Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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ADVIENTO. LIBERACIÓN Del santo Evangelio, según San Lucas (Lc 21,26) «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Que no se embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero». Comenzamos el Adviento, un nuevo ciclo litúrgico y una nueva etapa para nuestra comunicación a través de las ondas y de estos chismes modernos, tan útiles y tan complicados. Adviento: liberación y esperanza. ¿Liberación de qué? ¿Esperanza de qué? ¿De verdad estamos en adviento? Nuestra generación está enferma:
A pesar de todo, esperamos. A pesar de todo, celebramos el adviento. Somos testigos de la esperanza. Dice el apóstol Pedro (I Pe 3,14-15): «Aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos de vosotros. No tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto a Cristo en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto». Nuestra esperanza es una palabra: LIBERACIÓN. Cuando yo era pequeño y en nuestras catequesis aprendíamos el Catecismo de Ripalda, a la pregunta «¿de qué nos salvó (liberó) Cristo?» respondíamos: «del nuestro pecado y del cautiverio del demonio». Era la fórmula sintética de la enseñanza oficial al uso. Nuestro pecado (original se entiende): nadie sabe lo que es ni en qué consiste. Demonio: figura pintoresca, con cuernos y rabo, que a nadie asusta. El demonio es otra cosa. Los hombres y mujeres de hoy no esperan ser salvados del poder del demonio (aunque cada vez creen en más poderes extraños, como los espíritus, el horóscopo, las brujas, la magia o los milagros, pero eso es otro tema). Por pecado original puede entenderse una situación de pecado, que podríamos llamar original (tendencia al tener (dinero), dominar (poder), sobresalir (fama), en la que todos nacemos y que en todos influye. Es evidente que somos pecadores, injustos, egoístas. Esos comportamientos, personales y colectivos, crean un clima de desorden, en el que todos nacemos.Los niños no nacen con pecado alguno, pero ven la luz en un mundo pecaminoso. No nacemos con "pecado" original, pero sí necesitamos la Salvación. Podemos entender la Salvación como la liberación de todo aquello que nos esclaviza y nos impide madurar como personas. Estamos encadenados por el demonio. El dinero es el ídolo que suplanta a Dios (Lc 16,13). El dinero es el demonio. El espíritu del mundo (demonio) orienta la vida hacia el afán de lucro. El apóstol Pablo escribía lo siguiente a su discípulo Timoteo (I Tim 6,9-10): «Los que quieren hacerse ricos, caen en tentaciones, trampas y mil afanes insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero». ¿Nada dice, en relación con esto, la corrupción económica que nos invade véanse las noticias diariasy cuyas víctimas somos los más infelices? Los llamados cristianos (católicos) ¿somos realmente signo de liberación, de humanización, de salvación para los demás? Veo con tristeza a muchos para quienes ser cristiano consiste en un conjunto de ritos o de costumbres sociales, sin ninguna repercusión en su vida. Y pienso que todos cuantos formamos parte de la Iglesia somos responsables de esa situación, por haber deformado tanto el mensaje de Jesús, que lo hacemos ver como lo contrario de lo que es. Un mensaje liberador y humanizador ha sido entendido por la gran mayoría como algo ñoño. El mensaje de amor de Jesucristo ha permanecido tan encorsetado y tan privado de la necesaria libertad, que ha funcionado para la mayoría como una jaula opresora: leyes, estructuras, conceptos jurídicos. (Gál 4,31-5.1.13-15) «Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. La católica España (y Europa entera) nunca ha sido cristiana. Ha sido religiosa, eso, sí; muy religiosa. Y sigue siéndolo, aunque cada vez más profana ("profano" = fuera del templo). Entrar en el Reino de Dios no significa la salvación eterna palabra de Jesús, sino alistarse en su grupo liberador (Mt 19,21). Condición para entrar en él: el espíritu de pobreza (Mt 5,3). Sólo dentro de este círculo puede vivirse en justicia, amor y unidad. El Reino de Dios empieza por el espíritu de pobreza. O sea, el espíritu de pobreza es lo que determina la posibilidad de un modo de vida ajustado al proyecto de Dios. Riqueza y derecho de propiedad van parejos; se invoca a ambos como componentes necesarios de la libertad. Aquí es donde tiene sentido y aplicación este refrán: "No es más libre el que más tiene, sino el que menos necesita". Nuestras mayores ataduras son nuestros propios egoísmos. Es preciso descubrir que la libertad es el gran valor del ser humano. El Evangelio es la "Buena Noticia" de la