Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

FUERZA MORAL, LA FUERZA DEL CRISTIANO

Del santo Evangelio según san Marcos (Mc 12,28-34):

«Acercóse uno de los escribas, que, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó:

—¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús le contestó:

—El primero es: "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No existe otro mandamiento mayor que éstos».

El mismo Jesús da una vuelta más a este tornillo:

«A vosotros que me escucháis os digo:

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica.

A todo el que te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Así, pues, tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

Si queréis a los que os quieren, ¡vaya generosidad! También los descreídos quieren a quien los quiere. Y si hacéis el bien al que os hace el bien, !vaya generosidad! También los descreídos lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¡vaya generosidad! También los descreídos se prestan unos a otros con intención de cobrarse.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los malos y desagradecidos. Sed generosos como vuestro Padre es generoso.

Además, no juzguéis y no os juzgaran; no condenéis y no os condenarán; perdonad y os perdonarán; dad y recibiréis: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros» (Lc 6,27-38).

Las tesis sobre el amor a los enemigos, la generosidad del perdón, la renuncia a la venganza, a la violencia, etc., han sido consideradas, durante siglos como una especie de «ética de Jesús», esto es, como el fundamento específico de la «moral [específicamente] cristiana».

Yo no lo creo así. La exigencia de «amar a Dios con toda el alma» (Dt 6,4-5) y la de «amar al prójimo como a sí mismo» (Lev 19,18) son del Antiguo Testamento; si aparecen en los evangelios, es solamente como cita (Mc 12,19-31). «Amar a Dios con toda el alma» y «amar al prójimo como a sí mismo» no son preceptos propios de la «moral cristiana», sino comunes a los cristianos, a los no cristianos y a los adversarios de los cristianos.

Lo nuevo, lo específicamente cristiano, es su radicalización, esto es, la exigencia de amar «incluso al enemigo».

¿Es esto posible? Cuando Jesús lo propone, es que es posible.

En principio, el cristiano (el cristiano de verdad, el que se fía de Cristo con todas sus consecuencias) cree —esta es la fe cristiana— que sí. Los profetas del Antiguo Testamento vislumbraron el futuro de la humanidad como un futuro pacífico en el que se llegará a «forjar azadones de las espadas y podaderas de las lanzas; no levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra» (Is 2,4). Con la venida de Jesús, ya se ha iniciado este proceso.

La exigencia cristiana, una vez Cristo entre nosotros, no es el cruzarnos de brazos esperando que la paz caiga por la chimenea, sino acelerar su proceso, forjándola paso a paso y codo con codo con los demás hombres. «Dichosos los forjadores de la paz, porque a ésos Dios los llamará hijos suyos».

Bien. ¿Y cómo se forja la paz?

Para el cristiano, no vale el refrán "si quieres la paz, prepara la guerra". El cristiano no puede utilizar los instrumentos inhumanos de la violencia para preparar el porvenir, sino que, dejando de lado toda acción violenta, ha de ir educándonos y acostumbrándonos progresivamente a otros medios para dirimir nuestras contiendas, nuestras diferencias y nuestras luchas. Decía el obispo Monseñor Riobé: "Hay que creer en el poder de los valores morales y en la fuerza de la no-violencia". El obispo brasileño Helder Cámara denunciaba el sofisma según el cual la fuerza se llama violencia cuando viene de los de abajo y se denomine orden cuando viene de los de arriba".

Amar al enemigo, hacer el bien a quien nos odia, bendecir al que nos maldice, rezar por quien nos injuria, poner la otra mejilla al que nos pega, dar la túnica al que nos quita la capa, no reclamar lo prestado, no juzgar, no condenar, perdonar, dar desinteresadamente..., etc. Esos "valores morales" son, precisamente, los que Cristo propone para conseguir la paz.

Sobre esto hay muchas interpretaciones arbitrarias. La única base para una interpretación válida y segura de la estructura global del pensamiento de Jesús es la que nos proporciona la lectura completa del Sermón de la Montaña (Mt 5,1-7,29). Concretamente, hay que preguntarse cuál es el papel que tenían estas afirmaciones en aquella exigencia de renovación interior que proclamaba Jesús al anunciar la venida del Reino de Dios. No se trata de reglas casuísticas ni de consejitos para el comportamiento de cada día ni, por supuesto, una táctica del vendedor para ganar al cliente. Se trata de ejemplos del máximo nivel al que puede llegar la acción del hombre. Son desafíos al «yo» del «creyente», del hombre totalmente conquistado por el «Reino de Dios».

Del conjunto de la tradición evangélica resulta claramente que se trata de actividad, de acción, de esfuerzo misional, de interés por los demás, por su porvenir, por su «conversión», por su «fe». Hay que ver al otro no solamente como es aquí y ahora, sino a través del «prisma del Reino de Dios», de la transformación radical y global; hay que ver al otro no sólo como es, sino como podría ser, como será. El otro, es decir el prójimo, incluso el adversario, el extraño, el marginado de la sociedad humana, el hombre de otra fe, el pecador.

El que responde al adversario con sus mismos medios —mentira, poder, violencia, engaño...— se desautoriza e impide al otro la posibilidad de la conversión. El «poner la otra mejilla» (Mt 5,39) es muy razonable. La actitud serena de Jesús frente al soldado pelotillero que le pega una bofetada en el Pretorio impone un respeto tan solemne, que produce escalofrío. Su contestación, de una dignidad elegantísima —«si he dicho algo mal, da testimonio de lo mal hablado y, si bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23)contiene una fuerza mucho más convincente que si se hubiera liado a puñetazos con él. No puedo imaginar a Jesús replicando al soldado, mientras esgrime su puño: "¡Te pego, leche…!"

