Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

PRUDENCIA

Mt 7,24-27

«Todo el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, y arremetieron contra aquella casa, pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga mis palabras y no las ponga en práctica, será como el necio que edificó su casa sobre arena; cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, embistieron contra la casa, que se hundió y fue grande su ruina»

Lc 14,28-30

«Si alguno vosotros quiere construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? Para evitar que, si echa los cimientos y no puede acabarla, los mirones se pongan a burlarse de él, diciendo: "Este comenzó a construir y no ha sido capaz de terminar"».

La Prudencia, según el DRAE, es una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello.

En moral, se define como la virtud de actuar de forma justa, adecuada y circunspecta; de comunicarse con los demás por medio de un lenguaje claro, apropiado y discreto.

Jesús, luz del mundo, es el prudente por excelencia. Ya a los doce años dio de ella un maravilloso ejemplo, cuando se perdió en el templo: «Todos los que lo oían estaban admirados de su prudencia y de las respuestas que daba» (Lc 2,47). En su predicación, recuerda a los apóstoles (Mt 10,16). «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas» (Mt 10, 16).

De las reglas de prudencia enseñadas por Jesús, algunas son primordiales y constantes: «Buscad, lo primero, el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? (Mt 24,45). San Pablo recomienda la prudencia que se opone a la necedad. «Mirad, pues, con diligencia, cómo andáis, no seáis como necios, sino como prudentes» (Ef 5,15). Es virtud necesaria a todos, tanto a las mujeres ancianas, para que puedan ser sabias consejeras de las jóvenes (Tit 2,4), como al obispo que tiene que gobernar la comunidad (1 Tim 3,4). En la carta a los romanos es donde profundiza en la naturaleza de la prudencia del cristiano.

La virtud de la prudencia

En el libro sexto de la Ética a Nicómaco, Aristóteles concibe la prudencia como «recta ratio agibilium» (de difícil traducción literal), esto es, el recto discernimiento de las acciones humanas, saber lo que hay que hacer en cada caso. La prudencia es una virtud que inclina al hombre a portarse como persona, de modo que se humanice a sí mismo y a los demás. Se compromete efectivamente en la acción humana interior, tendiendo a perfeccionarla directamente en cuanto que es humana (inteligente y libre).

La prudencia busca el bien o, lo que es lo mismo, el progreso de la misma persona prudente. La obra de la prudencia, dice santo Tomás, es el «bien humano». Se propone al mismo tiempo la bondad de la acción y el bien del que la realiza. No puede, pues, ir nunca en contra de la dignidad de la persona humana.

La tarea de la prudencia consiste en conocer las realidades concretas en cada caso, para darles una respuesta honrada. El prudente se interesa por lo universal, para poder decidir mejor lo que hay que hacer en cada problema particular. Mientras se muestra atento a los principios universales («haz el bien, evita el mal», «hombre, actúa conforme con tu dignidad», «haz a los demás lo que te gustaría que los demás te hicieran a ti», etc.), tiene presente la realidad concreta: cuantos hijos puedes tener, a quién tienes que votar, etc. La luz de los principios universales ilumina la situación particular.

La prudencia busca y lleva a cabo las acciones que sirven como medios adecuados para alcanzar una meta. Por tanto, la prudencia, como virtud, no se contenta con que el fin sea recto, sino que exige que también lo sean los medios y el modo.

La prudencia es una disposición estable, no transitoria.

La prudencia se compromete seriamente en el crecimiento moral de la persona en su dimensión individual y social. La persona prudente examina los medios a la luz del fin y en una situación concreta; juzga cuáles son los preferibles o los que han de omitirse y, finalmente, decide la realización de lo que ha establecido. Estos tres actos son:

conocimiento (ver);

valoración (juzgar);

decisión (actuar).

En contra del conocimiento está el obrar irreflexivo, precipitado, superficial.

En contra de la decisión está la indecisión, la falta de resolución.

