Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

LAS TENTACIONES DE JESÚS

Del santo evangelio según san Lucas (Lc 4,1-13)

«Jesús volvió del Jordán, lleno de Espíritu Santo; durante cuarenta días, el Espíritu fue llevándolo por el desierto, mientras el diablo lo ponía a prueba. Todo aquel tiempo estuvo sin comer y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le contestó:

—Está escrito: «No de solo pan vive el hombre».

Después, llevándolo a una altura, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo v le dijo:

—Te daré todo ese poder y esa gloria, porque me lo han dado a mi y yo lo doy a quien quiero; si me rindes homenaje, todo será tuyo.

Jesús le contestó:

—Está escrito: "A1 Señor tu Dios rendirás homenaje y a él solo servirás".

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el alero del templo y le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a sus ángeles que cuiden de ti y te guarden" ; y también: "Te llevarán en volandas, para que tu pie no tropiece con piedras".

Jesús le contestó:

—Está mandado: "No tentarás al Señor tu Dios".

El diablo, acabadas sus pruebas, se marchó hasta su momento.

De la simple lectura del texto se deduce que no podemos considerar reales todos sus detalles físicos o geográficos: ¿Desde dónde pudo mostrar el demonio a Jesús todos los reinos de la tierra? ¿Cómo pudo trasladarlo desde el desierto a Jerusalén? Etc. Lo verdaderamente importante es entender que Jesús fue tentado, como podemos serlo cada uno de nosotros; que superó la prueba y se mantuvo fiel hasta el final.

Primera tentación

Jesús ayuna durante cuarenta días y, al final, siente hambre. El demonio le sugiere que, puesto que es el Hijo de Dios, puede convertir una piedra en pan. Pero Jesús responde, citando Deut 8,3, que «el hombre no vive sólo de pan».

La tentación es prescindir de la condición humana y apelar a lo extraordinario: ponerse en actitud de poder —«manda a esta piedra...»—, para conseguir lo contrario del orden natural —«que se convierta en pan»—. La respuesta de Jesús es tajante; prefiere aceptar la condición humana con todas sus consecuencias: «no sólo de pan vive el hombre».

Desde el punto de vista antropológico, queda desenmascarada y vencida la tentación del materialismo y la manipulación de lo religioso en provecho propio.

Jesús no considera el pan material como lo más importante, ni se servirá de su poder para conseguirlo milagrosamente. Por encima de todo, buscará otro "pan": el que sale de la boca de Dios (su palabra, su voluntad). Y no caerá en la trampa de unir la confianza en la bondad de Dios con la exigencia de abundancia de bienes materiales —"Señor, que me toque la lotería"; "yo creo mucho en Dios, porque me da lo que le pido"...—, rechazando toda carencia o privación y exigiendo que el poder divino solucione todos los problemas de forma extraordinaria.

Jesús llevará una vida marcada por la pobreza y el desprendimiento, ante el máximo valor del Reino:

«Por eso os digo: No andéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir; porque la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. [...] No estéis con el alma en un hilo buscando qué comer y qué beber. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas; va sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. En cambio, buscad el Reinado de Dios y eso lo tendréis de propina» (Lc 12,22-31).

Utilizará su poder para multiplicar el pan, pero no para saciar su propia hambre, sino la del pueblo que lo seguía:

«Tomando Jesús los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los sirvieran a la gente. Comieron, hasta quedar satisfechos todos, y recogieron doce cestos de sobras» (Lc 9,12 y ss.).

Segunda tentación

Ésta tiene lugar ya en otro escenario: un lugar más alto, desde donde el demonio hace ver a Jesús, en un instante, todas las naciones del mundo, y se las ofrece con todo su poder y sus riquezas, si se arrodilla y lo adora. La respuesta de Jesús, también tajante, está igualmente tomada del Antiguo Testamento, en lo relacionado con la idolatría: «¡Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás!» (Deut 6,13).

