Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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LA IGLESIA DE LAS BIENAVENTURANZAS Del santo Evangelio según San Lucas (Lc 6,20-26)«Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del Hombre. [...] Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas».¿Acepta la Iglesia de hoy el reto de las bienaventuranzas? ¿No? Estamos al cabo de la calle. La Iglesia se irá al garete, es decir, quedará convertida en grupo marginal, aunque dure siglos. ¡Ná más que así! ¿Sí? ¿Cómo lo acepta? ¿Simplemente como proclamación evangélica para la conciencia individual de los creyentes? ¿O, además y a la vez, como programa público de la vida de la Iglesia, que determine claramente su razón de ser en el mundo, su configuración social y sus líneas de acción dentro de la sociedad? Aceptar este reto desde la situación actual de la Iglesia comporta el convencimiento a) de que la figura pública que la Iglesia ofrece tendrá que sufrir una mutación radical; b) de que sus criterios y estilo de acción tendrán que ser revisados seriamente. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que no tienen nada que perder en este mundo, a los que, en esas condiciones, apuestan por el Reino sin miedo a perder, luchan por la justicia y por la liberación del hombre con el corazón limpio y desprendido, sin buscar en la lucha salvaguardar intereses o privilegios propios, sin miedo a la persecución o a jugarse la vida en la lucha, porque, contra todas las apariencias, eso es, justamente, lo que hace bienaventurado al hombre. La Iglesia, o se mueve desde esos presupuestos, o no podrá llamarse nunca la Iglesia de Jesús. Será, más bien, una Iglesia ambigua. Tal vez privilegiada por la sociedad, poderosa e influyente, pero incapaz de sentirse bienaventurada. Así, de pronto, es más fácil pensar que los bienaventurados son los ricos. Entrevistaba un periodista, hace muchos años, al célebre P. Venancio Marcos, integrista cerrado y, a la pregunta «¿Iglesia rica o Iglesia pobre?», respondió sin rebozo: «Iglesia rica». Las bienaventuranzas han sido presentadas como algo privado e íntimo, como si el «sermón de la montaña» se redujera a unos cuantos consejitos para la perfección de "almas selectas", desatendiendo sus dimensiones estructurales, comunitarias y públicas. En relación con los demás, han sido consideradas como una práctica asistencial y benéfica, falsamente caritativa, actitud limosnera, creando, así, en las personas-objeto de dicha asistencia, actitudes y hábitos humillantes, como si tales personas fueran seres de tercera división. La fuerza transformadora de las bienaventuranzas se mostrará en la medida en que sean asumidas como programa de la Iglesia misma, no como referencia a las conciencias individuales y dejando intacto el sistema eclesial. Programa de identificación eclesial Lo primero que parecen sugerir las bienaventuranzas es una escala de valores completamente distintos de los valores vigentes en el mundo, en este mundo que nos hemos fabricado los humanos. Las bienaventuranzas son desconcertantes. Desconciertan, ante todo, porque anuncian que la felicidad está en otra parte. En esta situación y en este conocimiento de la realidad, es en donde se hace posible otra clase de pobres: los pobres voluntarios, los que se hacen pobres para luchar contra el egoísmo que invade el mundo. Jesús nos habla del "Reino de Dios", en el se modela un hombre nuevo. Desde ahí, entiende Jesús que su misión consiste en la liberación de los pobres y oprimidos forzosos. Para realizar su misión, se identificó con los pobres y los rechazados. En nuestro mundo, no hay otro camino posible para la liberación del hombre. A lo largo de la historia y perdurando aún, se ha hecho consistir dicha identidad en elementos externos: instituciones, estructuras, leyes... con la pretensión de que en ellas consistía la Iglesia fundada por Jesús. Paulatinamente, ha ido perdiéndose la referencia esencial: las bienaventuranzas. Mirando a las bienaventuranzas, la Iglesia deberá identificarse: 1) Como comunidad profundamente arraigada en el pueblo. 2) Como comunidad en que aparezca con la mayor claridad posible que, en su vida, en su configuración social, en su programa de acción, se inspira en la aceptación inequívoca de que los bienaventurados son los pobres. 3) Como comunidad en que, desde su condición de pobre y desprendida, desarraigada de cuanto pueda convertirla en un poder de este mundo, se lucha por la liberación de los pobres y de los oprimidos. 4) Como comunidad que trata de suprimir en su propio seno las desigualdades entre unos y otros comunidades ricas-comunidades pobres, las cuales hacen ambigua, inexpresiva e, incluso, contradictoria, su condición de Iglesia de las bienaventuranzas. 5) Como comunidad encarnada en la vida, en la mentalidad y en la lucha de los pobres. No una comunidad que, desde fuera, trata de identificarse, no con los pobres, sino con sus problemas y con la defensa de sus intereses o justas reivindicaciones, pero estando ella en otro sitio, sin experimentar en su propia carne el efecto real de la pobreza. Así, resulta sospechosa para quienes siguen viéndola colocada en otras esferas y en connivencia con otros intereses. Mirando a las bienaventuranzas, la Iglesia no podrá identificarse con ningún sistema: 1) Ni como sistema puramente religioso, al margen de la situación real de los hombres. 