Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

LA FE: CREER EN JESÚS; CREER A JESÚS

Lectura del santo Evangelio según San Lucas (Lc 9, 28b-36):

«En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

—Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

—Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo».

A la gente no le cabía en la cabeza la imagen de un Mesías que no entendiera de triunfo, fuerza, poder, gloria, fama, desquite... Por otra parte, Jesús temía que su grupo de discípulos participara también, en este punto, de la mentalidad del pueblo.

Por eso,

«una vez que estaba orando solo en presencia de sus discípulos, les preguntó:

—¿Quién dice la gente que soy yo?

Contestaron ellos:

—Juan Bautista.

—Elías.

—Un profeta de los antiguos que ha vuelto a la vida.

El les preguntó:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro tomó la palabra y dijo:

—El Mesías de Dios.

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:

—El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Y, dirigiéndose a todos, dijo:

—El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga» (Lc 9,18-23).

La respuesta de Pedro parecía exacta. Pero Jesús puntualizó: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

El grupo de "los doce" debió de entrar en crisis al oír estas palabras, que les resultarían difíciles de entender. Por esto, dice el Evangelio que, «unos ocho días después, Jesús se los llevó a un monte a orar». Se acercaban horas difíciles y había que dar vitaminas a aquellos hombres que seguían ciegamente a Jesús; podría tambalearse su fe, como se tambalea la de quienes han puesto su confianza en objetivos interesados, que no se cumplen tal como ellos pensaron.

En el Tabor, Jesús los deslumbra y a ellos no se les ocurre otra cosa que instalarse en la situación y eternizarla, para seguir viviendo de sus rentas el resto de su vida: "qué bien se está aquí, qué hermoso es esto; vamos a meterlo en un fanal y lo contemplaremos por los siglos". Así pasará el tiempo y no habrán salido de su ensimismamiento, que, al fin, se convertirá en rutina. De allí no se moverán y, cuando vengan las generaciones futuras y no entiendan su embeleso, les responderán:

—Es lo que hemos hecho de toda la vida.

La voz del cielo despierta a aquellos hombres: "éste es mi Hijo en el que tengo todas mis complacencias; escuchadlo".

"Escuchadlo". No es lo mismo oír que escuchar. Son muchos los que oyen; muy pocos los que escuchan. La voz del Cielo recomienda escuchar a Jesús. Cualquiera que pretenda hacer la voluntad del Señor, ha de estar de acuerdo con Jesús, el Cristo, que es la Palabra del Padre, el "camino, la verdad y la vida".

"Escuchadlo", dice la voz del Cielo. "Haced lo que él os diga", dice María, la madre de Jesús, en Caná de Galilea.

Esto nos plantea el problema de la fe. ¿Qué es la fe (cristiana)?

La fe es, por una parte, creer en Jesús; por otra, creer a Jesús.

Del librito Rebajas teológicas de otoño de J. M. Díez-Alegría, Pág. 37, recojo lo siguiente:

«Yo creo en Jesús y creo que Dios resucitó a Jesús. En esa doble confesión se expresa el núcleo de mi fe cristiana.

Pero no me es fácil entender nítidamente, y mucho menos explicar con claridad lo que pasa conmigo en esto de "tener fe".

Tampoco me atrevo a generalizar mi manera de creer. Me parece que, entre los creyentes, cada uno cree como puede y ninguno sabe bien cómo cree.

"Creo en Jesús" quiere decir que me fío absolutamente de él, que estoy seguro de Jesús, una persona que no soy yo, sino un "tú". Estoy seguro de que él tiene razón. Pero no una razón teórica de intelectual, de filósofo, de profesor. Tiene razón en lo que atañe a la esperanza, al amor, a la felicidad, a mí y al prójimo, a la libertad, a la independencia, a la sinceridad, a la ternura, a la lucha, a la apuesta por la liberación de los oprimidos, a la vida y a la muerte. Contemplando, en el Evangelio, su vida, su personalidad, su doctrina y su obra, aparece en mí un afecto extraño».

Creer en Jesús.