En cuanto al "ver":

La fidelidad a la realidad: lo que más peligro corre es, precisamente, la verdad de lo ocurrido. ¡De cuántas maneras diferentes lo narran los testigos presenciales! Se falsifica fácilmente y con frecuencia. Hoy, a la luz del psicoanálisis, se sabe que, en las raíces profundas del subconsciente, puede haber un interés inconfesado e incontrolable que imponga deformaciones, revisiones, omisiones, alteraciones en la apreciación de los valores; la misma jugada, a la vista de cien mil espectadores, es vista por unos como penalti y, por otros, como legítima. ¿Os acordáis de aquella película titulada "Doce hombres sin piedad"? Aquí tienen vigencia los refranes "se cree el ladrón que todos son de su condición" y "por mi corazón juzgo al ajeno". Se trata de deformaciones que no se advierten con un sencillo examen de conciencia.

Otro prerrequisito para la prudencia es la docilidad: quien la posee, recurre voluntariamente al consejo de los demás y desprecia como absurdo el sentimiento de tener siempre la razón; con humildad, se deja criticar y acepta la parte de razón que pueden tener los otros.

En cuanto al "juzgar":

La previsión, o sea la capacidad de examinar y prever si una acción será un medio válido para realizar el fin, es considerada como el elemento integrante de mayor importancia de la prudencia perfecta. Los militantes cristianos, en este momento, abren el Nuevo Testamento, para apoyar sus juicios en la mentalidad y enseñanzas de Cristo. Además, refuerzan el juicio con la experiencia vivida.

En cuanto al "actuar":

La precaución toma medidas ante los obstáculos posibles. La circunspección ("circun spicere" = mirar alrededor) tiene en cuenta las circunstancias de relieve que pueden surgir.

La prudencia cristiana

Como virtud infusa (infundida), la prudencia es un don de Dios. Según san Agustín, es amor clarividente en orden a lo que constituye una ayuda o un obstáculo en los caminos de Dios. Es vivir la caridad en la situación concreta, la capacidad y la sensibilidad interior para captar la llamada del momento de gracia.

Como virtud adquirida, hay que lograrla a base de repetición de actos prudentes, con la experiencia y espíritu de observación, valorando todas las disposiciones auxiliares anteriormente indicadas. Es como quien está aprendiendo a tocar la guitarra: al principio, tiene que ir fijándose atentamente en cada detalle de la colocación de los dedos, pulsación de las cuerdas, ejecución del ritmo, etc. Al principio, cuesta trabajo y se avanza muy lentamente, pero, a fuerza de repetir las mismas posturas, se adquiere tal habilidad que se practica como el respirar.

La prudencia cristiana es fruto del don de Dios y del esfuerzo del hombre. Valores, criterios, energías naturales y sobrenaturales, concurren todas ellas en el único dinamismo permanente de la prudencia. Cristo es el que se convierte en luz de la prudencia cristiana: «Cristo te iluminará» (Ef 5,14). Es la luz de Cristo la que interviene para «discernir y aprobar» lo que gusta al Señor (Ef 5,8-10).

Esta manera de sentir es la prudencia cristiana, o sea, la capacidad de intuir, valorar y aprobar en conformidad con Cristo. Esta prudencia está al servicio de una caridad en tensión de crecimiento (Ef 4,15-18) y abierta a todos los valores (Fil 4.8): «Considerad cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de buena fama, de virtuoso, de laudable»; tiene también la tarea de hacernos sensibles a los signos de los tiempos y de sintonizar la situación personal con el plan general del Reino de Dios. En esta percepción nos ayudará la humildad, que obliga a callar al egoísmo. Ciertamente, la prudencia cristiana es profundamente operativa: es imprudente el que escucha la palabra de Jesús y no la pone en obra. La prudencia cristiana reconoce el valor del momento de gracia para el crecimiento individual y comunitario: «Mirad, pues, con diligencia cómo andáis, no seáis como necios, sino como prudentes, aprovechando el tiempo, porque los días son malos» (Ef 5,15-18); «Portaos prudentemente con los de fuera, aprovechando las ocasiones. Sea siempre agradable vuestra conversación, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno» (Col 4,5-6).

Yo soy muy amigo de la libertad y me gusta tocar la guitarra. Os pregunto, amables lectores: ¿Hay que educar la conciencia por medio de la prudencia para que pueda obrar en libertad, o es preferible aceptar lo que decía aquel cantautor: «Como es mía la guitarra, pongo los dedos donde me da la gana»?

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