Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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RELATIVISMO, SITUACIÓN, EPIQUEYA Mc 2,23-27 «Un sábado, pasaba Jesús por los sembrados, y los discípulos, mientras andaban, se pusieron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron: Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido? El les replicó: ¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando él y sus hombres se vieron faltos y sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del Sumo Sacerdote Abiatar, comió de los panes dedicados, que sólo a los sacerdotes está permitido comer, y dio también a sus compañeros. Y añadió: El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado». El relativismo consiste, más o menos, en esto: No hay opiniones superiores a otras en el terreno moral. Los criterios morales que el sujeto adopte van a estar determinados por su situación personal, social, cultural y económica. No hay criterios objetivos que permitan sostener que las opiniones personales son o no correctas. Cada sujeto es responsable de construir su propia concepción moral y, por ende, su propia vida. Madurar será lo mismo que ser autosuficiente, no depender de nadie para sostener los propios valores. Esta ausencia de valores objetivos y universales conducirá a una deseable tolerancia ante las conductas ajenas, puesto que nadie puede hablar de construcciones morales erróneas o verdaderas. Cada hombre debe realizarse a sí mismo según su propio proyecto de vida y debe tolerar los proyectos de vida diferentes al suyo. Según Ortega, "yo soy yo y mi circunstancia". Han pasado ya las épocas en que una autoridad heterónoma dictaba unos contenidos de obligado cumplimiento. La moral de situación consiste, más o menos, en esto: Su ética está basada en una regla de oro: sigue la norma moral o quebrántala, de acuerdo con las necesidades del amor. El amor es la clave de la ética de situación. Es una moral que sólo conoce una obligación: amar. Hay un solo absoluto: el amor. "Ama y haz lo que quieras", decía san Agustín. Las leyes, hay que obedecerlas o quebrantarlas según las exigencias del amor. Había salido la encíclica de Pablo VI Humanae vitae, que tan poco éxito histórico y moral ha tenido. Nosotros, los sacerdotes que por entonces apostolábamos en Alemania, estábamos confusos y, para reciclar nuestros criterios, llamamos al P. Dávid, moralista de gran prestigio en la Universidad alemana y consultor del Concilio. Nos dio un cursillo de tres días, alternando con una doctora en Teología, alemana ella. Grabé todas sus charlas y, al cabo de cuarenta años largos, recuerdo que nos dijo lo siguiente:
He aquí un caso claro de procedimiento concreto relativo a una situación concreta. Pero, para la doctrina moral del Magisterio de la Iglesia, hablar de relativismo y de moral de situación es como mentar la bicha. Benedicto XVI:
Con estas palabras, y en momentos tan importantes en la historia de la Iglesia como era el Cónclave para elegir al sucesor de San Pedro, el entonces cardenal Joseph Ratzinger denunciaba uno de los males de nuestros tiempos: el relativismo. Pío XII, en una alocución a la Fédération Mondiale des Jeunesses Féminines Catholiques, el 18 abril de 1952:
Pío XII, refiriéndose a ese carácter universal de la norma moral, recordaba que la ley moral comprende y abarca todos los casos individuales. Es, por tanto, erróneo establecer una dicotomía entre la ley misma y su aplicación concreta a los casos individuales. El odio a Dios, la negación de la fe, el perjurio, la blasfemia, la idolatría, el adulterio, la fornicación, el robo, la masturbación, etc., están prohibidos siempre por Dios. Ninguna circunstancia, por muy sutil que ésta sea, puede justificarlos. Sería erróneo creer que la moral tradicional descansa sobre principios abstractos, desconectados de las circunstancias concretas en las que se encuentra el hombre. Por el contrario, siempre se ha afirmado que las circunstancias particulares en las que se encuentra el hombre proyectan luz sobre el modo en que deben aplicarse los preceptos morales. Yo no quito ni pongo rey. Pero quiero desempolvar una virtud olvidada, escondida, ignorada EPIQUEYA Es una actitud (virtud o acto) del hombre, que se siente dispensado del cumplimiento literal de la ley, para ser fiel a su sentido profundo. Puede definirse como «interpretación moderada y prudente de la ley, en contra de su sentido literal, pero siguiendo la mente del legislador, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona». DOCTRINA DE SANTO TOMÁS ¿La epiqueya es virtud? ¿Es parte de la justicia? Respondo: 1) Es virtud: [ ] Los legisladores legislan según lo que sucede en la mayoría de los casos, pero observar punto por punto la ley en todos los casos va contra la equidad y contra el bien común, que es el que persigue la ley. Así, por ejemplo, la ley ordena que se devuelvan los depósitos, porque esto es normalmente lo justo; pero puede a veces ser nocivo: pensemos en un loco que depositó su espada y la reclama en su estado de demencia, o si uno exige lo que depositó para atacar a la patria. Por tanto, en estas y similares circunstancias sería pernicioso cumplir la ley a rajatabla; lo bueno es, dejando a un lado la letra de la ley, seguir lo que pide la justicia y el bien común. Y a esto se ordena la epiqueya, que entre nosotros se llama «equidad». Por tanto, es evidente que la epiqueya es virtud. 2) Es parte de la justicia. Una virtud puede ser parte de otra de tres modos: subjetiva, integral y potencial. [ ] Parte subjetiva es aquella de la que se predica esencialmente el todo y está en lo menos. Así, pues, la epiqueya es parte subjetiva de la justicia entendida en sentido general, como una cierta especie de justicia. Y de esta justicia se dice que es parte con más propiedad que de la justicia legal, pues la justicia legal está sometida a la epiqueya. Por tanto, la epiqueya es como una norma superior de los actos humanos. (Suma Teológica - II-IIae (Secunda secundae) q. 120) Para que nos entendamos: la epiqueya es una virtud, derivada de la justicia, que, en casos concretos (p.e., los hijos que se pueden tener, la incontenible excitación natural en un muchacho de quince años, la legítima defensa, la enfermedad terminal dolorosa, larga y sucia ), concede al sujeto de conciencia sincera la última decisión personal: "si el legislador estuviera en mi situación y en relación con mis circunstancias, haría o permitiría lo único que yo puedo hacer en este caso concreto". Sobre el tópico "el que obedece no se equivoca", traducible por "yo sólo soy un mandao", una anécdota histórica: 18 de junio de 1815; Emmanuel de Grouchy, mariscal de campo que comandaba el ala derecha del Ejército de Napoleón, recibió de éste la orden de perseguir a los prusianos tras el combate en Ligny. Obedeció a rajatabla, hasta el punto de no regresar con sus 30.000 soldados a ayudar a Napoleón en Waterloo, a pesar de oír el fragor de la batalla. Él iba en dirección contraria, pero obedeciendo las órdenes que le había dado su jefe. Una obediencia irresponsable. |
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