Añade Lucas que la visión fue en un instante, como refiriéndose, más bien, a una imaginación o experiencia interna que a la imposible contemplación física.

Se trata de las naciones del mundo, con todo su poder y riquezas, que están bajo su dominio. El término «poder» (exousía) es clásico en san Lucas, p. e., para referirse al poder político, al ejercicio del poder (del gobernador, de Herodes, de las autoridades, de los reyes o poderes de este mundo... (Lc 20,20; 23,7; 12,11; 22,25). Y atribuye ese poder también a Satanás o al «poder de las tinieblas» (Lc 22,53). Para conseguirlo, Jesús deberá, por eso, arrodillarse ante él para adorarlo.

La respuesta de Jesús es, por eso, directa y casi indignada, subrayando que la adoración se debe a Dios, a Él sólo.

El contenido de esta tentación es también, muy claro: es la tentación del dominio sobre el mundo a cambio de adorar al «príncipe de este mundo». Y se plantea con toda crudeza, casi con grosería: el Hijo de Dios es invitado a adorar al demonio; es decir, a someterse a un dios caricaturesco e idolátrico que tiene el rostro de los dioses terrenos.

Pero, sobre todo, desde una perspectiva antropológica, Lucas presenta aquí, en general, la tentación de la ambición de poder que lleva a la idolatría, típica de quienes buscan el dominio sobre los demás y rechazan la actitud de servicio. Cuando el ser humano busca el poder y la gloria a cualquier precio, ya Dios no ocupa el primer lugar en su vida. Surgen otros falsos dioses, aparece el «príncipe de este mundo», ante el que es preciso arrodillarse.

Jesús de Nazaret vence, también, esta tentación, mantiene su fidelidad a Dios sin dejarse engañar. Porque "nadie puede servir a dos señores" y "sólo Dios merece servicio, temor y adoración"; el Dios del Reino, que es necesario anteponer a todas las cosas (Lc 16,13; 12,31).

Tercera tentación

Según san Lucas, esta tentación se escenifica en Jerusalén, concretamente sobre la parte más alta del templo (alero del pináculo o parte más alta, en el ángulo sureste y junto al pórtico de Salomón, que, de hecho, se levantaba sobre un precipicio de unos cien metros). Desde allí, el tentador invita a Jesús a lanzarse al vacío, a fin de que Dios envíe a sus ángeles para evitar que sus pies tropiecen contra las piedras y lo protejan (cita del salmo 91,11-12), con lo que sin duda quedaría claro, ante el asombro del pueblo, que era verdaderamente el Hijo de Dios.

Una vez, más Jesús vence al tentador: no quiere colmar las esperanzas populares, que buscaban un Mesías triunfante y portentoso, y está dispuesto a confiar en Dios sin condiciones, sin exigir intervenciones extraordinarias y protectoras del poder divino.

Podríamos decir que, si las dos primeras tentaciones se dirigen al área de lo material/económico (pan) y lo político/social (poder), esta última se refiere al área de lo psicológico (fama).

Jesús elige, consciente y libremente, todo lo inherente a la condición humana, lejos de lo extraordinario y lo triunfalista.

La historicidad del relato es relativa: aunque los detalles concretos del suceso no puedan considerarse históricos al pie de la letra, sí reflejan una experiencia real de Jesús. Es perfectamente verosímil que, después del bautismo de Juan, Jesús viviera un tiempo de retiro y reflexión en el que tuvo que plantearse diversas opciones: el camino fácil de aceptar un mesianismo triunfal desde el poder, como esperaban las gentes, a base de portentos milagrosos, o el más difícil: ir a contrapelo de tales esperanzas. La tentación de elegir la primera opción tuvo que ser real y fuerte. Pero, según reflejan los Evangelios en el relato de las tentaciones, optó por la segunda posibilidad: un mesianismo en pobreza y entrega humilde, aunque preveía que terminaría en un fracaso frente al pueblo y, probablemente, en un grave riesgo para su vida.