liberación: «Yo he venido a proclamar la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). La libertad, o viene por Cristo, o no vendrá. Si es cierto que la verdad nos hace libres, no es menos cierto que la libertad nos acerca a la verdad. En el contexto general del Evangelio, Cristo se ofrece como liberador: (Lc 4,18-22) «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para dar a los pobres la buena noticia. Me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos...» Para que el mundo acepte esa propuesta de salvación, debe tener conciencia de que está esclavizado. ¿Hay conciencia de esclavitud? El Reino de Dios es la Nueva Humanidad que Jesús comienza, donde todos han de sentirse hermanos, porque son hijos del mismo Padre. Una sociedad de amor y de justicia. Para una Humanidad Nueva hacen falta Hombres Nuevos con valores nuevos. Jesús nos dice que los valores, los criterios, las actitudes del hombre que harán posible el Reino, la sociedad querida por Dios, son las Bienaventuranzas. Pero... ¿Recordáis cómo se sublevaba el pueblo liberado por Moisés? En Egipto éramos esclavos, pero comíamos. Los hombres fácilmente añoramos la esclavitud, dejándonos esclavizar unas veces por los poderes políticos; otras, por los religiosos; otras, por el consumismo actual. Es que la libertad da miedo, porque mucha libertad implica mucha responsabilidad. La economía es la gran preocupación de políticos y estadistas. No se habla de otra cosa. El consumo es la gran esperanza, y la más extendida religión de nuestro tiempo. Adviento es el tiempo oportuno y privilegiado para escuchar el anuncio de la liberación de los pueblos y de las personas. Durante estos días, oiremos, en la liturgia de la misa, el anuncio de nuestra liberación: «levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación». La tarea profética del pueblo de Dios consiste en encender la llama de la esperanza. Una amenaza para la esperanza es, para unos, el recrearse en el presente. Para otros, en el pasado ("en lo de toa la vida"), convertidos en estatuas de sal, como la mujer de Lot... Todo anclaje en el presente o en el pasado es un pecado contra la esperanza. Sólo es feliz el que sabe lo que quiere y se esfuerza por conseguirlo. Sólo es libre el que sabe a dónde va. LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN (Cfr. Tiempo para pensar, cap. 22) Cuando se habla de liberación, hay que distinguir la liberación individual, interior, de la conciencia, etc., y la liberación social. La liberación de que se habla en la "Teología dela Liberación" es la liberación social. Dicha "Teología de la Liberación" fue mal vista en el Vaticano y sobre ella han caído los anatemas canónicos. Motivo: la consideración vaticana de que tal teología era de inspiración marxista. "Yo no quito ni pongo rey", pero tengo mi criterio, que es el que quiero exponer en este artículo. Lo que primeramente acude a mi memoria es lo que cuenta San Lucas (Lc 19,39-40): «Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Respondió Jesús: Os digo que si éstos callan gritarán las piedras». Cuando apareció el marxismo, hacía mucho tiempo, mucho, que los discípulos estaban callados. Podía leerse, por ejemplo, en algún sermonario de la época: En el cuerpo [místico] del Señor, los ricos ocupan la cabeza; a los pobres les ha tocado ser las plantas sagradas". Entonces, gritaron las piedras. Probablemente, si los discípulos hubieran hablado del Evangelio de Jesús como debían, las piedras no habrían gritado que «la religión es el opio del pueblo». ¡Cuántas veces hemos aplicado a los fariseos de aquel tiempo las palabras de Jesús (Mt 15,9): «En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos humanos». Mucho código, mucho catecismo... Me decía un pastor protestante amigo en Alemania: "Ustedes, los católicos, tienen como norma el Código de Derecho Canónico, pero no el Evangelio". Y es verdad. Durante siglos ha estado prohibida la lectura de las sagradas escrituras al hombre de la calle. «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras». La Teología de la Liberación interpela a la Iglesia del primer mundo: si el seguimiento de Jesús es para anunciar, como Él, un reino para los pobres, ¿por qué y en qué medida nuestra Iglesia se han convertido en Iglesia de los ricos? Aunque cada vez es menos rica y menos poderosa, todos sus símbolos son de riqueza y de poder. Reconocer y denunciar esto no es de inspiración marxista, sino el lenguaje del Evangelio expresado por las piedras. La Teología de la Liberación viene a recordarnos: si no hablan los discípulos, hablarán la piedras. |
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