Esta es la verdadera moral cristiana: la práctica de la fe, siguiendo a Cristo y realizando el reinado de Dios. La «ética narrada» en la práctica de Jesús, que eso es el Evangelio. La moral de la práctica de Jesús, relatada en el evangelio, tiene una estructura narrativa. Sus rasgos principales son los siguientes (Marciano Vidal):

Ética nacida de la pretensión mesiánica. El rasgo decisivo de la actuación de Jesús es su pretensión mesiánica. «Enseñaba como quien tiene autoridad» (Mc 1,22). El es el «señor del perdón» (Mc 2,10) y el «señor del sábado» (Mc 2,28).

Ética vinculada al cambio radical. La actuación de Jesús es una «práctica subversiva». Pretende subvertir los falsos códigos dominantes [la cultura dominante]. Función también subversiva con relación a las estructuras seudo-morales dominantes.

Ética nacida del conflicto y generadora de fecunda confrontación. Jesús, al realizar su coherencia moral, choca con los adversarios.

Ética concentrada en el valor del hombre.

Ética formulada en cauces de liberación. La actuación de Jesús introduce en los ámbitos de la vida humana (en los «campos» en que se decide la historia: económico, político, ideológico, familiar, relacional, interpersonal) los nuevos códigos éticos del don, de la comunicación, del servicio, de la igualdad, de la sinceridad, frente a los falsos códigos dominantes de la exclusión, del egoísmo, de la violencia. Es una ética de la liberación integral del hombre.

Los cristianos hemos de actualizar, hacer viva, la ética narrada en el evangelio. Los rasgos característicos de la «moral evangélica» se concretan en el seguimiento de Jesús, una nueva forma de vida de quien se decide a recibir la llamada y convertirse en discípulo.

El seguimiento de Jesús tiene como meta la «construcción del reino de Dios», meta de la actuación moral del creyente:

— «Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Cambiad de criterios y de conducta y en el Evangelio» (Mc 1,18).

— Surge un nuevo orden de valores (las bienaventuranzas, Mt 5,3-10).

— Se proponen exigencias radicales, conectadas con el carácter definitivo e inaplazable del reino: «Mientras iban caminando, uno le dijo: "Te seguiré adondequiera que vayas". Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza". A otro dijo: "Sígueme". El respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". También otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa". Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios". (Lc 9,57-62).

— El hallazgo del reino hace que pierda valor todo lo demás: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra». (Mt 13,44-46);

— La pertenencia al reino conlleva una radicalización en todas las actuaciones, que consiguientemente realizarán una justicia mayor que la de los letrados y fariseos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de Dios» (Mt 5,20).

La realización del reino, identificado con los pobres y mediante ellos con Cristo, es la norma del comportamiento moral del cristiano.

Todo esto es una cultura. Precisa una educación.

¿Quién atará estas moscas por el rabo?

La cultura en que estamos inmersos no va por aquí: decimos "atacar", "defender", "atrincherarse", "velar las armas", etc., aun cuando se trate de actividades completamente ajenas a la guerra; llamamos "militantes" a los miembros de un partido político; llamamos "capitán" a quien ostenta la responsabilidad de un barco mercante; hablamos de "campaña" contra el hambre, "Ejército de Salvación", "guerra" psicológica, "rearme" moral, "vanguardia" misionera. Hablamos, incluso, de las "armas" de la virtud y de la gran "ofensiva" del amor. Creo que no puede ser más significativa esta frecuencia de metáforas militares, esta abundancia de connotaciones bélicas en nuestro lenguaje habitual. Ello demuestra, evidentemente, hasta qué punto la violencia ha sido y sigue siendo una constante humana (una cultura). El subconsciente es deudor de esta cultura.

Conocemos de sobra los reproches que, a este respecto, se han hecho y se siguen haciendo contra la religión cristiana. Una religión para cobardes, para esclavos, desertores e infradotados (influencia de Nietzche). Las virtudes que ella predica —se dice— no son sino defectos a los que sus seguidores pusieron nombre de virtudes: llaman mansedumbre a la transigencia, humildad al sometimiento, paciencia a su incapacidad de reacción, esperanza de otro mundo a la evasión del mundo presente. En resumen: una moral de vencidos, de seres inferiores que han renunciado a la lucha porque aceptaron previamente la derrota.

Tales acusaciones vienen a demostrar que esas virtudes, tan mal entendidas y tan injustamente ultrajadas, pertenecen al tesoro oculto del Reino de Dios. ¿Una religión para débiles? Solamente en un sentido muy preciso: en cuanto que Dios quiso escoger «lo que es vil y despreciable según el mundo» (1 Cor 1,25-28):

«La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. [...] Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es».

«La fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12,9), dice San Pablo. El mismo San Pablo describe magistralmente esta mansedumbre cuando insta a los colosenses a adquirir un trato de «ternura entrañable, bondad, humildad, sencillez, comprensión». (Col 3,12). Un amor que «no se irrita», que «aguanta siempre». (1 Cor 13,5.7).

Decía Rovirosa: Demuestra a cualquiera que lo quieres sinceramente, y será tu mejor amigo. Cabodevilla tiene una frase genial para describir la fuerza moral cristiana: «amor desarmado que nos desarma».

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