Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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| Ya llega el Reinado de Dios Cambiad de criterios y actitudes y creed la Buena Noticia (Mac 1,15) A vino nuevo, odres nuevos. (Mc 2,22) EUCARISTÍA «Al ver Juan a Jesús, que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29ss) «Cordero de Dios» La expresión se basa en el Antiguo Testamento: los israelitas, para propiciar a Dios (darle gracias por os favores recibidos y anular los pecados cometidos), mataban un cordero y derramaban su sangre; después, se lo comían en familia. Eso constituía el sacrificio de la religión judía, que se practicaba abundantemente. En el Nuevo Testamento (la Nueva Alianza el nuevo contrato), el sacrificio es el mismo, con un par de diferencias: 1. El Cordero no es un animal, sino Jesucristo, que derrama su sangre y se da en comida. 2. No se realiza abundantemente, sino de una vez por todas. El Cordero es único. El nombre que recibe este proceso único en la historia se denomina Eucaristía (= hermoso regalo). Es la reproducción del único sacrificio de Cristo. Dice Jesús: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo»; «Tomad y bebed, esta es mi sangre (la de la Nueva Alianza), que se derrama para el perdón de los pecados» (Mt 26,26-28). Y añade luego: «Haced vosotros lo mismo para recordarme» (Lc 22,19). Esto ocurrió la noche de antes de morir Jesús, que, como sabemos, muró en viernes. Aparte del sentido profundamente religioso del sacrificio eucarístico (ofrenda del Cordero de Dios al Padre), contiene también un sentido profundamente humano, que se desprende del momento de su institución: desde el instante en que comemos juntos el mismo pan, ya podemos llamarnos todos de tú. Jesús lo expresa de este modo: «Ya no os llamo siervos; os llamo amigos» (Jn 15,15). Compañero es el que comparte el mismo pan ("compañero" = com-panero; del latín cum pane). Los primeros cristianos denominaban "fracción del pan" a la repetición de lo que Cristo hizo y mandó hacer. El juntarse para compartir el alimento constituye, en cualquier rincón del mundo, un momento privilegiado para estrechar los lazos humanos, crear amistad y fraternidad. Ésta es, precisamente, la esencia simbólica de la Eucaristía. La Eucaristía es eso, una comida, pero de modo que se distinga bien que lo que se come es el cuerpo del Señor y que el alimento consiguiente se transforma en justicia, amor y unidad y produce el crecimiento de la persona. El complemento, como el de cualquier comida, será la expulsión de los residuos excrementicios; en este caso, la afición por el dinero, el poder y el sobresalir. Lo que más se recalca en el Nuevo Testamento, al tratar de la Eucaristía, es que ésta es una comida. Y por cierto, una comida compartida con otros, con los hermanos en la fe. Jesús dice «tomad y comed», no "tomad y adorad". Recordemos lo que Jesús dijo en Galilea, después de multiplicar el pan y repartirlo: «Yo soy el pan de la vida. Éste es el pan que baja del cielo, para comerlo y no morir. El que coma de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne para que el mundo viva» (Jn 6,48-55). Jesús se nos da, no precisamente para que lo adoremos, sino para que nos vivifiquemos. Cuando no se tienen debidamente en cuenta estas cosas, por más que la celebración de la Eucaristía resulte ser una misa «muy hermosa» y «muy solemne», no es ni podrá ser nunca la Eucaristía que Cristo ha instituido. Dice san Pablo: «El que come del pan o bebe de la copa del Señor sin darle su valor, tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese cada uno a sí mismo antes de comer pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar lo que come y bebe, se come y bebe su propia sentencia» (I Cor, 27-29). Cuando decimos que vamos a celebrar la Eucaristía, suena mal a mucha gente, porque los "creyentes" están acostumbrados a oír misa; frase horrorosa: escuchar misa la misa que celebra exclusivamente el sacerdote, haciendo caso omiso de la exhortación litúrgica que éste dirige al pueblo inmediatamente después del ofertorio: «Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro ». Hasta hace bien poco y desde hacía siglos, las únicas consideraciones que se destacaban en la Eucaristía eran la presencia real de Jesucristo, la comunión (entendida como el momento de recibir la "sangrada forma"), el