2) Ni como sistema institucional, sin asumir los sufrimientos reales de los pobres y oprimidos del mundo. 3) Ni como sistema social de poder y alta posición, que entable relaciones con los poderosos sin una previa identificación con los pobres y con los humildes. ¿No es verdad que la Iglesia ha sido muchas veces (y, en algunos aspectos, está siéndolo todavía), lo que los poderosos han querido que sea? ¿No es verdad que ya es hora de que se disponga a ser lo que los pobres y oprimidos esperan de ella? No se trata, en absoluto, de poner en tela de juicio el carácter institucional de la Iglesia, o su necesaria organización social. De lo que se trata es de plantearse si la Iglesia, al decidir configurarse en el marco de las bienaventuranzas, sabrá hacerlo sin, como diría Juan XXIII, «sacudirse el polvo imperial». Hay todavía residuos muy arraigados en una Iglesia que ha sido dominadora del mundo y que, cuando trata ahora de servir, tiene que hacerlo con el atuendo y el aire de grandeza de que durante tantos siglos se ha investido. Si Jesús anunció las bienaventuranzas con autoridad fue porque, «a pesar de su condición divina, se despojó de su rango, tomando la condición de siervo» (Fil 2,6), encarnándose en las condiciones de los pobres y de los pequeños, alejado de poderes y dignidades. Los Padres del Concilio Vaticano II, en su mensaje al mundo, declararon dirigiéndose a los pobres y a los que sufren:
¿Se trata de una conciencia poseedora de un mensaje que se dirige a otros, o se alude ante todo a una hipotética Iglesia de tal condición que esas palabras se puedan decir de ella misma? Hay documentos del magisterio eclesiástico en los que se propone una especie de programa (inhumano) de resignación de los pobres en su pobreza, de conformidad de los humillados con su humillación, porque dicen, precisamente en esas condiciones son los preferidos de Dios y los poseedores del Reino, y recordándoles que a ellos les están prometidos los bienes eternos. (Exponía estas ideas cierto obispo ante un centenar de obreros explotados y mal pagados y se oyó por lo bajinis soy testigo esta palabra, proferida por uno de los asistentes: "¡Cabrón!"). Aquí es en donde quienes pertenecemos a la Iglesia no podemos movernos con tranquilidad de conciencia; es muy difícil compaginar (en tantos aspectos) la figura pública que la Iglesia ofrece con la condición de siervo asumida por Jesús (Fil 2,6). Muchas reservas acerca de la Iglesia y, lo que es peor, gran parte de la incredulidad de nuestro tiempo tienen su origen en esto. Una Iglesia que es, de hecho, un poder social y que se reduce a eso en las miradas de muchos; que infunde la sospecha de alianzas con los poderosos con miras a mantener su prestigio y su influencia; una Iglesia dirigida por una autoridad de la que se puede decir, en el aspecto sociológico, que pertenece a la clase dominante, que se reviste de unos títulos y porte señorial que responden a esa imagen, y que parece moverse muy a gusto en las altas esferas: una Iglesia así no parece que pueda llevar adelante con cierta coherencia la causa de Jesús tal como ha quedado resumida en las bienaventuranzas. Es un tópico decir que la autoridad eclesial es un servicio. Pero el servicio en la Iglesia no puede ser el de grandes señores que sirven, sino el de personas que se ponen al nivel de la gente humilde, y, como Jesús, se reducen a ser «como uno de tantos» (Fil 2,7). Por mucho afecto maternal que la Iglesia muestre hacia esos pobres a quienes los Padres Conciliares se dirigen, la realidad es que han quedado fuera de la Iglesia y, frecuentemente, en lucha contra ella. El teólogo alemán Juan B. Metz dice (oído por mí):
Estas cosas suceden porque la Iglesia no ha asimilado las bienaventuranzas como programa propio y se ha ido lejos del dolor mudo, impotente, de los humillados y ofendidos del mundo. Habrá quien piense que lo dicho pertenece a esa crítica destructiva que se ha puesto de moda. Yo pienso que lo verdaderamente destructivo es la falta de autocrítica y una falsa veneración de la Iglesia. Por no revisar suficientemente muchas de las cosas que hay en la Iglesia, criticándolas desde una opción clara por las bienaventuranzas, es por lo que la significación eclesial va de capa caída y las distancias que mucha gente guarda respecto de ella son cada vez mayores. A la vez que críticas, me parecen profundamente sensatas estas palabras de Congar:
Todo el problema, tan fundamental, de la significatividad de la Iglesia está aquí en juego. Incluso el problema del actual desprestigio, sobre todo entre la juventud, de sus concretos signos sacramentales o de sus celebraciones litúrgicas. Pero, sobre todo, está en peligro el que la Iglesia, en lugar de ser «la conciencia evangélica de la humanidad» (que es lo que está llamada a ser), aparezca como otra cosa. Finalmente: María, en la más viva conciencia eclesial, ha sido entendida siempre como «figura de la Iglesia». ¿No resuena en este mensaje de las bienaventuranzas la misma voz de aquella Mujer que creyó en el Dios de Jesús y comprendió que es el que derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, el que colma de bienes a los que pasan hambre y a los ricos los despide sin nada? (Lc 1,53). |
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