad. Dimensión social del culto cristiano La eucaristía, único culto cristiano, ha de producir su efecto en la vida cotidiana. Uno de los primeros efectos en la comunidad de Jerusalén fue la «la diaconía (servicio) de las mesas» al lado del «servicio de la Palabra» (Hech 6,1-7). Era un servicio social para con los pobres y marginados. Como "los Doce" no podían atender a este servicio, se terminó estableciendo un nuevo ministerio: la «diaconía» (servicio). No ritual y simbólica, como existe hoy, sino en sentido estricto. La comunidad cristiana primitiva era lo más parecido a una ONG de las actuales, pero con sentido eucarístico. Era la práctica de la Iglesia en materia de ética social. Hoy, este aspecto queda reducido a "Cáritas". En comparación con aquello, ridículo: no tiene la forma de un diaconado como concreción del amor. Es que... Desgraciadamente, nuestra vida real se llama hoy sociedad industrial, caracterizada especialmente por la falta de dimensión personal en las relaciones humanas. Los puestos de trabajo son asignados por una persona abstracta, jurídica, bajo la forma de una sociedad anónima de accionistas, o bajo la forma de la burocracia del Estado, también anónima. Frente a una persona jurídica, es inútil apelar al amor del prójimo. El capitalismo no entiende de eso; los procesos económicos no tienen alma. Por eso, el diaconado personal, tal como se realizaba en otros tiempos, no puede aportar ahora una verdadera ayuda. Ésta sólo será posible por medio del diaconado social y político. No se trata de criticar los prodigiosos esfuerzos de tantas obras meritorias de beneficencia católica que luchan contra el hambre en el mundo. Al contrario, son dignos de todo elogio. Pero, según los signos de los tiempos, queda por hacer lo más necesario. No puede existir un culto cristiano a no ser que el hombre oprimido, marginado... sea visto como un prójimo, como Cristo, a quien yo debo amar. Esta forma del diaconado está en conexión con la nueva relación interpersonal nacida de la fe y que se denomina amor. Pero la fe vivida en el culto no invita tan sólo a una nueva relación de persona a persona, sino también a una nueva relación con la sociedad. Por esto, san Pablo, cuando habla de la logiké latreia (culto razonable), dice con energía: «Y no os acomodéis a este mundo, sino idos transformando mediante unan nueva mentalidad, para que seáis capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios» (Rom 12,2). Para san Pablo depende del culto razonable el que la inteligencia se renueve y busque nuevas formas de culto, que no se orienten hacia las estructuras y valores de la sociedad establecida, la sociedad del dinero, del poder y del prestigio, una sociedad compuesta de una minoría de privilegiados y de una mayoría de oprimidos. La comunidad cristiana se estructura con criterios muy diferentes: «donde no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo» (Gál 3,28). Estas palabras no deben entenderse como una declaración religiosa edificante, sino como la manifestación de una UTOPÍA (u-topos = ningún lugar): algo no realizado aún en la sociedad establecida, pero que debe realizar la asamblea de la comunidad (Iglesia). Es una consecuencia lógica del culto eucarístico. La misión de la comunidad cristiana no es convertirse en una institución trasunto de las mundanas, sino ser factor inquietante en el seno de las condiciones sociales injustas, vivir una existencia orientada por la esperanza, y dar signos de comunión. Culto y compromiso La política cristiana, entendida como un diaconado (servicio), es una crítica de la sociedad en nombre de una moral evangélica: justicia, amor, unidad. Tal diaconado no se identifica, en absoluto, con un partido, sino que se pone de parte del hombre oprimido por las estructuras de la sociedad moderna. El culto y la vida deben ir en paralelo dialéctico: unas prácticas religiosas que no desembocan en la responsabilidad política encuentran su fin en sí mismas y pierden su razón de ser. Pero un diaconado político que no tiene sentido eucarístico hablo a cristianos degenera en simple activismo político, con objetivos, independientes. La eucaristía supone una comunión con el cuerpo de Cristo entero, la cabeza y los miembros. Estos miembros son no sólo la gente piadosa o los cristianos. Cristo se identificó con los hombres oprimidos de todos los tiempos, consten o no como cristianos. Esta referencia a la vida real estaba marcada de forma muy viva en la Iglesia antigua. Nosotros, en nuestra sociedad del bienestar, hemos de buscar una revitalización también real, (no artificial ni puramente simbólica) de las eucaristías, un encuentro con la realidad dolorosa de la vida. El planteamiento de los sacerdotes obreros era éste. Lo decisivo es que el culto cristiano se inquiete por la miseria del mundo, cualquiera que sea la configuración de ésta (económica, política, social, religiosa, cultural...). Así el culto se convertiría en la "manifestación de los hijos de Dios" de que habla san Pablo. Para el cristiano, un compromiso político auténtico no es posible más que bajo la forma de un diaconado social enraizado en la vida eucarística. Un verdadero culto cristiano no es posible si no se expresa incluso en el terreno político-social, como un testimonio de la acción de Dios en el mundo. «Yo soy el pan vivo bajado el cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre, pero, además, este pan es mi carne, para que el mundo viva» (Jn 6,51). |
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