Aquí se presenta el problema más gordo que pueda plantearse al creyente sincero: dice Jesús: «lo que hicisteis con cualquiera de mis hermanos conmigo lo hicisteis». Por consiguiente, creer en el hombre es creer en Jesús. Jesús creía en el hombre. El que no crea en el hombre se vuelve dictador o proteccionista. Sin ir más lejos, los curas no nos hemos fiado y, por eso, somos dictadores o proteccionistas. "Timeo Jesum transeuntem" (= tengo miedo de Jesús transeúnte), de que pase a mi lado y yo no lo conozca o no me fíe de él. Esto decía san Agustín.

Cierto amigo mío es, a mi entender, un ejemplo vivo de confianza en el hombre. No hace mucho tiempo, un hijo de hombre (expresión hebrea para designar a un individuo concreto) se presentó a él en forma de transeúnte y le dio un susto, porque exigió de él lo que Jesús recomienda en el Evangelio: «al que te pide, dale; al que te quite algo, no se lo reclames...», etc. Mi amigo es de los que practican a pie juntillas tales recomendaciones. Lo malo es que, en la ocasión a que aludo, el transeúnte le exigía la actitud evangélica navaja en ristre.

Entonces... ¿tenemos que ser selectivos al fiarnos de la gente? ¿De unos, sí, de otros, no? ¿Y con qué criterio hay que hacer la selección? ¡Vaya lío! Jesús dice (Mt 10,16: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, cautos como serpientes, e ingenuos como las palomas».

¿Cuándo hay cautela y cuándo hay cobardía? Aquí es en donde tiene lugar la casuística, que tanto mal ha hecho a la moral.

Casuística (DRAE): 1. f. En teología moral, aplicación de los principios morales, a los casos concretos de las acciones humanas. 2. Consideración de los diversos casos particulares que se pueden prever en determinada materia.

A propósito de esto, recuerdo lo que nos decía el profesor de moral que yo tuve: «Desgraciado de ti si pierdes la cartera y se la encuentra un moralista» (un "casuista"). Ateniéndose a la ley, encontrará suficientes razones para quedarse con ella. Si recordamos a los abogados retorciendo sus argumentos y agarrándose a clavos ardiendo, tendremos una idea de lo que es la casuística. Hay un refrán que dice: "El que hizo la ley hizo la trampa". Pues eso.

Si pretendemos hacer trampa (casuismo) al Evangelio, nos engañamos a nosotros mismos. Cierta mujer hizo votos al Señor de ir andando a cierto santuario con garbanzos en los zapatos. Cuando llegó el momento de cumplir su promesa, se le arrugó el ombligo, pero... ¿qué castigo le sobrevendría si no cumplía lo prometido? Y encontró la solución: cocer antes los garbanzos.

A cualquiera puede ocurrírsenos decir:

—¡Vaya, eso es trampa!

Pues eso es el casuismo, buscar las vueltas a la letra de la ley.

San Pablo, a este propósito, dice (II Cor 3,6) «La letra mata mas el Espíritu da vida».

Cuando digo que la fe cristiana consiste en fiarse de Cristo con todas sus consecuencias, da escalofrío, sobre todo, al recordar a aquella generación de mártires de los tres primeros siglos.

Jesús, a corto plazo, fue crucificado por sus convicciones altruistas, pero estaba seguro de que, a largo plazo, la verdad y la bondad desarmarían a los malos, porque Jesús no creía que hubiera gente mala, sino alienada por unas u otras circunstancias.