consiguiente culto eucarístico, y su valor de sacrificio incruento. Pero pasaba inadvertido el que la Eucaristía es un sacramento, un signo; . fue, poco a poco, siendo cosificada, hasta tal punto que dejó de ser signo (sacramento), y se convirtió en algo material. El pan se transformaba, objetivamente, en la carne de Cristo y, el vino, en su sangre. (Este proceso ha sido llamado "transubstanciación", según la filosofía aristotélica y debe ser teológicamente revisado). Esta "presencia real" constituía el centro de nuestra fe. Comulgar significaba recibir a Jesús. Esto hacía desaparecer de la comprensión del creyente todo significado de común-unión entre los miembros de la comunidad. Recibían a Jesús, pero lo recibían individualmente cada uno, hasta el extremo de que era habitual la comunión aislada de toda celebración comunitaria: ¿Yo nada anhelo, ya soy feliz, que el Rey del cielo ya mora en mí». Los "creyentes", por lo general, entienden que, cuando se comulga, se recibe realmente el cuerpo y la carne de Jesucristo, sin entender, en absoluto, que eso tenga algo que ver con la unidad (común-unión) con los demás creyentes y, a través de ellos, con la vida de Jesús. Con tal de creer que aquello es el Cuerpo de Cristo, haberse confesado previamente, y (en otros tiempos) guardar el ayuno correspondiente, se es un "buen católico". Es verdad que también se entiende que en la vida hay que comportarse bien, pero la relación entre comunión y vida no es, ni mucho menos, lo más significativo para la piedad tradicional. En esto de la Eucaristía, ocurren cosas pintorescas: una comida a la que asiste mucha gente que no come; un banquete al que muchos van a regañadientes, como el que tiene que cumplir con una obligación molesta, rutinaria o por convencionalismo social; una comida en la que los participantes no se conocen ni se tratan y, si tienen rencillas o divisiones entre ellos, las rencillas y divisiones siguen como si tal cosa, como si los asistentes jamás hubieran comido juntos. Para colmo de lo increíble, durante la comida se dice, como la cosa más natural del mundo, que los participantes están asistiendo al banquete del amor y de la hermandad. Realmente, es un banquete muy extraño. En las predicaciones y la espiritualidad tradicional, se recomienda con empeño la devoción eucarística y las visitas al sagrario. (El sagrario consuela mucho, pero compromete poco). Hoy, día del Corpus, se nos ofrece la oportunidad de convencernos de que el mejor sagrario, es una comunidad viva, que se quiere y se entiende. Se puede pensar, incluso, que todo ágape realmente fraterno es eucarístico en mayor o menor grado, conforme a la densidad y autenticidad humanas con que se celebra y del amor que genera. ¡Ésta es la "presencia real"!: «Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos» (Mt 18,20). La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a compartir (el dinero, el tiempo y los talentos, los ideales y la fe). La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a convivir. Este es el pan de la solidaridad, de la unidad, del amor. «Todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1 Cor 10,17). La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a servir (lavar los pies a los hermanos, curar a los heridos del camino, cuidar y acompañar a los enfermos, trabajar y luchar por la justicia). Si después de comulgar seguimos siendo cómodos e insolidarios, si sólo seguimos preocupándonos de nuestros problemas e intereses, si ni siquiera vemos al hermano necesitado, tendremos que preguntarnos si nuestras comuniones no sirven más de escándalo que de provecho. La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a comprometerse. Toda comunidad que come del "pan partido" debe convertirse en fermento de una nueva sociedad. No se puede comulgar y quedar ensimismado y pasivo. La Eucaristía nos lanza al mundo para que demos testimonio del evangelio, para que alentemos en él el Espíritu de Jesús. La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a entregarse. La fracción del pan es provocadora, no se puede partir el pan y quedar ilesos. La Eucaristía siempre nos debe tocar: o el corazón o las manos o el bolsillo. Porque Eucaristía y amor son la misma cosa. No en vano, este día se subtitula "Día de la caridad" (= amor, no lástima). |
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