Le evidencia de todo esto aparece cuando Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret, como el Mesías de los pobres (Lc 4,14 y ss.).

La Teología de la Liberación subraya este hecho. Relaciona el relato de las tentaciones con la causa del Reino de Dios, en el que los pobres y los marginados son los primeros. Jesús apuesta decididamente por este Reino; se siente incondicionalmente comprometido con la tarea de proclamarlo y hacerlo realidad para engendrar esperanza en el pueblo, pero no de forma mágica ni mediante un poder similar a los de este mundo, sino en humildad y ocultamiento.

¿Cómo actuar?

Suponemos que Jesús ya sabría con seguridad cómo tenía que obrar, como lo sabía en aquella ocasión de la que nos habla san Juan (Jn 6,6): «lo decía para probarlo, porque él sabía lo que iba a hacer». Pero, nosotros, desde nuestra limitada perspectiva antropológica —se cree el ladrón que todos son de su condición—, elaboramos una ficción teológica:

Lo que Jesús ha experimentado y quiere proclamar y realizar choca con la mentalidad del pueblo, con lo que piensan las autoridades, incluso las religiosas... Es lógico que Jesús entre en crisis, "en tentación", sobre el método a elegir en su misión: ¿continuar en la misma línea de Juan Bautista? ¿Lanzarse a una campaña espectacular de mesianismo popular? ¿Aliarse con alguno de los grupos ya existentes? ¿Cómo afrontar la previsible reacción de las autoridades? Tras un tiempo de reflexión y oración, se decide a emprender su propio camino y a consagrar su vida a la causa del Reino de Dios, reino de la justicia, del amor y de la unidad, en el que todos los seres humanos son hermanos e iguales, en el que todo se comparte fraternalmente, en el que es preciso reclamar la justicia y denunciar la marginación, en el que, por eso, tiene que cambiar la suerte de los pobres.

Así se presenta Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18 y ss.), como el enviado de Dios para dar la buena noticia a los pobres. No se reduce al ámbito de lo celestial o espiritual; es también asunto de la tierra y de la historia, tiene que ver con el pan para todos, con el perdón de las ofensas, con la superación de los males que nos amenazan y con el reconocimiento de una fraternidad que elimina las injustas marginaciones y nos hermana a todos.

Naturalmente, la presentación de Jesús en estos términos resulta polémica y conflictiva. Un conflicto que terminará costándole la vida, porque irá acrecentándose, progresivamente, según vaya aclarando, pese a quien pese, que el Reino de Dios es incompatible con el materialismo, egoísta y ávido de riqueza y bienestar; con el poder, entendido como dominación de los demás; y con el afán de prestigio y orgullo.

Tres temas muy presentes, sobre todo en el Evangelio de Lucas, que se reflejan, precisamente, en su perspectiva de los relatos de la tentación, que por eso revisten un interés humano evidente y que coinciden con los ídolos del anti-Reino, denunciados por Jesús:

— El materialismo egoísta, ávido de riquezas y bienestar, que excluye todo sacrificio y se opone a la solidaridad y al compartir. Por eso, el Reino de Dios pertenece a los pobres (Lc 6,21); los ricos, en cuanto tales, no tienen parte en él (Lc 6,24 y ss.). El dinero se convierte en un ídolo que busca ser el Absoluto; «no se puede servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).

— El poder, entendido como dominación, al estilo de los poderosos de este mundo (Lc 22,24 y ss.). Afirmación que, según Lucas, profiere Jesús durante la última cena, al mismo tiempo que él se identifica como «el que sirve».

— El prestigio y el orgullo, que no dudan en manipular a Dios para conseguir los propios intereses. El Reino de Dios es de los niños y de los que son como ellos (Lc 18,15 y ss.; 9,46-48).

¿Qué puede aportar hoy el relato de las tentaciones de Jesús a nuestra fe y a nuestra vida? El Evangelio es no sólo para entenderlo, sino para vivirlo.

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