Inspirado por E. Fromm (Psicoanálisis de la sociedad contemporánea), inteligente y bien documentado psico-sociólogo, voy a adentrarme un poquillo en la historia: tanto Marx como Lenin creían en la misión histórica de la clase trabajadora para emancipar a la sociedad, pero tenían poca fe en la voluntad y la capacidad de esa clase para conseguir ese fin por sí sola. Únicamente conducida, según ellos pensaban, por un grupo pequeño y bien disciplinado de revolucionarios profesionales, únicamente obligada por ese grupo a obedecer a las leyes de la historia, tal como ellos las comprendían, podía triunfar la revolución y evitarse que terminara en una versión nueva de una sociedad de clases. Lo fundamental en la actitud de estos hombres es que no tenían fe en la acción espontánea de los trabajadores y los campesinos, y no tenía fe en ellos porque no tenían fe en el hombre. Esta falta de fe en el hombre es común a Marx, a Lenin, a la derecha, a la izquierda y... a los curas (sálvese quien pueda). Una condición imprescindible para la verdadera democracia y el progreso es la fe en el hombre. No olvidemos que la tan cacareada palabra "democracia" significa autodeterminación de la gente; literalmente, gobierno de la gente (de sí misma y por sí misma) en comunidad. La fe en la humanidad, sin fe en el hombre, lleva a los mismos resultados que vemos en la historia trágica de la Inquisición, en el terror de Robespierre y en la dictadura de Lenin. Lenin, en su última enfermedad, decía que, para el triunfo de su revolución, habría necesitado cien Franciscos de Asís. Su error fue pretender fabricarlos a tiros.

Fue esa falta de fe en el hombre la que permitió a los regímenes autoritarios conquistar a las masas, induciéndolas a tener fe en los ídolos: el dinero, el poder y la gloria.

Yo soy cobarde por naturaleza y no me fío de si el desconocido que llega a mí en demanda de "una ayudita" es un necesitado, un cuentista o un delincuente. Los sociólogos recomiendan no fiarse. Pero me acuerdo de las multitudes que seguían a Jesús, comparo... ¿Pueden ser homologados los marginados de hoy con los del tiempo de Cristo? ¡Vaya lío! La casuística acecha.

Sigo creyendo que la sociedad nueva, o la hacemos los cristianos, convertidos a la radicalidad del Evangelio, o no la hace nadie. Ya se ha probado con varias revoluciones: con el Renacimiento, con la Revolución Francesa, con la Revolución industrial, con la Revolución Rusa... «El mundo sufre dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,22). (San Pablo no se refiere a las manifestaciones con pancartas ni a las procesiones de Semana Santa, ya me entendéis). El Renacimiento descubrió al individuo; la Revolución Francesa preconizó la libertad, la igualdad y la fraternidad; el comunismo, dando un paso más, pretendió... eso, el comunismo.

¡Qué diferencia hay entre "comunismo" y "comunión"! La comunión es la revolución de Jesús. Pero hay que creer en Él y hay que creerlo a Él. Puede ser que creer en Él sea fácil; mucha gente dice que cree en Él. Pero creerlo a Él... eso es más difícil. Incluso, hay quien se ríe de Jesús cuando dice que hay que poner la otra mejilla o no reclamar lo que te deban o dar la capa a quien te robe la túnica. Si los que hacemos profesión de cristianos escucháramos la voz del cielo («éste es mi hijo muy amado; escuchadlo»)... otro gallo cantaría. Leí, una vez, la siguiente noticia en un periódico (El pensamiento navarro): "En la calle tal, número tal, ha desaparecido el cubo de la basura; rogamos a quien se lo haya llevado que venga a buscar también la tapa". ¡Sí, señor! A quien te quite el cubo, dale también la tapa.

El único gallo que ha cantado es el de la traición de Pedro, aquel Pedro que reconoció la mesianidad del Señor, el que se atrevió a prometer a Jesús que, aunque todos lo abandonasen, él no lo abandonaría, el que acompañó a Jesús al Tabor y lo vio transfigurado.

La Iglesia es el conjunto de gente que cree en Jesús, cree a Jesús y sigue a Jesús. La misión de la Iglesia es convencer al mundo de que Cristo tiene razón. El procedimiento será el de la pacífica, pero eficaz levadura.

La fe no es una ideología (sistema de ideas), no consiste en la adhesión a una doctrina, ni el asentimiento intelectual a unas ideas impuestas desde el exterior. La fe es un "sentido de la vida". La autenticidad de la fe se nota en si, para el creyente, supone un empuje hacia la construcción del Reino de Dios, hacia la justicia, el amor y la unidad, en si es liberadora de ídolos como el dinero, el poder y la fama, en si produce la humanización de su propia vida.

La fe cristiana auténtica es muy comprometedora.

¿Podemos entender ya la transfiguración de Jesús? Mi modesta opinión es que Jesús se ha transfigurado para avivar nuestra debilitada fe.

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